Estrategia de la tensión. Por Miguel Iturria Savón.

31 octubre 2008 às 18:48 por Ancla insular | Postado em: M. Iturria.,Problemas de Cuba.
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En Cuba, el planeta de la política nos convierte en satélites. Giramos al compás de la rumba revolucionaria contra el enemigo imperialista. Nuestra órbita es el socialismo. En el firmamento insular cambian las circunstancias y las consignas, pero la tensión es la misma desde hace medio siglo. Quien se atreva a opinar contra el único partido, la economía de estado o el poder indefinido de un hombre providencial cae en desgracia. Los edictos de palacio son inapelables, resumen la fábula del Mesías.
Como el Mesías tiene alma de guerrero ha convertido la isla en un campamento militar. Sus tácticas y estrategias nos mantienen en tensión. La tensión justifica nuestro balanceo de zombis en torno al guión escrito por los jerarcas uniformados.
El diseño de una estrategia de tensión prueba su eficacia en las circunstancias más adversas, principalmente ante las catástrofes naturales que escapan al control del gobierno, el cual se aprovecha de los problemas para frenar los estallidos populares. Ante un ciclón, por ejemplo, el régimen combina la ayuda posible a los damnificados con la represión policial y las promesas que catalizan y desvían el descontento.
Los “especuladores” son el chivo expiatorio de la oleada represiva desatada por el castrismo contra el pueblo cubano después del paso de los huracanes Gustav e Ike, cuyos vientos y lluvias arrasaron parte de la isla y dejaron sin vivienda a casi dos millones de personas.
La policía controla las entradas y salidas de La Habana, Pinar del Río, Isla de Pinos, Camagüey y el norte de la zona oriental del país. La cruzada está dirigida contra quienes buscan alternativas propias. Detienen a camioneros con productos agropecuarios, decomisan vehículos y mercancías, registran a taxistas, ciclistas y ciudadanos de a pie. La sospecha, el decomiso, las denuncias y las sentencias de los tribunales marcan el paso de la recuperación, como si los pobladores fuéramos culpables de los desastres naturales.
La dictadura sabe administrar la tensión cuando le conviene. Así lo hizo en 1961, 1963, 1968, 1970, 1980, 1994, 1996 y en la primavera del 2003. Pero no estamos en presencia de una invasión, de cohetes nucleares, de la ofensiva para expropiar a los pequeños propietarios, de la zafra de los 10 de millones –ahora producimos menos de 2 millones de toneladas de azúcar-, del éxodo masivo hacia la Florida, de la revuelta en el Malecón de La Habana, de las avionetas de los Hermanos al rescate ni de la ola represiva para descabezar a la oposición interna.
Ahora, como entonces, las autoridades no han declarado el Estado de sitio, pero los patrulleros detienen a cualquier sospechoso, aunque no haya rebeldes en las montañas ni terroristas en las ciudades. Los vendedores ambulantes son perseguidos como delincuentes; los dueños de kioscos agropecuarios tuvieron que cerrar por la ausencia de mercancías y la imposición de precios ajenos a la oferta y la demanda. La demanda sobrepasa a la oferta, crecen las colas, el estrés y el murmullo y la angustia de los hambrientos.
Al mensajero de mi cuadra lo han detenido dos veces en plena calle. Tuvo que mostrar sus documentos y justificar el origen estatal de cada panecillo. Otros ancianos sufren el chequeo de sus carretones, mientras los clientes esperan, los niños van a la escuela sin desayunar y los agentes de la policía merodean los mercados en busca de ladrones y especuladores.
Así marchan las cosas en cualquier barrio de La Habana. Los funcionarios aumentan el control y presentan al estado patrón como el único suministrador confiable en medio de la crisis alimentaria. El absurdo galopa como un caballo desbocado.
Realmente se trata de otra máscara para encubrir el miedo de la élite que rige el destino de nuestra isla desde la estratosfera del gobierno. Los policías que acosan al pueblo no pueden “frenar a los acaparadores” de las alturas; ellos son el peor de los ciclones.

Subir la parada. Por Miguel Iturria Savón.

3 octubre 2008 às 17:43 por Ancla insular | Postado em: M. Iturria.,Problemas de Cuba.
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La soberbia de los tiranos no tiene límites, más aún si languidece cual despojo del tiempo que marcaron con sus actos y decretos. La petulancia de Fidel Castro y de los amanuenses que escriben sus “reflexiones” colma la paciencia de cualquiera. En sus últimos artículos el caudillo demuestra desde la cama que mientras tenga lucidez impondrá sus dictámenes al pueblo de Cuba, a través del equipo sucesorio que preside su hermano Raúl, segundón del déspota y pantalla del totalitario insular desde agosto del 2006.
Las últimas reflexiones de Fidel Castro son como la sombra de un fantasma que nos degrada. El alter ego del mandatario conserva intacta la capacidad para crear problemas. Ni los desastres provocados por los huracanes lo hacen bajar la parada. No mira hacia abajo sino al horizonte, donde gravita en el limbo de los Mesías y gladiadores antiimperialistas.
La diatriba del ex mandatario contra la ayuda ofrecida por la Unión Europea, el Gobierno de los Estados Unidos y los exiliados cubanos en ese país, deja a la población cubana en el desamparo y la miseria. Bloquear la entrada de alimentos, medicinas, ropas y materiales de la construcción de 25 estados del viejo continente es una desfachatez del dictador, quien solo aceptó auxilio de Rusia, España y Bélgica.
¿De qué dignidad puede hablar un tirano que dependió durante tres décadas de la Unión Soviética y hace un decenio es mantenido por el Gobierno de Venezuela? ¿Con quién consultó el Comandante Castro -y su obediente hermano- para rechazar a los especialistas americanos que evaluarían las pérdidas y enviarían los recursos a los damnificados de los ciclones Gustav e Ike? ¿Por qué impedir las donaciones de cinco millones de dólares en alimentos y medicinas despachados sin condiciones por la Agencia para el desarrollo internacional de los Estados Unidos?
Castro mete otra vez a la isla en un callejón sin salidas. Invocar el embargo de los Estados Unidos y exhibir sus resentimientos contra la Unión Europea en medio de la catástrofe cubana, es una forma de crear tensiones a su favor y un acto de insensibilidad con los millones de personas que perdieron sus casas y pertenencias.
La estrategia de subir la parada, como si estuviéramos en una guerra, refleja la incapacidad de negociación de un líder anclado en el pasado. El tirano ha perdido el sentido del juicio, si es que lo tuvo. Pasar la raya en medio de la tragedia de un país devastado por su propio gobierno antes que los huracanes, sobrepasa el simbolismo verbal de sus ataques al Gobierno de los Estados Unidos, donde radica la mayor parte de nuestro exilio.
El tirano le niega a su pueblo los recursos donados por decenas de naciones. La complicidad y el servilismo de la élite que aplica tan absurdas decisiones agravan el problema, pues Cuba tiene una deuda de 20 mil millones de dólares y los acreedores no confían en su capacidad de pago, lo cual dificulta la adquisición de alimentos, medicinas y materiales constructivos. Los damnificados tendrán que esperar por el desbloqueo interno.
Los militares y los funcionarios que sostienen al régimen pudieran crear una alternativa al desfase del líder envejecido, pero son incapaces de forjar alianzas entre sí, el temor a los cambios los paraliza. Castro se ha convertido en el Minotauro del laberinto insular. No es fácil sujetarlo ni excluirlo.
Por ahora, la contrapartida está en la indiferencia de las multitudes. Solo los locutores de la radio y la televisión leen, por obligación, las reflexiones del colérico ex mandatario que entreteje su inmortalidad a costa de su pueblo.

De tragedia en tragedia. Por Miguel Iturria Savón.

12 septiembre 2008 às 17:36 por Ancla insular | Postado em: Miguel Iturria.,Problemas de Cuba.
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De tragedia en tragedia. / Miguel Iturria Savón.

Se apagaban los ecos de la Olimpiada de Beijing, celebradas del 8 al 24 de agosto, cuando los medios informativos insulares comenzaron a ofrecer los pronósticos del ciclón Gustav, cuyos vientos dejaron decenas de muertos y destruyeron las casas de cientos de personas en Haití, República Dominicana y Jamaica.
Como el huracán avanzaba despacio por el sur de Cuba y debía atravesarla por la zona central u occidental, la televisión, la radio y los periódicos, todos en manos del Estado, se pusieron en frecuencia para orientar a la población. Las medidas de la Defensa civil y los partes meteorológicos del doctor Rubiera concentraron la atención de la mayoría.
Hasta los más eufóricos amigos del deporte dejaron de hablar de las 24 medallas olímpicas (2 de oro, 11de plata y 11 de bronce) que ubicaron a Cuba en el 28 lugar internacional, peor que en Múnich 1972, para atender las profecías ciclónicas de los meteorólogos. ¿Qué pasaría en Matanzas, Varadero o La Habana Vieja si Gustav subía por esa zona hacia la Florida?
Gustav se impuso como un atleta caprichoso. Cuando atravesó Isla de Pinos ya era un huracán de cuarta categoría. La velocidad de sus vientos aumentó mientras devastaba a los municipios de Pinar del Río que colindan con La Habana. Volaron los techos y las paredes de miles de casas, naves de tabacos, escuelas y otras edificaciones; cientos de postes y torres eléctricas cayeron al suelo.
En Nueva Gerona, capital pinera, aún se estudia la magnitud de la tragedia. Hasta en la Mesa redonda se ilustró la patana que los vientos arrastraron del puerto a la ciudad. Las imágenes de vehículos, postes y árboles exhibidos por la televisión grafican el desastre, en contraste con los mensajes de esperanza de los locutores y funcionarios oficiales, quienes hablan de la revolución como si tal entelequia social fuera el genio de la lámpara que, por arte de magia, pondrá las cosas en su lugar.
La manipulación de la opinión pública en función del discurso oficial minimiza las consecuencias del desastre. Se ha creado un estado de orfandad entre las personas humildes que perdieron sus casas. Los albergues son insuficientes. Más que confianza en la revolución y sus demagógicos voceros, lo que hacen falta son recursos para reconstruir viviendas más sólidas y resistentes.
El huracán que arrasó la zona occidental de Cuba, el sábado 30 de octubre, es una tragedia real. Los resultados olímpicos de Beijing 2008 son una derrota en comparación con el 5to lugar obtenido en Barcelona 92, el 8vo de Atlanta 96 o el onceno puesto de Atenas 2004. Analicemos qué pasó para entender el descenso, no quiénes abandonaron la isla o fueron excluidos de su Delegación deportiva por razones políticas.
El puesto 28 se ajusta más a nuestro nivel económico. ¿De qué nos vale ser una potencia deportiva si cada vez que pasa un ciclón miles de personas pierden el techo y el hambre toca a las puertas de los afortunados?

Virarse para la tierra. / Miguel Iturria Savón.

30 julio 2008 às 16:08 por Ancla insular | Postado em: Problemas de Cuba.
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En la última sesión del Parlamento cubano, el general Raúl Castro habló de distribuir las tierras estatales ociosas y advirtió que la producción de alimentos es “asunto de máxima seguridad”. La consigna es “virarse para la tierra”, dijo el Presidente de los Consejo de Estado y de Ministros.
La frase del mandatario insular parece algo más que un lema, pues desde la sesión del 10 de julio el diario oficial se refiere a la cuestión. Un decreto reciente estipula la entrega de 13,42 hectáreas en usufructo a quienes no tienen tierras y desean dedicarse a la agricultura, mientras los poseedores podrán incrementarlas hasta 40,26 hectáreas. El documento advierte que los beneficiarios pagarán un impuesto y que el usufructo, concedido por 10 años a las personas naturales y por 25 a las granjas estatales y cooperativas, “es intransferible y no puede ser cedido o vendido a terceras personas”.
La cláusula no es muy atractiva pues tales condiciones convierten al “poseedor” en un siervo estatal con gravámenes, obligado a entregar sus productos a precios bajos, sin recibir créditos para cercar, obtener maquinarias, fertilizantes y pagar mano de obra, además de enfrentar los caprichos de la naturaleza, la transportación, el robo y las oscilaciones del mercado agropecuario, controlado por un ejército de funcionarios que exigen lo suyo o te arruinan el negocio.
El gobernante quiere producir más alimentos, reducir la importación y revertir “la tendencia al decrecimiento del área de tierra cultivada”. La lógica es buena, pero el problema sobrepasa las intenciones y la medida para solucionarlo. Ni el arriendo ni los impuestos serán eficaces sino se liberan las fuerzas productivas y las regulaciones del mercado. La realidad no cambia por decreto. La falta de estímulos para crear bienes de consumo sigue en pie.
En Cuba se ha perdido el apego a la tierra y los hijos de los campesinos emigran a las ciudades. ¿Qué ganan con regresar a casa o heredar la finca, si tienen que entregar los productos a precios ridículos a los recaudadores estatales? ¿Cómo “virarse para la tierra” y producir más alimentos si les controlan cada cabeza de ganado y les fijan el precio de cada fruto?
La paradoja que enfrenta la agricultura cubana exige medidas que incluyan los intereses de todos. Administrar la finca estatal sin tener en cuenta a quienes crean los valores equivale a conservar la improductividad y los precios inflacionarios.
Estas cosas me recuerdan a la hacienda de Rigoberto Corcho, un guajiro de Ciego de Ávila que solo posee una yunta de bueyes, dos toros, 15 o 20 vacas lecheras y varios cerdos en dos caballerías de tierras fértiles, en las que cultiva el arroz, los frijoles y algunas viandas para su casa y la del hijo, un cuarentón que vende dulces en la ciudad a pesar de ser agrónomo y experto en ganadería.
Al recorrer los predios del viejo agricultor le pregunté por la causa de tanto espacio baldío. “¿Para qué producir maíz si Acopio me compra una carreta en 200 pesos y la revende en 4 mil? Lo mismo sucede con otros productos. Ellos fijan el precio de la cosecha, exigen y hacen promesas, pero no traen las semillas ni te venden un tractor. Si les hace caso te convierten en esclavo del Estado.”
Hay campesinos que no producen ni para la familia y otros que hicieron dinero en los puestos agropecuarios. De las cooperativas y las granjas estatales no vale la pena hablar. Para equilibrar la oferta y las demandas hay que rediseñar la agricultura y disminuir tantas normativas.
Ya la prensa oficial admite que las tierras cultivadas de la isla han disminuido un 33%. Hablan también del fin de los subsidios, del aumento de los impuestos y del cese del igualitarismo instituido hace medio siglo por el gobierno que ahora preside el general Raúl Castro, quien exige más producción sin cambiar las causas de la desesperanza y el desinterés social.