MALLA O MAYA

Red de sentido. Enredillo. Tamiz o filtro para soportar mejor las espículas de Cuba, las vainas de La Habana.

Red de sentido. Enredillo. Tamiz o filtro para soportar mejor las espículas de Cuba, las vainas de La Habana.





En los modernos negocitos en dólares,
al desamparo de alguna camarera que nunca te ve.
En las curvas de estadio olímpico abandonado,
a lo largo y estrecho del Malecón.
En los hierros sinuosos de un puente armado
en nuestra prehistoria industrial,
entre líneas espejeando la demasiada luz.
En los hospicios y hospitales,
con un cubito de agua albañal a mano limpia
y un palo triste para disimular el hastío laboral.
En los jardines a ras de ruinas,
esperando sin evidencia alguna de desesperación
(sin esperanza alguna tampoco).
Entre cristales sudados por una aclimatación racionada
e
irracional.
Oliendo el salitre y el moho matutinos.
Oyendo los trenes tan en la distancia que nunca se ven
(nunca te ven).
Al margen de todo peligro que no sea uno mismo.
Cubanos de Cuba que no lo saben.
Uno más uno más uno,
en escenarios-oasis no tan desiertos como desertados.
En la paz urbana de los camposantos.
En el tedio sepia de toda imagen coagulada.
Al tanto de casi todo,
al acecho de casi nada.
Cuba de cubanos que no la saben.
Uno menos uno menos uno,
espejismos de nuestros mil y un desiertos
no tan tétricos como teatrales.
Por esa simpática forma que tiene la revolución cubana de transformarlo todo, incluyendo el idioma, ya casi puede decirse que aquí no hablamos español. Tras décadas de constante abuso de la lengua, donde “compañero” sustituyó a “señor”, “abastecimiento” a “racionamiento”, “bloqueo” a “embargo”, “UMAP” a “campos de trabajos forzados”, “período especial” a “crisis económica” y toda una larguísima e irrepetible lista de eufemismos; para no mencionar los de tipo histórico que convierten los “reveses” en “victorias”, las “derrotas” en “victorias morales”, los “disidentes” en “mercenarios”, los “inconformes” en “confundidos” o cualquier alusión a la crítica situación socioeconómica de Cuba en “propaganda enemiga”, ahora resulta que en la Isla no hay desempleados.
Cada día la prensa oficial repite con gozoso retintín, cual si se tratara del epitafio del capitalismo, las cifras de desempleados que aumentan sin cesar, fundamentalmente en Estados Unidos y Europa. La intención es que los cubanos nos sintamos seguros y confiados en nuestro bondadoso sistema social “que no abandona a nadie”. Quizás por eso, por más que hojeo las ocho paginillas del Granma y por más que aguzo el oído y la vista durante las transmisiones del noticiero de TV, no encuentro ni la más mínima mención a los trabajadores cubanos que, repentinamente y en secuencia creciente, se han visto tomando vacaciones forzosas después del cierre abrupto de sus centros de trabajo. Ejemplos hay tantos que me voy a limitar solo a lo que ocurre en un pueblo de la provincia de La Habana, Güira de Melena, caso suficientemente documentado por fuentes afectadas por las nuevas medidas de “ahorro” que implican en muchos casos dejar de producir, absolutamente, para “evitar gastos”: un fenómenos que solo podría tener legitimidad en un sistema como el nuestro. Pues bien, allí han cerrado las fábricas de conservas, de tabaco y de carretas; todos sus trabajadores han sido enviados “de vacaciones” a casa (aquí se aplica otro eufemismo: ante la imposibilidad de llamar “vacaciones” a esto, se prefiere la frase “descanso remunerado”), después de lo cual los obreros estarán cobrando el 60% de sus salarios por espacio de unos meses y permanecerán “disponibles” por un tiempo indefinido.
Si entendí bien esta sustitución de términos –que bien podría englobarse para denominar una ciencia derivada de la lingüística, que llamaríamos eufemismología-, la noticia que publicara el Granma en primera plana el pasado sábado 20 de junio, supliendo el vocablo “desempleo” por el que se usa en Cuba, el recuadro debería decir que “La disponibilidad en La Florida supera el 10%” o que -a juzgar por cifras del Departamento de Trabajo de ese Estado- hay 417 500 trabajadores “disponibles” en La Florida en los últimos 12 meses… Solo que ellos (los funcionarios estadounidenses) lo informan seguramente en inglés, o tal vez en español corriente, lenguas que parecen no tener la rica flexibilidad del idioma revolucionario cubano.
Ilustración: Fotografía de un grupo de aficionados al béisbol que se reúne diariamente desde la mañana hasta la caída de la tarde, durante todo el año, en un espacio fijo del Parque Central –la sombra de los árboles al lado izquierdo de la estatua del Apóstol-, solo para discutir acaloradamente sobre ese deporte. La gran mayoría son hombres en edad laboral. Se desconoce si puedan ser oficialmente llamados “desempleados” o “disponibles”; igualmente se ignora cuáles son sus fuentes de subsistencia; pero lo cierto es que, o bien no están dispuestos a vincularse a los puestos de trabajo del gobierno, o son una evidencia del novedoso sistema de “ahorro” sustentado por la revolución

Imagen: Chagal
La vida, sin proponérselo, nos da sorpresa e involucra historias lejos del alcance de nuestra imaginación. Pero como seres humanos que somos aprovechamos el don que Dios nos propició, a diferencia del reino animal. Entonces si miramos la situación de pronto nos ponemos en guardia.
Es una historia real y no creo que se diferencie mucho de las de mis hermanos del grupo de los 75 que un día viendo la vida pasar, felices junto a nuestros seres queridos, que ni soñado en la más terrible pesadilla, nos imaginamos sancionados a largas condenas por un delito tan peculiar, que ni siquiera existe en países civilizados.
A cientos de kilómetros de distancia de nuestros hogares, en celdas de castigos, reducidos a la mínima expresión como ser humano. En estos 6 largos años y 3 meses he visto casi de todo. Desde el primer momento cuando llegué de madrugada a una distante y oscura celda de la tenebrosa prisión de Agüica, en Matanzas, la llamada Atenas de Cuba, me prometí escribir todos los detalles del mundo presidiario, algo que se conoce poco en mi país.
Debido a la férrea censura impuesta por el oficialista partido comunista la historia que les cuento es triste, angustiosa, muy fácil de adaptar a los filmes del cine hollywoodense. Repleta de violencia, lenguaje de adultos y prohibida a menores de 21 años.
En Ciego de Ávila nació Yosvany Ceballo Oliva, según él, prefirió morir en el momento en que el ginecólogo le daba las palmaditas en la nalga. Ceballito, como le llaman, vino al mundo un 21 de abril de 1980. El mismo año del éxodo masivo por el puerto del Mariel, en La Habana.
Muy pronto se desvinculó del mundo real. Con apenas 7 años, su madre se prendió candela y su padre siempre fue un extraño que jamás se ocupo de él. Quedo huérfano. Se vio solo y desamparado a merced de la delincuencia juvenil. Su abuela poco podía hacer.
Cuando cumplió los diez años ingresó en una violenta escuela de conducta en la provincia de Ciego de Ávila. Fue peor la cura que la enfermedad. Allí se adentró en el seno real del delito. Una tarde fría de febrero, ansioso por fumar y beber ron, decidió penetrar por el techo de una bodega de víveres en su barrio.
Ya dentro, con parsimonia abrió una botella de ron Palma y una caja de cigarro Popular. Cuenta Ceballito que enseguida sintió el efecto del alcohol, tomó un saco cualquiera y metió en él un par de botellas de licor y varias cajetillas de cigarrillos, calditos de pollo, sazonadores, paquetes de galletas y algo de azúcar.
Llego a su casa y a espalda de su abuela escondió lo robado. Por este delito de robo con fuerza y receptación, que de propina se lo inventó la policía para que la sanción fuera más severa, fue condenado a 6 años. Ingresó a la cárcel de Canaleta con apenas 16 años. En plena inmadurez juvenil, ya no ha salido más en libertad.
Estando trabajando en una granja se fugó por 8 horas y se entregó por consideración a su abuela, quizás la única persona que ama en la vida. Por esa efímera ausencia fue sancionado a un año y seis meses extra de cautiverio. Cuenta Ceballito, con voz temblorosa y movimientos espasmódicos, como si tuviese el Mal del Parkinson, que lleva años sin ver a su hija, la cual tuvo siendo apenas un adolescente.
Se siente cansado y en deuda con su abuela. Toma sicofármacos en exceso. Se ha convertido en un adicto más, un guiñapo humano de los tantos que abunda en los centros penitenciarios de la isla. Además es asmático crónico.
Me dice que María, su abuelita, pidió al tribunal de Ciego de Ávila una revisión de causa, pero le han dicho que su nieto está bien sancionado. Ambos se habían ilusionado con el traspaso de poder de Fidel Castro a su hermano Raúl, pensando que el General seria más benévolo con los cubanos.
Todo resultó una utopía. Ceballito termina su historia contando que siendo menor lanzó un pote de gofio a un funcionario de orden interior por travesura y al ver que el asunto se complicó, decidió auto agredirse.
Era preferible una transfusión de sangre, que una soberana golpiza por parte de los guardias de la prisión. Esta acción despiadada contra su cuerpo, la ha repetido una y otra vez. Me enseña las enormes cicatrices en toda su anatomía, son más de una veintena.
Es diabólico el drama. Al extremo de ser un día amarrado toda una noche en la famosa silla de castigo, ubicada en la zona de aislamiento del penal. Según aclaran otros reos esta “genialidad” fue obra del hoy director de la cárcel, Mayor Ricardo Díaz Pérez, jefe de reeducación en aquel entonces de Canaleta. Ceballito, ansía con desespero que le otorguen la libertad condicional y salir al mundo real, del que ha estado ausente por más de una década. Dice que piensa trabajar donde sea para ayudar a su abuela y entregar todo el amor perdido a su hija.
Ceballito, mira detenidamente el horizonte tras los gruesos barrotes, cae la noche en la campiña avileña y agrega que de tener una posibilidad se marcharía para los E.U, y así poder mandarle dólares a su abuela e hija que apenas conoce.
Pablo Pacheco. Prisión de Canaleta.
El último electrodoméstico que se distribuyó a través del sistema de méritos, fue un televisor chino marca Panda. En mi edificio hubo una reunión para entregar diez flamantes equipos dentro de una comunidad que rebasa las trescientas personas. Algunos vecinos estuvieron a punto de irse a las manos durante la discusión para obtener el aparato, por el que debían pagar cuatro mil pesos cubanos. Entre quienes se llevaron a casa la pantalla de colores, estaban -casualmente- los más combativos e incondicionales ideológicamente.
Aquellos que no alcanzaron el escurridizo Panda se conformaron pensando que habría una segunda vuelta en la que tendrían mayores posibilidades. Pero del gigante asiático no llegaron nuevos televisores para alimentar la meritocracia, ni siquiera vinieron las piezas de repuesto con las que arreglar los ya existentes. Hacer la guardia del CDR o salir al paso a las críticas ha perdido atractivo, pues no parece que la recompensa vaya a ser la asignación de una lavadora, una línea telefónica o un radio portátil.
Los que alcanzaron la última vuelta de electrodomésticos asignados, tampoco están muy felices que digamos. Una buena parte no ha podido cumplir con los plazos de pago, pues la compra del Panda les hizo cargar con créditos mensuales que rebasan un tercio de su salario. Conozco a una viejita, por ejemplo, que compró el batallado televisor sólo porque tenía la convicción de que iba a morir antes de terminar de pagarlo.
Entre los que creyeron haber recibido una prebenda, afloran hoy las preocupaciones por la enorme deuda monetaria contraída con el Estado. Fueron aquellos que se creyeron beneficiarios de un privilegio, sin percatarse que sólo eran tributarios de un error. El mecanismo que los favoreció entonces, es el mismo que nos impide hoy comprar un electrodoméstico sin mostrar la moneda convertible o sin contar con una determinada trayectoria política.