Archivo por meses: marzo 2009

Y nos dieron los micrófonos

por Yoani Sánchez

Noche perdurable la de ayer en el Centro Wilfredo Lam, gracias al performance de la artista Tania Bruguera. Un podio con micrófonos, delante de un inmenso telón rojo, formaba parte de la instalación interactiva que se ubicaba en el patio central. Todo aquel que quisiera podía hacer uso del estrado para decir –en solo un minuto- la arenga que se le antojara. (leer más)

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El pueblo fantasma

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Cuentan que por aquí pisó Colón tierra cubana por vez primera, buscando agua dulce, y no por Bariay. Se tiene como cierto que fue el primer lugar en ser incendiado por los mambises del ´68 para que no lo hollaran los soldados de la violenta Madre Patria, y no Bayamo, como repiten nuestros historiadores de tribuna. Dicen que de los esteros que lo rodean fluían torrentes de manatíes en tiempos antiguos, antes de que la contaminación del central azucarero y la cacería los espantara.

Ese es Manatí Viejo, un pueblo que ya no existe, en el lado oriental de la bahía del mismo nombre, costa norte de la provincia de Las Tunas. Hasta allí, equipados con un mapa desactualizado, pan, agua y la cámara, nos fuimos un día.

De la cabecera municipal salimos a pie, bien temprano, con la guía del hombre más sabio del pueblo. El trayecto es gris: un camino entre marabuzales, la lóbrega y destartalada carretera a la playa Covarrubias, una guardarraya de cañaveral y tres kilómetros de senda entre cactus y manglares. En nuestro mapa está marcado un caserío por donde hemos de pasar, y se nos ahoga el pecho al ver el mísero presente de la región: una sola casita y una sola mujer que, rodeada de niños, espera al esposo, pastor de la manada más breve del mundo. En esta comarca yacen demasiados pueblos muertos.

Le damos gracias por el aguaazúcar que nos resucita y seguimos rumbo a la costa. Entonces la senda se une con el antiguo camino real a Las Tunas, que resiste los asaltos del monte como si lo hollaran aún los espectros de la gente olvidada que vivió por aquí. Millones de patas de cangrejos minúsculos huyen frente a nosotros, bajo nosotros, y regresan al sol cuando ya hemos pasado. Mosquitos plenos de alegría celebran nuestra visita: llevaban un siglo sin probar sangre humana.

Entonces, aparece el mar; estamos en el Manatí Viejo. Hay un par de tarjas que anuncian aborígenes enterrados y mambises en fuga, la rueda de un mecanismo extinto, y el esqueleto de los muelles. Nada más.

Entre la hierba encontramos restos de loza y ladrillos de aire pretérito. Dicen que la gente de aquí, antes de huirle a los españoles, escondió el oro y la plata en las tumbas del cementerio hoy sepultado bajo el marabú; de Manatí, el pueblo actual, huye la gente azotada por la poca esperanza, el abandono, y los ciclones humanos y naturales. Estuve allí hace unos días, pregunté por una veintena de jóvenes amistades, y supe que casi todas se han marchado. Ojalá que hayan dejado oculto algo valioso que, un día no lejano, les impulse a volver.

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La herencia indígena en el barrio Los Zaldívar del municipio Fray Benito, provincia de Holguín, Cuba

Por José Antonio García Molina, con la colaboración especial del historiador de Fray Benito, Benedicto Paz Sánchez.

 

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INTRODUCCIÓN.

 

  El presente trabajo fue publicado en la revista El Caribe arqueológico (no. 10, Santiago de Cuba, 2007, p. 173), y ahora deseo ofrecerlo nuevamente, esta vez dividido en dos partes debido a su extensión. El mismo fue resultado de un enfoque multidisciplinario, en el cual la Arqueología tuvo un peso muy significativo. Gracias a mis modestos conocimientos previos sobre esa ciencia, más la información arqueológica específica que consulté con relación al área de trabajo en particular (el barrio “Los Zaldívar”, del municipio Fray Benito, al norte de Holguín), pude acercarme al objeto de estudio con un enfoque antropológico. Así, tanto la Arqueología como la Antropología Sociocultural fueron las ciencias que me permitieron una aproximación al estudio de la comunidad campesina conocida como “Los Zaldívar”, una entre muchas que existen dispersas en nuestro país.

 

UN TESTIMONIO CLAVE.

 

  “Mi abuelita decía que nosotros no éramos blancos ni negros, sino de la generación de los indios”.  Así declaraba Luis Zaldívar Rojas en 1995, a sus 86 años de edad, descendiente de indígenas cubanos, al hablar sobre su abuela, mestiza como él pero nacida a mediados del siglo xix.

 

  “En la raza de los indios –continuaba afirmando nuestro entrevistado—se acostumbra a nacer los niños bien peluditos y con el pelo negro… y con jagua, a veces en el medio de la rabadilla o en las nalgas… (se refiere a cierta mancha en la piel, de origen mongol, y por tanto propia de los descendientes de asiáticos, como los indígenas de América) y los granitos negros” –decía aludiendo al color del escroto en los varones. “El que no nace así, no es indio.”  Y a continuación, recordando a Evangelista, un tío bisabuelo suyo, dijo: “Yo conocí al Evangelista, yo era casadero; él iba a mi casa y conversaba mucho de la yuca agria y del casabe. Él enseñó a mi padre a hacer casabe. Evangelista era tío de mi abuela (luego debió de haber nacido alrededor de 1830, según nuestros cálculos precisos). Era bajito, trigueño y usaba cuatro crinejas (quiere decir, trenzas de pelo largo); duró más de cien años. Las viandas preferidas de nosotros eran el boniato y la yuca; que de ahí de la yuca se saca el casabe. A la familia de nosotros le gusta mucho el casabe como el café claro. Se tocaba el guamo cuando se iba a dar una noticia, cuando pasaba algo, cuando iba a haber una fiesta o un aviso de cualquier novedad, se tocaba mucho el guamo, y los días de San Juan por la tardecita se repicaban mucho los guamos, los contestaban unos a otros de un barrio y otro; y cuando había una candela por algo, el aviso era con un guamo. Y cuando había fiesta, un guamo. Y el guamo se tocaba distinto cuando era por alegría y cuando era por tristeza. Cuando moría uno, le tocaban el guamo un poquito bajito; se repicaba distinto a cuando había fiesta. Y cuando empezaba a llover en la primavera de tarde, por la alegría y por la contentura, se tocaban guamos; se repicaban de un barrio a otro, porque estaba lloviendo y había entrado la primavera, se tocaban guamos.”

 

    Esta es una breve entrevista, realizada por el historiador de Fray Benito, mi colega Benedicto Paz Sánchez,  a uno de los miembros de la antigua y numerosa familia de los Zaldívar-Rojas, quienes fundaron en época ya remota un barrio denominado con el tiempo “Los Zaldívar”, cercano al pueblo de Fray Benito en la provincia de Holguín.

 

 

 

EL POBLADO DE FRAY BENITO.

 

  Según los datos que hemos recopilado de fuentes históricas (1), así como de las entrevistas, sabemos que el poblado de Fray Benito se fundó como parte de la jurisdicción holguinera, posiblemente al comenzar el siglo xix (ya en 1750 existía en el lugar una estancia con ese nombre), y que en 1860 tenía alrededor de 3,500 habitantes, casi todos procedentes de Holguín. Su economía se basaba entonces fundamentalmente en la producción azucarera de dos ingenios que abarcaban en conjunto 65 caballerías; había además tres haciendas de ceba y cría de puercos, potreros con abundante ganado mayor y 334 sitios de labor y estancias donde trabajaban alrededor de 900 “labradores” (sólo 32 eran “de color”), lo cual significaba la mayor parte de la población en edad laboral; además había un tejar, cuatro tiendas mixtas y tres colmenares. La población urbana vivía en 72 casas del tipo de “embarrado” y guano, 18 de guano, 20 de tablas y tejas, y 3 de mampostería. Junto a ese núcleo urbano, a  un kilómetro aproximadamente, nacería años después el barrio rural que con el tiempo se conocería con el nombre de “Los Zaldívar”, debido a uno de los apellidos comunes que tenían sus habitantes, junto al de Rojas.

 

 

 

 

PASADO REMOTO DEL BARRIO “LOS ZALDÍVAR”.

 

   Este es el punto en el que resultaron ser más importantes los datos ofrecidos por la Arqueología, y así también los testimonios de los cronistas. Si consultamos un mapa de la más antigua geografía cubana, vemos que el lugar que hoy ocupa el barrio de Los Zaldívar se encuentra en un territorio que al llegar Colón allí en 1492, hacía mucho tiempo estaba habitado abundantemente por los indígenas: entre los cacicazgos o “provincias indias” de Maniabón y Baní, al norte de Holguín.(2)  Numerosos sitios arqueológicos estudiados en ambas regiones han ofrecido información segura al respecto: el denominado Potrero del Mango, por ejemplo, es un lugar que fue ocupado por los indígenas por lo menos desde el año 1140; igualmente el sitio llamado Esterito, cerca de la bahía de Banes, se calcula que  ya estaba habitado entre los años 1400 y 1450, y así otros más, los cuales se incluyen en una extensa lista de lugares donde los españoles tuvieron contacto de algún tipo, en forma más o menos prolongada, con las comunidades aborígenes.(3) De manera que  no es casual que, precisamente desde este barrio de Los Zaldívar, situado en un terreno ligeramente elevado, pueda contemplarse al norte el hermoso paisaje de Bariay, lugar donde Colón desembarcó y observó por primera vez a los inicialmente huidizos indocubanos.

 

   Veinte años más tarde, a comienzos del siglo xvi, sabemos que Diego Velázquez, primer gobernador español en Cuba, después de vencer la dura resistencia indígena para lograr establecerse cómodamente en Baracoa, amplió su combate contra los indígenas hacia las regiones vecinas de esa primera villa, y con tal fin envió a su segundo –el violento Francisco de Morales—para doblegar con su tropa  la resistencia de los indígenas en los muy poblados cacicatos de Baní y Maniabón. Es conocida  también la historia de los saqueos y otras crueldades que de manera particular cometió Morales con la población aborigen que logró someter. Allí maltrató duramente a los nativos: los  saqueó, abusó de ellos en muchas formas y cometió crímenes de todo género, logrando con ello la exasperación de aquel pueblo inicialmente manso, que terminó por sublevarse  y, en su defensa, matar a algunos españoles. Así lograba “pacificar” Morales el “peligroso” territorio de Baní y Maniabón: esclavizando y repartiendo entre sus soldados a decenas de indocubanos que no lograron escapar de la represión, como sí lograría hacerlo a continuación la mayor parte de ellos. Y valga recordar que fue tanto el ensañamiento y la violencia de este tal Morales durante la misión encomendada por Velázquez, que incluso algunos de sus subalternos españoles sufrieron sus castigos, y al regresar eran tantas las quejas sobre su actuación –y tan contraproducentes los resultados, pues al mismo tiempo había despertado aún más rechazo por parte de los indocubanos hacia los colonizadores, en contra de los propósitos tácticos de Velázquez–, que este lo envió preso a La Española.

 

 

 

 

LOS ROJAS DESCENDIENTES DE INDÍGENAS.

 

  La llamada “pacificación de los indios” en aquella zona, más la muerte del guerrero Hatuey al sur de la actual Bayamo, permitió a las huestes de Velázquez la fundación de esta villa y la continuación de su magra empresa invasora hacia el occidente insular. En aquel momento, cierta masa de población indocubana quedaba en mayor o menor medida bajo el control y los caprichos de los usurpadores de la tierra. Indígenas de una región fueron  trasladados como trabajadores forzados a ocupar y establecerse en regiones distantes de su lugar de origen. Es sabido que aborígenes de la zona de Maniabón fueron obligados a trasladarse a Bayamo para la fundación de esta villa en 1513(4), al parecer porque los de este último lugar –que eran también muy abundantes— en su mayor parte habían escapado de la presencia española.

 

   Durante ese proceso de esclavitud inicial (que duró oficialmente de 1512 a 1553), cierta cantidad de nativos cubanos, de sus hijos y de las generaciones posteriores que no lograron evadir el vasallaje, recibieron nombres y apellidos españoles, según el de sus dueños o el del sacerdote que los bautizara. Rojas fue uno de los apellidos de indocubanos más conocidos desde entonces, otorgado inicialmente por Manuel de Rojas, un primo de Diego Velázquez a quien este entregó en Baracoa una buena cantidad de indígenas como esclavos para que trabajaran para él.(5) Esto ocurría durante la segunda década del siglo xvi (entre 1512 y 1520). A partir de esa región baracoense, y en la década siguiente desde Santiago de Cuba –a donde fue a vivir Manuel de Rojas—, se inició la migración de los indígenas con el apellido Rojas. Al comienzo, acompañando a sus amos; otros muchos –durante siglos–, por evasión de la esclavitud,  y –aun después de abolida oficialmente esta en 1553– por mantenerse alejados de los españoles; en otros casos, por el desalojo de sus tierras y otras formas de abuso recibidas de las autoridades.

 

  Quizás sea lo anterior la razón por la que pronto fue muy común la presencia del apellido  Rojas entre los indígenas concentrados por los españoles en el poblado de El Caney y sus alrededores, cerca de Santiago de Cuba, desde el siglo xvi. De manera que, bien huyendo de la esclavitud y los maltratos, o bien acompañando a sus amos cuando estos se establecían en otros lugares, los aborígenes de apellido Rojas fueron dispersándose, estableciéndose y multiplicándose en áreas cada vez más amplias y alejadas de su lugar de origen.  Es interesante observar cómo mucho después puede comprobarse la presencia del apellido Rojas entre los  indígenas y sus descendientes que perviven en Jiguaní –muy al oeste de Santiago de Cuba–, cuando se funda aquel “pueblo de indios” al terminar el siglo xvii. Incluso durante el siglo xix consta que familias indígenas de apellido Rojas emigraron desde los alrededores de Santiago de Cuba (precisamente de El Caney y Yerba de Guinea), hacia la serranía de Yateras(6) (donde, por cierto, hoy suman alrededor de dos mil descendientes de aborígenes con ese apellido).

 

  Se trata de una migración lenta pero muy persistente, caracterizada por un mestizaje étnico en el que con frecuencia se observan, desde el siglo xvi, el componente de origen indígena y el de origen peninsular mezclados. (7)  Es una migración peculiar también porque en muchas familias persiste durante siglos la tendencia a practicar la endogamia, antiguo método defensivo de su identidad para evitar la intromisión de individuos ajenos en sus familias. Así llegan los indígenas Rojas a formar parte de la población de Bayamo –quizás ya para entonces como personas libres–, y tiempo después aparecerán también los Rojas descendientes de indígenas como parte de la población en Holguín, al menos desde el siglo xviii.  En los libros de bautismo de “indios, pardos y morenos” de las iglesias de San Isidoro y de San José de esa ciudad, aparecen bautizos de recién nacidos cuyos padres –clasificados allí como “indios”– provienen de Baracoa, El Caney, Jiguaní y Bayamo; y las inscripciones datan desde 1713 hasta 1860. En particular la iglesia de San Isidoro muestra en sus registros de “entierros de indios”, de los años 1783 a 1856, que de 39 fallecidos con origen local identificado, 17 son de Holguín y los 22 restantes son de Jiguaní, Bayamo y El Caney.(8)

 

 

 

LA FAMILIA ROJAS EN EL BARRIO “LOS ZALDÍVAR”.

 

 La llegada a Fray Benito de los descendientes de indígenas con el  apellido Rojas, al parecer comenzó desde la fundación de este pueblo en las primeras décadas del siglo xix. María de Rojas de Leyva, nacida en Holguín, era hija del indígena (o descendiente de indígena) Julián de Rojas, quien también había nacido en esa ciudad, en 1789. De su madre, Clara de Leyva, no sabemos aún su filiación étnica; tal vez fuera una mestiza de indígena con español, a juzgar por el fuerte componente indígena que mostrarían después sus descendientes.

 

  María de Rojas se casó con Miguel Zaldívar Ocampo, nacido como ella en Holguín, de quien desconocemos igualmente su procedencia étnica así como la de sus padres, cuyos nombres eran: Antonio Zaldívar y Juana Ocampo. Pudiera suponerse que esta rama genealógica de los Zaldívar, todavía en esta época, era de procedencia hispánica. Sin embargo, el hecho de unirse Miguel Zaldívar con María de Rojas, descendiente de indocubanos, daría lugar a una prole de seis hijos, nacidos todos en Fray Benito, en los que la imagen física del indígena era muy notoria o cercana.

 

  Uno de esos hijos, Miguel Valentín Zaldívar Rojas, nacido el 8 de noviembre de 1851, sería el antecesor inicial de lo que después se conocería con el nombre de “Barrio de los Zaldívar”. Al casarse este, se estableció en un área rural muy cercana al futuro “barrio”, donde seguidamente se asentó su descendencia. Don Miguel Zaldívar, como se le conocía, había contraido matrimonio en 1878 con María Manuela del Carmen Rojas Almaguel, nacida como él en Fray Benito, en 1846, y tal vez prima suya (algo muy común también entre los Rojas, según hemos comprobado). Como puede apreciarse, con la unión de Zaldívar-Rojas con Rojas-Almaguel quedaba reforzada la herencia indígena del apellido Rojas, ya que el padre de María era Liborio de Rojas, nacido en Holguín en 1812, e hijo a su vez de Juan de Paula Rojas, también nacido en Holguín en 1765.

 

  La finca a donde fueron a vivir don Miguel Zaldívar y María de Rojas cuando se casaron, se hallaba muy cerca del poblado de Fray Benito, y al tener la pareja sus hijos, estos con el tiempo se establecieron a su vez muy cerca de la casa de sus padres para formar sus propias familias; así fueron ellos los primeros en constituir el barrio. Habían formado parejas  con parientes muy cercanos, lo cual daría lugar a la permanencia de los apellidos Zaldívar-Rojas entre todas las nuevas familias. De aquí que, en lo adelante, los habitantes del poblado de Fray Benito identificarían al barrio campesino cercano  como “el barrio de los Zaldívar”.

 

 

 

 

LA HERENCIA INDÍGENA DE LOS ZALDÍVAR-ROJAS.

 

  Los habitantes de Fray Benito solían decir que los que vivían en Los Zaldívar eran gente rara, extraña. No se parecían al común de las personas conocidas: tenían una forma de andar, una forma de comportarse y ciertas costumbres que consideraban muy raras. ¿Qué había de extraño en ellos y por qué? El pasado etnocultural indígena de los cubanos había quedado tan atrás en la historia, que era muy difícil para muchos responder dichas preguntas. Sin embargo, más que una lejana noción de “lo indio” flotaba todavía en el subconsciente colectivo, como veremos adelante. La inconfundible imagen física del indígena estampada en los rostros, los cabellos y en la apariencia física general de numerosos integrantes de aquellas familias, conducía a algunos vecinos de Fray Benito a atribuirles la inequívoca ascendencia aborigen. Ellos, por su parte, mantenían al respecto un silencio de respeto, que se hacía más discreto sobre todo en los más jóvenes; como si de los antepasados indígenas sólo pudieran hablar con propiedad los más viejos. Así pasaron los tiempos del olvido y la ignorancia, hasta que en los años mil novecientos ochenta y noventa, el investigador histórico de Fray Benito, Benedicto Paz Sánchez, se interesó por responder esas preguntas. A los resultados de su indagación debe mucho el presente trabajo.

 

  Lo primero que llama la atención en los habitantes del barrio Los Zaldívar es que, efectivamente, su comportamiento y aspecto físico se diferencian del resto de las personas que viven en el vecino pueblo de Fray Benito, el cual se encuentra apenas a un kilómetro de allí. El simple hecho de que los Zaldívar-Rojas decidieran vivir aislados del resto de la población urbana, aunque fuera a una mínima distancia de ella, nos revela la ancestral costumbre indígena de los tiempos coloniales, cuando mucho después de abolida la esclavitud indígena y durante siglos, los aborígenes cubanos que decidían finalmente ir acercándose a los poblados de origen hispano –bien por imperiosa necesidad económica o porque de antaño se les había obligado a vivir en esa cercanía–, lo hacían siempre guardando la necesaria distancia para evitar ser perjudicados de algún modo, así como para evitar el mestizaje racial. Sólo de tal forma, en ese receloso y autoimpuesto aislamiento, pudieron los campesinos de ese lugar –igual que otros que hemos encontrado en serranías y parajes aislados de nuestro país— desplegar cómodamente su herencia biológica y cultural; sus costumbres y creencias ancestrales. De ellas hemos observado muchas en las que el mestizaje está presente con claridad; en otras es más difícil de apreciar a simple vista, pero existe también, en mayor o menor grado. Lo anterior ocurre tanto en el aspecto físico (macrosomático) como en el cultural, aunque para los efectos de nuestro trabajo y la valoración de la importancia que tiene la presencia de lo indígena en la cultura cubana actual, el componente aborigen en lo cultural es lo verdaderamente importante, no tanto así en lo biológico.

 

   A continuación resumimos algunos de los rasgos de ascendencia indígena más importantes que hemos observado presentes en los pobladores del barrio Los Zaldívar. Muchos de estos rasgos los conocí inicialmente a partir en un trabajo redactado por el colega Benedicto Paz en 1993(9); tiempo después pude corroborarlos de modo personal y directo mediante las entrevistas y observaciones que realizamos durante mi visita al barrio en este año 2004. Comenzaremos exponiendo los elementos hereditarios de tipo biológico –como ya expresé, de menor trascendencia para mi interés–, aunque,  naturalmente, lejos del rigor con que lo haría un antropólogo físico, a quien correspondería este tipo de análisis; después continuaremos con los de orden cultural, que en mi opinión son los que en definitiva perfilan nuestra identidad como cubanos.

 

 

Rasgos físicos:

 

  Tanto hombres como mujeres son de estatura baja a mediana, como   promedio: entre 1.60  y  1.50 metros respectivamente, salvo excepciones, debido al mestizaje de origen hispano. Su tez es bronceada en general y tienen el pelo lacio y  oscuro  muchos de ellos, aunque también hay individuos con el pelo ondulado y algunos pocos con suaves rizos, o  de color menos oscuro. En general la pilosidad corporal es escasa; en los hombres la barba es rala o ausente. Se ha observado que las canas  suelen aparecer tardíamente en sus vidas. Muchos presentan la oblicuidad de los ojos propia del ancestro mongoloide, pero poco acentuada. El color de estos es muy oscuro en la mayor parte de los individuos, aunque algunos tienen los ojos de color pardo, y se observan excepciones en que el color es verde, cuando por razones genéticas la herencia caucásica ha predominado en este detalle. En tales casos, sin embargo, el individuo en cuestión puede presentar a la vez los demás caracteres biológicos exteriores (fenotipo) propios de la tipología indígena. En general, la complexión corporal de hombres y mujeres es relativamente delgada, con tórax mediano y ancho; piernas delgadas y cortas, y manos pequeñas. Las  mujeres presentan poco desarrollo de la región glútea.

 

  Aun cuando hemos descrito aquí algunas de las características macrosomáticas que denotan la ascendencia indígena, más o menos pronunciada, que presentan en su conjunto los habitantes de Los Zaldívar, estas no son comparables en cantidad e intensidad  con las que presentan otros descendientes de indocubanos que viven en diferentes lugares muy apartados de la región oriental, como podría ser el caso de los campesinos con apellidos Rojas y Ramírez de la región de Yateras, que viven en la provincia de Guantánamo. Sin embargo, con relación a la presencia en cantidad e intensidad de rasgos culturales de procedencia indígena, no existe tal diferencia entre ambos grupos. Sólo mediante un estudio detenido de ellos podría establecerse las comparaciones al respecto.

 

 

 

 Rasgos culturales.

 

El habla y la gestualidad:

 

  Tal como nos los describieron los cronistas desde el siglo xvi en Las Antillas y en el continente, los indígenas de toda América se distinguían por hablar sólo lo necesario. “Todos estos señores son de pocas palabras (…)”10, había dicho tempranamente Cristóbal Colón refiriéndose a los caciques de La Española.  En lo adelante, los aborígenes aparecerían ante los ojos de los europeos del siglo xvi –e incluso de los historiadores coloniales posteriores– como gente parca o tímida en su expresión oral, aunque agudos de entendimiento. Antonio José Valdés, autor cubano del tercer texto sobre historia de Cuba publicado durante la colonia, decía de los indocubanos: “Los indios de esta Isla se dice que eran naturalmente graves, aún en sus momentos de tristeza, y lejos de poseer aquella vivacidad de las naciones europeas, parece que la despreciaban. Su trato era modesto y respetuoso, y no hablaban sino lo preciso.”11 Vale recordar que, entre los indígenas de América, el “poco hablar” es también expresión del respeto a la palabra, como bien me ha señalado el profesor y colega José Barreiro*. Pues he aquí uno de los rasgos señalados entre los habitantes de Los Zaldívar. Aunque a veces se muestran huidizos, sobre todo si están lejos de su entorno doméstico, cuando se les emplaza para conversar lo hacen con mirada frontal y serena, incluso con sonrisa complaciente y siempre respetuosa.

 

  En la escuela, por ejemplo, los maestros refieren que estos alumnos  son tímidos, “callados y tienen poco desarrollo en la expresión oral”; “son disciplinados, no conversan en las clases, muy respetuosos, humildes.”12 No obstante, al hablar con ellos comprobamos que ese “poco desarrollo” no era debido a falta de vocabulario o a falta de habilidad para formular oralmente su pensamiento, sino a que decían sólo lo necesario y en el momento preciso; hablaban de manera concisa, pero certera, lo cual no significa en lo absoluto poco desarrollo de su expresión oral. Así lo hacían los adultos también.

 

  De igual modo, sabemos por Bartolomé de Las Casas que nuestros  indoantillanos tenían, además, una forma de hablar dulce, suave y sonriente: “(…) tienen un habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa” –decía el fraile.13  Paralelamente, es proverbial el uso de los gestos con que acompañaban su hablar. Es esta también la forma  que observamos en los miembros de la familia Zaldívar-Rojas, cuando los vemos gesticulando al hablar, de esa manera pausada y sonriente con que lo hacen.  De modo que, al parecer,  aquí estamos de nuevo frente a algunos rasgos de la herencia indígena transfundidos generacionalmente hasta el presente en estos campesinos. En tal sentido coincidimos con la aguda observación hecha por la prestigiosa historiadora norteamericana de nuestro siglo xvi,  Irene Wright, quien acertadamente consideró –a comienzos del siglo xix– que la gestualidad del cubano al hablar era un rasgo sobreviviente de ascendencia indígena.14

 

 

El vocabulario:

 

  Relacionado con el hablar,  se encuentra entre los habitantes del barrio Los Zaldívar un uso peculiar de ciertos vocablos que también nos evoca la cercanía cultural al ancestro aborigen. Términos de procedencia indígena y  de uso frecuente como conuco y casabí, son en general poco empleados por los cubanos en la forma en que lo hacen estas familias. La particularidad del término conuco, entre los Zaldívar-Rojas, es que ellos lo emplean invariablemente para referirse a sus labranzas, y no en forma ocasional, como puede escucharse entre muchas otras personas. Por su parte, el término casabí (torta cocida preparada con yuca), puede considerarse un arcaísmo del español en Cuba, ya que la forma en que desde hace mucho y en casi todo el país se le conoce es casabe. La forma casabí se sabe por las actas capitulares que era comúnmente utilizada durante el siglo xvi, lo que nos puede hacer suponer que es la expresión fonética similar o la más parecida a la verdaderamente usada por los aborígenes.

 

  Otro vocablo también antañero –como diría Fernando Ortiz—es crineja. Aunque no proviene de lengua indígena, sí tiene relación con los indoantillanos. Crineja se refiere a la crin de los caballos,  y hace alusión a la trenza hecha con los pelos de la crin. Aplicada a los humanos, crineja no sería, entonces –-al menos en los orígenes de esta palabra—, una trenza hecha con cualquier clase de cabellera, sino con aquella similar a la de los equinos, la cual se trenzaba formando crinejas, como adorno o peinado del animal. Debo señalar que en 1492 Cristóbal Colón había comparado la cabellera lacia, oscura y gruesa de los indígenas con la crin de los caballos, cuando al describir a los nativos dijo que tenían “los cabellos no crespos, salvo corredíos  y gruesos, como sedas de caballo (…)”15. Esa era la imagen que ofrecía a Colón la cabellera de los indígenas, y así ha  permanecido la imagen ofrecida por sus descendientes hasta hoy, cuando aún conservan los cabellos lacios (“corredíos”) y gruesos, que al ser tejidos semejan crinejas.

 

  Jagua es otro vocablo de procedencia indígena, muy usado en la región oriental cubana y que escuché entre los Zaldívar-Rojas. Se refiere a la pequeña mancha oscura en la piel, característica de los descendientes de indígenas, que al nacer es visible en la región glútea o en la lumbar.  El término tiene su origen en el arbusto denominado jagua, de cuyo fruto se obtiene una tintura empleada desde hace mucho como tintura para los objetos tejidos con guano o yarey.

 

  Jigüera, que es también vocablo indígena, continúa empleándose desde hace mucho tiempo en la región oriental cubana, para referirse a diversos recipientes: vasos, cucharas, platos, cazuelas, cubos, etcétera, todos elaborados a partir de las güiras.

 

  Jibe, por su parte, es la voz indígena que aún se emplea para denominar al tamiz o colador con que se cirne la masa seca de la yuca rallada, durante la confección del casabe. A la acción de usar el jibe  se le denomina, por tanto, jibizar, que gramaticalmente significa la interesante formación de un verbo en castellano a partir de un sustantivo aborigen. Llama la atención también que este vocablo sea de uso casi exclusivo en Cuba y República Dominicana, territorios habitados durante siglos por la misma cultura indígena (los taínos), que dejó su impronta en muchas palabras de uso común.

 

  Por último, conocimos en el barrio Los Zaldívar a un niño cuyo nombre no dejó de llamarnos la atención: Guaroni.  Al indagar por qué ese nombre de tanto sabor indígena, supimos que le habían nombrado así por su abuela, quien a su vez se llamaba Guarina, legendaria denominación de una cacica indígena. En este caso estábamos ante un claro ejemplo de tradición indígena, en el que todavía se produce la herencia de los nombres por la vía materna (filiación matrilineal).

 

(Fin de la primera parte.)

 

(HASTA AQUÍ LA PRIMERA PARTE PARA EL BLOG)

 

 

 

A continuación, la segunda parte y final de nuestro trabajo sobre los descendientes de aborígenes cubanos en la comunidad campesina Los Zaldívar, del municipio Fray Benito, en la provincia de  Holguín, Cuba.

 

   La inteligencia del aborigen:

 

  Son numerosas las referencias que tenemos por parte de los cronistas del siglo xvi acerca del grado de inteligencia de los aborígenes. No se trata sólo del caso de Miguel Velázquez, aquel clérigo santiaguero hijo de madre indígena y padre español, que había estudiado en España y a quien muy joven aún se le celebraba su rectitud de conducta y su clara inteligencia.  Fue el primer maestro cubano de quien se tiene noticia, en el siglo xvi. Se trata también de  indígenas anónimos, adolescentes de quienes Bartolomé de Las Casas elogiaba su rápida comprensión y notabilísima memoria en los asuntos religiosos que él les enseñaba.16 Se trata además de las observaciones de Cristóbal Colón17 y de otros cronistas del siglo xvi respecto de la viveza de entendimiento, tanto de indígenas sencillos como de sus caciques y cacicas en Cuba y otras tierras antillanas. Excelentes fueron los indígenas o mestizos de indígenas, a lo largo de la historia colonial, cuando por excepcionales circunstancias se les ponía a estudiar.

 

  En el bario Los Zaldívar, los niños que por alguna circunstancia han continuado su educación fuera del entorno del barrio, han mostrado ser “muy inteligentes”, según el informe del historiador Benedicto Paz, refiriéndose a los que han recibido una educación religiosa en la Iglesia Evangélica Pentecostal. De igual manera, de aquellos Zaldívar-Rojas que se han criado fuera del barrio,  algunos son graduados universitarios o al menos alcanzaron el grado 12, mientras que entre los niños y jóvenes del barrio no hay ni siquiera técnicos medios,   aunque todos saben leer y escribir. Sin embargo, muchos de los adultos mayores de cuarenta y cinco años de edad que han vivido siempre en el barrio padecen de analfabetismo funcional, ya que sus actividades económicas para lograr el sustento diario nunca han requerido  la lectura y la escritura.

 

  Por último, llama la atención que entre los niños del barrio las asignaturas que más gustan son las relacionadas con las artes plásticas, con las plantas y con los animales. Según el informe de Paz Sánchez, la que menos gusta es la Matemática. Es presumible que el entorno natural en que viven  y sus costumbres de vida campesina hayan condicionado dicha preferencia.

 

 

  El respeto a la figura de autoridad:

 

  Era costumbre en la forma comunitaria de vida de nuestros antepasados aborígenes, la subordinación a diversas figuras de autoridad social. Se sabe, por ejemplo, que todos los miembros de la comunidad o grupo se subordinaban a un jefe o cacique, quien tomaba las decisiones que afectaban a la colectividad. La figura de respeto no era sólo el cacique; había otros personajes como el behíque o curandero, los ancianos, los espíritus de los antepasados y otros a quienes los miembros de la  comunidad debían particular respeto o diferentes grados de subordinación. Pero sabemos que la dependencia de la figura del cacique para decidir la mayor parte de las acciones de trascendencia comunitaria, era absoluta. A él se le consultaba cualquier asunto, incluso personal –pues lo personal estaba diluido en lo colectivo– antes de decidir una acción. En ausencia de este, una figura sustitutiva ocupaba su lugar, y a ella se le daba igual tratamiento.

 

   Semejante proceder ha podido observarse en los adultos del barrio Los Zaldívar, para quienes el maestro de la escuela primaria de la comunidad constituye una figura de respeto. Además de las atenciones personales que le brindan los padres de los alumnos, invitándolo a desayunar o almorzar, requieren de él qué hacer en caso de tal o cual enfermedad, así como qué hacer en otros asuntos personales. Le consideran una persona muy importante dentro de la comunidad, y si este hace cualquier crítica a un alumno suyo, los padres del mismo aceptan sin vacilar el requerimiento y lo trasladan con diligencia a su hijo. Lo mismo puede decirse de la relación de los vecinos con los ancianos, a quienes respetan y tratan con cariño.

 

 

 

Relaciones paternofiliales:

 

  Cuenta Bartolomé de Las Casas cómo los indígenas cubanos eran las personas que había conocido que más fuertemente amaban a sus hijos. Nos dice del apego de los niños a sus padres hasta edades en que no era costumbre entre los españoles.  Narra ejemplos en los que los padres habían dado la vida por sus hijos para salvarlos de los maltratos de los españoles, e incluso habían llegado en ocasiones a ejecutar la muerte de sus niños (y después la propia) para evitarles la esclavitud.

 

  Un apego similar se observa entre los padres del barrio los Zaldívar y sus hijos. Así la describe el historiador Benedicto Paz en su informe: “Existe una sobreprotección de los niños chiquitos, casi no los dejan separarse de los padres; es muy común ver a los niños enjorquetados, o sea, montados a la cintura (de sus madres), siendo ya bastante grandes, y como las mujeres son de baja estatura por lo general, los pies de los niños casi llegan a la tierra.” Añade que cuando las madres tienen que salir para alguna diligencia fuera del barrio, “llevan consigo a los niños aunque estos tengan clase.” 18 Los niños asisten a la escuela a partir de los seis años de edad. Por último, señala que cuando tienen que regañar al niño por alguna travesura, los padres lo hacen en voz baja y sin ningún gesto de impaciencia, lo que denota, entre otras cosas, un amor devoto por sus críos.

 

 

  Endogamia:

 

  Como se ha observado históricamente, la endogamia a nivel de  una familia o de toda la comunidad ha sido y es una forma de vida propia de ciertos grupos humanos que vivieron o viven según tradiciones muy antiguas. Estar amenazados por congéneres vecinos ha sido también una buena causa para la aparición de la endogamia. Tenemos constancia de que así sucedió con nuestros aborígenes , por citar un ejemplo, cuando vivieron durante siglos alejados de los conquistadores primero, y después alejados de cualquier otro contacto con el resto de la población “blanca” en general, refugiados en los montes, ciénagas,  costas y cayos de casi todo el archipiélago cubano, reproduciéndose mediante proliferas uniones intrafamiliares. De aquí surgió después la imagen de nuestro campesino como un personaje montaraz, jíbaro, cuyas jóvenes casaderas eran alcanzables por su posible pareja sólo mediante el rapto, incluso entre ellos mismos.

 

  De igual forma, proliferas y endogámicas, ha sido la forma de reproducción que hallamos en las familias del barrio Los Zaldívar. Así lo observamos por la presencia casi absoluta de los apellidos Zaldívar-Rojas entre ellos, y así lo declaran algunos en las entrevistas. Ramón Rojas, aún sin vivir exactamente en el barrio de Los Zaldívar, representa la quinta generación de su familia en Fray Benito, y aún él es el menor de una prole de ocho hijos.

 

  Del mismo modo que en etapas ancestrales, en el barrio Los Zaldívar  las uniones consensuales se llevan a cabo en su mayor parte mediante el rapto de la muchacha, generalmente una vecina que es a la vez miembro de la familia (sea una prima, una sobrina, etcétera).19 El hecho ocurre sin violencia alguna, con la mayor naturalidad. Es común que desde muy temprano los padres les digan a sus hijos pequeños frases como esta: “Cuando seas más grande, tú te vas a casar con fulanita, tu primita”, y esto último ocurre a menudo en la adolescencia.

 

  Otro hecho que refleja la endogamia actual es que, aún en nuestros días, cuando algún joven desconocido proveniente, por ejemplo, de Fray Benito, se acerca al barrio para cortejar a alguna muchacha de allí, los vecinos (casi siempre los más jóvenes y niños) la emprenden a pedradas con el intruso, evitando así su acercamiento y posible futura incorporación como miembro de una familia en el barrio.

 

  También llama la atención que, de igual modo en que está descrito por los cronistas del siglo xvi, cuando contaban que muchas mujeres indígenas se casaban siendo prácticamente adolescentes aún, y más adelante, en cierta etapa y circunstancias de la esclavitud indígena, estos formaban parejas también con mujeres mucho mayores que ellos, así suele verse en las familias de Los Zaldívar cómo existen jóvenes que toman por pareja a mujeres que a su vez tienen hijos de la misma edad que ellos; o bien puede hallarse a una joven unida a un hombre que tiene la edad del padre de ella.

 

 

 

 Vivienda y costumbres domésticas:

 

  No vale la pena abundar en las numerosas similitudes que ofrece la tradicional vivienda indígena cubana, hecha de yagua y guano, con formas circulares, ovaladas o rectangulares, con relación a los bohíos (palabra indígena, por cierto) en que viven los habitantes del barrio Los Zaldívar.  Estas son también viviendas de yagua y guano, (pocas veces de tablas de palma), generalmente rectangulares, sin cobertizo e incluso a veces sin cocina interior ni comedor propiamente dicho; sólo dos o tres piezas, que sirven como habitaciones y área de estar. Es común encontrar la cocina en un espacio fuera de la vivienda y cerca de ella, donde el combustible es la leña y el fogón puede ser muchas veces tres piedras colocadas en triángulo que sostienen directamente las cazuelas, también igual que en las comunidades aborígenes. Se come con el plato en las manos y los útiles de cocina se colocan entre los cujes y yaguas de las paredes.

 

  El interior de las viviendas suele estar muy recogido, con el piso de tierra bien barrido, así como el exterior, para lo cual usan escobas llamadas “chiviricos”, confeccionadas por ellos con elementos vegetales del lugar. Expresan el aseo también fregando vasos y platos con ceniza de la cocina. En el interior de la vivienda no se observan muebles propiamente dicho, sino unos pequeños y escasos bancos para sentarse,  hechos con ramas de árboles, con las patas encajadas en el suelo de tierra junto a las paredes. La ocasional presencia de un taburete u otro mueble para sentarse, suele destinarse a los ancianos.  Para dormir suelen hacer un tipo de cama mediante estacas clavadas al piso con un bastidor de yute y algunas tablas, todo unido mediante ligaduras de tela o de soga. En este particular llama la atención el uso indígena de las hamacas, a veces en sustitución de las camas ausentes. Aquí pudimos observar una costumbre genuinamente aborigen que no habíamos visto en ninguna otra parte antes: situada sobre la hamaca de la madre, estaba la hamaca para el niño o bebé, de modo que ella mantenía fácilmente el control de este mientras dormían. Aún puede verse esta costumbre entre los indígenas que sobreviven  sin alterar la mayor parte de sus ancestrales costumbres en comunidades selváticas de Guyana, Venezuela y otros lugares del Caribe continental, de donde procedieron nuestros aruacos.  

 

  Llama la atención la asombrosa similitud que existe entre el interior de estas viviendas campesinas y aquellas viviendas indígenas descritas por los cronistas del siglo xvi, en las que su interior presentaba mucho orden y limpieza (Colón fue el primero en describir este aspecto),20 con el piso limpio y los objetos  recogidos colgando de las paredes (ahora yugos para bueyes, sogas y otros útiles de trabajo también similares a los que usaron los aborígenes). Las paredes  de estas viviendas campesinas también carecen de elementos decorativos en general, excepto las guirnaldas de flores de campanilla que colocan en determinadas épocas del año.

 

  En cuanto a los utensilios domésticos, igualmente de ascendencia indígena, los más comunes son: catauros de yagua, empleados como recipientes para llevar la ropa al río y para lavar también en él, o para cargar frutas; vasijas hechas de güiras, con diferentes tamaños y para usos diversos: “jícaras” para depositar sal, para guardar semillas,  para tomar agua, como recipientes para comer, etcétera. Los boniatos y las demás viandas asadas las toman para comer insertándoles una “puya”, que son pequeñas ramas de árboles, preparadas con la punta a

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Carezco de una conexión a Internet en casa, pero los rosados lentes me esconden que este servicio sea exclusivo para funcionarios y extranjeros residentes. Quizás quieran protegerme de las “perversiones” de la red, me digo, tal y como lo haría el ridículo Cándido de Voltaire. Así he probado, por un brevísimo tiempo, ver palacios en lugar de derrumbes, líderes que nos llevan a la victoria cuando en realidad nos conducen al precipicio y hombres que se hipnotizan con mi cabellera, aunque yo sé que me siguen para vigilarme. (leer más)