Las enseñanzas de Chibás

El gobierno cubano inmerso en una cadena de fracasos, después de una posición inflexible durante siete largos años, decidió comenzar a liberar los prisioneros políticos encarcelados en la Primavera de 2003 para cambiar la imagen al exterior, recabar ayuda y proceder a una reforma que ha denominado: actualización del modelo. Un giro que enuncia el fracaso del inmovilismo y la decisión de cambiar algunas cosas, que si bien no significa que el Gobierno se encamine hacia democratización, el intento en sí mismo implica la introducción de algunas medidas, como es la liberación de los prisioneros, lo cual conduce a un escenario más favorable para otros pasos.
Ante ese reto, es importante tener en cuenta el por qué, desde el surgimiento de la república en 1902, Cuba cambió una y otra vez y siempre volvió a retroceder hasta el punto de partida. La primera causa de esos retrocesos radica en la ausencia de la participación ciudadana en calidad de sujeto de los cambios, debido a la debilidad de la sociedad civil hasta 1959 y su desaparición después de esa fecha. Es decir, nos aproximamos a posibles cambios en peores condiciones respecto al pasado, lo que representa una amenaza real de que los retrocesos se repitan.
La ausencia del pueblo, no como seguidor de éste o el otro líder, sino como sujeto de los cambios ha hecho que la política sea monopolizada por figuras o élites caracterizadas por el personalismo, el mesianismo, el empleo de la violencia física y verbal y el uso del poder público como coto privado; un hecho que debe ser tenido en cuenta para evitar que los próximos cambios terminen en la regresión. Con ese fin trataré de poner en evidencia algunas raíces de esos males mediante el análisis de hechos y personalidades. En esta oportunidad me ocuparé de un hombre que se enfrascó en la lucha contra la corrupción política y administrativa.
Eduardo René Chibás y Rivas (1907-1951), periodista y político, de carácter exaltado, locuaz, osado y excéntrico, integró el Directorio Estudiantil de 1927 y el de 1930. Guardó prisión y estuvo exiliado en varias oportunidades. Fue miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), fundado en 1934, elegido en 1939 a la Asamblea Constituyente, representante a la Cámara en 1940 y Senador en 1944. En 1947, resultado de una división interna en el Partido Auténtico, fundó, junto a otros líderes, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), por el que fue designado candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1948 y 1952.
Chibás se autodefinía como líder de la Revolución Moral. Los malos políticos –decía– le roban al pueblo para enriquecerse; todas las luchas políticas nacionales tienen su origen en la falta de honradez; es indispensable por lo tanto, poner las riendas de la República en manos limpias, Sin embargo se equivocó al reducir la moral –encargada de regular la conducta humana en las relaciones sociales– a la honradez administrativa. La simplificación del concepto le permitió utilizarlo como arma contra sus enemigos en las contiendas electorales, pero lo inutilizó como instrumento de cambios profundos en la clase política y en el pueblo. Sí tuvo un efecto: llamar la atención sobre la corrupción administrativa, en un momento en que ese mal se había generalizado. Su consigna ¡Vergüenza contra Dinero!, servía para alcanzar el poder como objetivo inmediato, pero no para forjar la Nación honrada con justicia social que él mismo profesaba.
Chibás hizo un uso intenso de la libertad de prensa. Ya en 1934, en la edición de Bodas de Plata de la revista Bohemia, aparecía entre sus colaboradores. Además de El Crisol y otros periódicos utilizó la emisora radial CMW La Voz de las Antillas, la CMQ y la COCO, conformando un estilo nuevo en la política cubana, basada en la utilización de los medios informativos para mantenerse en los primeros planos del interés público.
Acusador incesante, polémico y contradictorio, giraba constantemente de la defensa a la agresión verbal. En 1933, al disolverse la Pentarquía, propuso a Grau San Martín para Presidente; en 1946 elogió la obra de Grau con las siguientes palabras: En el orden educacional, hemos hecho efectivo, por primera vez en la historia de Cuba, lo que fue sueño de Martí y anhelo de Estrada Palma: que la república cuente con más maestros que soldados; sin embargo, en junio de 1948, calificó a Grau de émulo de los Borgia, el mayor simulador que ha dado el mundo desde los tiempos de Calígula, a cuyo lado he sacrificado veinte años de mi vida, sin pedirle ni aceptarle nada.
La acusación la empleó de forma sistemática. En mayo de 1939 acusó a Blas Roca de traidor; en 1942 al jefe de la Policía de extralimitarse en sus funciones; en 1943 presentó dos mociones en la Cámara contra Batista y contra el Congreso; en julio de 1945 a Carlos Miguel de Céspedes por la venta de un pedazo de la calle Paseo; en enero de 1947, en carta leída por la radio, impugnó a Grau por supuestos intentos reeleccionistas; en 1950 acusó al presidente Prío por el asalto a un juzgado correccional, del cual sustrajeron los documentos de una causa por malversación; en 1951 acusó a Rolando Mansferrer de una bomba que colocaron en la casa de Roberto Agramonte; y así sucesivamente. Su conducta le granjeó amigos y enemigos. Calificado de loco, respondía: prefiero ser un loco con vergüenza que un ladrón desvergonzado. Efectuó duelos de sables, pistolas y puñetazos en varias oportunidades.
La defensa de lo que consideraba útil en cada momento, lo llevó en 1946 a defender algo indefendible: el terrorismo. Estableció una diferenciación entre el atentado revolucionario y el simple terrorismo. Dijo: El uso de la bomba puede tener su explicación cuando ella se emplea como grieta de rebeldía contra un régimen de terror…, pero jamás cuando se emplea contra un Gobierno que es producto de la voluntad nacional.
La muerte estaba en su quehacer y en su discurso. En noviembre de 1939, en vísperas de las elecciones de delegados a la Asamblea Constituyente, resultó herido de bala y cuando le preguntaron quiénes habían sido los agresores, dijo: No se preocupen por averiguar; muero por la revolución, voten por Grau San Martín; pero la popularidad alcanzada por el disparo le dio el segundo lugar en la votación. En enero de 1948, en una asamblea del Partido, saltó sobre la mesa presidencial y se puso a gritar: ¡Tiren al corazón! ¡La Ortodoxia necesita un mártir! En mayo de ese mismo año, durante un recorrido electoral por Oriente, apuntó: El día que Chibás crea advertir una extinción o una merma en el amor ciudadano, se parte de un balazo el corazón, no por cobardía ante el fracaso, sí para que su inmolación conduzca a la victoria de sus discípulos.
Por su popularidad las encuestas lo daban como favorito para ganar las elecciones de 1952, pero el 5 de agosto de 1951, al no poder probar la acusación que había realizado contra Aureliano Sánchez Arango, se hizo un disparo a causa del cual falleció el 16 del propio mes.
La concepción de la inmediatez, característica de los cambios revolucionarios, no le permitió elaborar un proyecto político que respondiera a las condiciones existentes y a la psicología social del cubano, sencillamente pedía que lo siguieran. En una oportunidad expresó: Nuestro pueblo se informa del latrocinio de los gobernantes con la misma calma que lee las páginas de los muñequitos de colores o escucha los programas de radio. Por eso llamaba desesperadamente a la conciencia ciudadana indiferente: Pueblo de Cuba, despierta; sin comprender que los cambios al interior de las personas no responden a las urgencias revolucionarias. Por eso, con mucha razón, alguien expresó a su muerte: Chibás era un hombre imbuido de ideas mesiánicas sobre la historia, la moral y la política. A pensar en ese nuevo orden no le dedicó tiempo, pues en definitiva, el nuevo orden era él mismo, una enfermedad crónica de la que aún padecemos.
En aquella época, como en la actual, Cuba requería de un cambio capaz de romper tanto el monopolio elitista de la economía como de la política para acceder a la justicia social. Para eso era necesario el fortalecimiento de la sociedad civil, sin la cual no es posible el avance personal ni social en la modernidad. Chibás concibió un paraíso perfecto para imponerlo a una realidad compleja, construido desde su imaginación: expulsar a los ladrones del poder y situar en su lugar a un hombre honrado, servidor de la nación. Ese hombre tenía que ser su propia persona, que no apetecía ni necesitaba del patrimonio nacional, por tanto los cambios que propugnaba tenían que realizarse desde el dañino esquema del personalismo y el caudillismo, dos de los fenómenos culturales más negativos y arraigados en nuestra historia política.
Su experiencia nos indica que la actual liberación de los presos políticos tiene que acompañarse de la implementación de los derechos y libertades, y sobre todo del fomento de la cultura cívica, para que los destinos de la nación no dependa sólo de líderes mesiánicos, que tanto fructifican en nuestra sociedad.

