Una figura mítica. Miguel Iturria Savón.

27 junio 2008 às 17:29 por Ancla insular | Postado em: Lydia Cabrera.
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Cuando leí por primera vez El monte, de Lydia Cabrera (La Habana, 1899-Miami, 1991) comprendí mi ignorancia sobre las religiones, la magia, las supersticiones y el folklor de los negros de nuestra isla, por lo cual busqué otros libros suyos de difícil acceso, como Cuentos negros de Cuba y La laguna sagrada de San Joaquín. Leí después algunos textos de Lezama Lima, Gastón Baquero y Natalia Bolívar acerca del legado intelectual de la etnóloga y escritora que marchó al exilio, donde revivió la Colección Chicherekú, soporte editorial de casi toda su obra.
Aunque sigo siendo un neófito sin tiempo ni paciencia para apropiarme de los aportes espirituales de los africanos en Cuba, he bebido lo esencial sobre el tema en los libros de Lydia Cabrera y Fernando Ortiz, quienes revelaron las huellas ancestrales de las culturas traídas por los negros esclavizados en esta isla del Caribe, donde convergieron un crisol de pueblos, razas, lenguas y concepciones del universo que dieron lugar a un hombre nuevo, propio de la nación cubana.
Lydia, Fernando y sus seguidores –Natalia Bolívar, Tomás Fernández Robaina, Miguel Barnet y otros- “hicieron hablar” a los descendientes de esclavos, hurgaron en su mundo mítico, develaron las leyendas sagradas, su frondosa oralidad y el legado lingüístico, danzario y musical, sin desdeñar las peculiares diferencias entre las culturas trasplantadas desde África, principalmente la yoruba, la bantú, arará, mina y carabalí.
Lydia escuchó a los grandes narradores negros de La Habana, Matanzas y Trinidad. Se percató que el cuento –como los cantos y los bailes- era una de las distracciones del esclavo en los ingenios, haciendas y cafetales. Sus informantes fueron el centro de su extensa obra etnográfica y literaria, la cual se nutre de una oralidad que reproduce la visión del universo traída por los esclavos, quienes creían en la espiritualidad del monte y lo identificaban con la tierra.
Lydia marchó tras el saber humano, su vasta cultura, sensibilidad y afán investigativo la llevaron a un mundo muy distinto al suyo. Sus excursiones folklóricas la convirtieron en depositaria de las tradiciones y creencias de los inmigrantes africanos.
Al estudiar las culturas negras de Cuba, la gran etnóloga ofreció a los especialistas “un material no contaminado por el filtro peligroso de la interpretación”. En El monte reconoce que el método seguido fue impuesto por esos “documentos vivos”, quienes “son incapaces de ajustarse a ningún plan,… usan eufemismos y supersticiones de lenguaje”, por lo que “es preciso aprender a pensar como ellos, someterse a sus caprichos y resabios, a sus estados de ánimo, a sus demoras desesperantes y su conformidad”.
En esa especie de Biblia que es El monte, la autora deslinda del mapa místico de las influencias continentales las dos áreas más importantes: la lucumí y la conga –yoruba y bantú-, catalogadas de Ñañiguismo por los profanos, incapaces de distinguir entre una y otra cultura las diferencias de las prácticas y filiación religiosa. Advierte que los lucumí son clientes del Babalocha u oluborissa, mientras los del Padre Nganga o Taita inkisi son congos.
Obras como Ayapá. Cuentos de Jicotea, Los animales en el folklor y la magia de Cuba, Anagó, vocabulario lucumí y Cuentos para adultos y niños retrasados, complementan su rastreo de la cultura popular de origen africano. La escritora oscila entre la fidelidad a las fuentes, el tono poético de ese pasado de sombras e imágenes, la gracia del cuentero de origen africano y el humor, la picardía y la amenidad de su prosa.
Al valorar los relatos de Lydia Cabrera los críticos y antropólogos examinan la base folklórica y el valor artístico de los mismos. Esperanza Figueroa la considera inventora del subjetivismo telúrico, pues: “sus gentes nunca entran en las casas, viven al aire libre. Leen las nubes y las hojas de los árboles, entienden el lenguaje de los animales, conversan diariamente con los espíritus…, atraviesan caminos, sienten, poseen la codicia de la tierra”.
Natalia Bolívar, autora de Los Orishas en Cuba, señala el valor mítico-simbólico de los cuentos de Lydia y la estructura esotérica, altamente hierática, y una narración ingenua y concreta que da lugar a varias lecturas.
Aunque su impronta en la cultura insular tuvo un paréntesis trazado por su largo exilio y por la ideologización de la vida y las instituciones cubanas, Lydia Cabrera es una figura mítica que inspira a creadores y estudiosos de las dos orillas. Sus obras son un tesoro espiritual. Sus historias y anécdotas son repetidas por muchos. Su libro El monte es un clásico que circula entre neófitos y seguidores de los dioses tutelares del panteón yoruba de Cuba.