Dinosaurios en la montaña


Vimos por allá por Mil Cumbres, unos bosques intensos y recónditos al este de La Palma, que rodean a la mayor altura de todo el tercio occidental cubano: el Pan de Guajaibón.
Desde mucho antes de llegar sentimos la solidaridad de gente de campo que, sabiendo de cuán lejos veníamos, nos brindaba su casa, por si nos fallaba la suerte. Pero fue camino a La Palma, el lugar que escogieron los dos últimos ciclones para salir al mar, donde nos encontramos con la noche encima, sin bañarnos y con unas barras de maní por toda compañía.
¿De dónde salió esa pareja de campesinos? Ni idea, no los vimos llegar, pero lo cierto es que esa noche dejamos el polvo del viaje en el riachuelo que pasaba junto a su casa de madera, comimos en una mesa de platos desbordados, y dormimos sobre un colchón de suavidad impecable. El alacrancito que amaneció enredado en mi pulóver no afectó la enorme gratitud por la hospitalidad de aquel matrimonio.
La región de Mil Cumbres pertenece a la Empresa de Flora y Fauna, y hay que traer autorización para entrar, pero sin caer en los extremos de quienes dirigen Guanahacabibes. En su centro se yerguen los casi 700 metros del Pan de Guajaibón, aisladísimo: Sagua, el caserío más cercano, está a dos horas de buen camino. Allí encontramos otra buena persona que cuidó todo el equipaje innecesario y nos explicó cómo llegar hasta la base de la montaña.
Atravesamos riachuelos y mausoleos de héroes antiguos por un camino desierto, que moría entre las ruinas de un puesto militar. No vimos un solo ser humano. El ascenso del Pan aún es seguro: una senda clara, que al final se torna un pasillo entre gigantescos helechos arborescentes, va zigzagueando hasta la punta. A la 1:30 de la tarde, bañados en sudor, con el agua precisa y los turrones de maní casi agotados, nos asomábamos desde la cima del Pan a la costa norte y al lomerío de la Sierra del Rosario; entre nosotros, estaban los fósiles.
Unas inmensas estructuras metálicas, achatarradas, yacen allá arriba. Son los últimos restos de cuando jugábamos a la guerra. Las auras vuelan en torno, burlándose del asta que ya no tiene bandera, de los letreros en ruso aún visibles y de las solitarias fortificaciones militares llenas de excrementos y de carteles irreverentes.
A las 7 estábamos de regreso en Sagua, físicamente deshechos. Nos bañamos en el río San Marcos, que bordea el pueblo. Esa noche, de nuevo, nos salvó de los mosquitos y del hambre la hospitalidad humilde de unos lugareños. Madrugamos. En la oscuridad, vimos un cartel: “Sendero Natural REGRESO AL JURÁSICO”.
Gracias, ya estuvimos. Los dinosaurios se extinguen, irremediablemente.





















