El destino se escribe sin saberlo. / Miguel Iturria Savón.

30 julio 2008 às 15:58 por Ancla insular | Postado em: Víctor Mirabal.
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Al remontar los 95 años Víctor Mirabal es un hombre vital, apacible y reflexivo. Sobrepasa en cuatro décadas a su tercera esposa y en un cuarto de siglo a su suegra. Ya no escribe pero pinta y a veces traduce algún texto al francés, lengua que aprendió en Haití junto a Martha Jean Claude, con quien forjó una familia de artistas desperdigada entre La Habana, Madrid, Holanda y el Caribe.
Nació en Guantánamo, en agosto de 1913, de donde partió con la madre a Manzanillo al morir su padre, un dentista que tocaba el violín por disposición del abuelo Fermín Mirabal, primer violinista de una orquesta de París. Víctor no heredó el Stradivarius ni la pasión por la música de sus antecesores, pero a los 15 años comienza en La Habana su aprendizaje periodístico, profesión que ejerció durante más de seis décadas.
Su paso por la prensa, la literatura, la pintura y el hecho de compartir gran parte de su vida con una artista que creció a su lado, le dejaron un arsenal de recuerdos y satisfacciones que compensan los achaques del tiempo, atenuado por las deferencias de algunos colegas y por las visitas de sus hijos y sus nietos, con los que tropezamos a veces en la casa del Cotorro, donde vive con Alina, periodista y esposa de sus últimos avatares.
“Anduve por la vida escribiendo historias, pero nadie recuerda mis crónicas, entrevistas y reportajes. Tal vez sea el destino de los periodistas”, dice mientras afila la memoria para responder a mis preguntas.
P: Hábleme de su primera etapa en la prensa cubana.
V.M: Comencé en 1926 como colaborador de periódicos en Santiago de Cuba. Yo leía mucho y me vinculé a reporteros que me dieron el ABC del oficio. Al venir a La Habana traje cartas de recomendaciones, pero mi entrada no fue nada triunfal. Alterné la prensa con varias faenas hasta que senté cátedra en los medios. En El Mundo hice el magazine dominical. Recuerdo con cariño la revista Ahora, el periódico Hoy y otras publicaciones, algunas de vida efímera.
P: Haití ha marcado su vida. ¿Cómo conoció a Martha Jean Claude?
V.M: Yo voy a Haití a fines de los cuarenta. Conocí a Martha mientras desayunaba en el hotel. Ella deseaba viajar y alguien le habló de mí. Comenzamos una relación y me la llevé para Caracas. Nos casamos después.
P: ¿Ya cantaba?
V.M: Si, pero no era famosa. Era una campesina con talento artístico, educada por las monjas del convento Santa Rosa de Lima, donde siguió como profesora. Desde jovencita cantaba en las iglesias y después en varios teatros con Esmeralda de Pradine. Sus primeros discos los grabó en Caracas. En La Habana triunfó como artista. Mi encuentro con ella me cambió la vida. En Haití nacieron Sandra y Linda. Richard y Pula en Caracas.
P: ¿Conoció usted a François Duvalier?
V.M: Si, antes de ser elegido a la presidencia y convertirse en tirano. Era un médico culto y agradable; presidía la Misión, un comité estadounidense que ayudaba a Haití en cuestiones de salud. Coincidimos con él en Puerto Príncipe y en el Caván Chocún, un cabaret al estilo de Tropicana, allí bailé con su esposa mientras él charlaba con Martha.
P: Caracas fue otra etapa importante en su vida. ¿Ejerció allí el periodismo?
V.M: Si. Martha y yo llegamos cuando Rómulo Betancourt asciende a la presidencia de Venezuela. Yo lo sustituyo en la página económica de El País, sin saber nada de economía. Mi primer artículo fue un desastre y el Director del Banco nacional llamó al director (Luis Trosconi), quien me mandó a verlo. Me dijo hasta animal, pero le pedí ayuda y conservé el puesto. La secretaría del Banco me daba cada día el estado de cambio monetario, el movimiento de la aduana y otros datos. La página fue cada vez mejor. También hice entrevistas y colaboré con un diario de Maracaibo.
P: ¿Por qué abandonó El País?
V.M: No lo abandoné, me botaron por una pifia con John D. Rockefeller, a quien entrevisté en el Hotel El Ávila cuando él promovía un barco que pescaba y procesaba la sardina. Mientras lo esperaba en el lobby hablé con un señor que deseaba obsequiarle un cuadro de Washington para pedirle el ingreso de su hijo en la Clínica de los hermanos Mayo. Le exigí al fotógrafo que lo retratara y al entrevistar a Rockefeller le planteé el problema. Escribí dos artículos después de la entrevista, pero entregué primero el del hombre del niño enfermo. Parece que la Embajada norteamericana se quejó y Trosconi me despidió. Supe más tarde que al hijo del magnate yanqui lo capturó una tribu del Amazonas y le redujeron la cabeza.
P: ¿Regresó a Cuba?
V.M: Si, aunque Martha cantaba en la radio de Caracas y alternaba sus grabaciones con el casualismo, como le llamaba a sus creaciones pictóricas, bien recibidas en el Liceo “Fermín Toro”. En La Habana ella graba algunos discos, actúa en Tropicana y es reconocida, mientras yo me dedico al periodismo. Fue a mediados de los cincuenta. Me reincorporo a El Mundo y colaboro con la revista Bea, que cultivaba un humor muy sutil. Viajo a Honduras y a Guatemala con Amiama, el director de esta; pensábamos hacer un número en cada país, pero nos sorprende el triunfo de la Revolución…
P: ¿Qué pasó entonces?
V.M: En Guatemala coincido con Antonio Rodríguez Echezábal, casado con una haitiana al igual que yo. A él lo nombran Embajador y me pide que asuma como Secretario. Aquello era un desafío constante, nos espiaban los enemigos del gobierno cubano y el Presidente Idígoras los dejaba actuar; nosotros también actuábamos –con los sindicatos y organizaciones-, como si estuviéramos en Cuba. A Antonio le decían el “oso blanco” y se comportaba como tal. En una ocasión le dio una golpiza pública a un espía que sorprendimos en mi oficina. A los dos nos declararon personas no gratas…
P: ¿Siguió en cargos diplomáticos?
V.M: No, volví al periodismo. Ejercí en Revolución, en la Revista Forestal, la Agencia AFP y en Trabajadores. Me incorporé a las tareas de la época y cursé la carrera de periodismo en la Universidad de La Habana, como un chiquillo con 40 años de experiencia.
P: ¿Alguna anécdota?
V.M: En un recorrido del Ejército Occidental descubrimos un Centro de reeducación de homosexuales, entre Santa María del Rosario y Pedro Pi, era una especie de campo de trabajo forzado con un reglamento absurdo para rehabilitar a los gays. Allí fui testigo de un suicidio en un “acto de graduación”.
P: ¿Y el caso de Ramón Mercader, el asesino de Troski?
V.M: Yo no sabía que vivía en Cuba, pero la AFP conocía de su ingreso en una clínica de La Habana y en Moscú esperaban su cadáver. Llamé al Palacio de la Revolución y Lisandro Otero me prometió averiguar, cuando insisto, presionado por los cables de París, me informa que ni Fidel Castro sabía nada. De la agencia me pasan los detalles de la llegada del féretro y del homenaje que le hizo la KGB. Aquí era un secreto de estado.
P: El acceso a las fuentes es uno de los problemas del periodismo cubano.
V.M: Si, hay temas tabú. Todo se subordina a los intereses del Partido y el Gobierno. Antes había zonas de silencio, pero la prensa era más libre y diversa, aunque ninguna obra humana es objetiva ni imparcial.