Meteorología política. Por Miguel Iturria Savón.

24 noviembre 2008 às 22:37 por Ancla insular | Postado em: Ciclones,M. Iturria.
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Al escuchar los partes meteorológicos sobre el paso de “Paloma” por la zona oriental de Cuba recordé los desastres de los ciclones anteriores, principalmente en la región occidental de la isla, donde perduran las huellas de “Gustav” e “Ike”. Tres huracanes en menos de tres meses es demasiado para un país arruinado por la tormenta sostenida del totalitarismo. ¿Será un castigo divino o una maldición del imperialismo?
No voy a responder a la pregunta ni analizar la catástrofe engendrada por otro fenómeno natural. Basta un comentario pos ciclónico pues desde que “Paloma” asomó el pico por el Mar Caribe los radares del Instituto de meteorología comenzaron a espiarla para predecir su trayectoria, mientras los medios informativos montaban el guión de la tragedia, la Defensa civil dictaba sus orientaciones a la población y los funcionarios del Partido y el Gobierno se ponían el uniforme militar para evacuar al pueblo y cumplir las órdenes del invisible Comandante, quien sigue siendo el Ciclonero en jefe.
Las autoridades cubanas enfrentan las tormentas tropicales como a un enemigo sin rostro. Movilizan a medio país, paralizan el transporte, los servicios públicos y utilizan a los medios informativos para crear un estado de euforia revolucionaria que desafía a la naturaleza y al espíritu santo. La radio y la televisión convierten la desgracia en una telenovela por entrega, con imágenes, estadísticas y personajes de ocasión. Solo hablan los meteorólogos, los generales que recorren las provincias, algún coronel de la Defensa civil, el primer secretario del Partido comunista de las regiones afectadas y el locutor estrella de las mismas. Todos dicen consignas sin matices ni emoción, como actores que memorizaran un libreto. Si le acercan la cámara y el micrófono a una señora que perdió su vivienda esta expresa su confianza en el socialismo. Si la víctima es un anciano recordará el abandono en que vivió durante el capitalismo. Nadie habla de muertos, salvar vidas humanas es el slogan; los huracanes solo matan a las hormigas locas, a una vaca desobediente o al guajiro medio tonto que atravesaba un río.
La conversión de la meteorología en batalla política contra las lluvias, los vientos huracanados y las penetraciones del mar es una táctica para ganar tiempo. La devastación provocada por Gustav e Ike a fines de agosto y principios de septiembre sirvió de pretexto al Gobierno para “acabar” con el mercado negro, reprimir a los pequeños propietarios y paralizar a la oposición pacífica. Una instrucción del Tribunal Supremo fue suficiente para inmovilizar a la sociedad. Los juicios sumarios llenaron las cárceles y las granjas de trabajo forzado.
Tal vez el paso de “Paloma” por Camagüey, Las Tunas y otras partes justifique la permanencia de una instrucción que caducaba. La gente se puede tirar a las calles, ¿cómo aguantar tantas carencias y represión? El Castrismo lleva medio siglo aplicando una represión gradual y sostenible, una especie de asfixia con válvulas de escape. Vivíamos con el agua al cuello sin ahogarnos, como si jugaran con nuestros rostros, si veían el miedo nos apretaban; si apreciaba la explosión, aflojaban; entonces redimían a un grupo de presos o estimulaba a los balseros, como en 1980 o 1994.
Después de los ciclones el gobierno cubano ha vuelto a subir la parada. La fórmula es la misma. Se esfuman los vendedores pero aumentan las carencias, los carteles y la represión. Quizás las aguas y los vientos traídos por “Paloma” aconsejen a los estrategas del Comandante y a los generales de opereta que cierran o abren el dique de la sociedad cubana.
Dentro de poco tendremos la respuesta. Todo dependerá de la meteorología política que apliquen los mandarines o del remolino social que se acumula en la isla.

Otra vuelta de tuerca. Por Miguel Iturria Savón.

22 octubre 2008 às 16:17 por Ancla insular | Postado em: Ciclones,Miguel Iturria.
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Emilia salió al mercado y regresó decepcionada. Mi vecina recorrió los kioscos de la calle ocho, bajó después por 71 y, finalmente, en el mercado de Cruz Verde, compró seis libras de papas, a razón de dos por persona, pues en su casa son tres y la libreta de abastecimiento establece ciertas normas. Volvió a salir antes de ponerse a lavar y retornó con un pan suave y sin grasa, dos paquetes de croquetas y un hueso de puerco para cocinar un caldo.
Algo similar les ha sucedido en estos días a Migdalia, Martica, Edilia y a muchas vecinas de Boyeros, El Cotorro, Guanabacoa, San Miguel y otros pueblos del sudeste de La Habana, donde apenas abren los puestos agropecuarios. La ausencia de productos las altera pues se esfuerzan en vano. Con las jabas vacías aumentan los problemas y las preocupaciones. Los nietos devoran lo poco que encuentran sin pensar en el posible infarto de las abuelas.
En el cierre del mercado agropecuario no solo inciden los desastres provocados por el paso de los ciclones Gustav e Ike. En medio de la crisis alimentaria el Gobierno retoma los controles extremos. Ciudad Habana es una ciudad sitiada, sin toque de queda ni declaraciones previas. Los accesos a la capital están controlados por la policía. Los conductores de vehículos tienen que mostrar sus documentos y soportar registros, decomisos, multas y amenazas.
¿Qué sentido tienen tales restricciones? ¿Para qué impedir la natural circulación de mercancías? Si faltan productos y suben los precios los funcionarios pudieran dictar ciertas normas para proteger al consumidor, sin asfixiar al campesino que produce, al intermediario que compra y transporta y a los vendedores que reciben y atienden al consumidor en los kioscos urbanos. ¿A caso no pagan impuestos al Estado?
Al parecer, se trata de otra “ofensiva revolucionaria”, otra vuelta de tuerca contra los pequeños comerciantes, parceleros y camioneros privados, a quienes se denigra a priori en los medios informativos. La consigna es obvia: “que nadie toque nada, yo solo puedo tocar”.
Hablar de acaparadores, rodear la ciudad de policías, decomisar productos y vehículos y centralizar las ventas en mercados estatales es otra manera de crear problemas. Así se administra la tensión sin solucionar el flujo de mercancías. Lo importante no es detener y juzgar al que transita con una jaba, sino liberar las iniciativas individuales para que cada cual encare sus problemas y aspiraciones.
El Estado patrón quiere inventariar cada planta, contabilizar los frutos y fijar los precios desde oficinas, pero los empleados de sus tiendas y almacenes no pagan impuestos, alteran las pesas a su favor, cobran salarios y maltratan al público.
Emilia, Migdalia y otras vecinas enfrentan por estos días a tales gladiadores. Quizás por eso regresan a casa con las jabas vacías, mientras el huevo sube a cinco pesos y el hambre pone a pruebas la paciencia de estas damas, casi al bode de la histeria.

De Gustav a Ike. Por M. Iturria Savón.

15 septiembre 2008 às 21:45 por Ancla insular | Postado em: Ciclones,Miguel Iturria.
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De Gustav a Ike. / Miguel Iturria Savón.
A veces hay noticias que conmueven a los cubanos. En el mayor archipiélago del Caribe el tiempo parece detenido. Solo el campeonato de beisbol, el mundial de fútbol o algún ciclón nos sacan de la rutina. Nuestros medios no transmiten informaciones con color; nos aburre el Noticiero nacional, la Mesa redonda y los partes de batallas y victorias del diario Granma, donde florecen las reflexiones del gladiador herido que desafía a la muerte. La guaracha noticiosa es reproducida por las emisoras radiales desde la Punta de Maisí, en el extremo oriental, hasta el Cabo de San Antonio, en Pinar del Río.
Agosto fue una excepción. Primero las Olimpiadas de Beijing y la rabieta oficial por el descalabro deportivo insular. Después el impetuoso ciclón Gustav que dejó sin casa a miles de pobladores del sur de La Habana, Pinar del Río e Isla de Pinos. Al comenzar septiembre hubo que posponer el inicio del curso escolar por los desastres en decenas de escuelas. Cinco días después, el doctor Rubiera, meteorólogo en jefe, pronosticó el paso del huracán Ike, cuya hoja de ruta dispara los temores y las medidas de seguridad en todo el país.
Ike ya es noticia. Atraviesa la isla desde el sábado 6 de septiembre. Sus embates causaron estragos en la zona norte oriental. Sus aguas y vientos pasaron de Maisí y Baracoa a las poblaciones de Holguín; la trayectoria incluye a Camagüey, Ciego de Ávila y otras provincias de este archipiélago largo y estrecho.
La embriaguez ciclónica está justificada. Nos une la inminencia del peligro. Miles de cubanos de la zona costera han sido albergados. En la noche del domingo siete las imágenes de los viento y de las inundaciones en Baracoa conmovieron a los habaneros. Las aguas saltaron el malecón de la ciudad primada. Los partes radiales y televisivos transmitían también la furia de Ike en Antillas, Banes, Holguín, Nuevitas y Morón.
Los informes y las imágenes del desastre nos preparan para lo que viene. Las autoridades se ocupan del fenómeno mediante la Defensa civil, las entidades estatales y los Consejos municipales y provincias de defensa. El general Raúl Castro distribuyó a los vicepresidentes del Consejo de Estado y de ministros por todo el país. Machado Ventura en Holguín, Esteban Lazo en Matanzas, Carlos Lage en Ciudad Habana y algunos generales en otras jurisdicciones. Todos presiden y hablan en reuniones locales, dicen más o menos lo mismo, a excepción de los militares que apenas platican o gruñen un par de órdenes.
De Gustav a Ike no hubo transición. Solo cinco o seis días de lamentaciones, promesas y consignas. Aún no sabemos el saldo final. Ambos articulan las desgracias de los cubanos más humildes. Los huracanes son monstruos que pasan, no creen en lemas ni otorgan tiempo, pero ponen a prueba los recursos y la capacidad de la administración para reparar los daños.
Aunque los cubanos nos burlamos de todo, incluida la desgracia propia, hay que meditar sobre estos fenómenos que multiplican los problemas y ponen a prueba al Gobierno, en cuyas manos está la distribución de la ayuda ofrecida por Rusia, España, Estados Unidos, Venezuela y otras naciones. Esperemos que la élite utilice las reservas estatales y los recursos foráneos para atenuar la tragedia de los sin casa. Ya veremos.

Minutos de gloria. Por Miguel Iturria Savón.

às 21:27 por Ancla insular | Postado em: Ciclones,Miguel Iturria.
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Minutos de gloria. / Miguel Iturria Savón.

La cobertura de prensa dada por las autoridades cubanas al paso por la isla de los ciclones Gustav e Ike sobrepasó las expectativas de tales desastres. Los pronósticos meteorológicos, los partes de la Defensa civil, las declaraciones de los vicepresidentes del gobierno y el protagonismo de los secretarios del partido de las provincias afectadas convirtieron a los huracanes en neurosis colectiva a tono con la dramaturgia del poder.
Hubo un diseño publicitario de la tensión, una estrategia del miedo, un afán político por adueñarse de lo impredecible. Solo eso justifica tantas consignas, llamados de alertas, profecías funestas y las ordenanzas de disciplina y obediencia a los ciudadanos.
En el esquema informativo fue notable el contraste entre el Instituto de meteorología, el profesionalismo tendencioso de locutores y periodistas y la grisura del discurso de los generales que recorrían las provincias dañadas, en las cuales el secretario del Partido único, convertido en presidente del Consejo de defensa, repetía el guión de salvar a las personas y proteger las propiedades del estado.
Las desgracias convertidas en noticias les dieron un minuto de gloria a los funcionarios de las regiones arrasadas. Hasta el Comandante enfermo, histrión de sucesos anteriores, aprovechó su ascendencia mediática para “reflexionar” sobre el asedio de los ciclones y hablar de las ayudas que recibiríamos.
A los desmanes provocados en los últimos días de agosto por las lluvias y los vientos de Gustav en Isla de Pinos, el sudeste de La Habana y parte de Pinar del Río, se sumó el paso de Ike por el nordeste de Oriente, Camagüey, Ciego de Ávila y la costa sur del resto de la isla, hasta subir por Pinar del Río y adentrarse en el Golfo de México, al concluir la primera semana de septiembre.
Los huracanes no son el problema principal que atraviesa Cuba, arrasada por medio siglo de totalitarismo autoritario, pero estos fenómenos incrementan las penurias de miles de personas que pierden sus casas. La economía se resiente y los burócratas multiplican las promesas, mientras la radio y la televisión reconstruyen la esperanza desde el monocromático discurso revolucionario.
Tal discurso convierte en guaracha la seriedad informativa de algunos medios. El culto a las orientaciones autocráticas en medio de tanto desastre parece un contrasentido. ¿De qué vale lo que diga Fidel Castro desde la cama a las personas que pierden el techo de su casa? ¿Acaso un vendaval obedece las órdenes de un General de ejército que envía a otros militares al lugar del peligro?
El lastre retórico y la mordaza a toda crítica en medio del ciclón acentúan el fetichismo del partido y de los burócratas sin alma que invocan al pueblo y a la revolución, como si estos, por arte de magia, alejarán las tempestades y disiparán las pérdidas ocasionadas por las tormentas que estremecen cada año a la isla, entre mayo y noviembre.
Los medios informativos pusieron a Gustav e Ike en el alma de los cubanos, ¿pero enfrentará el gobierno las secuelas materiales de tales sucesos?