Los brazos del destino. / Miguel Iturria Savón.

20 agosto 2014 às 8:44 por Ancla insular | Postado em: General
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Rolando Inclán Delgado quiso ser un héroe y marchar a las selvas del África para demostrar su valía. Desde niño creyó en las leyendas históricas y en los relatos de los libros sobre la lucha en la Sierra Maestra. Admiraba el uniforme verde olivo de un capitán que visitaba su casa y le hablaba de la guerra. Tal vez por eso al terminar la secundaria básica ingresó con euforia en el Servicio militar. Juró cinco años en vez de tres y, finalmente, obtuvo un puesto en una Unidad del Ejército Juvenil del Trabajo, lo cual le permitía ayudar a la madre y satisfacer su pasión militar.

Fue un militar cumplidor y entusiasta pero la prisa lo dejó al borde del camino. No obtuvo grados, condecoraciones ni tiempo para arriesgar la vida en una de las misiones de las tropas cubanas en las selvas de África. Su euforia e inexperiencia le jugaron una mala pasada. En una demostración con granadas perdió las dos manos y parte de los brazos. La muerte se compadeció del joven soldado, quien no se conformó con su chequera de jubilado ni con sus manos postizas adquiridas en la antigua Alemania Democrática.

Cuando lo conocí en 1988 aún usaba sus manos alemanas y cantaba en un grupo de rock en la Casa de la cultura del Cotorro, al sur de La Habana. Entonces soñaba con ser artista y ofrecer conciertos contra la guerra. La policía no se metía con él, pero los instructores de arte lo bajaron de las nubes al negarle el acceso a los talleres de piano y de guitarra. ¿Cómo enseñar tales instrumentos a alguien sin manos propias? Algo similar le dijo un profesor de pintura. La creación no depende solo de la voluntad.

Roly el manco siguió probando suerte sin pensar en su minusvalía. Obtuvo un apartamento por Seguridad Social pues la familia empezó a sacarle provecho a la desgracia. El apartamento lo permutó luego por una casa amplia en mal estado y logró un crédito para repararla, previa incorporación como cocinero a un campamento agrícola estatal en Quivicán.

Como es difícil cocinar sin manos, Roly abandonó el campamento y se vinculó a los constructores de un edificio cercano. Ejerció como albañil y soldador con guantillas a cambio de arena, cemento y bloques para reparar su nueva vivienda. Entre las bromas y el desvío de materiales terminó su acometido.

Supe después de su desempeño como mecánico en el taller del padre donde aprendió la chapistería, oficio que alternó con la jardinería a domicilio, la custodia de escuelas primarias y la venta de pasteles en las calles de Residencial América, en las que a veces enfrenta a los inspectores y a los policías que no reparan en este manco laborioso y tenaz.

A los 42 años Rolando Inclán Delgado no sueña con la guerra ni aspira a ser oficial de las diezmadas fuerzas armadas cubanas. Piensa que sus manos y sus brazos están en manos del destino y le agradece a Dios la posibilidad de vivir sin tantas pretensiones.

Un libro de Jorge Olivera Castillo. / Miguel Iturria Savón.

16 agosto 2014 às 20:04 por Ancla insular | Postado em: General
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Casi todos los periodistas independientes que reportan el día a día desde esa isla del Caribe sumergida en la larga noche del despotismo castrense son reprimidos y censurados en Cuba. Algunos llegaron al periodismo con varios libros publicados -Raúl Rivero, Tania Díaz Castro, Frank Correa y otros que multiplicaron su obra en el exilio-. El resto son conocidos por sus crónicas y artículos en Estados Unidos, España o México. Solo después de la oleada represiva del 2003 aparecieron editoriales que empezaron a difundir ensayos, poesía o narrativa de colega que permanecen en Cuba.
Jorge Olivera Castillo es uno de los más prolíficos autores de quienes ejercen el oficio al margen de la prensa oficial. Dos años después de salir de la cárcel con licencia extra penal por enfermedad vio la luz su primer cuaderno de relatos: Huésped del infierno, publicado por Aduana Vieja en Valencia, España; les siguieron Antes que amanezca y los poemarios Sobrevivir en la boca del lobo, Cenizas alumbradas y Tatuajes en la memoria, todos de elevada factura estética y editados en el exilio; ninguno circula en en la isla aunque han sido presentados en el Círculo de Escritores y algunos entregados a varias Bibliotecas independientes. De tales obras comentaré la primera.
Supongo que Huésped del infierno sea un texto prohibido pero no perseguido. La contradicción se debe a la exquisitez de cada cuento. La maestría del autor le permite evadir la catarsis y la diatriba de los prisioneros de conciencia, quienes casi siempre escriben desde el dolor y la inmediatez. Solo el excelente Prólogo del poeta Raúl Rivero y la nota Al lector del propio Olivera nos hablan del calvario del escritor tras las rejas, entre el 2003 y el 2005.
En Huésped del infierno Jorge Olivera denuncia y recrea artística mente ese período de sombras que lo puso en contacto con “un cementerio de hombres vivos adaptados a retozar con la muerte”. Tras las rejas conoció la marginación, la locura y la maldad sin diques de los carceleros. Pagaba así, junto a Raúl Rivero, Manuel Vázquez Portal y otros escritores y periodistas, la osadía de escribir sin censura en un país donde la libertad es una quimera.
Con este pequeño libro de cuentos Jorge Olivera Castillo reafirma su talento literario sin alardes formales ni lecciones pedagógicas y políticas, en torno a esos ámbitos de encierro “donde el terror conserva rangos monárquicos”.
Su obra tiene valor testimonial pero está revestida por la mesura de la prosa, la excelencia de las descripciones y la necesidad de trazar una crónica de la deshumanización sin acudir a la retórica desgastada del heroísmo y la mitificación. Tal vez por eso, cada uno de sus diez relatos es un cuerpo en si mismo, con su propia melodía y la pintura lacerante de tantas vidas rotas en la periferia de la esperanza.
El autor presenta el salvajismo y el derrumbe total de algunos de esos prisioneros con quienes compartió la celda. Pero no decora el envilecimiento de los asesinos. No describe las virtudes de los presos políticos. No señala el nombre de los carceleros que golpean y se degradan con la represión ni menciona las prisiones y los lugares del país donde vegetan las víctimas de la deshumanización. Esa licencia del autor crea una ambigüedad favorable al lector de otras latitudes y hace más universal y creíble sus relatos.
La estructura compositiva de Huésped del infierno propicia una mirada muy abarcadora sobre los horrores de nuestras cárceles. Olivera obsequia al lector con relatos breves en los cuales dibuja con precisión, casi siempre en primera o tercera persona, la vida de gentes caídas en desgracia. Son escenas desgarradoras en un escenario sin luz y sin futuro. El autor es sobrio y a veces lacónico, como esos seres espantados que ahora galopan en las páginas de estos cuentos sacados de un verdadero infierno sin paraíso.
En “Aquella primavera”, describe la visita de la mujer con la “expectativa de la distancia” y “las coordenadas de las franquezas”, pues Nancy, dice, “me llena de amor e impide tragarme el arroz con gusanos”. En “Epidemia” el tono es más dramático pero sin lamentos ni patetismo. Cuenta el horroroso drama de Higinio, “el penúltimo reo que la tuberculosis se llevó”. La voz del narrador mantiene la tensión sin perder la textura y la secuencia del relato.
Los personajes de Olivera no tienen apellido pero son seres creíbles y vigorosos. A veces proceden del entorno familiar o de las alucinaciones de los prisioneros. Gretel, por ejemplo, es la muchacha asesinada por Inocencio, “un huésped de la jungla con el mal humor en el directo” y un derroche de coraje a toda prueba. Herminio ha matado dos vacas a un caballo sin que le temblara el pulso. Jennifer es un joven homosexual que asesinó a dos de sus amantes y sueña ser tan deseada como la actriz Jennifer López. Maikel es un suicida que se prendió fuego con sus pocas pertenencias ante la vista de todos. Andrés es otro suicida, al igual que Arnaldo, quien dejó su oreja izquierda como reliquia y se cosió los labios de punta a punta.
“Arnaldo perdió el juicio después de recobrar la conciencia, perdida por una retahíla de trastazos propinados por el oficial de rasgos cavernícolas. Despertó en la locura”.
Varios cuentos reparan en la locura y en el suicidio como salida ante el horror. Las manías, las apariciones de los que pasaron a mejor vida y las angustias de los prisioneros desquiciados ocupan las mejores páginas de esta obra, en las que un narrador omnisciente lo ve todo, o casi todo, sin reparar en el porqué de nada pues “en el infierno suceden cosas demasiado extrañas”.
En “La cena” nos presenta el creador un drama colectivo alucinante. La caída accidental de un aura tiñosa -buitre cubano- augura un desesperado “ejercicio de prestidigitación mental” cargado de violencia ante la posibilidad de probar la carne. La riña tumultuaria tiene un desenlace feroz.
En “Luna llena” Daniel enfrenta a los fantasmas de su mente atrofiada. Lucha contra su propia sombra, amplificada por la luna en medio de la noche. Amaneció colgado por el cuello con la sábana que conservaba para encontrarse con Amalia, la novia soñada y deseada por el “intruso” que lo llevó al suicidio.
“La noche con su mímica y su traje de sombra” habita en varios relatos de este libro mágico. La noche, las ratas, la muerte, la locura y la incertidumbre son personajes esenciales activados por Olivera al evocar las zonas ocupadas por la barbarie.
Solo al final, en el último relato, recrea el autor la tragedia de un prisionero de conciencia abandonado por sus familiares a excepción de la madre, quien lo visita el día de su cumpleaños. El hombre ha perdido la visión y casi todos los dientes. “Ni la invidencia lograba conmover los sentimientos de la parentela. Miedo en estado puro, terror de perder ciertos privilegios. Esa era la cuestión”.
Esa historia, la de mayor resonancia acusatoria, complementa el equilibrio entretejido por Jorge Olivera Castillo en Huésped del infierno, obra que ficciona sobre el mundo alucinante de las cárceles cubanas a partir de hechos y personajes reales. Olivera, como Raúl Rivero, ha sobrevivido para contarnos el horror con las claves de la literatura, sin acudir a la mitología del héroe y sin hablar de redención.

La vaca. / Miguel iturria Savón.

12 agosto 2014 às 23:46 por Ancla insular | Postado em: General
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la vaca

No supe que era sagrada hasta que no ocurrió el accidente. Yo viajaba entonces de  Guantánamo a La Habana en el ómnibus Yutong 1244. Fue en la madrugada de un jueves en la carretera central, entre Las Tunas y Camagüey, cerca de Sibanicú. El impacto despertó a los viajeros.

Cuando bajé ya los conductores habían avisado a la policía local y los pasajeros más curiosos rodeaban el cadáver. El frente del ómnibus estaba abollado y un chofer discutía con el policía más joven, con quien se fue a la estación a levantar el Acta de defunción. Regresó a la seis de la mañana con otro gendarme y un veterinario de la granja más cercana.

Continuamos el viaje con tres horas de atraso, entre murmullos y cuentos de ocasión. “Solo aquí y en la India se les rinde honores a ese animal”, dijo alguien con desdén.

“Allá se justifica por asuntos religiosos y tradicionales, pero aquí es un problema de carencias, leyes y matarifes”, agregó una anciana que decía no acordarse del sabor de un bisté.

“Si todo volviera a ser como antes, la libra valdría unos centavos en las carnicerías y mi sobrino no estuviera cumpliendo ocho años de prisión por sacrificio de ganado mayor”, expresó el anciano del asiento lateral.

Así transcurrió el viaje. El fantasma de la vaca atropellada se apoderó de los pasajeros. La ausencia de carne y las regulaciones penales sobre sacrificios, ventas o recepción sin permiso estatal pareció nublar las mentes embotadas por el sueño y la estupidez.

Permanecí en silencio pero recordé a Matilda, la vaquita de la televisión que resurge –como ave fénix- en los potes de leche que venden en las shopping. Me acordé también de Ubre Blanca, la campeona embalsamada por orden del Coma Andante, a quien complacía con más de doscientos litros al día. Evoqué con nostalgia la promesa del Máximo líder de llenar la bahía de La Habana con el espumoso alimento de las cuencas lecheras de Bayamo y Camagüey.

¿Será la vaquita que chocó con el Yutong nieta de las rumiantes que dejaron mal parado al Egregio Mesías del Caribe?

Recordé muchas cosas sobre el noble animal durante el resto del viaje, pero no pude imaginarme el sabor de su leche ni de su carne. Tal vez las cosas sagradas  y prohibidas son buenas consejeras para evitar las tentaciones y los años de encierro. ¡Dios nos libre del pecado!

Los guardianes pastorean el rebaño. / Miguel Iturria Savón.

9 agosto 2014 às 13:32 por Ancla insular | Postado em: General
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policias en la habana

No es agradable caminar entre policías. Aunque intentes obviarlos están frente a ti, como sombras incorporadas al paisaje citadino: en cada calle de El Vedado, en las esquinas de la Habana Vieja, en Reina, Neptuno, Carlos III e Infanta. Rondan las embajadas. Circulan en pareja por los parques y residencias de los repartos Kolhy, Almendares y Miramar. Caminan en silencio y asustados. Miran hacia todas partes con una mano en el bastón y la otra en la pistola. Controlan a los vehículos y coaccionan a los transeúntes. Parecen aves de mal agüero.

Nuestros “azulejos” carecen de olfato y de profesionalidad. Evaden los barrios marginales donde utilizan a delincuentes como informantes. Es difícil hallarlos en La Cuevita, en La Jata o en La Guinera. Aparecen como moscas en los alrededores de cada hotel, en las aceras de teatros y cabarets. Protegen a los turistas y discriminan a los nativos. Les preocupa el contenido de cada bolsa, mochila o portafolio. Registran en plena calle como si la ciudad estuviera en estado de sitio. Se extreman con los negros, los gays y con los transeúntes orientales. Persiguen a los vendedores. Miran con desdén a los ancianos y a los mendigos. Para ellos una muchacha elegante es un peligro en movimiento.

La mentalidad de trinchera subyace en los uniformados. Nadie escapa a la sospecha. Los guardianes pastorean al rebaño. La Patria es un escudo para sus desmanes. Son inmunes a la cortesía, el respeto y otros sentimientos solidarios. Hablan lo imprescindible. Apenas piensan o escuchan a los ciudadanos. Preguntan, registran y trasladan a la Unidad más próxima a cualquier caminante. El Mando sabrá que hacer con ellos. Las cárceles esperan. Las leyes son inflexibles.

Los jóvenes policías cubanos parecen androides adiestrados para detenciones rutinarias. Las Brigadas especiales dejan sus a”avispas” en las vías públicas. Los zánganos quedan en las oficinas. Los ciudadanos alimentan el aguijón paranoico. Los grandes pejes saben bañarse y guardar la ropa. Un carnet rojo es una patente de corzo.

Nadie sabe aún el costo social de estos campesinos con pistola que invaden las ciudades del país. Las estadísticas son secreto de Estado. El costo psicológico ya es visible y parece rasgar la piel de jóvenes y adultos que odian a los ineptos pastores de los Mandarines.

Al margen de los datos quedan los hechos y los problemas de una Cuba profunda y nada virtual que sumerge en la subsistencia al ladrón y al policía. Ambos son victimas de un tablero de necesidades creado por burócratas insaciables que encubren la realidad a cambio de prebendas y lealtades.

Muchos guardianes del orden provocan desórdenes, bajan al pozo de la corrupción, trafican influencias, defienden el muro corroído del totalitarismo. Persiguen ideas que desconocen. Son fantasmas omnipresentes en los tribunales de urgencias. Elaboran actas que denigran a los opositores pacíficos y al propio cuerpo que representan.

Los policías que manchan las esquinas son parte esencial –y existencial- de la ruleta represiva que marca nuestros pasos. El régimen castrense no confía ni en sus leyes y multiplica la nómina de los militares. Es preciso evitar el azar. Si los ciudadanos aprenden a vivir fuera del juego hay que ventilar sus paradigmas de libertad. Los uniformados sostienen el muro. Las alas del miedo acompaña a los caminantes.

 

¿Invasores o mercenarios? / Miguel Iturria Savón.

6 agosto 2014 às 10:31 por Ancla insular | Postado em: General
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Santiago La habana

No son fenicios, hititas, vándalos ni godos. No avanzan sobre las murallas de Babilonia, Roma o Bizancio. No huyen de lugares en conflictos ni pregonan la guerra santa. No son musulmanes, hebreos o palestinos. Invaden La Habana desde el extremo oriental de la Isla. Pero La Habana no aguanta más, está saturada y desprecia por igual a los “guajiros” de Pinar del Río, Camaguey, Las Tunas o Guantánamo. La tierra prometida de los habaneros está en el norte.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del país. La capital siempre estuvo conectada con Europa y con países de América que expandían su horizonte. Los cubanos del interior la miraban con recelo pero soñaban con sus barcos, sus comercios y sus calles. “Cuba es La Habana, lo demás es paisaje”, decían con nostalgia mientras preparaban el viaje de cada año. Regresaban cargados y felices. Ahora se quedan con cualquier pretexto. Han tocado fondo en el terruño. Tratan de romper la barrera del hambre y la desesperanza. Algunos buscan aires de libertad.

Los apacibles invasores son rehenes del régimen militar acaudillado por ancianos de Oriente. Aquellos llegaron disfrazados de libertadores, estos llegan disfrazados de policía. Un sueldo y una pistola los convierte en personas importantes. De los trenes orientales también descienden aguerridos constructores, maestros emergentes, trabajadores sociales y  sargentos políticos leales al gobierno. Son tropa de choque que controlan nuestras calles, cogen el pico y la pala en los contingentes, enseñan en las aulas doctrinas mal aprendidas y gritan consignas oficiales frente a incrédulos que se burlan de sus “aportes” a la lengua de Cervantes.

Los mercenarios de ocasión duermen en campamentos militares, albergues de la construcción y en confortables residencias estudiantiles. Tienen pan y sueldo estatal pero exploran los barrios de la periferia en busca de casa y pareja. Descubren a un tío o a un nague de la aldea que le permita levantar un rancho para salir de la Unidad. Algunos tienen suerte. Los más audaces abandonan el campamento, alquilan un cuarto en un solar y se lanzan al ruedo por si mismo, como esos indígenas del Amazonas que caminan asombrados por las calles de Caracas o de Bogotá.

Miles de “palestinos” se han desplazado hacia los barrios de Cayo Hueso, Los Sitios, La Timba, Jesús María, La Guinera, San Miguel del Padrón y otros recovecos de la ciudad, donde comparten el ron y la miseria con sus consortes habaneros. Aprenden la jerga y la forma de sobrevivir al margen de los funcionarios que pretenden controlar a los moradores. Tales intrusos son asimilados sin suspicacia. Trabajan en la construcción y en los agro mercados, conducen bici taxis, realizan guardias nocturnas, fabrican bebidas exóticas y hacen cualquier cosa para buscarse los dólares de cada día.

Delatan su presencia por la forma de hablar. Son alegres, bondadosos y comunicativos. Evocan a la familia y al terruño. Cantan en los ómnibus, discuten de pelota y evaden la política. Son sabios en la cultura alcohólica y en asuntos de mujeres. Un sello de pasión y de soberbia matiza sus actos.

Aunque en La Habana existen otros invasores los orientales se han impuesto en la última década como los gallegos y los canarios a fines del siglo XIX y principios del XX. La geopolítica del hambre los ha empujado sobre nuestras murallas, como a esos vándalos y godos que demolieron al Imperio Romano. ¡Estemos alertas, los bárbaros no vienen por el norte, avanzan desde el extremo oriente insular!

Un libro sobre Camilo, el difunto mitificado. Miguel Iturria Savón.

2 agosto 2014 às 12:33 por Ancla insular | Postado em: General
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Camilo Cienfuegos.

En los años ochenta un amigo me sugirió leer Camilo, señor de la vanguardia, publicado en 1979 y escrito por el general William Gálvez, miembro de la columna guerrillera del comandante Camilo Cienfuegos, desaparecido en extrañas circunstancias el 28 de octubre de 1959, momento que inicia su mitificación oficial y la elevación de su figura al santuario revolucionario, cuyos apologistas exaltan su valor, su lealtad a Fidel Castro y su  “corazón de comunista”.

La trágica desaparición de Camilo Cienfuegos Gorriarán (La Habana, 1932-1959) multiplicó de forma absurda su leyenda. Su nombre identifica al sistema de escuelas vocacionales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Su imagen centraliza al billete de veinte pesos y corona el logotipo de la Juventud Comunista. Decenas de calles, plazas, barrios, cooperativas agrícolas, centrales azucareros y centros estudiantiles llevan su nombre y apellidos. Cada 28 de octubre los maestros obligan a los niños a echarle flores en de ríos, mares y lagunas. Los textos historiográficos lo colocan casi al nivel de José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez.

En el imaginario colectivo la figura del héroe de vida aventurera, amplia sonrisa, melena y sombrero tejano conserva  los misterios y las especulaciones sobre su muerte. Camilo era un hombre solar, un ciclón, un desafío en aquella fiesta de la esperanza y la libertad de los primeros meses de 1959.

Tal es la tesis principal del libro Camilo, el héroe desaparecido, de Carlos Franqui, uno de los protagonistas de la revolución de 1959. “Estas páginas –dice el autor- son un breve retrato de su vida y sus hazañas guerrilleras, así como de las circunstancias dramáticas que precedieron a su muerte, origen de una serie de acontecimientos y situaciones que cambiaron el destino de Cuba”.

Carlos Franqui, exiliado en Europa desde 1968, fue reportero televisivo, redactor de Unión Radio, fundador de Radio Rebelde en la Sierra Maestra y director del periódico Revolución (de 1959 a 1963). Mantuvo contactos directos con Fidel Castro, Ernesto Guevara, Huber Matos y Camilo Cienfuegos. Fue un testigo excepcional de la lucha contra Batista y de la gestación del castrismo. Es autor de El libro de los doce, Retrato de familia con Fidel y otros textos en los que reescribe nuestra historia, ofrece una visión de cubanía y analiza los grandes momentos, caídas y pasiones de la nación.

Su libro sobre Camilo es un aporte serio, creíble, ameno y bien escrito. En el mismo utiliza testimonios, entrevistas, discursos, declaraciones, informes y fotos de la época, obtenidos personalmente o donados por figuras relevantes. Franqui combina la leyenda del héroe con la investigación histórica, el cotejo de la prensa escrita y su monumental conocimiento de la etapa.

En 219 páginas de formato pequeño y un apéndice de 28 ilustraciones el autor entreteje el retrato vigoroso de un héroe que reta a sus propias circunstancias personales: emigra a los Estados Unidos en busca de una vida mejor, pero regresa y participa en las luchas urbanas; marcha a México y retorna como expedicionario; se interna en las montañas y ocupa pequeños cuarteles, lucha en el llano y atraviesa parte de la isla, lo cual contribuyó al triunfo de la revolución, que enseguida se enredó en las pasiones y las luchas internas de sus protagonistas, quienes acabaron devorándolo casi todo.

Carlos Franqui maneja diversos ángulos y perspectivas e inserta fragmentos de cartas, diarios, discursos y relatos puntuales del mismo Camilo, de Ernesto Guevara, Dariel Alarcón (Benigno), Fidel Castro y Huber Matos.

El libro describe, además, los primeros meses de la revolución cubana, algunos sucesos, reuniones, tendencias contrapuestas, informes secretos y el quehacer maquiavélico de Fidel Castro, Osvaldo Sánchez, Ramiro Valdés y Raúl Castro, “el brazo largo y extendido de Fidel Castro que va quitando a Camilo sus mandos militares, paso a paso, desplazando a sus hombres y sustituyéndolos por los suyos…” (p. 215).

El escritor sacude el velo de las apariencias, traza con maestría la visión del pueblo sobre los comandantes principales, la vibración de “los de abajo”, las intrigas de “los de arriba”, los conflictos y las tácticas de Fidel Castro, quien “conmovía, estremecía y paralizaba todo y a todos” (p133).

Presenta a Camilo en el panorama de euforia nacional, al margen de las intrigas, como los cubanos de entonces  “…admirado no de abajo a arriba, sino de tú a tú”. Cita sus declaraciones sobre “fundir dos ejércitos en uno solo, que respalde los derechos y la democracia de esta nación…”; la necesidad de  “convertir los cuarteles en escuelas técnicas”, pues “Aquí no hace falta más arma que la Constitución”.

“Camilo era equilibrado en todo: no era procomunista ni anticomunista, estaba por la unidad de todos, sin excluir a nadie”. Según Franqui, esa posición lo enfrentó a Raúl y a Guevara. Agrega que “fue siempre independiente: no encontramos en su vocabulario las frases y consignas clave de los marxistas, comunistas, izquierda radical y otros sobre el capitalismo, el proletariado, la Unión Soviética, antiyanquismo y declaraciones de odio y violencia social”. Y aclara: “Camilo identifica a la revolución con el pensamiento martiano, el anti caudillismo, la cubanía y la libertad”.

Finalmente, el autor valora el desenlace de octubre y las circunstancias contradictorias de su desaparición física, desde el nombramiento de Raúl Castro como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la renuncia y detención del comandante Huber Matos, acusado de traición por Jorge E. Mendoza y Fidel Castro. “Todo esto es una metedura de pata”, dice Camilo, quien investigaba el caso para testificar en el juicio, pero desaparece durante el vuelo de Camagüey a La Habana.

Camilo no llegó a declarar en aquel proceso absurdo contra Hubert Matos, lo quitaron del medio para evitar sus declaraciones; luego lo mitifican y lo elevan al santoral de la Patria, una patria que aún desciende la escalera de la involución física y humana, como Haití tras la guerra de independencia contra los colonos franceses.

Baby Brack. Miguel Iturria Savón.

30 julio 2014 às 12:14 por Ancla insular | Postado em: General
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Era un negro alto de facciones finas. Vivía en una cabaña de piedra y piso de tierra, entre árboles frutales que lo ayudaban a sobrevivir. Cultivaba lechuga, tomates y viandas bajo la sombra de los árboles. Era esencialmente vegetariano. Masticaba hierbas, salcochaba papas y boniatos, a los que añadía una ración de insectos y, a veces, un trozo de pollo hervido que devoraba en presencia de chiquillos curiosos y adultos indiferentes.

Se llamaba Luis. Le decían el loco. No se bañaba ni se cortaba el pelo ni la barba. Usaba chancletas de palo. Hacia pipas y aspiraba en ellas el humo de hierbas secas. Se entretenía con objetos rústicos construidos con trocitos de madera, chapas de botellas y latas vacías. Dormía con la puerta abierta pero ni los perros se acercaban a su covacha, situada en la esquina de la calle 221, frente a la carretera que conduce al cementerio de Santa María del Rosario, al sudeste de La Habana.

Caminaba despacio apoyado en un bastón. Su olor era imponente. Cuando entraba al mercado le abrían paso y lo atendían con urgencia. En la panadería suplicaba un panecillo adicional al de la cuota estatal. En el puesto de vegetales le obsequiaban legumbres y frutas desechables. Mostraba su gratitud inclinando la cabeza como un dios africano caído en desgracia.

Los vecinos más viejos lo saludaban al cruzarse con él en las aceras. Los niños los miraba con asombro y temor. Solo la madre y una hermana asmática que pintaba por encargo a domicilio lo visitaban a veces con algo de comer, o le obsequiaban una sábana vieja para su camastro de paja y madera.

Dicen que Luis no tuvo necesidades complicadas. Solo luchó por la comida. Nadie lo llevó al médico ni le ofreció medicinas. No se enfrentó al ejército de fantasmas que lo convirtió en una sombra de su sombra. Fue feliz en la locura.

Hubo en su vida un período de luz antes de naufragar en la demencia. Fue profesor de inglés en una escuela secundaria. Vestía de blanco impecable en contraste con su piel. Usaba zapatos de dos tonos. Se rasuraba y perfumaba con esmero. Decoraba su cabello con moñitos. Los miércoles, viernes y domingos bajaba al parque del Cotorro donde era aclamado por un grupo de jóvenes con quienes charlaba en la lengua de Shakespeare. Cantaba para ellos baladas de los Beatles, Tom Jones y otros intérpretes de moda de la década del sesenta en la que siguió anclado.

“Los pepillos de entonces los queríamos”, dice Edilia García, enfermera y vecina de Luis, quien estudiaba piano y hablaba con él sobre música. “Le decíamos Baby Black porque cantaba como un tenor y entonaba una melodía pegajosa: Baby, baby, te voy a contar / las fibras de marfil / si yo te digo baby tu te estás quieta…”

Otros jóvenes de ayer evocan al carismático ermitaño, cuya muerte y la demolición de su cabaña desatan la nostalgia del pasado inmediato. “Huyó hacia si mismo sin rezos ni sueños”, advierte Octavio Capote, el mecánico que asistía a las tertulias del parque.

Luis el loco, alias Baby Black, habita en cada piedra amontonada y en la memoria frágil de quienes reconstruyen su leyenda en un barrio de La Habana.

Peñíscola, historia y placer. Miguel Iturria Savón.

25 julio 2014 às 9:36 por Ancla insular | Postado em: General
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peniscola vista aerea

Si Morella reina majestuosa en una colina interior, Peñíscola respira el mar y su castillo vigila las costas mediterráneas entre  Alcossebre y Benicarló, como si aún salvaguardara al poblado medieval, bastión de enfrentamientos entre moros y cristianos.

En Morella es posible perderse entre plazas y callejuelas, en Peñíscola no, salvo en las dependencias del enorme castillo fundado por los caballeros Templarios en el siglo XIV y modificado después por el Papa Pedro de Luna –Benedicto XIII-, quien estableció su residencia al lado del patio de armas y su estudio-biblioteca en la planta superior, desde donde “miraba hacia Roma”, en manos de intrigantes y herejes con puñales.

Cuando el viajero asciende por Peñíscola apenas piensa en los detalles urbanos y paisajísticos de la mini ciudad costera cuyos habitantes mercadean el valor simbólico del lugar. Hasta quienes se quedan a veranear están fascinados por el Castillo, sus monjes guerreros y las leyendas sobre el Papa irredento que vivió y murió entre sus murallas, alejado del esplendor del Vaticano y acosado por los emisarios de Roma que devaluaban sus debates teológicos con hebreos y musulmanes.

Si no fuera por el inexpugnable castillo de los Templarios y el enérgico Papa Luna, Peñíscola sería una playa más de la provincia española de Castellón, donde otra ciudad costera –Gandía- fue cuna de los célebres Borja –Borgia en italiano y catalán- que aportaron dos Papas a la Iglesia Católica: Alfonso de Borja, alias Calixto III (1455-1458), quien derrotó a los turcos en Belgrado en julio de 1456, y su sobrino Rodrigo Borja, encumbrado como Alejandro VI (1492-1503) y padre de los notorios César y Lucrecia Borgia, todos de vasta leyenda negra, además de los duques de Gandía. Pero esas son otras historias, sigamos con Peñíscola y su Castillo, ahora museable.

Un joven historiador sintetiza con agudeza y humor los hechos y leyendas del castillo, su construcción, los mecanismos de defensa, los salones y deberes de los Templarios y la tenacidad del Papa Luna en medio del cisma que erosionó a la Iglesia en Europa. Revela, por ejemplo, que la puerta principal, en arco de medio punto, está flanqueada por torres cuadradas y salientes que la protegen. Sobre ella corre una faja de sillares con emblemas heráldicos esculpidos de los primeros comendadores del Temple.

Al atravesar dicha puerta los visitantes descubren, a la derecha, las primeras dependencias del castillo, como el aljibe; a la izquierda resurge el gran salón rectangular, antiguo establo, de bóveda ligeramente apuntalada, y habitaciones al fondo. Les sigue la plazoleta o patio de armas, a cuya derecha instaló Benedicto XIII su reducido palacio papal.

En el lado opuesto al patio de armas está la iglesia del Castillo, minimalista en sus imágenes y espacios: una sola capilla rectangular o nave con bóveda de medio cañón y ábside semicircular, dedicada en su inicio a la Virgen María y a los Tres Reyes Magos. Entre la iglesia y el palacio pontificio se extiende un amplio salón gótico, abovedado y con muros de sillería labrada; en su puerta de medio punto están blasones del comendador Cardona, amplios ventanales iluminados y otros que recaen a patios interiores, además del testero y su puerta conectada al palacio.

Existe, por supuesto, una escalera empinada que desciende a un amplio salón iluminado por una claraboya y reducidas aspilleras; en un costado se abre el acceso a las primitivas mazmorras de la fortaleza. Fuera del castillo quedan residuos de una escalera labrada en roca viva que baja hasta un embarcadero natural al borde del mar, por donde podía escapar el Papa, lo cual acentúa las leyendas sobre sus amantes y emisarios secretos.

Al alejarse de Peñíscola, embriagados y felices, los viajeros piensan en el privilegio de quienes viven en ese enclave rodeados de agua, playas, monumentos, historias y leyendas medievales.

Morella, ciudad amurallada. Miguel Iturria Savón.

22 julio 2014 às 19:26 por Ancla insular | Postado em: General
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Morella_Panorama

Desde la carretera, entre laderas y montañas, se visualiza Morella –muralla en catalán-, señorial en la cúspide sobre un paisaje de ensueño modelado por bosques, valles, lomas y vaguadas. Un pueblo amurallado colmado de historia y calles estrechas que ascienden hasta su viejo y sólido castillo, atalaya con cañones y vigías. Abajo la naturaleza, arriba la urbe y sus gentes, la Basílica Mayor de estilo gótico, casas y plazas, comercios y hoteles.

Situada en la comarca de Els Ports, en el Maestrazgo de Castellón, Morella se eleva majestuosa sobre un monte coronado por su castillo, a 1.070 metros de altura. Fundada por los árabes y conquistada por los cristianos que avanzaron desde el Reino de Aragón a Cataluña y luego hasta Valencia, la ciudad conserva sus murallas y calles intramuros adoquinadas, su entorno de azules, ocres y verdes empapados de aire y susurros de vientos. Morella estuvo ligada a episodios y personajes del pasado como El Papa Luna –Benedicto XIII- y Blasco de Alagón, nombre de la calle central bordeada de pórticos y centro de comercios y artesanías desde la Edad Media.

Al recorrer este pueblo medieval los visitantes se adentran en la impresionante Basílica Arciprestal de Santa María de Morella, cuya  fachada principal acoge el Portal de los apóstoles, la Virgen María con el niño y escenas de la infancia de Jesús. Una gran puerta de madera reforzada con contrafuertes de estilo plateresco y llaves que evocan el mudéjar, más el Portal de las vírgenes y mártires  veneradas del Medioevo presidido por Santa Úrsula. En su interior, de arquitectura fascinante y lienzos y retablos que “hablan” a los feligreses, se aprecian el Coro, las escaleras de caracol, el órgano descomunal del siglo XVIII, el Altar de la Virgen del Carmen, la Capilla de la Virgen de Vallivana –Patrona de Morella-, el Altar de San José y la Exposición catedralicia: obras que destacan a San Pedro Apóstol, el probable retrato del Papa Benedicto XVIII, la Visitación, tablas góticas de Joan Reixach, la Adoración de los pastores, orfebrerías y tejidos de los siglos XVI al XIX.

El pasado gravita aún en las fachadas de sus macizas edificaciones, objetos artesanales y mercaderías típicas. Morella es fiesta para bautizar a los gigantes de la ciudad, música medieval y renacentista, recreación de hechos y procesiones que involucran a la comarca en mitos y sucesos de la Iglesia y de la Reconquista contra los moros entre Aragón, Cataluña y Valencia.

El disfrute es mayor si el turista coincide con las escenas del pasacalle que recrea la estancia del Papa Luna –Benedicto XIII- en Morella, donde se reunió durante más de un mes con el Rey Fernando de Antequera y Sant Vicent Ferrer para solucionar la crisis que dividía a la Iglesia Católica en Europa. En julio del 2014, como en 1414, la corte papal recorrió la plaza de la Basílica arciprestal, obispos, escuderos, caballeros, estandartes, músicos, vecinos y visitantes, caballos y actores que combaten sobre los adoquines mientras avanzan hacia el Castillo.

Morella, la ciudad amurallada del siglo XIV, no es un culebrón infinito para turistas, sino la perla arquitectónica de las alturas que invita al retorno.

 

Ciudadanos de Internet. Miguel Iturria Savón.

15 julio 2014 às 10:41 por Ancla insular | Postado em: General
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Niños frente a internet 1

En el verano del 2014 se habla del proyecto O3b, iniciativa empresarial de enorme impacto informativo para países de las tres A –América Latina, África y Asia- cuyos gobiernos- apenas invierten en conexión satelital y mantienen a millones de habitantes al margen de las tecnologías que revolucionan los medios de comunicación. Se habla asimismo de las bondades y excesos de ese Padre Nuestro llamado Internet, amado por infinidad de fieles y denostado por grupúsculos de herejes que actúan como los antiguos sacerdotes que escondían los papiros del saber.

Con Internet no hay secretos ni crisis de ausencias, el ciberespacio aproxima las costas de islas y continentes, calles y plazas, aleja horizontes y atrae los cuadrantes de rebeldes y tiranos. Casi todo es posible en ese país universal sin fronteras, provincias, municipios, parlamentos, partidos ni elecciones donde las industrias y el comercio se articulan desde un ordenador, una tablet o un teléfono móvil con soportes tecnológicos que “producen y venden” mercancías ofrecidas por agencias de viajes, bibliotecas virtuales, sitios de arte, periódicos online, fundaciones, gobiernos y ciudadanos que crean, difunden o interactúan a través de Facebook, Twitter, blog, páginas Web y programas que atraen, asustan, amenazan o enriquecen la imaginación de niños, jóvenes y adultos con acceso a las redes sociales, pantalla y clic mediantes.

Internet es un país con habitantes de doble nacionalidad, hijos legítimos y bastardos, padres fundadores, madrastras, huérfanos, hermanos, primos, sobrinos, tíos, novios (as), esposas (os), amigos y personajes con perfiles de ensueños. No es el país del nunca jamás pues cada día se acerca más al Medio Oriente y sus guerras, al Islam y sus fantasmas, a los mitos culturales de China, la India y Europa. Es un país-mundo adscrito a la Sociedad de la Información, sin ONU, OTAN, OEA, banderas, partidos e ideologías aunque no faltan filias y fobias diseñadas por poderes, etnias y proyectos ciudadanos.

Internet es una tierra encantada con mitos, monstruos, bosques, ríos y avatares. Un país gigantesco y laberíntico, sin mapas, pasaportes ni carné de identidad. Sus habitantes son originarios de una isla, una península o tierra adentro, países reales que les suministran lenguajes, creencias, leyes y normas trucadas en imágenes metafóricas que a veces activan los monstruos de la razón y desata pesadillas como el intento de homicidio de las adolescentes de Wisconsin que apuñalaron en un bosque a su amiguita de clases para demostrar la existencia del Slender Man –hombre delgado-, un personaje de Internet inspirado en la literatura de horror.

Tras el atávico intento criminal de Morgan Geyser y Anisa Weier el ficticio Slender Man ganó popularidad, visitas y poder entre niños y adolescentes que crecen con Internet en las manos. El fallido sacrificio humano del mes pasado prefigura lo nocivo del “enganche” a un medio que enseña y entretiene, comunica y descubre, fascina y hasta engaña, según uso y sensibilidades.

El caso citado preocupa tanto como la ausencia de conexión por falta de oportunidades a ese país virtual lleno de espejos, narcisismos, colecciones extravagantes, mutaciones tecnológicas, miradas críticas y acríticas sobre realidades que hieren y laceran en naciones concretas –India, Siria, Cuba, Norcorea-.

Porque Internet es también para sus lectores y espectadores un escaparate de estrellas humanas que buscan espacios nucleares, semidioses del deporte, el cine, las empresas y el poder político. Saltos y sobresaltos, ampliación del campo de batalla en los medios informativos, protagonismos frente a la inocencia infantil, denuncias y manipulación, ciudades visuales, leyendas, desnudez de discursos, burbujas y pinchazos. Todo con un clic desde el móvil, la tablet o el ordenador.

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