Época traumática: la adolescencia (II)

Si en la niñez el período especial me marcó profundamente, más lo hizo en mi adolescencia. Nunca olvidaré mi primera menstruación, con trapos doblados y mucho ardor. En las farmacias comenzaron a vender, por la libreta de racionamiento, un paquete de “íntima” por cada adolescente y mujer, previamente censadas. Cada uno traía 10 almohadillas sanitarias, cantidad insuficiente. Mi madre se sacrificó y las que a ella le tocaba, me las daba a mí.
No hubo fiesta cuando cumplí los 15. Tampoco fotos. Sólo un vestido de uso, que costó 300 pesos, los ahorros de seis meses de mi mamá. Para la ocasión, por la libreta tuve derecho a comprar 5 cajas de cerveza, un cake, 50 panes, 5 botellas de ron y 5 de sirope de refresco. Por 40 dólares vendimos las 5 cajas de cervezas, y con el dinero compramos un par de zapatos y una blusa para mí, un pantalón para mi mamá y un par de tenis para cada uno de mis dos hermanos.
Mi primera salida nocturna fue a una disco-vianda. En el agromercado del barrio, donde ponían música grabada. Una odisea para elegir la ropa de noche. No había para escoger, pero era necesario combinar para no repetir la usada el fin de semana anterior. El creyón labial se mezclaba con lápiz para ojos: así obteníamos diferentes tonalidades para el maquillaje.
Los zapatos eran los mismos de ir a la escuela. Los pobres, no podían más, salían andando solos cuando me los quitaba. Como eran blancos, y les echaba pasta de diente Perla, la que nos tocaba por la libreta, también usada como remedio para la acidez. Al final terminaron negros, teñidos con una tinta de una “fórmula especial”: el tizne que producía el fogón de keroseno en las cazuelas, mezclado con alcohol.
Los zapatos nuevos venían cuando los viejos no admitieran otro remendón. Las puntillas me tenían agujereados los pies ¡A un gustazo, un trancazo! Como quería divertirme, tenía que aguantar. Por suerte, en la disco-vianda la oscuridad disimulaba los remiendos del atuendo.
De una vez nos tomábamos un trago de ‘chispa de tren’, como al ron de mala muerte le decían. Para quitarnos la pena, mejor dicho, la vergüenza. Pese a todo, la noche era divertida, con mucho baile y música. Pero la ‘chispa de tren’ ponía mal las cabezas. De pronto, discos de acero de 5 y 10 kilos volando por los aires, cadenas con ganchos danzando, piñazos y bofetones, ¡tremendo correcorre! A esconderse debajo de las tarimas, hasta que la tormenta se calmara.
Laritza Diversent
Foto: holytrini, Flickr









