Ariel, Israel, un catalejo y mucha mala fe. Por Luis Cino.

1 octubre 2008 às 16:00 por Ancla insular | Postado em: Cino.,Luis Cino.,Música caribeña
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Ariel, Israel, un catalejo y mucha mala fe. / Luís Cino.

Arroyo Naranjo, La Habana, septiembre 18 de 2008, (SDP) Una polémica circula por estos días en Internet entre el poco conocido cantautor Ariel Díaz e Israel Rojas, cantante del popular grupo Buena Fe. Los argumentos de ambos han vuelto a poner de manifiesto, entre otras cosas, los vicios, manías, prejuicios, poses y muletillas, de la canción inteligente en Cuba.

En el duelo entre Ariel Díaz e Israel Rojas, sobre todo por parte del primero, hubo zancadillas, golpes bajos, veladas incriminaciones ideológicas, disquisiciones filosóficas, intolerancia y amagos de chivatería. Pero sobre todo, y por parte de ambos, mucha “muela bizca” y “metatrancosa”. Esos son los principales nutrientes del entorno trovadoresco del que ambos proceden.

Israel Rojas en algún momento decidió poner los pies en la tierra. Entonces, como el teniente Mario Conde de los libros de Padura, colgó el uniforme del MININT, viajó de Guantánamo a La Habana, se buscó una banda y empezó a hacer canciones que pudieran un día, por qué no, ser populares.

Pero he aquí la maldita circunstancia de que en Cuba hay que explicarlo todo, hasta el hecho de que los discos se vendan y que las canciones que uno escribe se hagan populares. Son algunos de los extraños complejos de culpa que crearon los mandarines, también a los artistas.

No son sólo los comisarios y burócratas del Estado-patrón que subvenciona el arte los que exigen explicaciones. En algunos casos, también se creen con derecho a dar los vistos buenos, los cantores que tararean salmodias ininteligibles en las tribunas y los escritores que nunca escribieron un libro. A ellos, exponentes epónimos e incomprendidos del arte revolucionario, les repugnan y espantan, como las uvas a la zorra, el mercado, el éxito y la popularidad.

Es así que Ariel Díaz olvida olímpicamente que también es necesaria la música para bailar o romancear. Entonces se pone profundo, frunce el ceño, mira al cielo y aboga por las canciones que no venden, “las que son tan pesadas que no pueden cargar las multitudes”.

¿Qué tipo de canciones tendrían que hacer Bob Dylan, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Joan Baez, Leonard Cohen, Chico Buarque, Milton Nascimento y hasta los mismísimos padres fundadores de la Nueva Trova, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés? ¿Acaso las multitudes no pueden con canciones como Yesterday o Garota de Ipanema?

Israel Rojas se cree obligado a perder su tiempo en explicar a Ariel Díaz y otros similares, qué tipo de arte (conceptual y a la vez vendible) hace, para qué tipo de público y cuales son sus tratos con las disqueras extranjeras. Por si fuera poco, también opina sobre la izquierda europea, las teorías de Fukuyama y ya de paso, vota por el socialismo del siglo XXI.

Las explicaciones de Israel Rojas son coherentes y hasta sinceras, pero innecesarias. ¿Qué importa al público que abarrota sus conciertos los prejuicios con el marketing y la música pop de ciertos tracatanes con pretensiones intelectuales?
A fin de cuentas, ¿qué quieren probar Ariel e Israel con sus galimatías? ¿Con quien les interesa quedar bien?

Que Ariel Díaz haga, si puede, un arte “profundo, subversivo, experimentador y valiente”. Pero sin codazos ni emboscadas contra los que hacen música más allá del Centro Pablo y otras peñas y cenáculos.

En cuanto a Israel Rojas, que olvide las etiquetas que le cuelguen y disfrute el éxito de Buena Fe. Se lo han ganado. Sólo debe ser un poco más generoso con el arte que se hace hoy en Cuba. A pesar de los pesares, no todo está hecho solo de slogans.

Pero si en definitiva, lo que quiere Israel, para no acomplejarse con el pedante de Ariel, es que no pongan sus canciones en la radio, en vez de exprimirse las neuronas hasta las 3 de la madrugada, sólo tiene que enfocar bien el catalejo. La próxima canción que escriba es posible que la censuren.

luicino2004@yahoo.com

Cuestión de etiquetas. Por Luis Cino.

12 septiembre 2008 às 17:41 por Ancla insular | Postado em: Luis Cino.,Música caribeña,Reseña
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Cuestión de etiquetas. Luís Cino.

Hoy en Cuba la música que más difunden es algo sincopado que se parece a la salsa y el hip hop, pero no es ninguna de las dos cosas.

Muchos intérpretes para conseguir el sonido de “lo que más gusta” mezclan reguetón, timba, rap, jazz, reggae, rhythm and blues y merengue. Al híbrido de híbridos que resulta lo llaman de forma indiscriminada, “fusión”.

La cuestión de las etiquetas se ha convertido en otra más de las preocupaciones de los músicos cubanos. Sobre algunos de los nombres con que califican su música pesan estigmas casi inexplicables.

Israel Rojas, cantante del grupo Buena Fe, en una reciente entrevista con la publicación mensual La Calle del Medio, deploró que lo consideren un exponente de la música pop. Hace casi una década, cuando el dúo de trovadores guantanameros empezó a hacerse acompañar por una banda de formato rock y grabó su primer disco, aceptó ( por inocencia o ignorancia) que lo categorizaran como “pop”. Ahora lo lamenta.

“Nada ha hecho más daño a nuestra carrera que esas tres letras. Eso nos ha impedido saltar a una categoría superior, a la de un trabajo más serio”, dice Rojas, quien compone canciones con textos inteligentes, a menudo de crítica social.

“Si tú quieres estar jodido en este país en los altos círculos de legitimación del arte, que te categoricen como pop” expresó el cantante. “Puedes apuntar al arte más excelso, que si es pop, no puedes aspirar a ganar un Gran Premio de Cubadisco o a que el Instituto Cubano de la Música te tenga en cuenta como arte legítimamente cubano”.

Dayani Lozano, Diana Fuentes, David Blanco, David Torrens y Raúl Paz, entre otros, también enfrentan problemas similares de sub valoración por ser caracterizados como intérpretes del pop.

Más allá de sus aspectos estéticos y de su amplio margen creativo, la música pop se ha convertido en el saco sin fondo donde críticos y especialistas echan las manifestaciones musicales sin una clara definición conceptual. Basta con que predominen los instrumentos electrónicos, el ritmo isócrono y ciertas armonías vocales para que rotulen, casi nunca para bien, la música de algunos artistas como “pop”.

Esto de las categorías crea verdaderos embrollos (que a veces lindan con el dislate) a la hora de los premios Lucas y Cubadisco. Ante tanto prejuicio, muchos artistas prefieren evitar el membrete de “pop” y recurrir al comodín en boga: la fusión.

Algunos músicos, como X Alfonso, en la búsqueda de nuevas sonoridades, trabajan con seriedad y talento en fusionar géneros diversos auxiliados por la intertextualidad postmoderna y códigos concretos de la cubanidad. Pero en gran parte de los casos, la fusión se ha convertido en la oportuna coartada de intérpretes que sin encasillarse en un estilo definido, deciden eludir a toda costa que los clasifiquen como “pop” y los metan en el saco.

De cualquier modo, los aguardan otras acechanzas. Si quieren aspirar al mercado internacional, tienen que esperar que “los descubra” algún empresario extranjero. Casi siempre bajo contratos leoninos, estos empresarios fungirán como agencia de marketing para su representación y promoción en el exterior. Ya en ese momento, los artistas se habrán visto obligados a hacer un sin número de concesiones en cuanto a repertorio, formato y hasta en el modo de peinar, vestir o moverse en escena.

Estas disqueras introducen en sus mercados una “música cubana” que no es tal, porque redujeron su definición y la diseñaron a su gusto y conveniencia. Es la que llega a España y luego a México y parte de Latinoamérica. No mucho más allá. Los mercados norteamericanos y europeos son casi inaccesibles para cubanos.

Pero en el exterior los aguardan una nueva etiqueta y otro saco sin fondo. Todas las manifestaciones musicales del Tercer Mundo (más o menos “exóticas”) que no se pueden englobar dentro de las clasificaciones al uso de la música occidental, se venden como World Music. Es como si a los músicos cubanos los persiguiera, entre otros maleficios, la maldición de las etiquetas.

La cantante Osdalgia, otra aprensiva con los encasillamientos, resumió hace algún tiempo el panorama de la música nacional: “La creación de ritmos y géneros refresca el quehacer, pero cuando lo nuevo es la mescolanza de un cantante desafinado con una voz mal educada y gesto torpe, un texto vulgar o mediocre, un facilismo armónico, cuando sólo eso es lo que se escucha y cuando para colmo, muchísimos músicos de excelentes condiciones le hacen eco para obtener mayor difusión, es para preocuparse”.

luicino2004@yahoo.com

8 agosto 2008 às 17:47 por Ancla insular | Postado em: Lucas.,Música caribeña
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LA CUENCA MUSICAL DEL CARIBE
Por Lucas Garve. Fundación por la Libertad de Expresión. La Habana, 2008-05-03.
La Cuenca del Caribe posee varios planos de composición que la unen. Primeramente, el geográfico, luego el histórico y el cultural. Los admito en este orden porque cada uno se extiende más allá del otro en diferentes momentos, períodos y épocas.
Desde el punto de vista geográfico, una cuenca es un territorio cuyas aguas afluyen todas a un mismo río, lago o mar. Examinado lo anterior y visto desde lo histórico, en la Cuenca caribeña se han desarrollado eventos fundamentales en el orden socio político y económico que contribuyeron definitivamente a la mezcla de culturas que favoreció el nacimiento de la sociedad multicultural contemporánea.
A mi modo de ver uno de los eventos definitorios de la acción cultural en la Cuenca del Caribe fue sin dudas la inmigración forzada de africanos mediante la Trata de esclavos. El desarrollo del comercio mundial, la entronización de zonas productoras regionales bajo el orden colonial y el sistema económico de plantación incrementaron la necesidad de fuerza de trabajo y en consecuencia, la importación de africanos. De una manera u otra, el elemento africano ayudó a reconfigurar una Cuenca hasta ese momento sujeta a límites geográficos meramente.
Los procesos de asimilación, transculturación y reajustes culturales ocurridos entre los espacios rurales y urbanos durante los siglos XIX y XX, lograron la aparición de un discurso musical que impregnara un territorio mucho más vasto que el impuesto por los límites geográficos.
Hay un Caribe musical que se extiende desde el territorio bahiano brasileño hasta la costa este de Norteamérica de Sur a Norte; mientras que desde el Este va del arco formado por las Antillas Menores a las costas del Istmo. Es el mismo Caribe de figuras como Gilberto Gil, la inmortal Celia Cruz, Arsenio Rodríguez, Bob Marley.
En lo particular, influyó la posición social de los agentes de ese discurso musical. Los miembros de la clase hegemónica desdeñaron siempre las funciones de servicio para cuyo desempeño utilizaron sus esclavos. A estos últimos se les impuso entonces el conocimiento y la apropiación de instrumentos musicales y normas culturalmente ajenos para ejercer la producción musical. Pero no se les pudo dominar el espíritu y su manera particular de hacer las cosas. Indudablemente, la expresión musical resultó, en ellos, transformada en un útil de resistencia espiritual ante la violencia del sistema esclavista.
A consecuencia de un evento histórico como la Revolución Haitiana, se comenzó a producir en la zona un desplazamiento demográfico que propició el reasentamiento en tierras cercanas de parte de su población y la consecuente asimilación y reproducción de modos y costumbres.
Este acontecimiento de singular importancia arrojó leña al fuego y produjo el incendio musical que hoy se traduce en notas desde el fenómeno de la música brasileña, el reggae, el zouk, hasta el jazz latino y la fusión como variantes de expresión musical y partes del mismo árbol genealógico.
Testimonios e investigaciones de historiadores y estudiosos de las expresiones musicales de nuestros países atestiguan lo anterior. Tenemos la presencia de las dominicanas Teodora y Micaela Ginés, establecidas en Santiago de Cuba y famosas como ejecutantes de una orquesta de baile, en fecha tan temprana como las postrimerías del siglo XVI. A consecuencia de la emigración francesa proveniente de Haití, en la ciudad citada se abrieron varios salones de baile, entre ellos el famoso El Tívoli, donde músicos venidos de Haití, derrocharon facultades musicales en las noches, mientras por el día impartían clases de música.
Valga aclarar que la profesión de músico era una opción de ascenso social para negros y mestizos libres al situarse en una zona socio profesional intermedia. En 1830, numerosos negros y mestizos se habían colocado en la preferencia de un público que no desdeñaba las orquestas de baile compuesta por músicos negros y mestizos. Fe de esto en tenemos la existencia de agrupaciones como La Concha de Oro del Claudio Brindis de Salas, violinista y compositor, además de padre del extraordinario violinista Claudio José Domingo Brindis de Salas, conocido en Europa como el Paganini negro; también la orquesta Flor de Cuba, dirigida por Juan de Dios Alfonso, clarinetista, y músicos como Bernardino Vázquez, Ulpiano Estrada, más tarde, Faílde, creador del danzón hasta Valenzuela, director de orquesta y famoso instrumentista.
La extensión de la influencia musical caribeña no está solamente marcada por el elemento negro, sin duda fundamental, sino también por el desarrollo de corrientes de aceptación y reconocimiento por un público cada vez mayor y por los avances tecnológicos que la radio, las casas de discos y luego, la televisión utilizaron para la difusión comercial.
Al aunarse entonces toda una serie de factores de orden socio económico y cultural, propiciaron que la expresión musical producida en el Caribe ganara más proyección y que sus agentes culturales contaran con un radio de acción más abarcador.
Debido en gran medida a la atracción de los centros de desarrollo tecnológico y de poder económico empresarial, la emigración temporal o definitiva de importantes músicos negros en las décadas del 20 al 40 a los EEUU, trajo un aporte decisivo en el curso del desarrollo de estilos musicales en el siglo XX.
Gracias a ello en la actualidad, no es raro disfrutar de producciones como la del pianista Bebo Valdés junto a la voz de un cantante como el Cigala, una Misa a la Caridad del Cobre del también cubano Vitier, de igual manera que se disfrutan las piezas de Heitor Villalobos. Fin. LG/08.
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