
Paralelo a la labor de Arango y Parreño, el padre José Agustín Caballero y de la Barrera (1762-1835) se ocupó de la reforma en el pensamiento como premisas para el avance de la ciencia y de la cultura. Filósofo y teólogo, Caballero encabezó primero la cátedra de Filosofía en el Seminario y después hasta el final de su vida, la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. Dotado de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, enfrentó desde el catolicismo los prejuicios escolásticos que impedían el avance de la colonia.
Con el apoyo del gobernador Caballero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, objetivo a la que enrumbó su actividad teórico-práctica hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva (1797): primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla. El apellido electivo de su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica y lo identificaba con el método mediante el cual el sujeto, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones; un método en el cual la escolática quedaba inutilizada.
Al referirse a esos aportes en una oportunidad, su sobrino materno José de la Luz y Caballero, escribió: “… fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.
Según Torres Cuevas su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. “Su pretensión –decía Cuevas– es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”. Por su parte, Ternevoi, en su obra La Filosofía en Cuba, 1790-1878, plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.
Considero, respecto a estos criterios, que al valorar la conducta de cualquier figura histórica hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, sus intereses y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inició su negación mediante la reforma. Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, ignorando que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en la Cuba de hoy es casi todo.
En materia de educación fue el primero que se pronunció por la supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita y la impartición de la enseñanza a las mujeres, elementos que constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba, tema a los que dedicó varias de sus obras y discursos, entre ellos: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795); y “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802). Su actividad cultural se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la vez que realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.
A comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó el primer proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la oligarquía criolla; y en 1813 se hizo cargo de la educación de su sobrino, José de la Luz y Caballero, lo cual representó una nueva y valiosa contribución. Si a esto último se hubiera limitado su labor, de todas formas ocuparía un lugar destacado en nuestra historia.
Sin embargo, su principal aporte consistió primero, en comprender que las transformaciones del siglo XIX eran imposibles con los métodos de enseñanza existente y actuar en correspondencia. En ello radica lo imperecedero de su obra, pues, aunque nos separen casi dos siglos de su muerte, en la Cuba de hoy como en la de ayer, las reformas en la enseñanza, en la cultura y en la sociedad en general, constituyen una imperiosa necesidad. Por su legado, José Agustín Caballero constituye una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.
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