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La extinción del Panda
El último electrodoméstico que se distribuyó a través del sistema de méritos, fue un televisor chino marca Panda. En mi edificio hubo una reunión para entregar diez flamantes equipos dentro de una comunidad que rebasa las trescientas personas. Algunos vecinos estuvieron a punto de irse a las manos durante la discusión para obtener el aparato, por el que debían pagar cuatro mil pesos cubanos. Entre quienes se llevaron a casa la pantalla de colores, estaban -casualmente- los más combativos e incondicionales ideológicamente.
Aquellos que no alcanzaron el escurridizo Panda se conformaron pensando que habría una segunda vuelta en la que tendrían mayores posibilidades. Pero del gigante asiático no llegaron nuevos televisores para alimentar la meritocracia, ni siquiera vinieron las piezas de repuesto con las que arreglar los ya existentes. Hacer la guardia del CDR o salir al paso a las críticas ha perdido atractivo, pues no parece que la recompensa vaya a ser la asignación de una lavadora, una línea telefónica o un radio portátil.
Los que alcanzaron la última vuelta de electrodomésticos asignados, tampoco están muy felices que digamos. Una buena parte no ha podido cumplir con los plazos de pago, pues la compra del Panda les hizo cargar con créditos mensuales que rebasan un tercio de su salario. Conozco a una viejita, por ejemplo, que compró el batallado televisor sólo porque tenía la convicción de que iba a morir antes de terminar de pagarlo.
Entre los que creyeron haber recibido una prebenda, afloran hoy las preocupaciones por la enorme deuda monetaria contraída con el Estado. Fueron aquellos que se creyeron beneficiarios de un privilegio, sin percatarse que sólo eran tributarios de un error. El mecanismo que los favoreció entonces, es el mismo que nos impide hoy comprar un electrodoméstico sin mostrar la moneda convertible o sin contar con una determinada trayectoria política.
9.
llamada del preso político Arguelles
Aceites esenciales
Si algo no había dejado de funcionar en Cuba era el mercado negro. En el comercio subterráneo se podía conseguir casi de todo. Desde camarones y carne de res hasta cemento y materiales de construcción.
Pero con la llegada al poder del general Raúl Castro, el 24 de febrero de 2008, el mercado negro ha entrado en crisis. Pregúntenle a Osvaldo Chamizo, 29 años, negro robusto y alto, cómo marcha su ‘negocio’ de venta de aceite comestible a 20 pesos el litro. Y muy serio le dirá que “el cuadro se ha cerrado”.
Según Chamizo, en los tiempos del Comandante Único “el tipo estaba tan ocupado en los asuntos internacionales y las constantes marchas de protestas, que se produjo un descuido total por parte de la policía hacia el mercado clandestino, que entonces funcionaba a todo gas”. Pero llegó el General y mandó a parar.
Después de los tres ciclones que azotaron la isla en 2008 y ante la aguda escasez de innumerables productos, el gobierno de Castro II ha cortado las fuentes de abastecimiento del mercado subterráneo.
Los robos descarados y constantes en fábricas y organismos estatales siempre habían sido el túnel de acceso al comercio ilegal, un comercio del cual vive la mayoría de los cubanos. Un solo ejemplo: la magra canasta básica. Aunque Delia Villar, 69 años, ama de casa, intenta estirarla como un chicle, lo que recibe por la ‘libreta’ sólo le alcanza para 10 días. Se las ve negras a la hora de cocinar para su familia.
El estado, cada vez más austero, sólo otorga media libra de aceite vegetal por persona al mes. Por tanto, a mediados de mes, familias como las de Delia Villar tienen que “inventar”. Y no les queda más remedio que comer los alimentos hervidos. Otros, los agraciados, pueden comprar el aceite en divisas. Un litro cuesta 2.20 cuc (alrededor de 55 pesos). “Y apenas rinde” -señala Delia. Mensualmente, ella consumía 4 pomos de un kilo de aceite.
Delia vive con sus tres hijos y sus dos nietos. Juntando el salario de los hijos, más su pensión de jubilada, en su casa entran 1,165 pesos (48 cuc). “Todo se va en comida y casi siempre cenamos de manera frugal”.
Para esta ama de casa, como para buena parte de los cubanos, el mercado negro es la tabla de salvación. No es que sea barato. Pero se puede comprar en pesos y a veces hasta se adquieren artículos en fase de extinción.
Delia vive en el mismo barrio de Chamizo, el joven que se dedica al negocio de vender aceite. Preocupada, dice que “hace más de dos meses a Osvaldo no le entra aceite, cuando le pregunto me responde lo mismo, que la cosa está mala. Y a nosotros no nos queda más remedio que seguir comiendo viandas hervidas”. Y Osvaldo no sabe cuándo volverá a tener aceite.
-En el barrio todos los días la gente con ansiedad me pregunta ¿Qué volá, Osvaldo? No sé qué decirles. A mí se me acabaron ya las respuestas. Soy de los que piensa que Raúl tiene que aflojar. Si el Estado no garantiza la comida y el aceite, tiene entonces que hacerse de la vista gorda. En Cuba se puede jugar con todo, pero no con la jama (comida) ni con el aceite. Son esenciales.
Mientras, la noche cae en el barrio habanero de San Leopoldo. Al parecer, Castro II no piensa lo mismo.
Iván García
Foto: hannanik, Flickr.
Communication breakdown en el Capitolio

El otro día estaba esperando a Orlando en el Capitolio. Llegué como 10 minutos antes, así que me senté en la escalinata a hacer tiempo. Fueron unos minutos muy intensos: presencié dos discusiones por dinero, una de ellas bastante escandalosa y en dos idiomas.
Uno de los fotógrafos que usan cámaras de cajón para hacer fotos a los turistas trababa de quitarle 2 CUC a un hombre que al parecer se los había robado. El tipo se escabulló de alguna forma y él entonces se lanzó hacia a la turista a la que le había hecho la foto. Él no hablaba inglés y ella no hablaba español. Él gritaba que no había recibido su dinero y ella ripostaba que le había dado 3 CUC, pero no se entendían y repetían lo mismo una y otra vez. En lo que se terminaba el asunto, unos muchachos trataban infructuosamente de que los extranjeros les pagaran unas caricaturas que ellos hacían al momento sin preguntar, pero que al parecer no les gustaban y no las querían pagar.
No puedo evitar en algunos momentos sentir una lástima profunda por todos nosotros: los cubanos mendingándole a los extranjeros que paguen los trabajos que ellos se inventan, porque el Estado no les paga los de verdad, y los turistas jugando a las víctimas ingenuas que no entienden nada. En el televisor sigo viendo los spots que hablan de nosotros como si fuésemos escoria. Hay uno que me molesta especialmente, en el que salen Fidel y Raúl y otros ahí en la Sierra caminando con los fusiles al hombro. Entonces una voz en off dice: Ellos lo dieron todo… ¿y tú? ¿Qué has hecho? ¡Entonces trabaja! O algo por estilo, por suerte no me lo sé de memoria. Yo la verdad que razono: no haremos nada hasta que no nos paguen… es tan lógico que parece un chiste.
Cuando los extranjeros me preguntan si es verdad que a los cubanos no les gusta el trabajo yo simplemente digo: ¿Trabajarías tú 8 horas diarias por 20 dólares al mes, o por 30, o por 50 o incluso por 100? Nunca he recibido una respuesta positiva.






