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Influenza A (H1N1): entre lo oculto y lo visible

Lunes, 12 de Octubre de 2009 Miriam Celaya

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Súbitamente los medios de difusión han comenzado a divulgar algunas informaciones sobre la pandemia de influenza porcina en Cuba. Hasta hace pocas semanas, esta enfermedad se mencionaba solo ocasionalmente, referida a los casos que surgían en Estados Unidos y otros países, o a los muy escasos reportados en Cuba, siempre relacionados con “extranjeros” o con cubanos que viajaban, portadores que la introducían al país y eran debidamente tratados y curados por el fabuloso y eficiente sistema de salud de la Isla. A juzgar por los medios, la pandemia era algo propio “de afuera”, una de esas cosas terribles que afligían a los infelices que habitan más allá de nuestro bendecido sistema social.
Ahora, casualmente después del concierto de Juanes y sus invitados que se celebrara en La Habana ante una aglomeración de más de un millón de personas, la terrible influenza parece haber cobrado fuerzas aquí y se pronostica un tenebroso incremento de infestación para los meses de invierno. Ante la actual insistencia oficial en divulgar los síntomas de la enfermedad y las medidas a tomar para prevenir su transmisión, algunos cubanos se cuestionan la irresponsabilidad de las autoridades al propiciar tamaña concentración humana el pasado 20 de septiembre, en medio del peligro potencial del virus, del cual –según declaraciones de los propios medios oficiales- se conoce poco.
Ya se habla de algunas escuelas cerradas y de la suspensión de los matutinos patrióticos, se recomienda no permanecer a menos de 1 metro de distancia de otros individuos, evitar las aglomeraciones, los saludos de besos y apretones de manos y los espacios cerrados; un conjunto de medidas dirigidas a otro mundo, no a una realidad en la que la gente se ve obligada a amontonarse en los ómnibus, en las aulas insuficientemente ventiladas, en las tiendas sin aire acondicionado, en las sempiternas colas. Se recomienda oficialmente elevar la higiene –pese a los elevados precios de los productos de aseo y de limpieza- mientras vivimos en una ciudad extremadamente sucia y atiborrada de desperdicios, de albañales, de salideros, con un deplorable y caduco sistema de acueducto y alcantarillado y en la que una significativa parte de la población no cuenta con servicio de agua corriente. No conocemos si es posible adquirir las vacunas o retro virales en alguna farmacia y, según refiere la prensa, solo el Instituto de Medicina Tropical, en la ciudad de La Habana, tiene la posibilidad de realizar las pruebas para detectar la enfermedad.
El estado de indefensión del cubano común se refuerza en esa combinación letal que es la falta de información sobre el estado real de la epidemia en la Isla, las pésimas condiciones de higiene y la dependencia total de un sistema de salud cada vez más precario e ineficiente. Nunca antes estuvimos más amenazados en la salud: a la influenza habitual que suele afectarnos cada año por estos meses, se suma la nueva cepa A (H1N1), el ya familiar dengue –que persiste entre nosotros sin que se le considere oficialmente endémico- y la conjuntivitis. Hasta ahora no se percibe una respuesta efectiva por parte de las autoridades.

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