Diario de un escritor cubano sobre la Guerra Civil Española. Miguel Iturria Savón.

29 agosto 2014 às 15:39 por Ancla insular | Postado em: General
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Hay sucesos que es mejor evocar desde las páginas de un libro testimonial que desde el discurso histórico o partidario. Un diario, por ejemplo, se escribe en presente desde la incertidumbre, la emoción y la apreciación de quien lo redacta. El suceso en cuestión es la Guerra Civil Española de 1936 a 1939. El libro es el diario de un escritor cubano que representaba a la isla en España. Lo publicó en el 2006 el Instituto de Literatura y Lingüística en La Habana. Se titula Diario íntimo de la Revolución Española y su autor es el ensayista José María Chacón y Calvo quien ejercía como Primer Secretario de la Embajada de Cuba en España al ocurrir la sublevación militar que desató la Guerra Civil, el 18 julio de 1936. La obra, de gran valor histórico, testimonial y literario, comienza en Madrid cinco días después del inicio de la tragedia y concluye en el barco que lo trasladaba a la Isla, el 5 de noviembre del mismo año.

El Diario permanecía inédito en el Fondo Chacón y Calvo del referido Instituto. La edición estuvo a cargo de la doctora Nuria Gregory Torada, Directora del mismo, que escribió la Presentación, escogió las cartas que integran el Epílogo y redactó las numerosas notas que actualizan y enriquecen la obra, aunque algunas resultan innecesarias o excesivas pues sobrepasan el original y obligan a un esfuerzo paralelo de información que afecta la fluidez de la lectura.

La larga estancia de Chacón y Calvo en España (1918-1936) y su condición de enlace entre la Isla y los más altos exponentes del universo literario y académico de la antigua metrópoli lo convirtieron en un testigo de excepción en medio de una contienda que rebasó las fronteras y la historia nacional de España e influyó en Europa y en Hispanoamérica. Se trata, pues, de un documento conmovedor e inquietante que revela la personalidad de Chacón, su inteligencia y coraje, la magnitud de su entrega como funcionario de nuestra Embajada en Madrid y las acciones que realizó para salvar a perseguidos o amenazados por la guerra.

Este Diario revela la aplicación del principio de la tolerancia que había promovido Chacón y Calvo en sus escritos y discursos. Es palpable, además, el sentido de la caridad cristiana y de la solidaridad sin límites que caracterizaron la vida del gran intelectual cubano, quien no escatimó esfuerzos para apoyar a los más necesitados y llevarle un mensaje de esperanza en momentos de incertidumbre.

El autor describe con precisión los sucesos que vió con sus propios ojos y refiere como intervino en algunos de ellos. Revela gestiones diplomáticas, encuentros con funcionarios del Gobierno republicano y con amigos que lo involucran en hechos delicados. El día 22 de julio anota su impresión sobre la sublevación militar del 18:

“… La semana se había iniciado con el asesinato del ex ministro Calvo Sotelo… respuesta a otro acto no menos violento: el asesinato del teniente Castillo… he visto que era un movimiento desorbitado, con una envergadura que no creo tenga igual a ninguna otra revolución española.” ( páginas 28-29).

Y añade: “…En la calle había rostros cabizbajos… gestos airados, voces ásperas. Expectación. Zozobra. Una impresión unánimemente contraria al golpe militar. Se hablaba ya de la sublevación de Sevilla, de Córdoba, Valladolid… había un admirable espíritu civil… Todos reaccionaban admirablemente”. (pp. 30-32).

De la descripción pasa a la introspección:
“ Tenía una angustia tremenda. ¿Qué pasaba? Pensaba en mi isla lejana: si triunfaba el golpe militar ¿cómo influiría en Cuba? Si es aplastado ¿qué repercusión tendría el hecho entre nosotros?”. (pp. 35).

La introspección está presente en cada página, sirve de puente entre el yo y la historia y favorece el análisis de los propios sentimientos encontrados. Asegura la fiabilidad del testimonio y le concede vigor y dinamismo. El escritor controla el material. Se implica y nos compromete. El amplio sentido que extrae de los hechos analizados demuestra su habilidad literaria.

Aunque la guerra puso en crisis su percepción de España, Chacón y Calvo supo convertir la tragedia en materia prima del texto, lo cual enriquece la textura de estas páginas esenciales, en las que censura “la barbarie desatada” y describe sus gestiones para obtener asilo y refugio seguro para las “víctimas de circunstancias inicuas”. Habla de los amigos que se incorporan a las Milicias, sus cartas y acciones; el cierre de las iglesias, la desolación de las calles, las noticias que da la Radio, las causas del conflicto en la voz de un joven miliciano que lamenta…“la falta de homogeneidad en las fuerzas republicanas, el espíritu de anarquía y de destrucción…” en contraste con “la decisión admirable de las milicias que dan un tono de profunda emoción popular a esta lucha tremenda”. (pp. 37)

El autor no abraza el silencio ni se mantiene en él. No es imparcial. Tomó partido por la vida. Llamó a la conciliación pero se apegó a la causa republicana. Como hombre que cree en la democracia trata de concertar sus deberes como diplomático con sus principios de humanidad y una posición neutral ante la beligerancia desenfrenada.

A veces acude a ironías y alusiones para expresar su estado de ánimo:“No se me detuvo en el camino. Mi carnet diplomático tiene un rojo vivo, parecía un carnet de comunista.” (pp. 37). En ese tono se refiere a los “ateneos libertarios” (centros anarquistas) y a las tensiones en la Embajada de Cuba, que se vio obligada a adquirir una residencia auxiliar para albergar a los refugiados, a pesar de las limitaciones impuestas al respecto por el máximo representante diplomático de la Isla, Manuel Serafín Pichardo Peralta, a quien Chacón califica como un hombre con “sensibilidad de la Edad de Piedra”.

Pudiéramos hacer un catálogo de nombres con las personalidades que transitan por las páginas del Diario íntimo de la Revolución Española. Figuras cimeras del entorno académico peninsular como Gregorio Marañón (1887-1960) y Ramón Menéndez Pidal (1869-1968); políticos de gran protagonismo: Manuel Azaña Díaz (1880-1940), Indalecio Prieto Tuero (1883-1962) y Fernando de los Ríos Urruti (1879-1949); el fiscal republicano José Luis Galbe (1904-1985); diplomáticos cubanos: Ramón Estalella Pujolá (1893-1986), Pedro Saavedra Alemán y Oliva Zaldivar Freyre (1904-1982); el Embajador de España en La Habana Domingo Barnés Salinas (1879-1943), los intelectuales asesinados Federico García Lorca (1898-1936) y Ramiro de Maeztu Whitney (1874-1936), los escritores Lino Novás Calvo (1905-1983), Rafael Suárez Solís (1881-1968) y Antonio Marichalar (1893-1973), el historiador Alfonso Rodríguez Aldabe, el combatiente revolucionario Pablo de la Torriente Brau (1901-1936) y los milicianos Manuel Ruiz Salinas, Manuel Crespo y Antonio Espinosa. Desfilan también otros diplomáticos de América y Europa quienes coincidieron con Chacón y Calvo en gestiones ante el Gobierno republicano y en la protección de algunos perseguidos que obtuvieron refugio en las legaciones extranjeras.

Si bien los nombres son imprescindibles en toda acción humana, en el caso del Diario están en función de los sucesos. Son parte del entorno de violencia que sorprendió al escritor. A veces confirman relaciones familiares o humanitarias. En ocasiones avalan una presencia omnisciente -la madre-, o una carta desde una ciudad que lucha contra el asedio de los militares sublevados.

Hay una atmósfera de incertidumbre y de escepticismo que marca la escritura. El jueves 23 de julio anota: “Todo igual. La misma inquietud profunda. Cenó con nosotros Manuel Ruiz Salinas. Muy discreto. Tiene un gran entusiasmo por su causa. ¿A dónde lo mandarán? ¿Cuál será su suerte? Al despedirlo en el portal hablaba por Radio el Sr. Presidente (Manuel Azaña). Discurso moderado, con un sentido recóndito de dolor.” (p.40).

De gran interés resulta su análisis sobre una alocución de Indalecio Prieto, quien era entonces Ministro y líder del Partido Socialista Obrero Español:

“A las once de la noche habló Indalecio Prieto. Un discurso tribunicio. Gran calor humano.. Más parecía hablar a los rebeldes que a los leales al régimen actual. Me pareció de profunda y emocionada sinceridad. Una frases de respeto para los caudillos de la sublevación, de algunos de los cuales había sido muy amigo (…) Juzgó que… triunfaba el gobierno (…)en el final habló de que no esperasen los insubordinados una rendición de Madrid; solo encontrarán aquí un montón de cadáveres. Había en todas sus palabras una concentrada emoción humana. ¿No podría ser Prieto el hombre de la conciliación que me parece posible en todo instante?” (p. 43)

El 31 de julio valora con certeza el papel del pueblo y de las milicias como defensores principales de la República:

“El pueblo es el gran protagonista de este enorme suceso… está en pie de lucha contra cosas que no conocerá bien, pero que siente… Luchan los adolescentes de 16 años y los viejos de sesenta y casi setenta. Luchan también mujeres de toda edad… No puedo sentirme enemigo de este pueblo a pesar del daño moral que me está haciendo… Este pueblo ha puesto en prisión a amigos míos; ha ejercido a conciencia un terrorismo típicamente revolucionario…los revolucionarios representan el poder constituido… En el fondo, en lo íntimo de todo hay la anarquía: modalidad típicamente española.” (p. 48)

Elogia el “…comportamiento de las milicias en una ciudad indefensa”. “Estas milicias no son una fuerza ciega y anárquica… Se han incautado grandes palacios… se han cometido asesinatos aislados,… pero este pueblo desbordado, dueño de todo el poder ha tenido respeto por una porción de cosas que no se respetan en las revoluciones…” (p. 53).

El 22 de agosto se queja de las indiscreciones de “Esa gente fina, de suaves maneras, … que parece no saber nada de lo que está ocurriendo en España. Oigo las preguntas más inverosímiles y las más ingenuas reflexiones.” Y agrega: “…mi sensibilidad es como una cuerda muy fina que vibra a todo movimiento”. (p. 78)

No escapan a su pluma hechos puntuales como la constitución de los Comités de vecinos, el incendio en la Cárcel Modelo de Madrid, los esfuerzos por liberar a los cubanos apresados en la misma;… las tropas que pasan, los gritos de combate, la mística religiosa de los revolucionarios, las olas humanas en la Embajada de Cuba y la llegada de Pablo de la Torriente Brau… una “fuerza auténtica de la naturaleza”. (p. 122)

El Diario es una obra notable de observación. En un tono apacible revela noticias ocasionales, encuentros y decepciones, pequeñas tragedias, rumores no confirmados, reuniones para evacuar a los extranjeros, gestiones de asilo, documentos controversiales. El autor lo ve todo –o casi todo-. Es mesuradamente elocuente. Recrea la atmósfera de tensión, los bombardeos, los amigos que parten. Decir la verdad –su verdad-, equivale a una liberación, a un renacer como ser humano.

Don José María Chacón y Calvo, ya anciano y sufriendo de avatares físicos y espirituales, volvió a ser partícipe de una nueva eclosión social que impuso el horror, esta vez en su tierra natal, donde fue sepultado con los hábitos menores de monje de la Orden de San Francisco, el 9 de noviembre de l969, en medio de la indiferencia de un gobierno que desató medidas extremas decoradas con desfiles bélicos que le conceden vigencia a su Diario íntimo de la Revolución Española.

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Ranking turístico bipolar. Miguel Iturria Savón.

23 agosto 2014 às 13:02 por Ancla insular | Postado em: General
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Tras su última encuesta por medio mundo la revista Traveller difundió el nombre de las diez ciudades “más amables y deseadas” por los turistas, seguidas por otra decena que reciben el “premio limón” por el rechazo que crean en sus visitantes. ¿Una encuesta más? ¿Cuestión de marketing urbano? ¿Lucha entre agencias de viajes? Tal vez.
Entre las ciudades “amables” que invitan al retorno la lista empieza con tres urbes alejadas de Europa y Norteamérica: Melbourne y Sidney –Australia- y Aucklan, en Nueva Zelanda-. Les siguen Georgia y Charleston –Estados Unidos-, Victoria –Canadá-, Dublin –Irlanda-, Ciudad del Cabo –Sudáfrica-, Sevilla en España y Siem Reap en Camboya. A Sevilla la califican de “encantadora, preciosa, pintoresca y acogedora”.
El extremo opuesto es encabezado por Johannesburgo –Sudáfrica- por “la inseguridad de sus calles” y continúa con ciudades célebres como París, Marsella y Cannes –Francia- y Moscú –Rusia- que reciben “trofeos limón” a pesar de ser limpias, fascinantes y ser centros de cultura o poder. Subjetiva y sorprendente, ¿verdad?
No sabemos los detalles de la metodología usada por la revista Traveller para tirar en el saco de las ciudades “indeseadas” a París y Moscú, o relegar a New York y Los Ángeles, Madrid y Barcelona, Roma y Atenas, Londres, Berlín y Praga, México y Buenos Aires, cuyos índices turísticos son tan extraordinarios como esas míticas ciudades.
Tal vez los encuestados tengan expectativas ajenas a los valores arquitectónicos y artísticos que configuran en el imaginario de millones de personas; ecos distorsionados por el cine, las ideologías, las religiones, las guerras, el narcotráfico y la moda. Es lógico excluir a grandes ciudades del Medio Oriente y el norte de África envueltas en conflictos étnicos y religiosos, a Pekín y Tokio, de lenguas y tradiciones tan milenarias como incomprensibles; o a Guatemala, Tegucigalpa y Caracas, violentas y erosionadas por la desidia de sus gobiernos; pero obviar a París, New York, Praga y Venecia de los destinos turísticos y exaltar a la desconocida Siem Reap es como mirar a la Luna con gafas oscuras.
El ranking bipolar de Traveller ignora además a ciudades situadas en islas del Mediterráneo y el Caribe. Ibiza, por ejemplo, es un paraíso en el Mediterráneo que fascina por igual a famosos con millones y a turistas con casas de campaña y espaguetis en la mochila. Al Caribe viajan millones de europeos y norteamericanos que oscilan entre las Bahamas, Martinica, Jamaica y las ex colonias de España: Puerto Rico, República Dominicana y Cuba.
Cuba, donde el turismo fue diezmado –como toda la isla- por el huracán revolucionario que perpetúa el absurdo totalitario, apenas compite con Cancún y Acapulco en México y con polos emergentes en Dominicana y Puerto Rico; aunque aún posee lugares de ensueños como la cayería Jardines del Rey –al norte de Ciego de Ávila-, la playa de Varadero y ciudades como Trinidad, Cienfuegos y La Habana.
La Habana no es tan violenta como Johannesburgo ni tan fascinante como París, Londres, Roma o New York. Sus encantos disminuyeron con la colectivización de la vida, la parálisis de la arquitectura, el transporte y otros problemas que la “congelan en el tiempo” a pesar del calor. No clasifica como “ciudad limón” ni como “amable y deseada”, pero es única por su sofá de piedra frente al mar–Malecón-, sus avenidas y paseos y por los palacetes que conviven con los “rascacielos” de mediados del siglo XX, cuando hubiera clasificado entre las primeras ciudades del ranking turístico bipolar confeccionado por la revista Traveller.

Los brazos del destino. / Miguel Iturria Savón.

20 agosto 2014 às 8:44 por Ancla insular | Postado em: General
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Rolando Inclán Delgado quiso ser un héroe y marchar a las selvas del África para demostrar su valía. Desde niño creyó en las leyendas históricas y en los relatos de los libros sobre la lucha en la Sierra Maestra. Admiraba el uniforme verde olivo de un capitán que visitaba su casa y le hablaba de la guerra. Tal vez por eso al terminar la secundaria básica ingresó con euforia en el Servicio militar. Juró cinco años en vez de tres y, finalmente, obtuvo un puesto en una Unidad del Ejército Juvenil del Trabajo, lo cual le permitía ayudar a la madre y satisfacer su pasión militar.

Fue un militar cumplidor y entusiasta pero la prisa lo dejó al borde del camino. No obtuvo grados, condecoraciones ni tiempo para arriesgar la vida en una de las misiones de las tropas cubanas en las selvas de África. Su euforia e inexperiencia le jugaron una mala pasada. En una demostración con granadas perdió las dos manos y parte de los brazos. La muerte se compadeció del joven soldado, quien no se conformó con su chequera de jubilado ni con sus manos postizas adquiridas en la antigua Alemania Democrática.

Cuando lo conocí en 1988 aún usaba sus manos alemanas y cantaba en un grupo de rock en la Casa de la cultura del Cotorro, al sur de La Habana. Entonces soñaba con ser artista y ofrecer conciertos contra la guerra. La policía no se metía con él, pero los instructores de arte lo bajaron de las nubes al negarle el acceso a los talleres de piano y de guitarra. ¿Cómo enseñar tales instrumentos a alguien sin manos propias? Algo similar le dijo un profesor de pintura. La creación no depende solo de la voluntad.

Roly el manco siguió probando suerte sin pensar en su minusvalía. Obtuvo un apartamento por Seguridad Social pues la familia empezó a sacarle provecho a la desgracia. El apartamento lo permutó luego por una casa amplia en mal estado y logró un crédito para repararla, previa incorporación como cocinero a un campamento agrícola estatal en Quivicán.

Como es difícil cocinar sin manos, Roly abandonó el campamento y se vinculó a los constructores de un edificio cercano. Ejerció como albañil y soldador con guantillas a cambio de arena, cemento y bloques para reparar su nueva vivienda. Entre las bromas y el desvío de materiales terminó su acometido.

Supe después de su desempeño como mecánico en el taller del padre donde aprendió la chapistería, oficio que alternó con la jardinería a domicilio, la custodia de escuelas primarias y la venta de pasteles en las calles de Residencial América, en las que a veces enfrenta a los inspectores y a los policías que no reparan en este manco laborioso y tenaz.

A los 42 años Rolando Inclán Delgado no sueña con la guerra ni aspira a ser oficial de las diezmadas fuerzas armadas cubanas. Piensa que sus manos y sus brazos están en manos del destino y le agradece a Dios la posibilidad de vivir sin tantas pretensiones.

Un libro de Jorge Olivera Castillo. / Miguel Iturria Savón.

16 agosto 2014 às 20:04 por Ancla insular | Postado em: General
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Casi todos los periodistas independientes que reportan el día a día desde esa isla del Caribe sumergida en la larga noche del despotismo castrense son reprimidos y censurados en Cuba. Algunos llegaron al periodismo con varios libros publicados -Raúl Rivero, Tania Díaz Castro, Frank Correa y otros que multiplicaron su obra en el exilio-. El resto son conocidos por sus crónicas y artículos en Estados Unidos, España o México. Solo después de la oleada represiva del 2003 aparecieron editoriales que empezaron a difundir ensayos, poesía o narrativa de colega que permanecen en Cuba.
Jorge Olivera Castillo es uno de los más prolíficos autores de quienes ejercen el oficio al margen de la prensa oficial. Dos años después de salir de la cárcel con licencia extra penal por enfermedad vio la luz su primer cuaderno de relatos: Huésped del infierno, publicado por Aduana Vieja en Valencia, España; les siguieron Antes que amanezca y los poemarios Sobrevivir en la boca del lobo, Cenizas alumbradas y Tatuajes en la memoria, todos de elevada factura estética y editados en el exilio; ninguno circula en en la isla aunque han sido presentados en el Círculo de Escritores y algunos entregados a varias Bibliotecas independientes. De tales obras comentaré la primera.
Supongo que Huésped del infierno sea un texto prohibido pero no perseguido. La contradicción se debe a la exquisitez de cada cuento. La maestría del autor le permite evadir la catarsis y la diatriba de los prisioneros de conciencia, quienes casi siempre escriben desde el dolor y la inmediatez. Solo el excelente Prólogo del poeta Raúl Rivero y la nota Al lector del propio Olivera nos hablan del calvario del escritor tras las rejas, entre el 2003 y el 2005.
En Huésped del infierno Jorge Olivera denuncia y recrea artística mente ese período de sombras que lo puso en contacto con “un cementerio de hombres vivos adaptados a retozar con la muerte”. Tras las rejas conoció la marginación, la locura y la maldad sin diques de los carceleros. Pagaba así, junto a Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal y otros escritores y periodistas, la osadía de escribir sin censura en un país donde la libertad es una quimera.
Con este pequeño libro de cuentos Jorge Olivera Castillo reafirma su talento literario sin alardes formales ni lecciones pedagógicas y políticas, en torno a esos ámbitos de encierro “donde el terror conserva rangos monárquicos”.
Su obra tiene valor testimonial pero está revestida por la mesura de la prosa, la excelencia de las descripciones y la necesidad de trazar una crónica de la deshumanización sin acudir a la retórica desgastada del heroísmo y la mitificación. Tal vez por eso, cada uno de sus diez relatos es un cuerpo en si mismo, con su propia melodía y la pintura lacerante de tantas vidas rotas en la periferia de la esperanza.
El autor presenta el salvajismo y el derrumbe total de algunos de esos prisioneros con quienes compartió la celda. Pero no decora el envilecimiento de los asesinos. No describe las virtudes de los presos políticos. No señala el nombre de los carceleros que golpean y se degradan con la represión ni menciona las prisiones y los lugares del país donde vegetan las víctimas de la deshumanización. Esa licencia del autor crea una ambigüedad favorable al lector de otras latitudes y hace más universal y creíble sus relatos.
La estructura compositiva de Huésped del infierno propicia una mirada muy abarcadora sobre los horrores de nuestras cárceles. Olivera obsequia al lector con relatos breves en los cuales dibuja con precisión, casi siempre en primera o tercera persona, la vida de gentes caídas en desgracia. Son escenas desgarradoras en un escenario sin luz y sin futuro. El autor es sobrio y a veces lacónico, como esos seres espantados que ahora galopan en las páginas de estos cuentos sacados de un verdadero infierno sin paraíso.
En “Aquella primavera”, describe la visita de la mujer con la “expectativa de la distancia” y “las coordenadas de las franquezas”, pues Nancy, dice, “me llena de amor e impide tragarme el arroz con gusanos”. En “Epidemia” el tono es más dramático pero sin lamentos ni patetismo. Cuenta el horroroso drama de Higinio, “el penúltimo reo que la tuberculosis se llevó”. La voz del narrador mantiene la tensión sin perder la textura y la secuencia del relato.
Los personajes de Olivera no tienen apellido pero son seres creíbles y vigorosos. A veces proceden del entorno familiar o de las alucinaciones de los prisioneros. Gretel, por ejemplo, es la muchacha asesinada por Inocencio, “un huésped de la jungla con el mal humor en el directo” y un derroche de coraje a toda prueba. Herminio ha matado dos vacas a un caballo sin que le temblara el pulso. Jennifer es un joven homosexual que asesinó a dos de sus amantes y sueña ser tan deseada como la actriz Jennifer López. Maikel es un suicida que se prendió fuego con sus pocas pertenencias ante la vista de todos. Andrés es otro suicida, al igual que Arnaldo, quien dejó su oreja izquierda como reliquia y se cosió los labios de punta a punta.
“Arnaldo perdió el juicio después de recobrar la conciencia, perdida por una retahíla de trastazos propinados por el oficial de rasgos cavernícolas. Despertó en la locura”.
Varios cuentos reparan en la locura y en el suicidio como salida ante el horror. Las manías, las apariciones de los que pasaron a mejor vida y las angustias de los prisioneros desquiciados ocupan las mejores páginas de esta obra, en las que un narrador omnisciente lo ve todo, o casi todo, sin reparar en el porqué de nada pues “en el infierno suceden cosas demasiado extrañas”.
En “La cena” nos presenta el creador un drama colectivo alucinante. La caída accidental de un aura tiñosa -buitre cubano- augura un desesperado “ejercicio de prestidigitación mental” cargado de violencia ante la posibilidad de probar la carne. La riña tumultuaria tiene un desenlace feroz.
En “Luna llena” Daniel enfrenta a los fantasmas de su mente atrofiada. Lucha contra su propia sombra, amplificada por la luna en medio de la noche. Amaneció colgado por el cuello con la sábana que conservaba para encontrarse con Amalia, la novia soñada y deseada por el “intruso” que lo llevó al suicidio.
“La noche con su mímica y su traje de sombra” habita en varios relatos de este libro mágico. La noche, las ratas, la muerte, la locura y la incertidumbre son personajes esenciales activados por Olivera al evocar las zonas ocupadas por la barbarie.
Solo al final, en el último relato, recrea el autor la tragedia de un prisionero de conciencia abandonado por sus familiares a excepción de la madre, quien lo visita el día de su cumpleaños. El hombre ha perdido la visión y casi todos los dientes. “Ni la invidencia lograba conmover los sentimientos de la parentela. Miedo en estado puro, terror de perder ciertos privilegios. Esa era la cuestión”.
Esa historia, la de mayor resonancia acusatoria, complementa el equilibrio entretejido por Jorge Olivera Castillo en Huésped del infierno, obra que ficciona sobre el mundo alucinante de las cárceles cubanas a partir de hechos y personajes reales. Olivera, como Raúl Rivero, ha sobrevivido para contarnos el horror con las claves de la literatura, sin acudir a la mitología del héroe y sin hablar de redención.

La vaca. / Miguel iturria Savón.

12 agosto 2014 às 23:46 por Ancla insular | Postado em: General
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la vaca

No supe que era sagrada hasta que no ocurrió el accidente. Yo viajaba entonces de  Guantánamo a La Habana en el ómnibus Yutong 1244. Fue en la madrugada de un jueves en la carretera central, entre Las Tunas y Camagüey, cerca de Sibanicú. El impacto despertó a los viajeros.

Cuando bajé ya los conductores habían avisado a la policía local y los pasajeros más curiosos rodeaban el cadáver. El frente del ómnibus estaba abollado y un chofer discutía con el policía más joven, con quien se fue a la estación a levantar el Acta de defunción. Regresó a la seis de la mañana con otro gendarme y un veterinario de la granja más cercana.

Continuamos el viaje con tres horas de atraso, entre murmullos y cuentos de ocasión. “Solo aquí y en la India se les rinde honores a ese animal”, dijo alguien con desdén.

“Allá se justifica por asuntos religiosos y tradicionales, pero aquí es un problema de carencias, leyes y matarifes”, agregó una anciana que decía no acordarse del sabor de un bisté.

“Si todo volviera a ser como antes, la libra valdría unos centavos en las carnicerías y mi sobrino no estuviera cumpliendo ocho años de prisión por sacrificio de ganado mayor”, expresó el anciano del asiento lateral.

Así transcurrió el viaje. El fantasma de la vaca atropellada se apoderó de los pasajeros. La ausencia de carne y las regulaciones penales sobre sacrificios, ventas o recepción sin permiso estatal pareció nublar las mentes embotadas por el sueño y la estupidez.

Permanecí en silencio pero recordé a Matilda, la vaquita de la televisión que resurge –como ave fénix- en los potes de leche que venden en las shopping. Me acordé también de Ubre Blanca, la campeona embalsamada por orden del Coma Andante, a quien complacía con más de doscientos litros al día. Evoqué con nostalgia la promesa del Máximo líder de llenar la bahía de La Habana con el espumoso alimento de las cuencas lecheras de Bayamo y Camagüey.

¿Será la vaquita que chocó con el Yutong nieta de las rumiantes que dejaron mal parado al Egregio Mesías del Caribe?

Recordé muchas cosas sobre el noble animal durante el resto del viaje, pero no pude imaginarme el sabor de su leche ni de su carne. Tal vez las cosas sagradas  y prohibidas son buenas consejeras para evitar las tentaciones y los años de encierro. ¡Dios nos libre del pecado!

Los guardianes pastorean el rebaño. / Miguel Iturria Savón.

9 agosto 2014 às 13:32 por Ancla insular | Postado em: General
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policias en la habana

No es agradable caminar entre policías. Aunque intentes obviarlos están frente a ti, como sombras incorporadas al paisaje citadino: en cada calle de El Vedado, en las esquinas de la Habana Vieja, en Reina, Neptuno, Carlos III e Infanta. Rondan las embajadas. Circulan en pareja por los parques y residencias de los repartos Kolhy, Almendares y Miramar. Caminan en silencio y asustados. Miran hacia todas partes con una mano en el bastón y la otra en la pistola. Controlan a los vehículos y coaccionan a los transeúntes. Parecen aves de mal agüero.

Nuestros “azulejos” carecen de olfato y de profesionalidad. Evaden los barrios marginales donde utilizan a delincuentes como informantes. Es difícil hallarlos en La Cuevita, en La Jata o en La Guinera. Aparecen como moscas en los alrededores de cada hotel, en las aceras de teatros y cabarets. Protegen a los turistas y discriminan a los nativos. Les preocupa el contenido de cada bolsa, mochila o portafolio. Registran en plena calle como si la ciudad estuviera en estado de sitio. Se extreman con los negros, los gays y con los transeúntes orientales. Persiguen a los vendedores. Miran con desdén a los ancianos y a los mendigos. Para ellos una muchacha elegante es un peligro en movimiento.

La mentalidad de trinchera subyace en los uniformados. Nadie escapa a la sospecha. Los guardianes pastorean al rebaño. La Patria es un escudo para sus desmanes. Son inmunes a la cortesía, el respeto y otros sentimientos solidarios. Hablan lo imprescindible. Apenas piensan o escuchan a los ciudadanos. Preguntan, registran y trasladan a la Unidad más próxima a cualquier caminante. El Mando sabrá que hacer con ellos. Las cárceles esperan. Las leyes son inflexibles.

Los jóvenes policías cubanos parecen androides adiestrados para detenciones rutinarias. Las Brigadas especiales dejan sus a”avispas” en las vías públicas. Los zánganos quedan en las oficinas. Los ciudadanos alimentan el aguijón paranoico. Los grandes pejes saben bañarse y guardar la ropa. Un carnet rojo es una patente de corzo.

Nadie sabe aún el costo social de estos campesinos con pistola que invaden las ciudades del país. Las estadísticas son secreto de Estado. El costo psicológico ya es visible y parece rasgar la piel de jóvenes y adultos que odian a los ineptos pastores de los Mandarines.

Al margen de los datos quedan los hechos y los problemas de una Cuba profunda y nada virtual que sumerge en la subsistencia al ladrón y al policía. Ambos son victimas de un tablero de necesidades creado por burócratas insaciables que encubren la realidad a cambio de prebendas y lealtades.

Muchos guardianes del orden provocan desórdenes, bajan al pozo de la corrupción, trafican influencias, defienden el muro corroído del totalitarismo. Persiguen ideas que desconocen. Son fantasmas omnipresentes en los tribunales de urgencias. Elaboran actas que denigran a los opositores pacíficos y al propio cuerpo que representan.

Los policías que manchan las esquinas son parte esencial –y existencial- de la ruleta represiva que marca nuestros pasos. El régimen castrense no confía ni en sus leyes y multiplica la nómina de los militares. Es preciso evitar el azar. Si los ciudadanos aprenden a vivir fuera del juego hay que ventilar sus paradigmas de libertad. Los uniformados sostienen el muro. Las alas del miedo acompaña a los caminantes.

 

¿Invasores o mercenarios? / Miguel Iturria Savón.

6 agosto 2014 às 10:31 por Ancla insular | Postado em: General
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Santiago La habana

No son fenicios, hititas, vándalos ni godos. No avanzan sobre las murallas de Babilonia, Roma o Bizancio. No huyen de lugares en conflictos ni pregonan la guerra santa. No son musulmanes, hebreos o palestinos. Invaden La Habana desde el extremo oriental de la Isla. Pero La Habana no aguanta más, está saturada y desprecia por igual a los “guajiros” de Pinar del Río, Camaguey, Las Tunas o Guantánamo. La tierra prometida de los habaneros está en el norte.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del país. La capital siempre estuvo conectada con Europa y con países de América que expandían su horizonte. Los cubanos del interior la miraban con recelo pero soñaban con sus barcos, sus comercios y sus calles. “Cuba es La Habana, lo demás es paisaje”, decían con nostalgia mientras preparaban el viaje de cada año. Regresaban cargados y felices. Ahora se quedan con cualquier pretexto. Han tocado fondo en el terruño. Tratan de romper la barrera del hambre y la desesperanza. Algunos buscan aires de libertad.

Los apacibles invasores son rehenes del régimen militar acaudillado por ancianos de Oriente. Aquellos llegaron disfrazados de libertadores, estos llegan disfrazados de policía. Un sueldo y una pistola los convierte en personas importantes. De los trenes orientales también descienden aguerridos constructores, maestros emergentes, trabajadores sociales y  sargentos políticos leales al gobierno. Son tropa de choque que controlan nuestras calles, cogen el pico y la pala en los contingentes, enseñan en las aulas doctrinas mal aprendidas y gritan consignas oficiales frente a incrédulos que se burlan de sus “aportes” a la lengua de Cervantes.

Los mercenarios de ocasión duermen en campamentos militares, albergues de la construcción y en confortables residencias estudiantiles. Tienen pan y sueldo estatal pero exploran los barrios de la periferia en busca de casa y pareja. Descubren a un tío o a un nague de la aldea que le permita levantar un rancho para salir de la Unidad. Algunos tienen suerte. Los más audaces abandonan el campamento, alquilan un cuarto en un solar y se lanzan al ruedo por si mismo, como esos indígenas del Amazonas que caminan asombrados por las calles de Caracas o de Bogotá.

Miles de “palestinos” se han desplazado hacia los barrios de Cayo Hueso, Los Sitios, La Timba, Jesús María, La Guinera, San Miguel del Padrón y otros recovecos de la ciudad, donde comparten el ron y la miseria con sus consortes habaneros. Aprenden la jerga y la forma de sobrevivir al margen de los funcionarios que pretenden controlar a los moradores. Tales intrusos son asimilados sin suspicacia. Trabajan en la construcción y en los agro mercados, conducen bici taxis, realizan guardias nocturnas, fabrican bebidas exóticas y hacen cualquier cosa para buscarse los dólares de cada día.

Delatan su presencia por la forma de hablar. Son alegres, bondadosos y comunicativos. Evocan a la familia y al terruño. Cantan en los ómnibus, discuten de pelota y evaden la política. Son sabios en la cultura alcohólica y en asuntos de mujeres. Un sello de pasión y de soberbia matiza sus actos.

Aunque en La Habana existen otros invasores los orientales se han impuesto en la última década como los gallegos y los canarios a fines del siglo XIX y principios del XX. La geopolítica del hambre los ha empujado sobre nuestras murallas, como a esos vándalos y godos que demolieron al Imperio Romano. ¡Estemos alertas, los bárbaros no vienen por el norte, avanzan desde el extremo oriente insular!

Un libro sobre Camilo, el difunto mitificado. Miguel Iturria Savón.

2 agosto 2014 às 12:33 por Ancla insular | Postado em: General
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Camilo Cienfuegos.

En los años ochenta un amigo me sugirió leer Camilo, señor de la vanguardia, publicado en 1979 y escrito por el general William Gálvez, miembro de la columna guerrillera del comandante Camilo Cienfuegos, desaparecido en extrañas circunstancias el 28 de octubre de 1959, momento que inicia su mitificación oficial y la elevación de su figura al santuario revolucionario, cuyos apologistas exaltan su valor, su lealtad a Fidel Castro y su  “corazón de comunista”.

La trágica desaparición de Camilo Cienfuegos Gorriarán (La Habana, 1932-1959) multiplicó de forma absurda su leyenda. Su nombre identifica al sistema de escuelas vocacionales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Su imagen centraliza al billete de veinte pesos y corona el logotipo de la Juventud Comunista. Decenas de calles, plazas, barrios, cooperativas agrícolas, centrales azucareros y centros estudiantiles llevan su nombre y apellidos. Cada 28 de octubre los maestros obligan a los niños a echarle flores en de ríos, mares y lagunas. Los textos historiográficos lo colocan casi al nivel de José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez.

En el imaginario colectivo la figura del héroe de vida aventurera, amplia sonrisa, melena y sombrero tejano conserva  los misterios y las especulaciones sobre su muerte. Camilo era un hombre solar, un ciclón, un desafío en aquella fiesta de la esperanza y la libertad de los primeros meses de 1959.

Tal es la tesis principal del libro Camilo, el héroe desaparecido, de Carlos Franqui, uno de los protagonistas de la revolución de 1959. “Estas páginas –dice el autor- son un breve retrato de su vida y sus hazañas guerrilleras, así como de las circunstancias dramáticas que precedieron a su muerte, origen de una serie de acontecimientos y situaciones que cambiaron el destino de Cuba”.

Carlos Franqui, exiliado en Europa desde 1968, fue reportero televisivo, redactor de Unión Radio, fundador de Radio Rebelde en la Sierra Maestra y director del periódico Revolución (de 1959 a 1963). Mantuvo contactos directos con Fidel Castro, Ernesto Guevara, Huber Matos y Camilo Cienfuegos. Fue un testigo excepcional de la lucha contra Batista y de la gestación del castrismo. Es autor de El libro de los doce, Retrato de familia con Fidel y otros textos en los que reescribe nuestra historia, ofrece una visión de cubanía y analiza los grandes momentos, caídas y pasiones de la nación.

Su libro sobre Camilo es un aporte serio, creíble, ameno y bien escrito. En el mismo utiliza testimonios, entrevistas, discursos, declaraciones, informes y fotos de la época, obtenidos personalmente o donados por figuras relevantes. Franqui combina la leyenda del héroe con la investigación histórica, el cotejo de la prensa escrita y su monumental conocimiento de la etapa.

En 219 páginas de formato pequeño y un apéndice de 28 ilustraciones el autor entreteje el retrato vigoroso de un héroe que reta a sus propias circunstancias personales: emigra a los Estados Unidos en busca de una vida mejor, pero regresa y participa en las luchas urbanas; marcha a México y retorna como expedicionario; se interna en las montañas y ocupa pequeños cuarteles, lucha en el llano y atraviesa parte de la isla, lo cual contribuyó al triunfo de la revolución, que enseguida se enredó en las pasiones y las luchas internas de sus protagonistas, quienes acabaron devorándolo casi todo.

Carlos Franqui maneja diversos ángulos y perspectivas e inserta fragmentos de cartas, diarios, discursos y relatos puntuales del mismo Camilo, de Ernesto Guevara, Dariel Alarcón (Benigno), Fidel Castro y Huber Matos.

El libro describe, además, los primeros meses de la revolución cubana, algunos sucesos, reuniones, tendencias contrapuestas, informes secretos y el quehacer maquiavélico de Fidel Castro, Osvaldo Sánchez, Ramiro Valdés y Raúl Castro, “el brazo largo y extendido de Fidel Castro que va quitando a Camilo sus mandos militares, paso a paso, desplazando a sus hombres y sustituyéndolos por los suyos…” (p. 215).

El escritor sacude el velo de las apariencias, traza con maestría la visión del pueblo sobre los comandantes principales, la vibración de “los de abajo”, las intrigas de “los de arriba”, los conflictos y las tácticas de Fidel Castro, quien “conmovía, estremecía y paralizaba todo y a todos” (p133).

Presenta a Camilo en el panorama de euforia nacional, al margen de las intrigas, como los cubanos de entonces  “…admirado no de abajo a arriba, sino de tú a tú”. Cita sus declaraciones sobre “fundir dos ejércitos en uno solo, que respalde los derechos y la democracia de esta nación…”; la necesidad de  “convertir los cuarteles en escuelas técnicas”, pues “Aquí no hace falta más arma que la Constitución”.

“Camilo era equilibrado en todo: no era procomunista ni anticomunista, estaba por la unidad de todos, sin excluir a nadie”. Según Franqui, esa posición lo enfrentó a Raúl y a Guevara. Agrega que “fue siempre independiente: no encontramos en su vocabulario las frases y consignas clave de los marxistas, comunistas, izquierda radical y otros sobre el capitalismo, el proletariado, la Unión Soviética, antiyanquismo y declaraciones de odio y violencia social”. Y aclara: “Camilo identifica a la revolución con el pensamiento martiano, el anti caudillismo, la cubanía y la libertad”.

Finalmente, el autor valora el desenlace de octubre y las circunstancias contradictorias de su desaparición física, desde el nombramiento de Raúl Castro como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la renuncia y detención del comandante Huber Matos, acusado de traición por Jorge E. Mendoza y Fidel Castro. “Todo esto es una metedura de pata”, dice Camilo, quien investigaba el caso para testificar en el juicio, pero desaparece durante el vuelo de Camagüey a La Habana.

Camilo no llegó a declarar en aquel proceso absurdo contra Hubert Matos, lo quitaron del medio para evitar sus declaraciones; luego lo mitifican y lo elevan al santoral de la Patria, una patria que aún desciende la escalera de la involución física y humana, como Haití tras la guerra de independencia contra los colonos franceses.

Baby Brack. Miguel Iturria Savón.

30 julio 2014 às 12:14 por Ancla insular | Postado em: General
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Era un negro alto de facciones finas. Vivía en una cabaña de piedra y piso de tierra, entre árboles frutales que lo ayudaban a sobrevivir. Cultivaba lechuga, tomates y viandas bajo la sombra de los árboles. Era esencialmente vegetariano. Masticaba hierbas, salcochaba papas y boniatos, a los que añadía una ración de insectos y, a veces, un trozo de pollo hervido que devoraba en presencia de chiquillos curiosos y adultos indiferentes.

Se llamaba Luis. Le decían el loco. No se bañaba ni se cortaba el pelo ni la barba. Usaba chancletas de palo. Hacia pipas y aspiraba en ellas el humo de hierbas secas. Se entretenía con objetos rústicos construidos con trocitos de madera, chapas de botellas y latas vacías. Dormía con la puerta abierta pero ni los perros se acercaban a su covacha, situada en la esquina de la calle 221, frente a la carretera que conduce al cementerio de Santa María del Rosario, al sudeste de La Habana.

Caminaba despacio apoyado en un bastón. Su olor era imponente. Cuando entraba al mercado le abrían paso y lo atendían con urgencia. En la panadería suplicaba un panecillo adicional al de la cuota estatal. En el puesto de vegetales le obsequiaban legumbres y frutas desechables. Mostraba su gratitud inclinando la cabeza como un dios africano caído en desgracia.

Los vecinos más viejos lo saludaban al cruzarse con él en las aceras. Los niños los miraba con asombro y temor. Solo la madre y una hermana asmática que pintaba por encargo a domicilio lo visitaban a veces con algo de comer, o le obsequiaban una sábana vieja para su camastro de paja y madera.

Dicen que Luis no tuvo necesidades complicadas. Solo luchó por la comida. Nadie lo llevó al médico ni le ofreció medicinas. No se enfrentó al ejército de fantasmas que lo convirtió en una sombra de su sombra. Fue feliz en la locura.

Hubo en su vida un período de luz antes de naufragar en la demencia. Fue profesor de inglés en una escuela secundaria. Vestía de blanco impecable en contraste con su piel. Usaba zapatos de dos tonos. Se rasuraba y perfumaba con esmero. Decoraba su cabello con moñitos. Los miércoles, viernes y domingos bajaba al parque del Cotorro donde era aclamado por un grupo de jóvenes con quienes charlaba en la lengua de Shakespeare. Cantaba para ellos baladas de los Beatles, Tom Jones y otros intérpretes de moda de la década del sesenta en la que siguió anclado.

“Los pepillos de entonces los queríamos”, dice Edilia García, enfermera y vecina de Luis, quien estudiaba piano y hablaba con él sobre música. “Le decíamos Baby Black porque cantaba como un tenor y entonaba una melodía pegajosa: Baby, baby, te voy a contar / las fibras de marfil / si yo te digo baby tu te estás quieta…”

Otros jóvenes de ayer evocan al carismático ermitaño, cuya muerte y la demolición de su cabaña desatan la nostalgia del pasado inmediato. “Huyó hacia si mismo sin rezos ni sueños”, advierte Octavio Capote, el mecánico que asistía a las tertulias del parque.

Luis el loco, alias Baby Black, habita en cada piedra amontonada y en la memoria frágil de quienes reconstruyen su leyenda en un barrio de La Habana.

Peñíscola, historia y placer. Miguel Iturria Savón.

25 julio 2014 às 9:36 por Ancla insular | Postado em: General
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peniscola vista aerea

Si Morella reina majestuosa en una colina interior, Peñíscola respira el mar y su castillo vigila las costas mediterráneas entre  Alcossebre y Benicarló, como si aún salvaguardara al poblado medieval, bastión de enfrentamientos entre moros y cristianos.

En Morella es posible perderse entre plazas y callejuelas, en Peñíscola no, salvo en las dependencias del enorme castillo fundado por los caballeros Templarios en el siglo XIV y modificado después por el Papa Pedro de Luna –Benedicto XIII-, quien estableció su residencia al lado del patio de armas y su estudio-biblioteca en la planta superior, desde donde “miraba hacia Roma”, en manos de intrigantes y herejes con puñales.

Cuando el viajero asciende por Peñíscola apenas piensa en los detalles urbanos y paisajísticos de la mini ciudad costera cuyos habitantes mercadean el valor simbólico del lugar. Hasta quienes se quedan a veranear están fascinados por el Castillo, sus monjes guerreros y las leyendas sobre el Papa irredento que vivió y murió entre sus murallas, alejado del esplendor del Vaticano y acosado por los emisarios de Roma que devaluaban sus debates teológicos con hebreos y musulmanes.

Si no fuera por el inexpugnable castillo de los Templarios y el enérgico Papa Luna, Peñíscola sería una playa más de la provincia española de Castellón, donde otra ciudad costera –Gandía- fue cuna de los célebres Borja –Borgia en italiano y catalán- que aportaron dos Papas a la Iglesia Católica: Alfonso de Borja, alias Calixto III (1455-1458), quien derrotó a los turcos en Belgrado en julio de 1456, y su sobrino Rodrigo Borja, encumbrado como Alejandro VI (1492-1503) y padre de los notorios César y Lucrecia Borgia, todos de vasta leyenda negra, además de los duques de Gandía. Pero esas son otras historias, sigamos con Peñíscola y su Castillo, ahora museable.

Un joven historiador sintetiza con agudeza y humor los hechos y leyendas del castillo, su construcción, los mecanismos de defensa, los salones y deberes de los Templarios y la tenacidad del Papa Luna en medio del cisma que erosionó a la Iglesia en Europa. Revela, por ejemplo, que la puerta principal, en arco de medio punto, está flanqueada por torres cuadradas y salientes que la protegen. Sobre ella corre una faja de sillares con emblemas heráldicos esculpidos de los primeros comendadores del Temple.

Al atravesar dicha puerta los visitantes descubren, a la derecha, las primeras dependencias del castillo, como el aljibe; a la izquierda resurge el gran salón rectangular, antiguo establo, de bóveda ligeramente apuntalada, y habitaciones al fondo. Les sigue la plazoleta o patio de armas, a cuya derecha instaló Benedicto XIII su reducido palacio papal.

En el lado opuesto al patio de armas está la iglesia del Castillo, minimalista en sus imágenes y espacios: una sola capilla rectangular o nave con bóveda de medio cañón y ábside semicircular, dedicada en su inicio a la Virgen María y a los Tres Reyes Magos. Entre la iglesia y el palacio pontificio se extiende un amplio salón gótico, abovedado y con muros de sillería labrada; en su puerta de medio punto están blasones del comendador Cardona, amplios ventanales iluminados y otros que recaen a patios interiores, además del testero y su puerta conectada al palacio.

Existe, por supuesto, una escalera empinada que desciende a un amplio salón iluminado por una claraboya y reducidas aspilleras; en un costado se abre el acceso a las primitivas mazmorras de la fortaleza. Fuera del castillo quedan residuos de una escalera labrada en roca viva que baja hasta un embarcadero natural al borde del mar, por donde podía escapar el Papa, lo cual acentúa las leyendas sobre sus amantes y emisarios secretos.

Al alejarse de Peñíscola, embriagados y felices, los viajeros piensan en el privilegio de quienes viven en ese enclave rodeados de agua, playas, monumentos, historias y leyendas medievales.

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