
Algunos amigos dentro de Cuba que tienen un ordenador propio pero –como es común aquí- no tienen conexión a Internet ni posibilidades de estar gastando dinero en las carísimas tarjetas, leen la versión offline de mi blog, esto es, la que suelo quemar en discos para aquellos interesados en participar en nuestro espacio. Esto ha creado un curioso fenómeno acá: los lectores “de afuera” suelen participar colgando sus comentarios directamente en cada post, en tanto los “de adentro” que no tienen conexión a la Red buscan la manera de contactar –sea personalmente o por teléfono- con esta blogger para transmitirme sus opiniones, contarme sus propias experiencias en algunos temas o, incluso, sugerirme otros. Ocasionalmente también me hacen llegar materiales que han recibido de alguna fuente alternativa, tal es el caso al que quiero hacer referencia en esta ocasión y que, por su particular importancia y complejidad, iré publicando en varias entregas.
En el recién finalizado curso, y tal como se había anunciado en la prensa oficial, se realizaron exámenes diagnóstico a los estudiantes de los años finales de las Sedes Universitarias Municipales (SUM): los resultados fueron catastróficos. Seguramente no tengo que recordar a nadie que este es uno de los postreros experimentos de la Comandancia Suprema, más generalmente conocido como “la municipalización” de la Universidad. Este novedoso método de fabricar graduados universitarios cual si de butifarras se tratase, consiste en agrupar en determinados locales de cada municipio de la ciudad –dicen que de todo el país- a jóvenes (y menos jóvenes) interesados en cursar estudios “superiores”, al frente de los cuales sitúan a los profesores que les impartirán en encuentros periódicos las asignaturas correspondientes a las carreras por ellos seleccionadas dentro de una gama -en la que se incluyen carreras deportivas, de medicina, de estomatología, de oftalmología, pedagógicas (Profesores Generales Integrales)- y en la que destaca la especialidad de “Comunicación Social”, el último alarido de la moda estudiantil, que aquí es una especie de entelequia dirigida a preparar al estudiante lo mismo para hacer trabajo comunitario consolando a los más desposeídos (de todos), que para cuidar ancianos desamparados o distribuir electrodomésticos de fabricación china.
Para ingresar a esta modalidad de “aprendizaje” -la municipalización, iniciada varios años atrás- los estudiantes no son sometidos a los exámenes de ingreso que deben superar los bachilleres que matriculan los cursos regulares de las universidades después de haberse esforzado durante tres cursos de estudios internados lejos de sus casas. Para ser incluidos en el generoso programa basta con tener buenas referencias políticas de sus centros de trabajo (si es que trabajan) o de los comités (CDR) de sus barrios de residencia si no tienen vínculo laboral y manifestar verbalmente su disposición como revolucionarios. Tampoco se precisa de ningún sacrificio extra a la hora de encarar los exámenes; los profesores de las “sedes” saben que los estudiantes tienen que aprobar porque eso es lo que espera de ellos el supremo líder, gestor de la feliz iniciativa, así que son tolerantes y comprensivos, al punto que a veces reparten con igual esplendidez las sencillísimas preguntas de los exámenes y sus respuestas. Porque, si ya en este país no se produce ni siquiera azúcar, ¿qué tal si producimos universitarios? Y mesándose la rala barba el Ancianísimo sacó la cuenta –tal como antiguamente la garabateaban los bodegueros sobre un cartucho- para saber de cuántos universitarios graduados por la revolución podría ufanarse en los venideros (¿años?).
Pero he aquí que sucesivas promociones de graduados que han comenzado a trabajar han venido demostrando una escandalosa ignorancia, no ya solo en el dominio de las especialidades de los estudios cursados, sino en el conocimiento del propio idioma español y de los hechos más elementales y famosos de la historia de Cuba. El Mago Insigne, después de haber destruido concienzudamente todo cuanto tocó, había encontrado otro truco único: convertir –municipalización mediante- miles de analfabetos en universitarios… sin que perdieran por ello la primera cualidad.
Pero comenzaron los rumores, y estos se convirtieron en escándalo, así se determinó que este curso sería diferente: para obtener el título universitario era preciso vencer un examen de ortografía, con dictado, redacción e interpretación incluidos. Los tribunales que aplicarían y calificarían los exámenes serían formados por verdaderos profesores universitarios, y aunque el aprobado se lograba con solo 60 puntos y cada falta de ortografía suponía solo la pérdida de 0,5 puntos, el balance final fue similar al obtenido por Napoleón después de la batalla de Waterloo: un campo cubierto de cadáveres. De esto he conocido el testimonio escrito de un profesor de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, quien fungiera como parte de un tribunal que aplicó los mencionados exámenes a estudiantes de las SUM de esta ciudad y de dicha experiencia escribió un jocoso texto que –se dice- fue publicado en un sitio de Internet, con consecuencias nefastas para el profesor: ha sido sancionado a ocupar una responsabilidad inferior con menor salario dentro de la propia Facultad donde trabaja; y esto gracias a la mediación de sus compañeros que se opusieron a la verdadera intención de las autoridades universitarias, que era expulsarlo de la Universidad.
Es de suponer que, de alguna manera, la lectura y revisión de tantos disparates creó una suerte de espejismo o alucinación en este profesional, distorsionando su percepción de la realidad cubana: olvidó que aquí está prohibido publicar verdades, sobre todo si quien las divulga es asalariado de esa mentira mayúscula que es el gobierno.
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