Poemario de una calle. Por M. Iturria Savón.

12 septiembre 2008 às 17:48 por Ancla insular | Postado em: literaria,Miguel Iturria.,Reseña
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Poemario de una calle. / Miguel Iturria Savón.

Al leer Curazao 24: cuidado con el perro, de Reinaldo Bragado Bretaña, me dirigí a esa calle con el libro en la mano. Frente a la casa del autor, una biplanta con escalera lateral, pasillo y solar al fondo, pensé en la grisura del ambiente habanero que modeló al escritor hasta 1988, cuando marchó al exilio con su manojo de versos en algún bolsillo, sin saber que solo con el pensamiento retornaría al “callejón breve y acogedor”, donde tuvo amores, varios gatos y una perra.
Supongo que los fantasmas que escoltaron a Bragado durante décadas le informaron que en lo alto de su casa se construyen dos nuevas viviendas, cosa inusual en zona de derrumbes y turistas. Tal vez le dijeron que el neoclásico Palacio de Balboa sigue en pie, al igual que el de las Ursulinas y los restos de las murallas que espolearon su imaginación mientras caminaba por Acosta, Jesús María o Merced hacia la Puerta de Arsenal en busca del parque, el tren o el azul del cielo que compensan la grisura de La Habana vieja, rediviva en los primeros poemas de Curazao 24.
El poemario restaura la memoria de la calle, la casa y el entorno citadino del creador, quien lo divide en tres partes y antepone una Nota introductoria para hablar de sus libros y del origen de su calle. La Habana es el centro de la Primera parte, mientras la casa gravita en la Segunda y Afuera da título a los últimos poemas.
El poemario de una callecita detenida en el tiempo y de una ciudad, que “tiene de fiera y de ángel”, de “cascada y huracán”, deviene ejercicio intelectual de catarsis, cuyo acento personal se ajusta al coloquialismo, estilo recurrente en la poesía cubana de finales del siglo XX, período formativo y vital de Reinaldo Bragado Bretaña, cuya sensibilidad poética colinda con la ficción, género en el cual demostró mayor talento.
Aunque no todos los versos alcanzan la excelencia, se aprecia el oficio de un artista que juega con las palabras, las metáforas y otros recursos. Bragado recrea de forma alusiva la tensión que caracterizó sus esfuerzos por la democracia en Cuba, sin caer en las trampas del existencialismo y de la politización que lastra la poesía.
Sus poemas son un prisma de La Habana, una mirada emotiva de los sueños, los ruidos, los insomnios, las amenazas, las alegrías y las luces de una ciudad bullente que impone máscaras a quienes intentan redescubrirla. En el mapa de Bragado hay coordenadas que orientan a los lectores desde un semáforo, un balcón, un bar o un baño de señoras que se besan mientras esperan un té.
Reaparece aquí “algún trozo de historia… asomado en las murallas”, el salitre de las campanas, la humedad, los naufragios de un corsario, “viajero suicida” que “observa los castillos sin cañones”, junto a “el mar de difuntos que vigilan tus sueños”; mientras “el anillo se enreda en la curva del arcoíris” y “la puerta se cierra…en la tuerca de la tarde”.
De imágenes y obsesiones se nutre Mi casa, la del narrador que escribió en Curazao 24 y limpió sus versos en el exilio, cual testimonio de corales, épocas, camuflajes, cerraduras y otras vivencias recicladas en la escritura para desmontar la rutina cotidiana, los gestos banales y la soledad de un hombre sensible e inteligente sumergido en un tiempo que lo desborda.
Este poemario de una calle y una ciudad también es un catálogo de temores, búsquedas, esperas y consejos. En la Tercera parte gravita esa atmósfera desarrollada en sus novelas. “Cuando escribo silencio me sale ruido / y las letras conspiran en el papel” (Caligrafía). “En estos días el mejor lugar para un hombre justo / es el banquillo de los acusados” (Oferta). “Hay estados…/ que provocan diluvios”, etc.Curazao 24 es algo más que un cuaderno de versos, tal vez la memoria de un creador con vocación de cronista. La lectura de sus estrofas es un pasaje a La Habana. ¡Bienvenidos a bordo!

5 septiembre 2008 às 17:44 por Ancla insular | Postado em: literaria,Miguel Iturria.,Reseña
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Historias cotidianas. / Miguel Iturria Savón.
Me contaba un enfermero del Hospital naval, ubicado al nordeste de La Habana, que en esa institución fue realizado un juicio ejemplarizante contra un galeno que vendía certificados de baja médica a los jóvenes empeñados en evadir el Servicio militar obligatorio.
Lo insólito del caso no radica en el juicio en si, sino en el estado de euforia colectiva creado por la abogada de la defensa, cuya brillantez argumentar desató el aplauso masivo de los asistentes, censurados después por el director del hospital, quien convocó a una reunión para analizar “la inconcebible actitud de apoyo a un infractor de la ética médica”.
El director tenía sus razones. Un juicio ejemplarizante no se realiza para aplaudir a quien comete un delito, sino para juzgarlo en público y evitar actos similares. La ley, por muy justa que sea, tiene carácter intimidatorio y preventivo. La vista oral no es una escenificación teatral, aunque los asistentes pueden ser influidos por los argumentos del fiscal, el abogado defensor o la decisión de los jueces.
En cierta medida, la euforia y los aplausos, más que premiar el talento de la defensa, desnaturalizaron el sentido ejemplarizante del juicio y beneficiaron al acusado; aunque mi informante asegura que el clínico que lucraba con certificados de baja médica ya no ejerce en ese ni en otro hospital militar del país.
Otros casos insólitos suceden en lugares públicos de Cuba. No todos terminan en las salas de los tribunales pues algunas víctimas no denuncian a los ladrones o agresores. Es el ejemplo de Humberto, el carnicero de San Pedro y Carretera central, en el municipio capitalino del Cotorro, a quien hace unos días tres malhechores habilidosos le robaron siete mil pesos, mediante un operativo premeditado que favoreció la fuga.
En esto de robar y fugarse a tiempo, los arrebatadores de cadenas han sentado cátedra en los ómnibus, parques y calles de La Habana. El modo de operar es conocido: casi siempre son tres, observan a la víctima y actúan por señas; uno se apropia sorpresivamente de la cadena, el reloj o la billetera, mientras los otros le “hacen la pala” para cubrirle el camino y favorecer la huida.
Un amigo que reside en Tapaste, cerca de San José de las Lajas, me contaba que tres estafadores desataron la ira de unos capos a quienes timaron con un “paquete de droga”. Al percatarse del engaño estos le “cazaron la pelea”, le dieron una golpiza ejemplar en medio del parque, los acusaron de robo con violencia y asistieron como víctimas al juicio de los amedrentados estafadores.
Desde hace varios años el índice de robo y violencia es alto y se mantiene relativamente estable. Las causales son disímiles. Los hechos mencionados son historias cotidianas.