Elegía de la inocencia
Dicen que murieron de frío, pero no es cierto. Al menos no es exacto: el frío de la madrugada solo consagró la obra de la desidia, de la acumulación de abandonos, de la deshumanización de otros. Ellos, para asombro de todos, solo murieron. Eran solamente unos locos (otros), esa fracción del rebaño que de alguna misteriosa manera se ha desconectado de una realidad demasiado fea y escapa hacia algún paraje desconocido e inaccesible para los que tenemos la arrogancia de llamarnos “cuerdos”.
Entre incrédulos y consternados, supimos que más de dos decenas de enfermos mentales habían fallecido por estos días de inusual invierno en el Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra). Casi nadie podía o quería suponer esto pudiera ocurrir en Cuba. La prensa oficial, aunque tarde y remisa, se vio obligada a hacer pública la noticia en una nota breve e incompleta, arropando lo ocurrido con los cobertores que faltaron a los orates difuntos, apenas unas pocas líneas que desaparecen bajo la avalancha de imágenes y crónicas de la catástrofe natural ocurrida en Haití. Una treintena de dementes indefensos no compite en las planas de ningún periódico con el impacto mediático de un sismo de gran magnitud, miles de muertos e incalculables pérdidas materiales. Ni siquiera si esos dementes forman parte de la legión de supuestos privilegiados de una “potencia médica” en el país más generoso y humano del planeta; ni siquiera si el cataclismo que los exterminó fue una tragedia social predecible, y por tanto evitable.
Quiero dedicar estas líneas a la memoria de esos infelices enfermos mentales, muertos en total estado de indefensión, sin atención, sin abrigo y sin consuelo. Solo en un sitio muy sórdido, bajo un sistema muy corrupto, podría ocurrir semejante aberración, y apunta que algo muy sucio y pútrido está amenazando con aniquilar lo que queda de bondad entre nosotros. Causa dolor imaginar que en sus espantosas condiciones quizás era más irracional seguir con vida. Hoy los cubanos debemos traer doble luto, porque junto a estas absurdas muertes, muchos habremos sepultado también los últimos vestigios de nuestra despreocupada inocencia.
Ilustración: Uno de los más célebres y conocidos de los locos callejeros de La Habana, El Caballero de París, paseando por la céntrica calle San Rafael, en el centro de la capital. (Fotografía de autor desconocido para esta blogger)
