Archivo por días: enero 17, 2010

Sin el encanto de Hemingway

El Floridita, uno de los templos de Ernest Hemingway en La Habana (en la foto, con Errol Flynn, cuando el actor estadounidense visitó Cuba en 1959), pese a la estatua y los cuadros…

…y a los cientos de turistas que anualmente lo visitan, se toman un daiquirí y le tiran fotos al bar-restaurante, ubicado en Obispo esquina a Monserrate, en la Habana Vieja…

…hace rato perdió el encanto que tenía cuando el famoso escritor norteamericano era asiduo cliente. No porque el 2 de julio se cumplieron 48 años de su suicidio, si no porque en La Habana es muy difícil ocultar calles, viviendas y edificaciones en ruinas.

Texto y fotos de Laritza Diversent y

de Google-Imágenes.

El Bulevar de La Habana

Comienza en la calle Prado y termina en Galiano. Son cinco cuadras de paseo peatonal en el corazón de La Habana, repletas de tiendas en moneda dura o peso nacional. Cafeterías, barberías, heladerías, mercados, un cine para niños y una joyería en declive.

Durante todo el año, el bulevar está a tope. Diciembre, mes de resúmenes y agasajos provoca que los citadinos salgan compulsivamente de compras. Es posible que en alguno de sus comercios consiga lo que desee o necesita.

A la tienda Belinda entra un grupo de señoras, en busca de un juego de sábanas para su hogar. Con la boca abierta y sin palabras se quedan cuando se enteran de los exagerados precios  en divisas.

Cerca, unos tipos pasados de copas, acompañados de alegres muchachas negras, en igual estado, miran hacia ambos lados y subrepticiamente se introducen por una puerta de hierro oxidada de lo que un día fueron los cines Duplex y Rex. Vacían sus vejigas cargadas de cerveza, ingerida en un centro nocturno de medio pelo llamado Palermo, donde suelen recalar las putas viejas y baratas que no tienen la opción de ligar un extranjero.

En el Cabaret Nacional, justo donde comienza el bulevar, en la calle Prado, una cola de hombres de unos 50 años, y un grupo de jóvenes mestizas, con el típico lenguaje corporal de las hembras cuando buscan placer, intentan que algún “temba” (cincuentón) les pague la entrada a la discoteca. La Disco Temba, como se le conoce, abre a las 4 de la tarde.

A tiro de piedra, en los portales del hotel Inglaterra, ‘vikingos’ nórdicos e ‘ibéricos’ gordos beben daiquirí, que acompañan con tapas de jamón, queso y aceitunas. Arrobados escuchan una pésima versión del Chan-Chan de Compay Segundo. Dentro del hotel, una japonesa con acné juvenil, se queja en inglés a una dependienta de lo caro del servicio de internet: una tarjeta cuesta 6 c.u.c la hora. Qué diremos los cubanos.

La tarde cae y el ir y venir de personas apresuradas aumenta. Para paliar la sed que provoca este calor de fuego de fin de año, la gente toma refrescos embotellados, de producción nacional, a 5 pesos la botella. En un quiosco venden panes sin envolver, expuestos al aire, con sus correspondientes dosis de microbios, ya sea pan con lechón, jamón o un queso de espantoso olor.

Donde quiera que te sientes, a tomarte un refresco, comerte una ración de arroz frito o un trozo de pollo ahumado, se te acercan perros sucios y sarnosos, que con cara de lástima te suplican que les des la  sobra. Forman parte del ejército de canes famélicos que deambulan por toda la ciudad.

También los mendigos hacen lo suyo en estas calles de Centro Habana. Unos descaradamente e incluso con tono agresivo te piden dinero, otros con la imagen de algún santo, casi siempre San Lázaro, te piden una limosna “preferiblemente en divisas”.

Si te ven con cara de bobo, un estafador intentará pasarte la cuenta. Te ofrecen de todo: desde mierda en polvo hasta un misil tomahawk. Los vendedores ilegales le juegan cabeza a la policía, para poder vender baratijas o cinturones de cuero hechos por artesanos desesperados y sin dinero.

En el Bulevar de San Rafael se encuentra de todo. Se traman fechorías y si no te ven pinta de guardia vestido de civil, puedes comprar un gramo de coca a 35 c.u.c o un cigarrillo criollo de marihuana a 25 pesos.

Las calles adoquinadas están pintadas con grandes cuadros blancos y rodeadas de macetas con plantas mustias que los jardineros estatales no cuidan con esmero, disgustados por la escasa paga.

Ya a la salida, en la esquina de Galiano y San Rafael, un parque recuerda que en ese lugar una vez estuvo El Encanto, una de las tiendas por departamentos mas chic de La Habana. Fue devorada por un incendio, el 13 de abril de 1961, como parte de sabotajes previos a la invasión de Bahía de Cochinos. Hubo 18 lesionados y una víctima mortal, Fe del Valle, jefa del departamento infantil de El Encanto.

Una historia que no saben los niños, blancos, negros y mestizos que juegan fútbol con un balón desinflado. Un negrito tira fintas increíbles para su edad, descalzo y con una camiseta desteñida de Kaká. Sus fans, sentados en un muro, aplauden al pequeño Pelé cubano.

Puede que el Bulevar de San Rafael no tenga el encanto del de París o el de Barcelona. Pero es el único que hay en La Habana. Punto de encuentro de habaneros, nostalgia de exiliados y sede de casas de huéspedes particulares para forasteros. Si pasa usted por La Habana, no deje de visitarlo.

Iván García

Kenny G: Havana

El saxofonista estadounidense Kenneth Gorelick, uno de los mejores del mundo, es conocido por su nombre artístico: Kenny G. El instrumental Havana forma parte del album Ultimate Kenny G, de 2003. El video cuenta con la participación del actor, bailarín y coreógrafo Savion Glover.

Santiago de Cuba, una tragedia avisada

Para Santiago de Cuba, ciudad a 860  kilómetros al este de La Habana y con una población aproximada de 500 mil habitantes, el terremoto de Haití es una tragedia avisada. Santiago es una zona sísmica por naturaleza, que ha pasado largos períodos sin sismos de gran envergadura y con una infraestructura habitacional proclive a un gran desastre.

Las viviendas construídas por medios propios no cumplen los más mínimos requisitos de un código de construcción. Según cifras oficiales, 420 edificios en el Distrito José Martí y en otros lugares, se encuentran en pésimo estado.  El 43 por ciento del estado de las viviendas ha sido evaluado entre mal y regular. A ello hay que sumar la ubicación de muchas edificaciones, que serían la primeras en sufrir las consecuencias de un terremoto de significativa magnitud.

El fenómeno constructivo de las viviendas en Santiago de Cuba hay que verlo en el contexto de su propio desarrollo. La prohibición expedita de las autoridades, de que no se construyeran viviendas en terrenos aledaños a la ciudad, y la presión social por construirlas, obligó a los ciudadanos a utilizar terrenos inadecuados. Después de largas batallas de resistencia y desobediencia, de contínuos desalojos y demoliciones de sus improvisadas viviendas, estas personas lograron establecerse en esos asentamientos.

En general, la infraestructura santiaguera es vulnerable. Algunos ejemplos. El hospital conocido como el Clínico-Quirúrgico, ubicado en la carretera del Caney, tuvo problemas arquitectónicos desde su construcción, incluso un módulo se hundió durante la fase constructiva. Los edificios de becas, en los Altos de Quintero, el motel Rancho Club y los hoteles Balcón de Caribe y San Pedro del Mar, por su ubicación geográfica, no resistirían un movimiento telúrico de gran intensidad.

A esto hay que sumarle la concentración poblacional. Solamente en los 384 edificios del centro urbano José Martí, reportados en mal estado, residen más de 100 mil habitantes. La mayoría de estos edificios fueron construídos en la década de los 60, por lo que hoy su estado es prácticamente ruinoso, con grandes filtraciones que han deteriorado de estructura.

En el casco histórico, la concentración y el deterioro de las viviendas no es mucho mejor. Recientemente, el 11 de enero, se desplomó una pared en la calle Los Maceos entre Gallo y Jobito, que causó la muerte a Nuria Vera Pérez y a su hijo José Alain Bustamente Vera, de 16 años.

Otro factor de riesgo en Santiago de Cuba, es la cantidad de  los llamados “túneles populares” construídos en la década de los 90, cuando las movilizaciones para una supuesta ”guerra de todo el pueblo” al estilo vietnamita. Muchos de estos túneles se encuentran en lugares que comprometen las edificaciones circundantes.

Es el caso del túnel que se encuentra en Escario y Pizarro, cerca de la Plaza de Marte, que afecta directamente la Clínica de los Angeles, un edificio que todavía conserva grietas de anteriores temblores.  Otro túnel que podría traer graves consecuencias es el de Capitán Cuevas, entre 18 y 20, en el reparto Dessy, por estar por debajo de una elevación intensamente poblada.

Con todos estos antecedentes, jamás las autoridades han diseñado un plan de emergencia ante una posible catástrofe. Ni siquiera se ha dictado un plan de medidas, para que la población pueda actuar de forma preventiva ante indicios de temblores. Nunca se ha hecho un ensayo para preparar a la población para terremotos, como sí se ha hecho en varias ocasiones para enfrentar una hipotética invasión norteamericana.

Ante esta grave situación, los representantes del Municipio de Oposición en Santiago de Cuba, están conformando un plan de medidas para repartir entre la población. Las medidas han sido tomadas de las existentes en países de alto riesgo sísmico y también de las realizadas por profesionales locales, que están colaborando con esta iniciativa, debido a su importancia.

Esperemos que se tome conciencia de la posibilidad de un terremoto de gran intensidad en ésta y otras provincias orientales. Y se evite, invirtiendo hoy, mucho menos de lo que costaría enfrentar una catástrofe como la ocurrida en Haití.

Evelyn Ramos Lahera

Agencia de Prensa Libre Oriental

Foto: gypsy girl, Flickr

Haiti:Relato en primera persona

Estaba sentado en la cama navegando por internet cuando noté un silencio, seguido de un extraño ruido, como si fuera un gruñido. Pensé que era un camión de agua que pasaba. Pero me llamó la atención que sonaba más como si fuera un terremoto.

La casa comenzó a sacudirse. Luego… comenzó a sacudirse en serio. Salí del cuarto con la computadora en la mano y me arrodillé lentamente sobre el piso que ondulaba mientras las ventanas, mis cuadros haitianos y la foto de mi abuelo se estrellaban a mi alrededor.

No sufrí heridas. Además, la escalera estaba aún en su lugar, aunque no la pudiera ver por la nube de polvo y que me ahogaba. Llamé a gritos a Evens, el chofer, traductor y guardaespaldas de la AP en Puerto Príncipe.

“Vámonos”, me respondió, para mi sorpresa y alivio.

Salí a la calle en ropa interior, por encima de las piedras y por delante de una grieta del alto de la casa. Primero busqué un teléfono para avisar qué había pasado, luego tendría que superar el temor a las réplicas para volver a entrar en busca de pantalones y zapatos.

Desde entonces, ha sido casi imposible conseguir una conexión de teléfono o de internet. Así que me imagino, aunque no lo sé, que muchos artículos sobre esta noticia incluyen una frase que dice, más o menos: “Sufrir no es novedad en Haití”.

Es cierto, en parte. Haití conoce de tragedias, pero nunca sufrió una catástrofe de esta dimensión.

Hace menos de dos años, una tormenta que apenas hubiera interrumpido el tráfico en Miami inundó a Gonaives, la cuarta mayor ciudad haitiana, y dejó cadáveres flotando en las calles. Era la tercera de cuatro tempestades que azotaron a la nación caribeña en un mes.

Apenas dos meses después, una escuela se derrumbó en Petionville, un suburbio de mansiones y chozas, y unas 100 personas murieron. Lo primero que se escuchó parecían sirenas, pero eran las voces aullantes de los padres de los alumnos.

Encontrarse un cadáver en la calle aquí -tras una tormenta o una rebelión- apenas genera más que un comentario.

Ahora nos toca intentar comprender cómo semejante historia de tragedias puede quedar empequeñecida en unos 20 segundos de una tarde de enero.

En el barrio precario detrás de la partida casa de AP, el mismo de la escuela derrumbada, esta vez todas las débiles estructuras colapsaron. La nube blanca de polvo cubría el horizonte y los gritos se oían por todos lados.

La ciudad está en ruinas. El combustible, la comida y el agua escasean. Las madres han perdido a sus hijos, los chicos a sus familias. Barrios enteros duermen en las calles. La gente camina kilómetros por las montañas con sus pocas pertenencias, sin donde ir.

En un país en que no se sabe cuándo será la próxima comida o si habrá una nueva elección, esta vez la diferencia es que todas las instituciones se derrumbaron, literalmente: el Palacio Nacional, la catedral de Nuestra Señora de Haití, el Parlamento. Y lo hicieron al mismo tiempo que la mayoría de la gente perdía a uno o muchos seres queridos.

Mientras toda la ciudad clama por ayuda, logro conectarme a internet lo suficiente para saber que hay algo de asistencia en camino.

Pero, ¿qué sucederá cuando esa ayuda, como suele pasar aquí, se termine? ¿Habrá un día después?

Jonathan M. Katz

AP/Puerto Príncipe

Foto: Marco Domino/The United Nations

Negros

Haití dejará de ser centro de la atención internacional en un mes. La muerte que se ceba en los pobres de solemnidad tiene cuotas informativas en el mundo desarrollado. Y treinta días siguiendo la cruel actualidad de la isla bajo el mar que ha retratado Isabel Allende será tiempo suficiente. Una jornada por cada tres mil muertos.

Así, hasta que otro fenómeno natural, en formato terremoto o huracán, vuelva a girar nuestra mirada hacia los ex esclavos de la primera república negra independiente. Parias en el mapamundi de las Antillas. Es tanta su miseria que hasta deben compartir islote caribeño. Y eso que tienen como vecinos otros arrecifes tan sugerentes como las Bahamas o el paraíso fiscal de las Caimán.

Los negros indigentes siempre se equivocan de continente, de país y hasta de pedrusco donde nacer. A veces, incluso de creencias. Eso del vudú parece haber trastornado aún más si cabe al telepredicador evangélico estadounidense Pat Robertson, que atribuye los efectos devastadores del terremoto a una maldición. A su juicio, los haitianos están purgando el pacto que alcanzaron con el diablo en 1804 para librarse de la bota francesa.

Suerte que Estados Unidos tiene un presidente que se ha volcado en auxiliar a la isla. Ayer se reunió con sus antecesores Bush y Clinton, que es comisionado de la ONU para Haití. También mandó a Hillary a la zona cero: Puerto Príncipe.

Pero nos surge una duda. El amigo Bill reprochó a Ted Kennedy que su apoyo en las primarias a Obama y no a su esposa tenía un único motivo: la negritud del candidato. Y bromeó: “Hace algunos años ese tipo nos estaría sirviendo café”.

Los Clinton deben de creer que los más de ocho millones de haitianos firmarían por ser un Estado libre asociado de Estados Unidos. Aunque sólo fuera para servir café.

Alfredo Abián, vicedirector

La Vanguardia, Cataluña

Tanto dolor como esperanza

Aún sin sobreponernos de los días grises y fríos, con poco pan y escaso abrigo, que en estos días de enero de 2010 los cubanos hemos pasado, nos llegaba la noticia de un terremoto en Haití.

Con el paso de las horas, nos fuimos enterando de la magnitud de la catástrofe, una tragedia que aumenta por día. El mundo entero se ha movilizado, pero a consecuencia del caos y la falta de infraestructuras, tanto el aeropuerto como las instalaciones portuarias, en Puerto Prínciple, son insuficientes para dar paso a tantos aviones y barcos procedentes de los cinco continentes, cargados con todo tipo de ayuda humanitaria, que cuanto más rápido pueda llegar, por aire y por mar, más vidas se pueden salvar.

Una vez más, sobre Haití cae la desgracia. No por ser negros ni descendientes de africanos. La maldición de Haití no es por sus orígenes. Y si fuera por su historia de lucha por la emancipación de la esclavitud y la libertad, debía haber sido una de las naciones más prósperas del Caribe. Sin embargo, más de dos siglos lleva sangrando Haití.

Si hoy es el país más pobre del continente americano y uno de los más pobres del mundo, es por los sucesivos desgobiernos. Ingobernalidad que se resumen en dos palabras: represión y corrupción.

Dictadores e incompetentes mandatarios son los culpables del atraso y de los males actualmente padecidos por el pueblo haitiano. El analfabetismo y el desempleo han sido caldo de cultivo para el surgimiento de pandillas, que machete en mano, han hecho de la violencia, el robo y la delincuencia, algo habitual en calles y barriadas.

Una cuota de culpa tienen también sus vecinos en las Américas, los más cercanos y los más lejanos, como Estados Unidos, que cuando no se inmiscuyó para respaldar golpes de estado, prefirió virar la cara y hacer oídos sordos.

Más vale tarde que nunca. Ahora, es de agradecer que el presidente Barack Obama, haya hecho de Haití una prioridad para la Casa Blanca. Una decisión respaldada por la generosa respuesta de los estadounidenses, pobres y ricos, anónimos y famosos, ateos y creyentes, civiles y militares.

Dejemos Washington y volvamos a La Habana. Las cosas como son: de las pocas naciones de la región que siempre estuvieron al lado de los haitianos se encuentra Cuba. Es lógico.

Nos unen más de 200 años de vínculos geográficos, históricos, culturales y étnicos. Por la sangre de miles de cubanos corre sangre haitiana, sobre todo entre los pobladores de Guantánamo, Santiago de Cuba y Camagüey, tres de las provincias donde se establecieron las principales comunidades haitianas, y cuyos hijos, nietos y bisnietos mantienen viva la lengua, música, cultos, comidas y otras tradiciones.

Muchos de esos haitianos o sus descendientes, alcanzaron notoriedad en la Isla. Es imposible mencionarlos a todos y por ello hemos escogido un nombre, el de Martha Jean-Claude. Con ella, rendimos tributo a todos los haitianos que hicieron de Cuba su patria.

Cuando el terremoto se produjo, alrededor de las 5 de la tarde (hora caribeña) del martes 12 de enero, más de 400 colaboradores cubanos, médicos y enfermeras en su mayoría, se encontraban en Haití. Hasta la fecha, sólo se reportaban tres cubanos lesionados, dos leves y uno grave.

La historia de amor de Brasil con Haití es más reciente. Comenzó en 2004, cuando por mandato de la ONU, Brasil asumió el cargo de coordinación de la Misión de las Naciones Unidades para la Estabilización en Haití (MINUSTAH). Lula hizo suya esa responsabilidad y muchos brasileños comenzaron a implicarse. Y como en los cuentos de hadas, por unas horas fueron felices. Ocurrió en 2005, cuando la Selección Nacional de Fútbol de Brasil viajó a Haití y jugó un partido amistoso. Apoteósico. En este video se puede ver:


Pese a la crítica situación económica de Cuba y el deteriorado nivel de vida y de alimentación de buena parte de nuestra población, muchos cubanos, según opiniones recogidas a pie de calle, estarían dispuestos a ir a ayudar a Haití, en las labores de reconstrucción. Una labor tan urgente y necesaria como la que en estos instantes, contra reloj, realizan voluntarios, bomberos, rescatistas y perros entrenados de México, España, Japón y China, entre otros países con gran experiencia en terremotos y desastres naturales.

Por lo pronto, tres buenas noticias eran anunciadas el viernes 14. El Departamento de Seguridad Interna de los Estados Unidos, comunicaba que el gobierno de Obama concederá status de residencia temporal (TPS) a todos los haitianos indocumentados en su territorio, lo cual les permitirá residir y trabajar durante 18 meses en Estados Unidos.

Por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, declaraba que la isla estaba dispuesta a cooperar con todos los países, incluyendo Estados Unidos, para ayudar a salvar vidas en esta situación de emergencia. Como muestra de que no eran meras palabras, se anunciaba que las autoridades cubanas habían permitido que aviones estadounidenses sobrevolaran el territorio oriental, dedicadas a evacuar heridos desde Haití hacia la Base Naval de Guantánamo, donde funciona un hospital de campaña. Esta autorización ahorra 90 minutos de tiempo de vuelo.

La tercera buena nueva, procedía de Puerto Príncipe. Y la protagonizaron dos bomberos españoles, quienes lograron rescatar con vida a un niño haitiano de dos años y cuya fotografía ha dado la vuelta al planeta.

Junto con esas buenas noticias, se confirmaba el rumor que desde hacía días circulaba por La Habana, de que una veintena de enfermos mentales habrían fallecido en el Hospital Psiquiátrico, más conocido por Mazorra, situado en Rancho Boyeros, donde los termómetros en esos días marcaron menos de 4 grados Celsius.

El terrible suceso, que ya había sido adelantado por la disidente Comisión Nacional de Derechos Humanos y Rencociliación Nacional, fue confirmado por el Ministerio de Salud Pública.

Fueron 26 los fallecidos. Un verdadero escándalo. La gente está conmocionada y espera que los culpables de tamaña negligencia sean juzgados. Y que las medidas no se limiten a repartir colchas, ropa y comida con más calorías. Los cubanos quieren que, de una vez por todas, Mazorra acabe de librarse de la dantesca fama que siempre ha tenido.

Volviendo a Haití. En medio de tantos cadáveres y tantos escombros, estamos seguros que la yerba verde de la esperanza comenzará a brotar.

Iván García y Laritza Diversent

Foto: Chicago Red Cross, Flickr