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Archivo para Domingo, 22 de Noviembre de 2009

Mis amigos

Domingo, 22 de Noviembre de 2009 Reinaldo Escobar Comments off

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Para uno que se marchó y aún es el mejor de mis amigos.

Cuando conté en mi blog que algunos de mis amigos residentes en Cuba habían formado una coraza humana para protegerme de los golpes, empecé a recibir mensajes en mi email, llamadas al teléfono y sms de casi todos los puntos cardinales en los que mis amigos ausentes se lamentaban por no haber podido estar allí conmigo.

El primero fue José Antonia Évora, el único periodista de Juventud Rebelde que, hace ya más de veinte años, se opuso públicamente a mi despido. Recibí su llamada minutos después de haber sido abandonado en un rincón del barrio de Marianao. “Yo tenía que estar allí” ; le aclaré que sí había estado, que lo vi en el tumulto junto al poeta Julio San Francisco deteniendo a la turba. Recuerdo que a unos pasos de ellos estaban Raúl Rivero y su esposa Blanquita tratando de explicarle a unos jóvenes que yo no era un vendepatria. El fotógrafo Iván Cañas, bufaba como un toro sin decidirse a usar la cámara para retratar o para otra cosa. Antonio Conte y Lichi Diego encararon valientemente a unos supuestos rumberos que pretendían golpearme con sus farolas, mientras Daina Chaviano señalaba al cielo profetizando que las hadas vendrían a rescatarme.

Que no lo dude nadie, allí estuvieron todos mis amigos. Lisset Rodes oraba con una convicción que hacía estremecer los muros de la Avenida de los Presidentes, su tocaya Lisset Bustamante arengaba a los periodistas independientes que había traído Tania Quintero; Minerva Salado rompía su silencio en México y se aparecía de improviso luego de haber tomado un yate en Tuxpan; Manuel Pereira tampoco estaba fuera de la Isla, como se pensaba, dictando conferencias de literatura en una universidad, sino abrazado a mí recibiendo cocotazos. Lejos de él, muy lejos, pero en el centro de la molotera, Zoe Valdés zahería con su inagotable colección de insultos a todos los que me gritaban, venía de la mano de la fotógrafa Sonia Pérez, madre de mi hija, que lloraba sin consuelo y pateaba sin compasión. Galina, una diseñadora de vestuario cubano-soviética a quien creía en Italia, insistía en improvisar un disfraz para que yo pudiera escapar.

Se los juro que no faltó ninguno para apoyarme: ni Kihustin Tornés, que diseñó las pancartas, ni el escritor Miguel Ángel Sánchez, que redactó los textos, ni el humorista Marcos García, que se apareció con otros carteles comiquísimos, ni el cantante Rubén Aguiar que blandía furioso su guitarra. En un instante me pareció ver a Raulito un muchacho del barrio a quien creía bailando en un cabaret para turistas en ciudad Ho Chi Ming.

Estuvieron todos, los notables y los desconocidos. No saben cuánto se los agradezco.

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Negocio redondo

Domingo, 22 de Noviembre de 2009 Desde La Habana Comments off

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Los magnates de las Grandes Ligas no pueden quejarse. Tienen en Cuba, país vecino, una sucursal de peloteros profesionales por la cual no invierten un centavo. Sí. Es para tirar cohetes. La gran carpa es un negocio de miles de millones de dólares. Y el béisbol, uno de los principales deportes en Estados Unidos.

Sus fabulosos estadios, los salarios millonarios y los extravagantes contratos publicitarios y televisivos, hacen pensar que es un negocio rentable. Los dueños de equipos en las Mayores, tienen que invertir las ganancias de cada temporada. Todas las organizaciones gastan parte de sus beneficios en academias de béisbol en Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o México.

También en los torneos invernales jugados en esos países. Porque cada liga del Caribe está ensamblada con la estructura profesional de la estadounidense. Para que un pelotero del calibre de los dominicanos Albert Pujols o David “Papi” Ortiz brille en la mejor liga del mundo, hay que invertir una buena cantidad de dinero.

Desde niños, los talentos de Maracaibo, Bayamón o San Pedro de Macorí, se entrenan y preparan en terrenos que pertenecen a organizaciones de las Grandes Ligas. Los peloteros cubanos son como dioses caídos del cielo. No tienen que invertir un centavo en su preparación.

Su formación corre por parte del Estado cubano. Luego, cuando tienen talento, llegan a las Series Nacionales, donde juegan 90 partidos representando a sus provincias y ganando salarios de chistes. Son obreros que juegan béisbol.

Cuando en 1991 el lanzador René Arocha, del equipo Industriales, se marchó a Estados Unidos y compitió en las Mayores, abrió el grifo de las deserciones dentro los peloteros criollos. Antes, eran contados los casos: Bárbaro Garbey y quizás algún otro. Pero cuando las compuertas se abrieron fue a partir de la huída de Arocha.

Desde entonces, y hasta octubre de 2009, más de 600 peloteros de todas las categorías, juveniles y de adultos, han desertado. Osmany “El Capurro” Fernández, un muchacho de sólo 15 años de Villa Clara, abandonó su equipo en un torneo internacional.

No se necesita ser muy inteligente, para darse cuenta de que los jugadores de la isla no se sienten a gusto compitiendo todo el año y viviendo con innumerables estrecheces materiales. No. Cuando se sabe que a 90 millas pagan salarios con los cuales puedes tener una casa confortable, coche del año y todavía sobra plata para mandarle una buena mesada a la familia en Cuba.

Si el gobierno de Fidel Castro fuera realista, pragmático y coherente, dejaría que los peloteros cubanos jugaran donde los contratasen, ganaran altos salarios, les cobraría impuestos razonables y les permitiría representar la casaca nacional en eventos mundiales.

Es lo que sucede en cualquier nación del planeta, incluida la China comunista. Pero Castro está cargado de tanto orgullo como de odio hacia Estados Unidos. Y para alguien narcisista y de ego inflado como él, eso sería capitular ante su enemigo personal, el “imperialismo yanqui”.

Por tanto, cero negocio con los jerarcas del béisbol profesional. Ellos están que se salen de contentos. Todos los años llega un buen número de peloteros a sus costas sin tener que invertir un centavo de dólar en su formación. Gracias a los hermanos Castro. Dos ancianos tan caprichosos como alérgicos a los cifras de seis ceros.

Si a cada beisbolista que firmara como profesional, se le aplicara un impuesto de un 20 por ciento sobre el salario, por ejemplo, con ese dinero, Cuba podría reparar las destartaladas escuelas deportivas y descuidados terrenos de béisbol. Además, sería mayor la cantidad de peloteros que se podrían formar. Al marcharse las estrellas a competir en otras ligas, muchos jóvenes talentos tendrían más oportunidad para desarrollarse.

Un negocio redondo por donde quiera que se mire. Pero los gobernantes cubanos no se han enterado -o no se quieren enterar. Ya se sabe: no son buenos en matemáticas ni en determinados negocios. Sobre todo en aquéllos donde otros, que no sean ellos, puedan enriquecerse, poseer cuentas bancarias en el exterior, manejar cheques abultados, residir en mansiones y tener autorización permanente para entrar y salir del país.

Entonces, la opción para los peloteros de la isla seguirá siendo la de huír. A como dé lugar.

Iván García

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