La Plaza de Guantánamo. Por Miguel Iturria Savón.

8 mayo 2009 às 17:36 por Ancla insular | Postado em: M. Iturria.,Urbanismo
| Comments (1)

La Plaza pública de Guantánamo, ubicada en El Caribe, al noroeste de la ciudad, es una explanada enorme regida por columnas de hormigón con textos y figuras históricas esculpidas sobre el cemento a modo de obelisco. En los bajos, con entrada exterior por otra calle y conectado al monumento por una escalera protegida por guardianes, se esconde un protocolo soterrado, especie de museo con salón de reuniones, pasillos con paisajes de la ciudad, oficina y área de servicios para huéspedes ilustres.
Concebida como sitio de concentración para que las masas expresen su adhesión al Gobierno y al Partido Comunista, la plaza colinda con las edificaciones de los centros del poder. Al fondo el moderno Hotel Guantánamo, detrás de este los edificios destinados a la población desde la década del sesenta del siglo pasado. A la izquierda una carretera que se adentra en las montañas que rodean a la ciudad. El Hospital provincial “Agustino Neto”, la sede de Sol visión, la empresa Etecsa y la bella sucursal del Banco financiero internacional completan la mediocridad del entorno arquitectónico.
Como cada vez son menos los actos masivos los pobladores atraviesan la plaza sin contemplar las efigies que atraen al viajero interesado en el patrimonio histórico y cultural. El conjunto escultórico enlaza el presente de la localidad con hechos y figuras de la historia nacional. Resaltan el realismo artístico del rostro de Mariana Grajales, la alegoría ecuestre del Mayor general Pedro A. Pérez y el busto del soldado del Ejército Rebelde que mira al horizonte.
Esta plaza, como la “Antonio Maceo” en Santiago de Cuba, la “Calixto García” en Las Tunas, la de Bayamo y otras capitales de provincias, no es más que una reproducción maltrecha del bello entorno urbanístico de la Plaza “José Martí” de La Habana, donde el tirano Batista promovió espacios urbanos monumentales al estilo de Mussolini en Roma.
La ciudad de Guantánamo, capital de la provincia homónima, posee otros espacios citadinos que marcan la vida de ese pueblo rodeada por ríos y montañas. El 75% de su territorio son parajes rurales, donde aún se cultiva el café, de gran incidencia en la economía y la cultura regional desde las emigraciones francesas de principios del siglo XIX, cuando despuntó la hacienda de Santa Catalina de Ricci, en torno a la cual se nucleó la villa, ampliada después hacia los cuatro puntos cardinales.
El bellísimo Parque Martí con la Iglesia de Santa Catalina a un costado, la antigua cárcel convertida en Museo provincial en 1986, El Palacio Salcines –actual sede de Patrimonio cultural-, la Tumba francesa en la Loma del Chivo, el Casino Español reciclado en Casa de cultura y otras instalaciones, hoteles y comercios de la ciudad gozan de mayor reconocimiento público que la Plaza “Mariana Grajales”, la cual simboliza el desplazamiento urbano del centro hacia la periferia.
A pesar del tiempo y los cambios promovidos por la colectivización social, en la provincia más oriental de Cuba sobreviven restos tangibles de su patrimonio agroindustrial, caracterizado por su valor histórico, arqueológico, natural y arquitectónico. Las plantaciones cafetaleras de los municipios Guantánamo, El Salvador, “Niceto Pérez” y Yateras avalan ese legado reconocido por el Comité de Patrimonio de la UNESCO.

La Villa Panamericana. Por Miguel Iturria Savón.

16 marzo 2009 às 21:15 por Ancla insular | Postado em: M. Iturria.,Urbanismo
| Comments (2)

El viernes 6 de marzo fui a la Villa Panamericana a una gestión personal. Al llegar a la entrada vi a un grupo de mujeres frente al aparta hotel Costa Azul. Pensé que las féminas hacían cola por un champú o un perfume rebajado de precio. Pero no, una dama otoñal, listado en manos, llamaba a las delegadas provinciales al Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas que se alojaban allí. Otras señoras forcejeaban en el colindante hotel Panamericano. Algunas miraban las artesanías que vendían en el Prado o curioseaban en los comercios instalados en la planta baja de las edificaciones del reparto.
La Villa Panamericana es una mini ciudad rodeada de instalaciones deportivas. Fue inaugurada en 1991. Está situada entre la Vía Monumental y la costa norte, a dos kilómetros de los modernos edificios de La Habana del Este e igual distancia del poblado de Cojímar, conectada con ambos por la Carretera que bordea la costa. Su privilegiada posición geográfica eleva su atractivo, acentuado por un conjunto habitacional de 3 y 4 plantas, que combinan el color blanco con el marrón de los ladrillos, en un intento por superar la horrible uniformidad constructiva del reparto Alamar, modelo urbano del socialismo repetido en otros puntos del paisaje insular.
Hay cierta movilidad arquitectónica en los edificios de la Villa Panamericana, cuyos balcones con cristales, las escaleras interiores, los comercios y oficinas y algunos detalles exteriores empalman con el Prado central arbolado y con los espacios diseñados a ambos lados de esa artería, encabezada por dos hoteles para turistas extranjeros pues, inicialmente, fue concebida como albergue de los atletas de los Juegos Panamericanos, celebrados en La Habana a principios de los noventa.
Al recorrer la Villa el viernes pasado me sorprendió la limpieza de sus calles, la diversidad de productos en las shopping, el buen funcionamiento de la Taberna, la Parrillada y el surtido de comidas en los kioscos de moneda nacional. En la Taberna conversé con tres jóvenes que tomaban cervezas y hablaban de mujeres. Uno de ellos le comentó al dependiente que no sabía que hacer pues el Secretario del Sindicato le entregó una pitusa, un pulóver y un par de zapatos para que asistiera al Acto de bienvenida a las Delegadas del Congreso femenino, pero él no estaba para eso.
-“Nada acere, si el tipo te descarga o te pide la ropa, le inventas un cuento y le pones 5 dólares en el bolsillo. A él le exigen pero es comprensivo. Yo tampoco voy a nada de eso pero le tumbo la coba”-
Al terminar la segunda cerveza bajé por el Prado. Al final entré en la Galería “Mariano Rodríguez”, antesala del Taller poligráfico. Esperé después a una amiga impuntual en el Parque de la izquierda, entre bancos y matas de coco. Descubrí entonces el enorme Parqueo techado de la derecha, sin autos y con la cerca en el piso, como si no se usara desde que se fueron los deportistas en 1991.
Mi amiga le puso fin a mi estancia en la Villa Panamericana, la mini ciudad del este de La Habana.