
En los veinte años de esa guerra sin tronar de cañones que ha sido el período especial, los habitantes de Cuba se las han arreglado para capear la miseria de la mejor manera posible.Cuando en 1989 Juana López, 33, maestra, escuchó que tropas del ejército se preparaban para repartir por los barrios raciones de comida, pensó que era otro de los tantos rumores que corrían por las calles.
Aunque no se llegó al extremo de la Opción Cero, sólo Juana, su familia y Dios supieron el sufrimiento que pasaron para sobrevivir a las espantosas carencias de esos años. Por cierto, el Señor fue el primer sacrificado. Su familia, muy católica, atesoraba cuadros con imágenes religiosas y, entre otras reliquias, una Biblia de cuero firmada por el Papa Pío XII, que Juana vendió en 65 dólares. Con el dinero compró alimentos y artículos de aseo.
Juana dejó de ejercer como maestra y salió a prostituirse a lo largo del Malecón y la Quinta Avenida. Ahora vive en Miami y no puede olvidar esa etapa difiícil que la llevó a tirarse al mar en una precaria balsa en agosto de 1994.
Tampoco olvida las humillaciones que sufrió el año que estuvo en la Base Naval de Guantánamo ni los litigios de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos para decidir la suerte de 30 mil balseros que bajo el tórrido sol oriental vivían en tiendas de campaña. En su hogar climatizado de Coral Gables y con un buen salario mensual, Juana López siempre recordará los terribles años que vivió en la década de los 90. Pero ya no está en Cuba.
Tampoco se encuentra en la Isla, la periodista independiente Tania Quintero, de 66 años. Ella trabajaba en la televisión nacional cuando por decreto oficial, en 1990, se estableció el “período especial en tiempos de paz”, pomposo nombre con el que la burocracia criolla denominó a las penurias de todo tipo que, cual ciclón tropical, comenzó a azotar el país. “Para más desgracia -recuerda- mi hija salió embarazada y mi madre, entonces con 75 años, comenzó a deteriorarse aceleradamente”.
En 1993 tuvo que vender lo que tenía, entre otras cosas,, una fabulosa colección de discos brasileños. “Puse un anuncio en Opina y los vendí por 39 dólares. Con el dinero compré comida y todavía me sobró para unos metros de tela antiséptica para hacer pañales”.
Quintero se inició en el periodismo independiente en septiembre de 1995 y seis meses después fue expulsada del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión). Su vida mejoró un poco con los escasos e irregulares dólares que ganaba escribiendo. Durante ocho años, hasta su salida del país en noviembre de 2003, formó parte del batallón de fantasmas que el régimen había clasificado como “no personas” y que vivían -y todavía viven- a merced de los insultos, la ira y la represión del gobierno de Fidel y Raúl Castro.
Bajo dos fuegos vivió la otrora reportera de la revista Bohemia. Por un lado, el acoso y el hostigamiento y, por el otro, las reales carencias económicas. Con cien ni con doscientos dólares al mes se podía entonces, ni aún hoy se puede, mantener a una familia de seis miembros. Tania intentó que los suyos sobrevivieran: el dinero alcanzaba para comer más o menos bien dos semanas, pero ni estirándolo como un chicle cubría los gastos de todo un mes.
Con un billete de 100, enviado como regalo navideño por un amigo español, en diciembre de 1998 pudo comprar un minúsculo televisor japonés, en blanco y negro. “Costó 91 dólares y salió bastante bueno”. Con otro extra, en el 99, pudo adquirir un refrigerador de uso, de la marca soviética Minsk. “Pagué tres mil pesos (150 dólares) y dos veces tuve que cambiarle el motor. Fue una estafa”.
Finalmente se rompió y por 50 dólares un mecánico se lo compró, para desbaratarlo y coger las piezas. Como no hay mal que dure cien años… en mayo de 2001 otro amigo europeo, conocedor de sus penurias, le hizo llegar 500 dólares. Y al contado pudo comprar un refrigerador nuevo.
Los años duros de esta crisis económica aún pueden verse (foto) en las paredes huérfanas de pintura de la casa donde Tania Quintero vivió antes de marchar a Suiza como refugiada política.
Iván García
NOTA: En mayo de 2002, cuando ya mi madre no estaba para verlo (falleció el 15 de abril de 2001) un amigo residente en Madrid me envió 500 dólares para que compraramos un refrigerador nuevo. Es el artículo de más valor que dejé a Ivan en nuestro apartamento de la Víbora, apartamento, valga aclarar, que cinco años después continúa urgido de pintura y reparación general. Y el vaticinio final no se cumplió: treinta y dos meses después de la publicación de esa crónica, el 25 de noviembre de 2003, junto con mi hija y mi nieta mayor abandoné Cuba. Actualmente vivo como refugiada política en Lucerna, Suiza. En La Habana quedó mi hija y una nieta que no conozco. (13.4.06)
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