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Archivo para Viernes, 21 de Agosto de 2009

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Viernes, 21 de Agosto de 2009 Orlando Luís Pardo Lazo Comments off

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Las tardes son larguísimas este verano en La Habana. La luz lateral se demora siglos en desaparecer. Los edificios se tiñen de naranjamarillo y, por algún motivo que me es ajeno, las calles quedan desiertas justo antes de la puesta del sol. Desertadas.

Sólo a esa hora indecisa vale la pena pasear. A veces hasta hay brisa. La Habana recobra entonces, aunque sea un efecto efímero luminotécnico, el halo abortado de su esplendor. Explendor.

Un instante después el gris oliva lo cubre todo con su capote. La luz de los postes no alcanza y la realidad recuerda a una foto muy granulada. Un mogote de granito gratis. Un saurio en un museo cerrado al público, cuyas salas sombrías son recorridas con tedio por el cansado celador.

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José Agustín Caballero: reforma cultural

Viernes, 21 de Agosto de 2009 Dimas Castellanos Comments off

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Paralelo a la labor de Arango y Parreño, el padre José Agustín Caballero y de la Barrera (1762-1835) se ocupó de la reforma en el pensamiento como premisas para el avance de la ciencia y de la cultura. Filósofo y teólogo, Caballero encabezó primero la cátedra de Filosofía en el Seminario y después hasta el final de su vida, la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. Dotado de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, enfrentó desde el catolicismo los prejuicios escolásticos que impedían el avance de la colonia.

Con el apoyo del gobernador Caballero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, objetivo a la que enrumbó su actividad teórico-práctica hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva (1797): primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla. El apellido electivo de su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica y lo identificaba con el método mediante el cual el sujeto, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones; un método en el cual la escolática quedaba inutilizada.

Al referirse a esos aportes en una oportunidad, su sobrino materno José de la Luz y Caballero, escribió: “… fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.

Según Torres Cuevas su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. “Su pretensión –decía Cuevas– es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”. Por su parte, Ternevoi, en su obra La Filosofía en Cuba, 1790-1878, plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.

Considero, respecto a estos criterios, que al valorar la conducta de cualquier figura histórica hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, sus intereses y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inició su negación mediante la reforma. Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, ignorando que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en la Cuba de hoy es casi todo.

En materia de educación fue el primero que se pronunció por la supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita y la impartición de la enseñanza a las mujeres, elementos que constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba, tema a los que dedicó varias de sus obras y discursos, entre ellos: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795); y “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802). Su actividad cultural se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la vez que realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.

A comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó el primer proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la oligarquía criolla; y en 1813 se hizo cargo de la educación de su sobrino, José de la Luz y Caballero, lo cual representó una nueva y valiosa contribución. Si a esto último se hubiera limitado su labor, de todas formas ocuparía un lugar destacado en nuestra historia.

Sin embargo, su principal aporte consistió primero, en comprender que las transformaciones del siglo XIX eran imposibles con los métodos de enseñanza existente y actuar en correspondencia. En ello radica lo imperecedero de su obra, pues, aunque nos separen casi dos siglos de su muerte, en la Cuba de hoy como en la de ayer, las reformas en la enseñanza, en la cultura y en la sociedad en general, constituyen una imperiosa necesidad. Por su legado, José Agustín Caballero constituye una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.

 

 

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En la luna del espejo

Viernes, 21 de Agosto de 2009 Desde La Habana Comments off

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He vivido de lejos los recuerdos de la primera visita del hombre a la luna. He leído las crónicas, los reportajes publicados y he visto los vídeos en la televisión con un poco de desconcierto, cierta llaga de humillación y una nostalgia descompuesta y desleída porque no tengo en la memoria ningún sitio al que me duela no poder regresar.

Y es que quienes vivíamos en Cuba en julio de 1969 no vimos nunca el alunizaje, ni escuchamos las voces de los astronautas. No nos dieron razones sobre el polvo lunar.

Ese mes la noticia en aquella isla era el inicio de la zafra azucarera más larga de la Historia. Una contienda preparada para producir 10 millones de toneladas de azúcar que terminó, unos meses después, en un fracaso total y dejó al país más pobre de lo que había sido nunca.

Lo importante era que se inauguraba un curso para tractoristas y que el mariscal Andréi Grechko, ministro de Defensa de la URSS, llegaría a La Habana hacia fines del año.

Recuerdo que algunos campeones de la onda corta contaban detalles con mucho misterio. Que se esperaban recortes de periódicos y cartas de familiares para comprobar las informaciones de Radio Bemba. Pero, en general, fue un suceso sin trascendencia para la mayoría que no leyó nada en la prensa, ni vio nada en la televisión y no escuchó una nota en las estaciones de radio.

Un amigo escritor corrió a entrevistar a un famoso mitómano que vivía al pie de la Sierra Maestra para tener algo interesante que contar a la posteridad sobre el suceso.

El guajiro recibió al escritor y en el mismo portal de su casa, en pleno campo, le dijo: «La noche que los americanos anunciaron que iban a llegar a la luna, mi mujer y yo halamos unos taburetes y nos pasamos hasta el amanecer mirando pa’allá arriba. Yo le garantizo a usted, le doy mi palabra, que allí no se bajó nadie».

Le creí a ese hombre. Dijo la verdad: él y su mujer no vieron a ningún americano bajarse en la luna con unos saltos enormes como si el suelo o los zapatos fueran de una goma mágica.

Los delincuentes, los mentirosos son los que, con todos los medios a su alcance, decidieron que nadie lo supiera. Los cubanos nos perdimos la emoción del momento.

Y yo me quedé marcado por el poder del testimonio de aquel testigo visual, de aquel cronista de la madrugada, que acompañó su vigilia con el humo de seis tabacos y una botella de aguardiente de caña.

Raúl Rivero

Foto: dubmasta, Flickr.

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Pintar con palabras. / Miguel Iturria Savón.

Viernes, 21 de Agosto de 2009 Ancla insular Comments off

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En Oil on Canvas, Premio de Cuento Alejo Carpentier 2008, la narradora Gina Picart (La Habana, 1956) indaga la posibilidad de pintar con la escritura a través de cinco relatos que fusionan la historia y los colores creando un lienzo bello, dinámico y conmovedor, por donde transita el amor, la violencia, la soledad, el erotismo y el derecho del hombre a ser dueño de su espíritu.

Esta obra de madurez, maestría y originalidad, está ambientada en la Europa medieval y contemporánea, escenario propicio para desatar las paradojas éticas que inquietan a la autora, cuyos personajes encarnan a artistas y monjes ilustrados enfrentados a conflictos de identidad y dilemas existenciales imperecederos.

En cada historia la escritura parece sostenerse sobre la pintura, percepción acentuada por la sobriedad sugerente de la portada, ilustrada por Alfredo Montoto sobre el autorretrato de Eileen Danielson. La excelencia literaria, la impecable edición de Georgina Pérez Palmés y los detalles tipográficos convierten este cuaderno de 92 páginas en arte mayor, una entrega excepcional de la editorial Letras Cubanas.

Desde el primer relato –“Ventana frente al mar”- hasta el último –“Apocalipsis paloma sobre nieve”-, la autora hace del placer estético el centro de la narración. El diseño de los personajes, la introspección desde la primera persona del singular –excepto en “Areté para Vlad de Rais”-, la construcción minuciosa, los diálogos –esencial en el paródico “En nombre de la fosa”- y la atmósfera son recursos que atrapan y  sorprenden al lector.

Si la ficción es la esencia de la realidad destilada, Gina Picart la enriquece con el lienzo de colores que ánima y complejiza a sus personajes. En “Ventana frente al mar”, una pintora etérea y casi fantasmal queda subsumida en la soledad de su creación. El oleaje que desvanece sus cuadros y su cuerpo difiere de la fauna humana y geográfica recreada en “El príncipe de los lirios”, ambientado en Niza en 1924, donde una cubana rica coincide con una pintora polaca con “expresión de virgen pervertida”, a la cual le encarga un vitral de tema erótico que desencadena sesiones sexo-artísticas.

La pintura y el erotismo macabro son el centro de “Areté para Vlad de Rais”, que evoca un castillo medieval desde una serigrafía. Los monstruos del sueño de la razón galopan también en ese divertimento gris denominado “En nombre de la fosa”, donde la escritura se torna más metafísica al retomar la novela de Humberto Eco y El jardín de los caminos que se bifurcan de Jorge Luis Borges. 

De orfebrería mayor es “Apocalipsis paloma sobre nieve”, centrado en Eude, monja iluminista que sueña con la plenitud existencial mientras decora un pergamino en la abadía de Casale, en unión de fray Vítale de Ravenna, al cual decide liberar.

Hay muchas resonancias estéticas y filosóficas en Oil on Canvas, obra mayor de Gina Picart, autora de difícil clasificación, entre cuyos textos sugiero Malevolgia (novela), Historias celtas y La ciudad de los muertos (relatos) y La poética del signo como voluntad y representación, Premio Luis R. Nogueras de Ensayo 2005.

      

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