Crónica sobre una crónica

Ser periodista en Cuba es lo más parecido a un equilibrista en una cuerda floja de un viejo circo ambulante. Empezando, que cuando uno es periodista libre, además de la sarta de improperios que generosamente y sin racionamiento nos ofrecen los gobernantes y los medios estatales, se suman las precarias condiciones que tenemos para realizar nuestro trabajo.
La primera y mayor dificultad es que al estar prohibido el periodismo independiente por los hermanos Castro, no tenemos acceso a estadísticas y cifras confiables. No son pocas las veces, que al no tener un dato veraz, debo dejar varada las crónicas o reportajes que estoy escribiendo por falta de información.
Para mayor contrariedad, cuando quiero hacer una nota o alguna historia, las personas consultadas, por ese miedo irracional que tiene paralizada hace 50 años a la sociedad cubana, te suplican que no pongan sus nombres ni su ocupación.
Es un quebradero de cabeza. En ese mundo que colinda con el surrealismo, desempeñan su trabajo en este siglo 21, los periodistas independientes cubanos. Vivir por medio siglo en una sociedad cerrada, donde las críticas y las discrepancias son sinónimos de enemistad personal, han viciado indudablemente las relaciones humanas.
Las incomprensiones vienen de todos los bandos. Algunos intelectuales que orgullosos y con la cabeza en alto, se denominan al margen del aparato informativo estatal, dicen por lo bajo en sus círculos de amistades, que la poca profesionalidad de algunos periodistas independientes se demuestra en sus historias y la falta de objetividad al no ofrecer en sus textos la valoración de personas que tienen criterios propios, y suelen juzgar con rudeza el papel de la oposición y el movimiento bloguero de la isla. Vale.
Recientemente, escribí para la página digital El Mundo/América una crónica sobre cuatro blogueras que conozco y que titulé Las ‘otras’ Yoani, pues de una forma u otra la mayoría de los blogueros cubanos, sean oficiales o no, y que comenzaron a escribir después de 2007, miran de soslayo Generación Y, el blog de Yoani Sánchez.
Ya sea para atacarlo o alabarlo. Es indudable, que si no creemos en todas esa sartas de sandeces que nos quiere vender la propaganda gubernamental, hay que reconocer que Sánchez, es el ancla y figura estrella de la blogosfera cubana. 100 millones de hits al año despiertan admiración en unos y celos y envidias en otros.
Escribir en la isla es un oficio de alto riesgo, aunque no te acribillen a tiros una noche cualquiera a la entrada de tu casa, como sucede en Colombia o México. Y por eso mismo, porque no corre la sangre, algunos intelectuales y políticos de izquierda creen los Castro no son tan malos. No hay sangre, es cierto. Pero el régimen nos promete muchos años de cárcel por escribir nuestros criterios.
En Cuba no sólo el gobierno es intolerante. También lo son opositores, periodistas independientes y blogueros. Algunos tan intransigentes como los funcionarios estatales.
A lo que vamos. Les contaba, que recientemente escribí una historia sobre cuatro blogueras cubanas: Claudia Cadelo, Laritza Diversent, Lía Villares y Miriam Celaya. A los pocos días me entero que dos de ellas, Miriam Celaya y Lía Villares, alarmadas por el mal manejo de la información, divulgaron sendos desmentidos. Una buena señal.
Reconozco que Celaya llevaba razón. Equivoqué fechas y le conferí una posición política -estar a favor de la economía de mercado- que ella personalmente no me había dicho. Le pedí disculpas.
Villares, la otra bloguera está en desacuerdo por un asunto de matiz. Escribí que su padre es “alcohólico al cubo”, conclusión que saqué del amplio perfil de tres cuartillas que ella redactó para su blog, donde un par de veces nos hace saber que su padre ha perdido talento por tomar más de la cuenta. Se disgustó por mi apreciación.
El punto no es que que me haya contrariado. Un periodista no es un amanuense, y no escribe para complacer a nadie. Lo que realmente me preocupa es lo sensible que somos a veces cuando vertimos nuestras opiniones. Incluso sean éstas favorables.
Los periodistas honestos cometemos errores. Muchos. Pero no estoy casado con ningún partido, criterio, ni movimiento. Tengo manos libres para escribir lo que pienso, sobre cualquier persona, llámese Fidel Castro o un disidente reconocido.
Si no me tiembla la pluma para juzgar a un gobierno, que considera delito discrepar de su discurso, menos claudicaré con personas con las cuales comparto argumentos, a pesar de que en ocasiones muestren el rostro de la intolerancia.
Palos porque bogas y palos porque no bogas. A fin de cuentas, soy periodista, no un vocero.
Iván García