Archivo por meses: julio 2009

Telenovelas o realidades

Para Mariana y Paulo

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Algún día se deberá  contar la historia de nuestras últimas décadas a partir de las telenovelas brasileñas que han pasado por la pantalla chica. Oiremos a los especialistas establecer paralelismos entre la cantidad de lágrimas derramadas frente a la tele y el grado de resignación o de rebeldía adoptado en la vida real. También será material de estudio la esperanza que nos creaba aquel sujeto – de los culebrones televisivos- que lograba salir de la miseria y realizar sus sueños.

En ese probable análisis tendrá que estar incluida, sin dudas, la tormentosa ficción de La esclava Isaura. Aquella mujer mestiza que escapaba de un amo cruel, paralizó nuestro país e hizo una vez que los pasajeros de un tren se negaran a abordarlo, quedándose en la estación mientras trasmitían el capítulo final. Incluso nos sirvió de fuente de analogías entre el esclavista que no le daba la libertad a su sirvienta y quienes actuaban como nuestros patrones, controlándolo todo. Por esos mismos años las amigas de mi madre se divorciaron en masa, guiadas por el independiente personaje de Malú, que criaba sola a una hija y no se ponía ajustadores.

Llegó entonces el año 1994 y el “maleconazo” obligó al gobierno a adoptar ciertas aperturas económicas, que se materializaron en habitaciones de alquiler, taxis privados y cafeterías por cuenta propia. En ese momento tuvimos cerca la trama de una producción carioca, que influyó directamente en la forma de nombrar las nuevas situaciones. Los cubanos bautizamos como paladar al restaurant regentado por gente común, al igual que la empresa de alimentos creada por la protagonista de Vale todo. La historia de una madre pobre que vendía comida en la playa y terminó por fundar un gran consorcio, se nos parecía a la de los recién surgidos “cuentapropistas”, que habilitaban la sala de su casa para ofrecernos platos extintos décadas atrás.

Después, las cosas comenzaron a complicarse y vinieron seriales donde campesinos reclamaban sus tierras, mujeres cincuentonas hacían planes de futuro y reporteros de un diario independiente lograban ganar más lectores. Los guiones de estos dramas han terminado por ser -en esta Isla- claves para interpretar nuestra realidad, compararla con otras y criticarla. De ahí que, tres días a la semana, paso frente a la tele para leer entre líneas los conflictos que rodean a cada actor, pues de ellos surgen muchas de las actitudes que mis compatriotas asumirán a la mañana siguiente. Tendrán más ilusiones o más paciencia, en parte “gracias” o “por culpa de” esas telenovelas que nos llegan desde el sur.

Parque jurásico. Miguel Iturria Savón.

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Cuando la era jurásica toca fondo en el zoológico cubano, resucitan los monstruos en el solar político de Latinoamérica, donde el castro-chavismo vocifera contra los personajes que contrarían el discurso mediático de la Entente Socialista del siglo XX, cuyo portavoz venezolano lleva semanas maldiciendo a las instituciones de Honduras que destituyeron al pobrecito Manuel Zelaya, quien solo quería modificar la Constitución para reelegirse en la presidencia en nombre del pueblo, como  le enseñaron sus mentores de La Habana y Caracas.

Las reuniones, los discursos, las verdades a medias y las mentiras redondas son tantas que es imposible seguir el culebrón desinformativo. En Cuba ya sabemos que ni las sanciones regionales sirvieron para que los congresistas, juristas y militares hondureños restituyeran al machote Zelaya, quien anda por las fronteras creando problemas, representando el papel de víctima bajo la túnica de la OEA y de su compadre Hugo Chávez, nuevo César del continente.

Los incendiarios necesitaban algo así para la hoguera política. Ya no tienen en la Casa Blanca al “maléfico” Bush, sino al buenazo Obama, quien habla de futuro común y no responde a las ofensas contra el país que preside. Tampoco poseen un pretexto real para invadir a quienes contradicen a los caníbales de la izquierda sudamericana.

Ahora que el chanchullo político patrocina el negocio de la “cooperación” entre los estados del área, algunos gobernantes “protegen” al pueblo como a sus haciendas ganaderas. En América Letrina las masas son como el balón de fútbol; los jugadores la patean hasta la portería, si no conectan gol acusan al árbitro de beneficiar al contrario y arman tremenda rabieta.

Desde que sacaron del juego a Manuel Zelaya en Honduras el escándalo de la prensa cubana pica y se extiende. ¿Qué puede importarnos el último aprendiz del déspota insular? Pensemos en cómo salir del despotismo centralizado de los hermanos Castro, quienes tienen más arrugas que un elefante, pero aconsejan a sus pupilos sujetarse a la portería del poder y dinamitar las reglas de la democracia.

Aún no sabemos cómo terminará la crisis desatada por la intransigencia de Zelaya en Honduras, pero el suceso demuestra que hay sectores que resisten al neo imperialismo venezolano. Al vociferante Hugo Chávez les falta cultura y dotes diplomáticas, pero le sobra petróleo, dinero, ambiciones y circunstancias propicias para incendiar la región.

Los dinosaurios que reinan en las praderas de Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela devoran la selva con la complicidad de otras especies del parque jurásico continental. Romper el equilibrio está de moda. Veremos qué pasa cuando baje la marea.

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Otro cumpleaños sin papá

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Jimmy Pacheco García cumplió 10 años el 21 de julio. Junto a su madre, la doctora Oleyvis García, apagó las velas de un cake barato de nata. Por sexto año consecutivo, en la foto de familia falta el padre, el periodista independiente Pablo Pacheco Ávila, durante la primavera negra de 2003 sancionado a la incongruente condena de 20 años.

En esa fecha, Jimmy tenía 4 años. Desde entonces su padre no puede jugar béisbol ni criar palomas con él. Ahora, con 10 años, el hijo de Pablo Pacheco, no puede contarle algunos secretos a su padre. Quisiera hablar a solas con papá -siente timidez ante su madre- del palpitar que siente en el pecho cuando tres pupitres detrás del suyo, ve sentarse a la niña de pecas en la cara y cabellos color caoba.

Al amparo de la brisa que corre por el balcón de la humilde vivienda, también quisiera hablar con su padre por qué en 2009, a pesar de salir como favorito, su equipo Ciego de Ávila, no fue campeón nacional. Y si en esta temporada el Real Madrid -el equipo de fútbol que ambos siguen- con Kaká y Cristiano Ronaldo, volverá a campear por su respeto en la liga española y en Europa.

Pero siente que nuevamente en este verano tendrá que conformarse con subirse solo a las matas de mango e ir a la playa sin la compañía de su padre.

Cuando a Pablo Pacheco lo mandaron a la cárcel, Jimmy tenía 4 años. Para no preocupar a un niño de esa edad, su madre le dijo que su padre estaba trabajando en otra provincia. Cada 21 días, el pequeño la acompañaba a la prisión de Agüica, Matanzas, a unos 360 kilómetros de su provincia, Ciego de Ávila.

Con sus inocentes ojos vio cómo hombres de verde olivo de malas maneras trataban a su progenitor. Al salir, quería que su madre le explicara “qué cosa tan mala ha hecho papá, para tener que vestir ese uniforme gris tan feo y para que esos hombres lo traten tan mal”.

Ahora Jimmy sabe que su padre está preso sólo por escribir lo que piensa y querer una Cuba distinta, donde se respeten los derechos de todos. No hubiera querido su madre que el niño se enterara ni preocupara de tales asuntos.

Oleyvis prefiere que siga jugando pelota y criando palomas. Que tenga algunos secretillos con ella, a la espera de poder contárselos a su papá. Como madre y esposa sufre mucho, sobre todo al caer la noche. Es cuando llama a Jimmy, para que coma flan de coco, el dulce preferido de padre e hijo.

Mas no puede evitar que se le parta el corazón cuando con la mirada perdida y en un susurro el niño dice: “Si mi papá pudiera probar el flan”. Con un nudo en la garganta le responde: “Dentro de poco, Jimmy, él estará con nosotros”.

Jimmy tiene 10 años. Una edad donde ya se entienden algunas cosas. Y se da cuenta de que su madre quiere hacerle menos dura su infancia.

-No es poco, mamá, porque para cumplir los 20 años que condenaron a mi papá faltan 14 todavía.

Es cuando la doctora Oleyvis García se queda sin aliento. Y sin respuestas.

Texto y foto: Iván García

Un catarro cualquiera

bienal_webFoto tomada durante la Bienal de La Habana

Hace diez días empecé con coriza y tos. Fui a la farmacia para comprar algún expectorante, vitaminas y duralgina para prepararme para mi primer catarro del verano. No había nada. Como lo más importante es mantenerse hidratado, pues asumí con resignación curarme con agua. Al quinto día no iba muy bien así que volví al médico, me auscultó y me diagnosticó asma, como no había hecho fiebre ni tenía dolores musculares ni de cabeza, descartó el H1N1 y me mandó un aerosol.

Veinticuatro horas después seguía respirando mal así que fui a molestar a una amiga que es médico y que la pobre  siempre termina cargando conmigo. Nada más ponerme el estetoscopio en la espalda me dijo:

-    Claro que el aerosol no te hizo nada, lo que tienes no es asma, es reforzamiento en los pulmones…en dos días estarás con neumonía si no empiezas a tomar antibióticos.

Por suerte ya estoy bien, una donación entre los amigos dio un saldo de:

-    2 pomos de vitamina C.
-    1 pomo de vitaminas.
-    Una tira de dipirona.

He podido darme de cara una  vez más contra el sistema de salud cubano. Hablando con la gente me enteré, por ejemplo, de que un médico no está autorizado a recetar un medicamento que no haya en la farmacia. Por ejemplo, usted tiene catarro y en la farmacia no hay nada que comprar: ni expectorantes ni vitaminas. Entonces lo normal es que uno le pregunte al médico qué medicina podría comprar en la farmacia internacional o pedirle a algún familiar en el extranjero, pero el médico no está autorizado a dar esa respuesta.

En el caso que la medicina no sea posible conseguirla ni en CUC y no tenga familia en el extranjero, entonces se supone que usted tiene derecho a solicitar su medicamento a través de la ley 232, que dice que el estado se ocupará de comprarla y proporcionársela. Tengo dos amigos que han estado en esa situación, ninguno de los dos logró siquiera comenzar el papeleo, porque el doctor que los atendía consideró que el caso no era lo suficientemente importante como para presentárselo a la comisión farmacológica que lo discute y lo eleva luego al ministerio, donde se discute de nuevo y se aprueba. El primer caso tenía (falleció) una insuficiencia cardiaca crónica y el segundo tiene una degeneración de la vista por falta de una vitamina.

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7. Ortiz: breve pincelada sobre su término “transculturación”

Por la importancia que ha tenido el vocablo “transculturación” en la historia de las ciencias sociales cubanas, e igualmente por cuanto se ha escrito al respecto, he decidido incluir esta breve anotación de Fernando Ortiz sobre su tan celebrado término. He partido de una breve opinión que su autor deslizó  en una respuesta epistolar a Rafael Soto Paz (20 de abril de 1947), y que en alguna medida puede interesar a los investigadores de la obra orticiana. Dice así:

Muy agradecido le quedo por el recorte de The New York que Ud. ha tenido la bondad de enviarme referente a una cita que se hace de mi vocablo transculturación. Parece que la palabreja anda corriendo ya y abriéndose camino. Ya tiene uso en toda la América Latina y acabo de verla adoptada en la Revista de las Indias de Madrid. Es mucho más comprensiva y expresiva que aculturación, introducida por los norteamericanos.

Les recuerdo a los lectores que el término transculturación había sido divulgado por Ortiz la primera vez en su libro Contrapunteo del tabaco y el azúcar, editado siete años atrás (1940), y aunque el pragmatismo neopositivista de los investigadores norteamericanos (sociólogos, antropólogos y otros) tenía en esos años profunda influencia en toda Latinoamérica, esto no había impedido que el vocablo elaborado por Ortiz para referirse a ese complejo proceso cultural lograra imponerse por la fuerza de la lógica de su sabia argumentación. Era una prueba más de su solidez científica; él sabía que aquella “palabreja” (como la califica con jocosidad y modestia) estaba respaldada por un profundo pensar científico; no se trataba de una etiqueta.

El siguiente asunto  que le dará continuación a esta forma de homenaje a Fernando Ortiz, será el que trata sobre su amistad con el célebre luchador social norteamericano William Edward Burghart Du Bois.

Raúl: Yes, we can?

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Quizás debido al habitual mutismo del presidente cubano, Raúl Castro -y habida cuenta de que no sacrifiqué mi plácido sueño para escucharlo temprano en la mañana del 26 de julio-, tan pronto recibí el periódico Granma del lunes 27 de julio busqué sin muchas expectativas su discurso de la jornada anterior, esperando encontrar alguna información oficial acerca del estado de la economía, algún indicio de las perspectivas a mediano plazo o simplemente un compromiso o alguna novedad por nimia que ésta fuese. En vano. Cincuenta y cinco párrafos de palabras que no dicen absolutamente nada, resumen la realidad irrebatible: el gobierno cubano no tiene nada que decir. Acaso la buena noticia es que, al menos, ya no se preocupa por disimularlo.
Es así que, para estar a tono con las nuevas fuerzas de la política internacional, el General dice “¡Sí, se puede!”, pero no aclara qué, cómo, cuándo y dónde. Las tres reuniones anunciadas por el eterno segundón –la del Consejo de Ministros (28 de julio), el séptimo Pleno del Comité Central del Partido (29 de julio) y la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional (1ro de agosto)- no constituyen la esperanza de ningún cubano medianamente cuerdo, mucho menos una posibilidad de sortear la crisis al interior del país. De la preparación del próximo Congreso del Partido, largamente aplazado y que está oficialmente anunciado para celebrarse (o lamentarse) en el próximo mes de diciembre, tampoco se dijo nada. Pareciera que en Cuba tanto la política como la economía son secretos de Estado, temas que solo se dirimen entre los más altos sacerdotes del culto comunista y a los que solo ellos tienen acceso.
El Consejo de Ministros  “analizará el segundo ajuste de los gastos previstos en el plan de este año”; aunque ningún cubano de a pie conoce cuál era en cifras el plan original y cuál el resultado del “primer ajuste”; el Pleno del Comité Central estará dirigido a “profundizar” en tiempo récord (un día) en “asuntos vitales relacionados con la situación nacional e internacional”; mientras, por su parte, la Asamblea Nacional debatirá el proyecto de Ley de la Contraloría General de la República, otro prospecto de control de lo incontrolable en este triste latifundio devenido realengo.
Posiblemente la novedad de este discurso haya sido abstenerse a mencionar al Imperio y a su gobierno; un verdadero misterio, teniendo en cuenta la marcada tradición de culparlo de todos nuestros males pasados, actuales y venideros, así como de la intención mediática de complotarlo en los sucesos de Honduras. Semejante silencio solo puede significar dos cosas contrapuestas: aquiescencia o conjura.
Al parecer, lo más notorio de la jornada de homenaje al asalto al Cuartel Moncada, al menos para el “orador” más importante del día, fue la ocurrencia de algún holguinero organizador del acto que “puso el sol” detrás del General y de frente al público, motivo por el cual el pueblo “no podía ver” más que la sombra del presidente. Como si alguna vez éste hubiese pasado de ser precisamente eso: una sombra. Por mi parte no le perdono al aludido miembro del equipo de organización del acto que teniendo poder para colocar el astro rey en alguna posición a su capricho, no aplique semejante don sobre las cosas terrenales que aquejan esta Isla, que no estaría de más poner las cosas en su justo lugar.
Sin el “Patria o Muerte” de antaño; incluso, sin el “Socialismo o Muerte” que se introdujera por el hermano mayor en la retórica revolucionaria de la última década del pasado siglo, se despidió el presidente Raúl, dejándonos una vez más sumidos en la mayor incertidumbre. Definitivamente, la consigna para Cuba, hoy como ayer, sigue siendo “No, we can’t”.

CAMPOS DE GIRASOLES PARA SIEMPRE

1s

Leían cosas más bien decadentes: novelitas de personajes que se suicidan poco antes del autor que los escribió, ediciones de uso rematadas como papel reciclable, libros prohibidos, panfletos inéditos, joyas en bruto, y etcéteras por el estilo. Por supuesto, leer cosas más bien decadentes les hacía pensar que vivían en «una época absurda, de poca o ninguna acción, como suele ocurrir después de las grandes revoluciones o los pequeños naufragios»: una cita que a los dos les gustaba mucho y que seguramente salía de Silvia, de Gerard de Nerval (la preferida de Orlando), o de Orlando, de Virginia Woolf (el preferido de Silvia). En cualquier variante, a ellos les encantaba ser los protagonistas de tan hermosa y triste desesperación. Así que ahora ya sólo esperaban la menor oportunidad para actuar.

Cada noche, muy tarde, Orlando la llamaba para decirle: «Silvia, no pasa nada, pero me duele», ella en silencio. Cada noche, por teléfono, Orlando le repetía: «Silvia, yo no soy yo ni tú tampoco eres tú», ella en silencio. Hasta que, cada noche, Orlando la agredía para provocarla: «Silvia, es inútil esperar al amor: ojalá no te hubiera conocido jamás», ella en silencio, sin prestarle demasiada atención a su patetismo. «El miedo te mata, Orlando», era la voz en calma de Silvia, «no seas tan inútil tú».

Entonces él sentía la rabia. Un rencor que taladraba todo por dentro: gusanos con pinchos en su cerebro, chillando en un coro esquizo de pésima afinación. Orlando temblaba de ganas de asesinarla, sin advertírselo, por la espalda. Deseos de rajarle en mil y un pedazos aquel cráneo lúcido con el teléfono. Placer de escupirle una palabrota obscena precisamente a su amor: ¡Pinga, Silvia, mejor muérete!, por ejemplo, y colgar sin darle chance de reaccionar. Y justo así Orlando lo hacía, iracundo al punto de la imbecilidad: «¡Pinga, Silvia, mejor muérete!», y le colgaba sin que, del otro lado de la línea, ella tuviera chance de reaccionar.

Durante dos o tres minutos él cerraba entonces los ojos y respiraba sensacionalmente mejor. De pronto se sentía el ser más desolado y sincero del universo. Durante dos o tres minutos Orlando leía, tatuadas sobre su pecho, las siglas de esa loca palabra: l.i.b.e.r.t.a.d. Por fin él estaba libre de Silvia, y Silvia lo estaba de él. Sin lecturas decadentes ni radicales libres en sus neuronas: más allá del naufragio y el rescate, más acá del estancamiento y la revolución. Por fin Silvia estaba libre de Orlando, y Orlando lo estaba de ella también.

Hasta que un frío le paralizaba los pulmones y el estómago, al punto de retorcerlo de pánico y dolor. Una úlcera mental, casi física. Un vómito que le arrastraba los dientes de tan violento y vacío. Entonces Orlando descolgaba el teléfono y abría demencialmente los ojos, para captar todo el desamparo de Lawton y marcar espantado el número de ella en Guanabacoa, volando como un poseso sobre los seis teclazos que lo separaban de Silvia. Y cuando la voz de ella le contestaba, Orlando ya no podía decirle silvia. Ni sálvame. Ni nada. Él sólo podía tragar una pasta muerta, sin saliva, antes de arrojarle encima una especie de llanto mudo, que era su infantil manera de pedirle perdón: «Perdóname, Silvia», ella en silencio. «Perdóname, Silvia, yo no quería que fuera así», ella en silencio. «Perdóname, Silvia, yo no quería que fuera así, ni tampoco de ninguna otra forma», ella en silencio, y ya lista para ser dios y resucitar a Orlando con su misericordia sexual: los dos tocándose las entrepiernas hasta la náusea y el sobrevoltaje de aquel cable telefónico propiedad de una empresa estatal.

Todas. Todas las madrugadas. Todas las madrugadas de Lawton y Guanabacoa ocurría así. Una tragedia en miniatura que acababa con pucheros y risas y chillidos de placer. Todas, todas, todas las madrugadas. Ellos querían flotar en la nata de una época aburrida y semejante delirio les parecía entretenidamente genial. Ellos querían hundirse en el tiempo cero de los años dos mil. Y los dos sospechaban el fin de algo y el comienzo de una nada que, de lectura en lectura, Orlando y Silvia intuían que Silvia y Orlando ya estaban a punto de protagonizar.

2s

Para Orlando, sentarse en el parquecito de la calle B era la más cruenta manera de experimentar el horror. En Lawton siempre iban hasta allí, entre flamboyanes y gorriones abatidos por el sol nacional. Era un área agujereada por los refugios en tiempos de paz, pocetas antiaéreas inundadas por décadas de lluvia y fermentación. Una manzana arrasada por el incivil combate de los vecinos contra sus bancos, faroles y caminitos. Más los serpenteantes ríos de brujería albañal. Más el óxido y el comején de sus cachumbambés y columpios. Más los pinos raquíticos por el exceso de luz cubana. Más Silvia recién llegada en camello desde Guanabacoa, con la mirada desenfocada de tanto Lawton.

Para Silvia, sentarse en el parque B era la más amable manera de experimentar el horror, sintiéndose menos sola abrazada contra él: casi dentro de Orlando. Y hasta allí se dirigían los dos, mediodía tras mediodía. A hacer nada. A mirarse. A matar el tiempo y el perenne estado de nervios en que sobrevivían los dos. A temblar y dar vuelta a las páginas. A leer tomitos de papel tan calcinado como el paisaje, o paraje. A sentirse perdidos en la lectura, héroes anónimos de los que ningún suicida escribió. Allí dejaban correr los nombres patrióticos de los años. Sin historia y sin tiempo, Orlando y Silvia sin apellidos, sin pasado ni futuro: criaturas de un puro presente reconcentrado, boqueando al aire preso de la ciudad. Y nada les parecía más excitante que ese día a día sin reglas ni consecuencias, ese amasijo de historias compradas al por mayor entre las polillas y el tedio de una librería estatal.

Desde la calle B, ellos veían pasar a los camellos por la avenida Porvenir, como pabellones de apestados y hepáticos. Desde allí iban contando, como si estuvieran en un mirador a ras de tierra, a los borrachitos sin patria que nunca se acababan de suicidar. Desde allí Silvia y Orlando se admiraban mutuamente, casi agradecidos a dios, o a la carencia crónica de dios, de tener aquel banquito aburrido donde leer y amarse entretenidamente y, con suerte, de mes en mes y de milenio en milenio, resistir en privado la experiencia cruenta y amable de tanto público horror.

3s

Manejaban entre los autos, toreando cláxones y frenazos, burlándose de los semáforos descolgados por la nuca allá arriba, sin creer del todo en ningún mensaje o señal. Habían decidido que para ellos ya había sido suficiente lección. Por eso odiaban tanto aquella entrañable ciudad: por su estilo de eterna aula, de claustro uniformado, de escuelita disciplinaria imposible de ignorar o dinamitar. Ellos esperaban el instante justo de cada uno, antes de emitir un aullido y saltar, como fieras arteras, sobre no podrían decir todavía qué. O quién. Y mucho menos para qué o por qué.

Por el momento manejaban a ciegas sobre la moto de él, una Júpiter canibaleada con piezas de Harley-Davidson. Iban los dos fundidos en un solo cuerpo, clavándose las uñas alternativamente según estuviera Orlando o Silvia al timón, penetrados en la promesa de hacerse libres antes de hacer por fin el amor: la promesa de esperar con tal de no sentirse culpables bajo la inercia fofa de repetitivo. Por el momento manejaban de noche, comentando aquellos sitios que llamaban su atención a esa hora, cuando les parecía más verosímil inventarse, de barrio en barrio, la barbarie de un mapa no tan tétrico como teatral: un libro abierto abandonado incluso por su anónimo autor.

«Silvia, de esa azotea saltó la amante de Virginia Woolf», dicho en Ñ y 23. «Orlando, en ese solar se fundó el Partido Nazi Cubano», dicho en San Lázaro y Lealtad. «Silvia, ese edificio curvo parece una hoz y su torre sería el martillo», dicho en Línea y L. «Orlando, bajo esos zapatos de bronce los masones enterraron la rótula izquierda de Gerard de Nerval», dicho en Avenida de los Presidentes y Malecón.

Manejar juntos los animaba, espantando el tedio de manejar. La Habana se les llenaba de imágenes tontas y respirables, y les parecía divertido y rebelde contarlo todo de nuevo para ellos dos, desde cero y todavía menos, sin detenerse nunca en ningún decorado, y sin recordar a la noche siguiente qué era falso y qué sería verdad.

«Silvia, en ese asilo todavía vive Orlando, la mejor personaje de Virginia Woolf», dicho en Dolores y Acosta. «Orlando, en las ruinas del restaurant Moscú funciona hace años el reactor atómico de Juraguá», dicho en Infanta y P. «Silvia, hay una noche del mundo en que el túnel de la bahía se conecta dos veces con el mismo lugar», dicho en Prado y La Punta. «Orlando, en esa iglesia hay un cáliz con la sangre que no coagula de Silvia, el peor personaje de Gerard de Nerval», dicho en Novena y 84.

Manejaban alternándose el timón, hasta agotarse, hasta caer rendidos sobre el exagerado tanque de gasolina. Entonces tiraban la moto en cualquier parqueo estatal, tomaban un taxi en dólares, y en veinte minutos cada uno estaba de vuelta en su cuarto: tendidos sobre la cama sin destender, los dos ya listos para el teléfono, con aquel terrible y tierno ritual de ofensa, llanto, perdón y placer a través de un cable.

Todas las madrugadas ocurría así. Todas las madrugadas. Todas. En Guanabacoa y en Lawton y en todo el planeta: ellos resistían o jugaban a resistir. Hasta que una mínima variación fue suficiente para que Orlando y Silvia destejieran esta historia tejida únicamente para ser protagonizada por ellos dos.

4s

Silvia se apareció con un revólver en el mediodía líquido del parque B. «Es de mi bisabuelo», dijo, «mira la fecha en el cabo: MCMX». Orlando se motivó: «El año del cometa Halley. En 1910 el siglo XX debió desaparecer».

Silvia lo haló hacia ella sobre el banco. Puso la cabeza de Orlando en sus piernas y se echó hacia delante para taparle el sol cenital. Orlando cerró los ojos. Igual el resplandor era demasiado, y atravesaba los pelos de Silvia como a una palmera de gasa o una pirámide de cristal. Todo el año hacía el mismo calor. La realidad se les evaporaba, y a ellos les daba ira tener que existir así, húmedos y humillados: sin la ilusión de esos noviembres descritos en cualquier libro abierto y cerrado al azar.

Orlando le pidió el revólver. Lo lamió. Sabía a hemoglobina ferrosa, a salitre seco de yodo por alejarse demasiado del mar. Sopló tangencialmente aquel cañón casi centenario, improvisando una flauta fúnebre: «como tallada en tibia de puta o de fusilado», dijo él sin abrir los ojos. El sonido remitía a los acordes letales de una marcha nupcial. Y ese silbido silvestre despertó algo en Silvia pues, al devolverle su reliquia de muerte, él la oyó tomar una decisión: «Es ahora o ahora, Orlando, no perdamos por miedo esta última oportunidad».

Y, sin necesidad de descorrer sus párpados, Orlando supo que ella sonreía magníficamente doblada sobre él: la boca abierta como una gruta, como el cráter rajado de un manantial. Para Orlando era muy fácil darse cuenta de la alegría de Silvia porque, desde donde él estaba, casi podía masticar el vapor cálido de su risa. Y el aliento de Silvia era el de frutas inexistentes bajo este clima feroz: uvas, peras, manzanas, y esas raras almendras sin carapacho. Orlando jugó a ser catador de vinos y pronunció en voz inaudible para el mundo, pero todo un grito de guerra para su amor: «Si vamos a hacerlo es sólo porque hoy Silvia me sabe a cometa asesino, cosecha frustrada de 1910».

5s

Fueron a las minas a ras de tierra de Guanabacoa. Cargaron con una enorme mochila donde el revólver iba escondido, flotando como un bebé secuestrado en una placenta de balas: cien, mil, cien mil proyectiles de calibre ligero. Por un costado del cementerio se internaron hasta la autopista nacional, tira infinita de ocho vías. «El 8 es un infinito de pie», Orlando oyó a Silvia gritarle en el sillín de atrás: «y también una S cerrada».

Anochecía, y ellos dejaban atrás los rabiosos repartos de nombres mártires y vulgares. Pasaron vaquerías, fundiciones, torres de alto voltaje y de extracción de fuel, y también desesperados campos de flores para vender: la mayoría de girasoles, cabezas crispadas como puños a esa hora. Finalmente, la Júpiter-Davidson estuvo en la boca cariada de las canteras, con la luna rebotando entre los farallones hasta caer en una laguna de plata. De lejos aún se veía el desfile inmóvil de los campos de girasoles, que a la mañana siguiente alguien vendría a decapitar. Entonces Orlando dudó: «¿Ahora, Silvia?», y ella le contestó quitándose la ropa allí mismo, a horcajadas sobre el rugiente motor.

Orlando seguía agarrado al manubrio cuando Silvia le apuntó a la nuca con su revólver. Puso en el tambor las primeras diez o diez mil balas, y rastrilló o algo por el estilo: clic-clac. Entonces ella le ordenó desnudarse él también. Y, después, le bastó con una frase de burla para echar a rodar la escena que echaría a rodar al resto del film, sin doblaje ni traducción: «Run for your life», rió Silvia, y comenzó a disparar.

Orlando corría desnudo como una astilla de luna. Huía por su vida, pero sin miedo, tal como había sido acordado, sintiendo los zumbidos picoteándole alrededor: gorriones nocturnos en picada mortal. Bajo sus pies, los alfileres de cuarzo se le clavaban hasta el hueso con cada pirueta, y las gotas de sangre ya entibiaban aquel escenario bello al punto de lo criminal: de Orlando manaba un fluido rojo convertido en escarcha por el frío de su sudor.

Pasaron muchos minutos de fuga. Media hora, o una hora y media tal vez. Él cayó finalmente exhausto. Respiraba gracias a los sibilantes. Silvia le había hecho poco más de dos mil disparos, como la fecha, y ahora la mochila parecía vaciada tras aquel ensayo de guerra antipersonal. Orlando jadeaba, el esternón se le quería partir, y su asma eran las cuchillas de viento que se afilaban en los acantilados, rasurando el cuarzo hasta dejarlo en diamante.

Él se arrastró unos metros hasta el borde mismo de la laguna. Miró arriba. Vio una luna metálica, doble. Y dos veces entonces bebió. El agua o la luz eran salobres. Sintió náuseas, pero volvió a tragar ese fluido de moho, oleoso y puro, seminal más que sideral. Y entonces se introdujo completo en aquel mar sólido, sin soltarse de una piedra rematada en forma de asa. Enseguida sintió la silueta de Silvia, que le daba una mano y le advertía a Orlando: «Ya, ven. De noche el agua es más traicionera que el resto de lo real».

Y él salió afuera y comenzó a besarle toda la piel, deteniéndose en las axilas de Silvia primero y en su ombligo felpudo después: crin hirsuta que le tatuaba la pelvis. Se dieron un abrazo tembloroso, mitad de fiebre y mitad de frialdad. Se manipularon con cinismo los sexos bajo el cielo célibe de Cuba, pero ni siquiera intentaron hacer el amor. Esa noche todavía no. A los dos aún les faltaban demasiadas palabras para un acto así: lujo luctuoso y liberador. De manera que allí permanecieron hasta poco antes del amanecer, vírgenes onangélicas, cuando el cosmos entero se puso malva y después naranja, y después amarillo y después blanco, y después sin color y después azul: un aqua-cyan con tiras necróticas, donde ni el día ni la noche se borraban del todo entre sí.

La idea era recuperarse y hacer entonces lo contrario a plena luz: que Silvia practicara su mejor estilo de fuga, el cuerpo desnudo bajo los rayos del sol, mientras Orlando le apuntaba con las balas restantes, siempre listo para fallar. Pero, según amanecía, les fue llegando más y más alto, desde el otro lado de los farallones, el aullido histérico de los altavoces y las sirenas. Había comenzado el asedio, o ya el asalto quizá.

Silvia y Orlando se vistieron antes de asomarse al acantilado y ver la aparatosa caravana policial, que venía describiendo eses a campo traviesa entre los surcos de girasoles, chapeando cabezas de óleo, raspando un van-gogh desenfocado que, desde la altura en que él y ella se atrincheraban, les pareció mejor que cualquier pintura o pintor. Los disparos de madrugada probablemente habían delatado su juego: algo así dijo Orlando, y Silvia asintió con un bostezo que él convirtió en beso, justo cuando los labios de ella estaban en el punto máximo de tensión. Orlando pensó que, ciertamente, el vaho de aquella boca era más eterno que la palabra silvia que la definía.

Se tomaron de la mano. La respiración paradójicamente se les frenó, también el pulso y el nerviosismo en que sobrevivían. Y lo decidieron al unísono con la mirada, sin necesidad de verse otra vez, los ojos extraviados en el horizonte, desde donde la autoridad ya los instaba a rendirse sin fuga y sin resistir. Era la hora sin hora, la de Orlando y Silvia, la de Silvia y Orlando: en cualquier orden de anarquía y desesperación. Ninguno de los dos quería borrarse las siglas de aquella súbita l.i.b.e.r.t.a.d.: puzzle del que nunca se arrepentirían, de eso estaban muy seguros bajo la amenaza de aquel amanecer. Además, hacía tanto que esperaban una brecha así, que ya no tenía sentido ni olvidarlo ni volverlo a pensar. Bastaba ahora con un primer gesto de reacción. Actuar, actuar, actuar: para ellos, ese era el único verbo que valía la pena leer y protagonizar.

6s

Huyeron en moto por las canaletas del fondo, por ese archipiélago de pueblitos floridos y sosos que a la postre desemboca en Tarará. Y de ahí recto por Vía Blanca, con dirección a Matanzas o al puente póstumo de Bacunayagua: altar de suicidas locales, escribieran o no obras decadentes donde los personajes se matan poco antes de su autor.

Orlando manejaba furibundamente, proyectando piedras de asfalto a tope de velocidad, mientras Silvia le daba ánimos encajada entre sus riñones y vértebras, sentada abierta en tijeras sobre el sillín de atrás. Estaban un poco mareados, pero con una calma muy eufórica por la estampida. Huían: eran prófugos capaces de alguna acción. Y esa energía vital les insuflaba el vértigo de una caída libre. Por fin eran ellos los que hacían las cosas pasar. Igual en ningún momento pudieron callarse, atropellando planes al unísono que ni él ni ella comprendían muy bien, pues el viento en ráfagas de 200 o 2000 km/h les secuestraba la voz.

El motor reverberaba, como todo el resto de la realidad: sus restos de irrealidad. Una cosa sí entendieron y les dio mucha risa, carcajadas de locos que escapan en una ambulancia estatal: a partir de ahora él sería siempre Orlando Woolf –«lobo orondo en honor a Virginia», dijo él–, y ella sería siempre Silvia –«vaga visión de uves que tuvo Nerval», dijo ella–. Renombrarse les parecía el mejor síntoma clínico de las infinitas ocho letras de una palabra: libertad.

Y fue rarísimo. El paisaje no avanzaba. Palmas, algarrobos, ceibas y flamboyanes salpicados con los colores primarios. Vacas y caballos, arados y tractores, ancianos de siglos y niños de semanas, mujeres y militares, con las líneas del pavimento homogenizando su recorrido. Todo volaba ante los ojos de ambos, pero el paisaje completo no parecía avanzar. Orlando Woolf y Silvia de Nerval se revolvían en una burbuja de excepción cinética, en un fotograma congelado de cualquier película de carretera: extrañísima inercia que a los dos les parecía un milagro ancestralmente habitual.

La Júpiter-Davidson rugía como una garganta de dragón. Escupía chispas por las cuatro bocas del tubo de escape, arrastrando un cordón de humo más turbo que turbio. La Vía Blanca lucía irreconocible esa mañana. Orlando Woolf sintió los labios de Silvia de Nerval sobre su nuca, justo donde horas antes ella había clavado el cañón mortífero de 1910: «Qué lenta es Cuba», la oyó: «¿no puedes acelerar?» Y él le explicó a gritos que los pistones estaban ya a punto de hacer explosión. Entonces doblaron la curva de Santa Cruz y, aunque no vieron nada, los dos sintieron aquel golpe seco que hizo añicos los focos y los lumínicos, y cuyas esquirlas los recubrió de un pasta o polvillo raro.

Miraron atrás por instinto, sin detenerse. Y vieron una especie de títere azul, zigzagueando entre las ocho sendas, a la par que lanzaba chorros de tinta roja por las extremidades, dibujando un grafiti ilegible sobre la carretera. «¿Le dimos a un policía?», dudó Orlando Woolf ante una imagen tan obvia. Y Silvia de Nerval esperó varios segundos o kilómetros antes de responderle: «Da igual».

Porque ya no tenía sentido frenar la escena, mucho menos por un accidente. El caucho de las gomas se hacía viscoso y, a partir del choque, manejaban sin que ninguno estuviera seguro de seguir adelante o de retroceder marcha atrás. De hecho, Orlando Woolf arañaba ahora la espalda de ella, y Silvia de Nerval era quien guiaba el timón sobre unas huellas frescas de moto que, los dos estaban seguros, eran las de su Júpiter-Davidson unos minutos o kilómetros atrás: el paisaje estático les daba la impresión de volver sobre sus propios frenazos. Así que cruzaron las líneas férreas y reconocieron el perfil en contraluz de los pinos raquíticos y los flamboyanes sin pájaros, recortados sobre aquel mismo césped sin vecinos ni bancos ni faroles ni caminitos: una ciénaga infectada de aparatos de diversión infantil, amenazantes como saurios prehistóricos. Era, otra vez, el provinciano parquecito de la calle B, apenas a un par de cuadras de la avenida Porvenir.

Silvia de Nerval no se detuvo. Ni se inmutó. Ni tampoco se lo hizo notar a Orlando Woolf, que de todas formas ya lo sabía, y a su vez luchaba contra su asombro para no hacérselo notar a ella, trepidante ahora al timón, cortando camino por la escalinata del convento estatal. No era necesaria otra explicación: Lawton reaparecía mientras más se alejaban de él. Entonces Silvia de Nerval cruzó tangente al estadio de béisbol, y enseguida recuperaron la visión en ángulo ancho de esos campos de flores para vender que pululan en las afueras de Guanabacoa: girasoles desesperados en su mayoría, con las marcas aún babeantes del asalto policial del que ellos querían o creían huir.

Unos metros más, y la Júpiter-Davidson estuvo de vuelta en la boca cariada de las canteras, con la luna rebotando entre los farallones hasta caer en una laguna de plata. De pronto ellos intuían que toda aquella fuga era sólo ilusión, porque el tiempo cero de los años dos mil les devolvía las cuatro siglas más fulminantes del siglo: c.u.b.a. por todas partes, c.u.b.a. para todas las épocas, c.u.b.a. como libertad gratuita y obligatoria, c.u.b.a. como ubicua ubicubidad.

De hecho, de nuevo estaban rodeados por la autoridad y así les era imposible distinguir. Ni resistir, ni fugar, ni nada. Las ansias de protagonismo de Orlando y Silvia habían abortado, como sus apellidos de último minuto. O precisamente al revés. Gracias a seguir rodeados es que Silvia y Orlando podían ejecutar ahora su parto de muerte, o tal vez su pacto de vida: un acto no tan tétrico como teatral. La debacle de volver a ser ellos mismos les parecía el camino más corto para ser otros por fin.

7s

Las canteras rielaban. El cuarzo patrio restallaba rabiosamente en las pupilas de ambos. Desde el agujero lechoso de la luna, una calavera de conejo les hacía una mueca obscena, a pesar de que ya había salido el sol. Ellos se sentían tan ajenos y tan parte de todo: tan ambiguos, tan distantes, tan definitivos y tan cercanos que aquel tendría que ser el fin.

Se afincaron sobre la Júpiter-Davidson, collage de caballo mecánico con piezas en cirílico y en inglés. Orlando volvía a estar al timón. Aceleró. Olieron la gasolina recalentada al alba, con sus más íntimos aceites y alcoholes de destilación casera. Él quitó el freno de mano y Silvia se paró en puntillas sobre las cuatrobocas del tubo de escape. La moto se encabritó, parada haciendo maromas sobre la goma trasera. Y, sin ponerse de acuerdo, Orlando y Silvia profirieron un alarido seco que evaporó al rocío remanente de la mañana.

Saltaron. Sólo entonces repararon en que, a pesar de recordarlo a la perfección, aún no se habían vestido. La moto comenzó a empinarse en una parábola loca sobre el precipicio y, ya en el aire, ellos se descubrieron tan desnudos como en la madrugada anterior. Abajo quedaba el despliegue militar que casi logra atraparlos. Más que leída, se trataba de una escena literalmente sacada de una película: de dos mil películas baratas, donde el guión al final da un salto sobre la valla de lo inverosímil. Orlando y Silvia bien sabían que todo era sólo espectáculo. Silvia y Orlando bien sabían que, precisamente por eso, ellos dos manipulaban en ese instante los más recónditos hilos de lo real.

Oyeron la fanfarria de los altavoces y la histeria de las sirenas. Allá abajo sus perseguidores parecían formados en un ejército de juguete. Sobre el horizonte en forma de lazo corredizo, las nubes se les antojaron cargadas de agua y electricidad: ondas deslocalizadas en una ecuación insoluble. La laguna de plata no era más que «una moneda sin curso de 1910», dijo él: «el escupitajo apócrifo de un dios desterrado en cometa».

En algún momento Silvia dejó de gritar y dijo: «No veo nada desde aquí atrás». Y Orlando enseguida la consoló: «Tampoco hay mucho que ver», con un tono jovial: «son canteras de cuarzo muerto y campos de girasoles por ejecutar». A cambio ella sólo emitió un brevísimo «ojalá», comprimido casi a una sílaba, y entonces los dos rieron, flotando en el pico máximo de la parábola, los dos ingrávidos pero ya a punto de recuperar la masa perdida con el impulso.

Orlando sintió que Silvia se le encajaba con mayor fuerza. Los senos de ella le barrenaban sus pulmones y le salían a ambos lados del esternón. Silvia lo amenazaba otra vez por la espalda: lo estaría encañonando o devorando por atrás. Orlando sintió las manos salvajes de Silvia, colocadas como lentes opacos dentro de sus párpados, metiendo los dedos-raíces hasta raspar su retina. Ahora ya él tampoco podía ver. La moto recuperaba gramo a gramo su gravedad, y descendía con avidez para hacerse añicos contra un vocabulario de palabras pesadas, comprimidas a una sola sílaba o un solo vocubalario.

Y esa fue toda la magia postergada y toda la decepcionante trascendencia de esperar meses o milenios para hacer el amor. Ese salto mortal fue el clímax de una caída presa de la que ellos querían o creían huir. Y esas fueron todas las opciones que, los dos a ciegas sobre el barranco, él le dio a escoger para por fin escapar: «¿Canteras de cuarzo muerto o campos de girasoles por ejecutar?» Y ella como respuesta sólo lo penetró un poco más, hasta desbordarlo por dentro y llenar ambos cuerpos de Silvia, tras aquella vertiginosa y voraz elección: «Campos de girasoles para siempre», pronunciado con calma: «aunque el miedo te mate, Orlando, la eternidad aún está por ejecutar».

8s

A la medianoche siguiente, tras otra larga y estrecha jornada de leer cosas más bien decadentes y, en consecuencia, convencidos de que vivían en «una época absurda, de poca o ninguna acción, como suele ocurrir después de las grandes revoluciones o los pequeños naufragios» –una cita que a los dos les gustaba mucho y que seguramente salía de Silvia, de Gerard de Nerval (la preferida de Orlando), o de Orlando, de Virginia Woolf (el preferido de Silvia)–, él levantó el auricular y marcó desesperadamente las seis teclas de ella. Como de costumbre, por el tono de la voz tejido por uno y otra, era evidente que la historia destejida por ambos estaba ahora por comenzar.

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¿Qué harán con las banderas?

banderas

En la noche, unos destellos rojos iluminaban un pedazo de malecón, justo donde el silbato de los guardias advierte que nadie se puede sentar. La Oficina de Intereses de los Estados Unidos tenía una marquesina lumínica -que pocos alcanzaban a leer- para transmitir noticias, artículos de la declaración de derechos humanos y mensajes políticos. Delante de ella, un bosque de banderas impedía que, a la altura de un ser humano, se pudieran ver sus deslizantes letras. Con su constante batir, las enormes telas “aportan” al vecindario un ruido que hace difícil dormir en los edificios más cercanos.

Aunque la versión oficial dice que los 138 mástiles están ahí para recordar a las víctimas del terrorismo, todos sabemos que cumplían la misión de tapar –casi en su totalidad- los enunciados aparecidos en las ventanas de la SINA. La pantalla por un lado y las banderas por el otro, eran el símbolo visible de la confrontación entre los dos gobiernos, cuya evolución todavía es muy difícil de predecir. Para variar el repetitivo camino del conflicto, hace uno días los estadounidenses desactivaron el panel luminoso que se proyectaba hacia la calle. Un poco antes se habían quitado –también- las vallas de tono burlón o insultante que la parte cubana había colocado en la acera de enfrente.

La pregunta que muchos nos hacemos es qué pasará ahora con las batientes telas, si ya no hay frases que cubrir con ellas. El enorme costo de sustituir los lienzos dañados por el viento y de mantener los mástiles –atacados fuertemente por el salitre- pierde sentido si no están los textos al otro lado. Desmontar las insignias será un gesto que tardará un poco más  en llegar, pero que terminará por ocurrir. Algún día caminaré por la avenida costera de mi ciudad y nada interrumpirá la unión de los dos azules que hacen el cielo y el mar.

Si ya se desconectó la pantalla digital con sus mensajes, es tiempo entonces de arriar también las banderas que intentaban ocultarla.