Las cartas de Titón. / Miguel Iturria Savón.

18 julio 2008 às 17:23 por Ancla insular | Postado em: Tomás Gutiérrez-Alea.
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Desde hace meses los medios culturales de España exaltan el legado intelectual y humano del cineasta cubano Tomás Gutiérrez-Alea, el célebre Titón, reconocido en la isla por la inquietante mirada de sus películas. El realizador de La muerte de un burócrata, Memorias del subdesarrollo, Fresa y chocolate, Guantanamera y otros filmes no regresa al ruedo por la excelencia de sus imágenes, sino por una selección de las cartas que escribió durante décadas, compiladas ahora por su esposa, la actriz Mirtha Ibarra, bajo el título Volver sobre mis pasos, con Prólogo de Juan Antonio García Borrero, a cargo de Ediciones y Publicaciones Autor, SRL, Madrid, 2007.
El libro no circula en La Habana, donde se prevé una edición menos lujosa, según Ambrosio Fornet, quien dijo las palabras de presentación en la Cinemateca de Cuba, ante Mirtha Ibarra y otros artistas y funcionarios de la cultura, en un acto que devino homenaje. La prensa especializada ha reseñado la obra y dedicado algunos textos al quehacer creativo del polémico Titón, cuya excepcionalidad como protagonista y testigo del proceso cultural cubano de fines del siglo XX parece galopar en varias de sus cartas.
La selección ha sido enriquecida por breves y valiosos testimonios de amigos del artista, como Julio García Espinosa, Carlos Saura y Sídney Pollack, y por “Su vida en la memoria”, texto conmovedor de Mirtha Ibarra, en el cual hace un recuento exhaustivo de su relación personal y artística con el cineasta. Se añaden, además, viñetas y poemas de Titón, una sección de anexos filmográficos y una iconografía con pinturas y dibujos de su autoría.
El epistolario comienza con una de las misivas dirigidas en 1951 por Gutiérrez-Alea al olvidado Germán Puig, fundador de la Cinemateca de Cuba junto a Ricardo Vigón y Guillermo Cabrera Infante. El maestro del celuloide intercambió correspondencia con personalidades como Manuel Barbachano Ponce, Cesare Zavattini, Carlos Saura, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Tony Richardson, Alfredo Bryce Echenique, Gabriel García Márquez, Costa Gavras, Robert Redfort y otras figuras, incluido Alfredo Guevara, Presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica, de quien discrepa por “la centralización excesiva” y “la tendencia a imponer criterios personales en áreas donde las decisiones debieran tener un carácter colectivo”.
Las cartas nos asoman a pequeñas historias y espacios colaterales, paralelos a proyectos, sueños, problemas, discrepancias y reflexiones en torno al cine, la cultura y hasta la política. En cierta medida presentan las intimidades del medio y de la época, las posiciones contrapuestas de algunos protagonistas de nuestro proceso social, desde la honestidad y la ética profesional. Son una mirada lúcida y apasionada del cine cubano, la mirada de Titón, quien en 1961 renuncia al Consejo directivo del ICAIC, por el documento emitido por este sin consultarle sobre el documental PM. Veinte años después otra esquela dejar ver que las discrepancias se convirtieron en contradicciones profundas y, quizás, en hostilidad personal.
Como advierte Fornet, abundan aquí los desahogos familiares y las confidencias amistosas, pero este libro es, sobre todo, el testimonio de un artista e intelectual que no cesa de confrontar sus principios con la realidad y con sus propias aspiraciones cívicas.
Veamos una epístola de Gutiérrez-Alea en ese tono:
“Hoy, después de treinta años, me pregunto: ¿Qué se ha hecho de nuestros sueños?…Seguimos inventando todo una y otra vez, hemos tropezado repetidas veces con la misma piedra y muchas veces no podemos explicarnos qué ha pasado. Poco a poco hemos ido descubriendo que la historia tiene su tiempo y que,…el camino que queda por delante es mucho más largo que como lo soñamos…”
En el excelente Prólogo de Volver sobre mis pasos anota Juan A. García Borrero:
“Detrás de cada una de esas cartas… será posible advertir el compromiso de Tomás Gutiérrez-Alea con el contexto que lo rodeaba, compromiso que una y otra vez lo llevó a desplegar intensas interrogantes antes que altisonantes respuestas,…” Y agrega: “…ese optimismo terapéutico se puede respirar en su obra, mucho más pródiga en preguntas que en afirmaciones…”
El crítico hispano resume el legado dejado al cine por Titón:
“…no imitó, sino que supo beber en todo tipo de influencias para conformar su propio estilo, a veces, a contracorriente de la propia época; no moralizó, sino que hizo del autoexamen ético la mejor manera de comprobar hasta qué punto coincidía la idea con la realidad; no se entregó al entusiasmo desbordado de la voluntad o al escepticismo incurable de la inteligencia, sino que buscó un equilibrio que le permitiera conformar su propio proyecto de vida. No fue un líder voluntario, sino un paradigma que a estas alturas resulta imposible soslayar, así sea para negarlo.”
Solo Fidel Castro se atrevió a calificar de “contrarrevolucionaria” una película de Titón. Las autoridades culturales del régimen cubano no reiteran el “elogio” del déspota, prefieren diluir la excelente obra cinematográfica de Gutiérrez-Alea en la faena colectiva de la época. “Lo esencial está en los hechos –el ICAIC mismo, con sus películas, documentales, noticieros, afiches, dibujos animados…-”, aclara Ambrosio Fornet, quien califica a Titón de “un auténtico modelo de intelectual revolucionario”.
Pero obviemos las frases hechas y busquemos los filmes y las cartas de Tomás Gutiérrez-Alea, el cineasta que retorna con un epistolario de gran valor humano, testimonial y literario. Ya circula en Madrid. Esperemos su aparición en La Habana, en Miami, San Juan y en otras ciudades de ultramar, donde habitan tantos cubanos que huyeron de la burocracia, el subdesarrollo y los demonios de la intolerancia que trató de exorcizar Titón en sus películas.