El Mejunje es algo más. / Miguel Iturria Savón

16 julio 2008 às 16:20 por Ancla insular | Postado em: El,Mejunje.
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La primera vez que fui al Mejunje, en Santa Clara, a mediados del 2001, comprendí la alegoría de su título. Mejunje en castellano significa bebida mala o brebaje de hierbas con sabor amargo. Y allí, entre las ruinas de una casa demolida, vi a gentes de todo tipo disfrutando un espectáculo cultural, entre ellos las lesbianas y los gays, quienes bailaban y se besaban entre si en un ambiente de tolerancia nada común en Cuba.
-“¿Qué te pareció?”-, me dijo El Veleta, un poeta y ceramista muy folklórico que vivía en el barrio El Condado y presidía el Club de los cornudos, el cual se reunía una vez a la semana en el bar del Mejunje para evocar a las putas que les pusieron los cuernos. “Ver para creer”, le dije a mi amable anfitrión, adicto a los tragos, las mujeres, la poesía y la farándula pueblerina.
Volví al Mejunje un año después con la filóloga Carmen Julia Prieto, esposa del Veleta. Ella me habló del entonces prohibido Show de los travestis y me obsequió un folleto sobre esa institución recreativa, fundada a mediados de los ochenta por el actor Ramón Silveiro, con quien conversé unos minutos antes de ir con Carmen al Teatro La Caridad, actual Marta Abreu, para ver las nuevas coreografías de Danza contemporánea de Cuba.
Como sitio, El Mejunje, ubicado a unas cuadras del Parque Vidal, no es más que un centro cultural entre ruinas, con dos o tres árboles, piso de losas, una barra techada y las paredes de una casa alta a cada lado. Como las ruinas y las bebidas baratas marcan la vida de los cubanos, recordé otros lugares similares de La Habana y los restos del antiguo cine Hatuey, sede de la Galería de arte del municipio Cotorro. En la Calle Obispo los artesanos capitalinos venden sus piezas entre los vestigios de una edificación barroca. En la misma acera hay un Bar en divisas y unos baños públicos en el patio de una casona demolida.
Lo que hace al Mejunje una institución atípica es la atmósfera de libertad que reina en cada una de sus propuestas. Es un lugar distinto, un rincón de la bohemia, un espacio para los duendes de la creación. Allí hay ángeles y magia. Todo fluye sin normativas con cierta complicidad por parte de los espectadores. Parece que Silverio y su equipo le ganaron la partida a la rigidez institucional que limita la cultura cubana en estas décadas de sospechas, controles metodológicos y recelos oficiales.
La actual programación del Mejunje nace de la experiencia, las necesidades e intereses de los grupos sociales, pues cada uno tiene sus expectativas y su espacio en el local. Los jóvenes son protagonistas esenciales según Silverio, quien afirmó hace unos días a un periodista: “El público aquí disfruta una obra de teatro, la más profunda trova o un recital de poesía, bien entrada la madrugada, con el mismo placer”.
La paciencia y la tenacidad han dado frutos. La constancia es palpable en la diversidad de horarios y programas. Si la lluvia interrumpe un espectáculo el público retorna para participar en la propuesta alternativa o compartir unos tragos entre amigos.
La programación más reciente incluye el rock –bandas y grabaciones-, la trova, la música más tradicional representada por Los Fakires y Son Aché, los bailables, el filing, los toques de tambor y veladas nocturnas mayoritariamente para gays y lesbianas, quienes asumieron el transformismo a pesar del recelo de las autoridades de la ciudad y de las opiniones contrapuestas de muchos asistentes.
El Mejunje, advierte Silveiro, “es un lugar que trabaja mucho con lo underground, lo alternativo, lo experimental, el riesgo de la novedad, donde se rechaza todo manual metodológico estandarizado… El sentido humanista, de inclusión social y educativo a través de la cultura es su característica más importante”.
Y en eso radica la aventura del Mejunje, en evitar los guetos y respetar las diferencias para que todos puedan coincidir y cohabitar en un mismo espacio sin tener en cuenta la raza, el nivel ni la preferencia sexual. El Mejunje, ya legitimado por la burocracia estatal, es algo más que una institución recreativa comunitaria. Allí nada es impuesto y sentimos la libertad al alcance de la mano.