Archivo por meses: octubre 2010

Reportes que no quisiera escribir.

Foto/Luis Felipe Rojas

Cuando le dicté este post hoy por la mañana a una amiga que siempre estuvo al tanto de mis aspiraciones de tener y mantener desde Holguín un blog me dijo y aquí lo quiero dejar escrito: “Nunca pensaste que ibas a enfrentar desde la escritura una ‘realidad’ que a buen decir del Gran Nobel Mario Vargas Llosa, ‘a veces supera la ficción’.
En sólo unos meses he recibido desde Banes pueblecito pegado a la costa norte de mi provincia reportes que me llenan de tristeza. Aquí les expongo uno de ellos:
El ciudadano Yosdani Pavón Espinosa recibió un disparo en el muslo derecho el pasado 1 de octubre de este año por parte del policía Vladimir Camejo jefe del sector de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) de Cañadon en Banes.
Me dice la señora Marta Díaz Rondón que el policía dejó abandonado a su suerte al joven Pavón Espinosa quien fue operado sin podérsele extraer el plomo y se encuentra internado en el hospital clínico quirúrgico de Banes bajo fuerte custodia policial.
Cuenta que familiares de la víctima se quejan de que al reconstruir los hechos los criminalistas locales utilizaron de testigo al sobrino del agresor Camejo sin hacerle pruebas de alcoholemia (ambos, oficial y pariente son alcohólicos reconocidos).
Asegura Marta que el policía Vladimir Camejo ya tiene en su historial policial un muerto por disparo y tres lesionados por la misma causa. Uno de ellos un joven chofer que no quiso recogerlo en el camión que conducía y como “castigo” recibió el balazo.
“A pesar de estos hechos, me dijo Díaz Rondón, el militar jamás ha sido amonestado por la jefatura policial de Holguín. Seis ciudadanos estarían dispuestos a declarar a favor del agredido Pavón Espinosa y a testificar que fue abandonado por el agresor. Entre ellos se encuentran Juan Carlos Cruz, Julio Gómez y Héctor Hidalgo”.
De aquellos incidentes que incluyen a Mariblanca Avila, Cari Caballero Batista y la propia Marta Díaz Rondón cuando intentaron solidarizarse con Reina Luisa en los domingos en que ni las agencias acreditadas, ni los altos prelados, ni la Policía Cubana escuchaban, ya les he contado. Tampoco ha habido castigo ni amonestación para los agresores uniformados. Mucho menos para los no uniformados que vieron, permitieron y participaron en el ‘festín tumultuario’.
Qué pasara el día que se ‘escape’ un disparo en una de esas cruzadas bestiales que contra la familia de Orlando Zapata Tamayo se desata cada domingo de Dios?
*Horas después de Luis Felipe dictar este post fue detenido en su casa en San Germán. Se desconocen los motivos del arresto pero en esos momentos también una violenta represión se desataba en Banes contra opositores que acompañaban a Reina Luisa a rendir tributo a Orlando Zapata Tamayo.

Falcor

El perro Falcor, mejor dicho el de mi hijo Aníbal, falleció en la madrugada del diez al once de agosto. El día veintitrés habría cumplido dieciocho años, una vida verdaderamente larga para un can. Su cuerpo se enterró en el patio de la casa de Ayestarán, junto a los de otras mascotas queridas fallecidas anteriormente. Por lo tanto no está solo, su alma ya debe estar en el cielo de los perros. Me acompañó fielmente durante todos estos años, siempre noble, siempre cariñoso, siempre juguetón. En realidad, desde el primer encuentro, el nos escogió a nosotros: en la casa de unas amistades cerca de Tropicana, junto con sus hermanos, a los quince días de nacido, se desprendió de ellos y, a pasos torpes, avanzó hacia Aníbal, entonces con nueve años, y trató de subir por sus piernas. Al preguntar la dueña ¿cuál queríamos?, la respuesta fue obvia.

Desde ese día le llamamos Falcor, por su parecido con el perro-dragón de La historia interminable.Era un cocker mezclado. Compartió las alegrías y las tristezas. Le gustaban las travesuras: robar juguetes, sacar el relleno a los muñecos de peluche, morder los zapatos, coger pelotas y bolas (canicas) y traerlas, para continuar incansablemente el juego. Respondía a la orden más cerca, acercando una y otra vez cualquier objeto. Casi hasta el final de sus días lo estuvo haciendo, aún cuando sus reacciones y movimientos se habían vuelto lentos, caminaba como Charles Chaplin y había perdido gran parte de la visión. Lo veía extinguirse poco, como una vela que se consumía, y me daba tristeza. Aún así, tuvo tiempo para despedirse de Aníbal en el mes de junio, en su rápida visita a ésta. Yo seguí atendiéndolo, decidido a no acelerar su muerte, esperando a que se produjera de forma natural. Por suerte así sucedió. Me ha dejado un gran vacío y me ha puesto a pensar en la relatividad del tiempo. He repasado estos dieciocho años compartidos y me parece que han transcurrido demasiado rápido. Lo recuerdo cachorro, entretenimiento de todos; ya crecido, enfermo de gravedad, luchando por la vida durante quince terribles días, con antibióticos y suero diarios, velando su sueño, acostado sin levantarse hasta el momento en que me sorprendió una mañana con un ladrido. Por la tarde ya estaba en sus cuatro patas corriendo por la casa, acaso más alegre y juguetón que nunca. Sus recibimientos tras la puerta, los paseos juntos, sus correrías, su amor por los niños. En mis años de soledad fue mi único acompañante día tras día. En las noches se echaba junto a mi cama y, cuando me sentía enfermo, se extremaba. Abandonada la soledad, supo adaptarse a la compañía de Putica, la perrita vírgen de Rebeca. Competían por ladrar y correr primero hacia la puerta, ante cualquier visita. Fallecida Putica, recibió a Lucky, la nueva perrita recogida de la calle y se adaptó a ella y a sus malacrianzas de perra arrabalera. Pienso que ella constituyó su mayor alegría en sus últimos años y le insufló nuevas ganas de vivir. Rejuveneció. Juntos corrían por la azotea, se disputaban los juguetes (su querido hipopótamo plástico), además de ladrarles a todos los perros de los alrededores y a Mitsukusú, el gato de la casa, cuando se trepaba a los aleros. Fue un perro bueno, generoso e inteligente. Más que un perro fue un gran amigo. Hoy le echo de menos. Sé que con él se han ido también dieciocho años de mi vida.

El coraje y honestidad del maestro Kurosawa./ Miguel Iturria Savón

Como el cineasta japonés Akira Kurosawa (Tokio, 1910-1998) arriba a su primer centenario de vida, la Cinemateca de Cuba puso a disposición del público habanero una docena de sus filmes mas representativos, exhibidos entre el 5 y el 22 de octubre en la Sala Chaplin, a las 5 y 8:00 p.m., con algunos estrenos llevados a formatos modernos.

Akira Kurosawa, descendiente de una familia de samuráis, comenzó en 1936 como asistente de dirección de Kajiro Yamamoto. Debutó como director en 1943 con La leyenda del gran judo, devenida en clásico por su calidad e influencia y retomada en 1945 y 1965, la última como un remake condensado de las anteriores. A partir de entonces, el realizador mostró cada ángulo de la historia, la cultura y la sociedad japonesa, sin renegar de obras y sucesos de otras latitudes que nutrieron su arte.

La filmografía de Kurosawa, reconocida por algunos artífices de Hollywood, nominada a los principales premios de Europa y Norteamérica y galardonada dentro y fuera de su país, es uno de los grandes referentes del cine contemporáneo. Sus realizaciones constituyen un lienzo fascinante de la cultura japonesa, en la cual  confluyen realismo y fantasía, la tragedia y el melodrama, historias de personajes opulentos y miserables, conflictos medievales y contemporáneos, guerreros insignes y una galería de excluidos; recreados en todos sus matices y atractivos.

Las películas de Kurosawa se caracterizan por el pulso narrativo, la composición meticulosa de cada plano, la excelencia actorar y la atmósfera lograda en las secuencias fílmicas, marcadas por guiones que parten de obras literarias y de historias que sorprenden por la originalidad del montaje, la peculiaridades psicológicas de los personajes y la manera de percibir los conflictos y el destino del hombre.

En la selección ofrecida por la Cinemateca de Cuba figuran filmes de 1943 a 1990, casi todas exhibidas antes en la isla, donde millares de espectadores alimentamos la fantasía con las destrezas de judocas, karatekas y samuráis de batallas infinitas y lecciones sorprendentes. Filmes como La leyenda del judo, Rashomon, El idiota, Trono de sangre, Los siete samuráis, Sanjuro, Kagemusha, Derzu Uzala y otros en los que brillaron Toshiro Mifune, Yuso Kayama, Takashi Shimura y decenas de actores que oscilaban entre bosques fabulosos y ciudades apacibles.

Si La leyenda del judo gira en torno a la búsqueda de la fuerza y la pureza; Los hombres que caminan sobre la cola del tigre (1945) ofrece el violento drama del Japón medieval, marcado por el enfrentamiento de dos hermanos belicosos, tema recurrente en entregas de Kurosawa como El idota (1951), basado en la novela homónima del ruso F. Dostoiesvki; Trono de sangre (1957), adaptación de Macbeth, de Shakespeare; La fortaleza escondida (1958), Los siete samuráis (1954), Kagemusha (1980) y otros de realismo épico.

De hondura humana y belleza artística resulta el thriller policial de estilo yanqui El perro rabioso (1949), que brinda la historia de un detective sumergido en el bajo mundo del Japón devastado por la guerra, la violencia y la corrupción. En la misma vertiente de realismo social se ubica El ángel ebrio (1948), cuyo personaje central es un medico alcohólico que intenta sobreponerse en un entorno urbano funesto y lucha por la vida de un delincuente enfermo. En similar paisaje se desarrolla la trama de Un domingo maravilloso (1947), cuando una joven pareja trata de convertir sus paseos en un día memorable a pesar de las penurias y los problemas.

La ética como dilema esencial centraliza las acciones de Los malos duermen bien (1960), acerca de un empresario condenado a la horca por malos manejos financieros. En la cinta de intriga y suspenso Cielo e infierno, adaptación de la novela del escritor norteamericano Ed. Mc Bain, Kurosawa focaliza la disyuntiva de un hombre de negocios que vacila entre pagar el rescate por el hijo de su chofer o dejarlo morir.

El ciclo sobre el celebre realizador asiático incluyó grandes cintas inspiradas en obras literarias, como Rashomon (1950), basada en dos relatos que evocan un hecho de sangre, Duelo silencioso, que retoma la pieza de Kazuo Kikuta acerca de un cirujano militar infectado de sífilis, lo cual le creará problemas con su prometida después de la guerra. Dodes ka-den (1970) parte de una novela de Shagoro Yamamoto es la crónica de niños marginados que sobreviven en los suburbios de Tokio.

La misma atmósfera de marginación, miserias y conflictos humanos, gravita en Barba Roja (1965), ambientada en 1822 en un hospital de indigentes de Edo, a donde es designado un joven medico que pensaba ejercer junto al Shogun. Este largo filme derrocha un despliegue técnico y narrativo inusual y enfrenta al espectador con formulaciones filosóficas y sociales presentes en varias obras de Kurosawa.

Se exhiben además Escape en tren (1985), combinación de thriller y road movie filmada en los Estados Unidos y nominada al Oscar; El Bravo, El último emperador, Vivir y Sueños. La última es un compendio de viñetas en las que el creador desata sus deseos, obsesiones y ensueños, a través de un discurso poético sobre la muerte, la falta de armonía y el distanciamiento de la naturaleza.

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Regulación legal del “abandono definitivo”

Por Laritza Diversent

En diciembre de 1961, el Consejo de Ministros, promulga la Ley Núm. 989, “Medidas a tomar sobre los muebles o inmuebles, o cualquier otra clase de valor, etc. a quienes abandonan con imperdonable desdén el territorio nacional” Esta ley faculta al Ministerio del Interior a otorgar los permisos de salida de las personas que decidieran viajar al extranjero. Ratifica la imposición del abandono definitivo, que reguló la resolución No 454 del Ministerio del Interior. Según sus preceptos, el abandono del país se consideraba definitivo, si el regreso no se producía dentro del término, autorizado para la salida. La norma autoriza al MININT, para dictar las Resoluciones pertinentes en cuanto a los permisos de salida y regreso al país. Es a partir de esta disposición que se ordena regular, el permiso de entrada al territorio nacional. La ley igualmente dispuso, que a las personas que abandonaban el país definitivamente, de acuerdo con las nuevas leyes, se les nacionalizaran los bienes muebles, inmuebles o de cualquier otra clase; derechos, acciones y valores de cualquier tipo, por medio de la confiscación, a favor del Estado Cubano. La adopción de esta ley se justificaba principalmente por cuestiones políticas aunque se trate de mostrarlo, como un interés social. Como en esa época hubo un cambio en el poder político, los que no estaban de acuerdo, emigraron. El hecho, a pesar de ser una decisión personal y privada, se considero una afrenta a la Patria. Supuestamente los bienes confiscados serían puestos a disposición del pueblo, lo que justificaba la regulación de la salida y regreso al territorio nacional, así como el destino de los bienes incautados. Sin embargo la vigencia de esta ley solo ha favorecido el engrosamiento del patrimonio estatal. Al igual que sucedió con la resolución, la ley no especificaba qué funcionario del gobierno revolucionario dictaba la resolución y tampoco alude a la norma que le otorgó tal atribución. También contradecía la ley fundamental de 1959. La ley se mantiene vigente, aunque el carácter de la emigración cambió. Actualmente la mayoría de los cubanos emigra por cuestiones económicas.

Filed under: Ojeada a la legislación

Pasillos vacíos

ministerio_agricultura

Diez de la mañana. Por aquellos pasillos, donde hace una semana la gente se amontonaba y conversaba en horario laboral, hoy no transita ni un alma. ¿Qué ha ocurrido en los 17 pisos del Ministerio de la Agricultura para que nadie deambule fuera de las oficinas? La respuesta es sencilla: muchos temen estar en la lista del próximo recorte, de manera que evitan mostrarse fuera de su puesto de trabajo y así parecer prescindibles. Si antes merodeaban por todos lados con los brazos cruzados, la estrategia del momento es parecer ocupados, aunque para ello tengan que quedarse tras el buró durante ocho horas.

La escena no es exagerada. Me la ha contado una amiga que trabaja en una de esas dependencias estatales donde el exceso de personal es un mal crónico. Me explica que tampoco frente al bebedero se ve la larga cola de antaño, pero que ni siquiera eso  los va a salvar del desempleo. La institución les ha anunciado que sólo quedarán los indispensables y ya algunos han sido notificados de su cesantía. Mi amiga entorna los ojos y se ríe. “De seguro no botarán al director, ni al secretario del núcleo del Partido Comunista y mucho menos a la mujer que dirige el sindicato”, concluye con sorna.

Me sorprende la mezcla de temor y de desdén con que los cubanos han tomado la drástica reducción de personal que ya se está implementando. Por un lado, nadie quiere perder su puesto de trabajo, pero por otro hay una sensación de que el paro no puede ser peor que trabajar para el Estado. Cuando le recomiendo a mi amiga que saque una licencia de cuentapropista para forrar botones o hacer percheros, salta de la silla negando con las dos manos. “Si mi nombre está en la próxima lista –afirma– voy a dar un escándalo que se va a oír en la oficina del ministro y en todos los pasillos”. Pero no le creo, como tantos otros prefiere esconderse que reclamar.

Noche de brujas

En realidad, me gustan las noches embrujadoras, y una vez al año una Noche de Brujas, no estaría nada mal. Pero

Aquí en mi planeta, las noches ya no son embrujadoras, de hecho casi todas son de brujas o de brujería. Me cuentan que para celebrar el Halloween en otros países, los niños se disfrazan, salen a recorrer el barrio, con sus padres a tocar de puerta en puerta en busca de golosinas. Aquí te tocan la puerta, a cualquier hora del día y de la noche y salen corriendo, cuando te asomas a ver quien es, ya no hay nadie. Tampoco tienes caramelos para ti, así que mucho menos para dar. En cuanto a los estrenos de filmes, nosotros, cuando salimos a la calle nos enfrentamos, sin pagar entradas, a distintas películas de horror: El bus embrujado, Asalto en plena calle, Bronca en la panadería, La cebolla fantasma, La vida por un viajecito, Persiguiendo a las patatas, El pollo piloto, etcétera.

Vestirse de bruja o de demonio, no es nada fuera de lo común, es más bien cotidiano. Al menos esas son las referencias copiadas de los videos clips. Por tanto, mañana no será un día extraordinario en mi planeta. Brujos y brujas saldremos a la calle, a enfrentarnos con nuestros demonios cotidianos.

¡Felíz Halloween para ustedes!

¿Quiénes son los deudores?

Se desvanece. Fotografía de Orlando Luis

Se desvanece. Fotografía de Orlando Luis

Una fuente que no estoy autorizada a citar me asegura que el 30 de octubre de 2010 se retirará a la agencia SEPSA el privilegio en virtud del cual los custodios “azules” –así llamados por el color de su uniforme– venían cobrando un “estímulo” de 48 CUC mensuales (1152 pesos en la mal llamada “moneda nacional”), cantidad que han venido percibiendo desde que les suprimieran  hace unos años otras prerrogativas, como la entrega periódica de efectos de aseo y de alimentos. Como consecuencia de este nuevo recorte que eliminará el único elemento atractivo de la ocupación, muchos de esos uniformados, que trabajan como custodios en los Bancos y en las Casas de Cambio (CADECA), han comenzado a buscar otros horizontes como destino laboral, en un momento en que acceder a un puesto de trabajo en Cuba es igual o más difícil que comerse un pedazo de carne de res (que ya es mucho decir).

A pesar de que la ola de despidos no ha alcanzado la categoría de tsunami que tendrá entre el primer trimestre del año próximo y el 2012 –cuando se completaría el total de aproximadamente 1 millón 200 mil desempleados que, se dice, habrá en toda la Isla–, el descontento social es palpable. Incertidumbre, irritación  y un discreto, pero sostenido aumento del índice delictivo, son las notas que marcan la Cuba de hoy. Por otra parte, parece existir una especie de consenso popular en cuanto a no solicitar licencias para el ejercicio de trabajos por cuenta propia (paliativo que pretende aplicar el gobierno como alternativa a una crisis de la oferta laboral inédita para el proceso revolucionario) debido a lo excesivo de los impuestos, a la inexistencia de un mercado mayorista proveedor, a la inestabilidad crónica de los abastecimientos y los altos precios del mercado minorista, a la incertidumbre sobre el futuro económico y –de manera particular– a la ausencia de un marco legal de garantías para los inversores, entre otras causas. La experiencia de aquellos que en los años 90 sufrieron infinidad de presiones oficiales y sistemáticas extorsiones por parte del cuerpo de inspectores estatales encargados de “controlar” la calidad de los servicios y la “legalidad y pureza” de los trabajadores por cuenta propia, desestimula el interés de la gente en arriesgar sus fondos –generalmente exiguos o muy limitados– en un lance tan incierto y donde el que invierte el capital es el elemento más indefenso del sistema: el cubano común.

La empleada de una oficina pública se quejaba en días pasados por la reciente pérdida del trabajo de su esposo y aseguraba que, por esa causa, dejaría de pagar el refrigerador chino que les habían entregado a cambio del viejo equipo ruso que tenían en casa, cuando poco más de tres o cuatro años atrás en el sultanato tropical se tomó la excéntrica decisión de imitar aquella vieja historia de Las mil y una noches árabes en la que se cambiaban lámparas viejas por nuevas, aunque con un sentido más práctico en el caso árabe. “No puedo darme el lujo de descontar ni un centavo de mi salario” –se lamentaba  la mujer– ; y añadió: “Si me lo empiezan a descontar a mí, dejo yo también de trabajar y ese mismo refrigerador me servirá para la venta de durofrío”.

Lo que trae a colación otro pequeño detalle, olvidado por todos en medio del oleaje de esta tempestad: hasta hace relativamente poco tiempo la prensa cubana publicaba con cierta periodicidad articulillos acerca de la enorme deuda de la población con el Estado debido a los atrasos en los pagos de los artículos electrodomésticos –principalmente refrigeradores chinos de bajo costo, en sustitución de los viejos equipos norteamericanos de antes de 1959, y de los soviéticos de los años 70 y 80– que fueron distribuidos masivamente al calor de la llamada “revolución energética”  por idea de… Bueno, todos sabemos a quién se le podría ocurrir tamaña idea. En fin, que los periódicos divulgaban gráficos que reflejaban la marcha de dichos pagos, por provincias y por municipios, e incluso, la evolución en el cumplimiento de tales débitos se erigió en uno de los indicadores a tener en cuenta a la hora de otorgar a las provincias la condición de “vanguardia” o “destacada” en la emulación por la sede del acto central por el 26 de julio.

Por algunos meses el tema de los impagos fue recurrente en la TV y en la prensa plana, que exhortaban a la población a amortizar aquello que “con tanto esfuerzo y sacrificio había adquirido el Estado en aras del ahorro energético y de elevar el nivel de vida del pueblo”. A fin de presionar a los deudores, las bodegas donde se adquieren los productos de la cartilla de racionamiento exhibían las listas de los “consumidores morosos” que aún no habían comenzado los pagos, se difundía que en los centros de trabajo se descontarían de los salarios de los trabajadores los correspondientes plazos y hasta se sancionaría a los militantes del partido comunista que no hubiesen cumplido regularmente sus pagos.
 
Ahora, sumergidos en la mayor crisis socioeconómica que recordamos los cubanos, ya no se habla de dicha deuda ni se menciona a los morosos, como si de repente todos los deudores hubiesen liquidado la cuenta pendiente.  ¿O será que, con medio siglo de retraso, los hacendados han descubierto súbitamente que en realidad somos nosotros los acreedores?

UN SOLÁS DE SÁNDALO


ESLINDA DE NOVIEMBRE
Orlando Luis Pardo Lazo

Hay un mes del mundo en que yo veo una película cubana. La veo en formato paleolítico, en VHS, el único que conserva los grises medios del film, sin esos alto-contrastes de la copia digital. Una película cubana de los años 70 y, como tal, una película cubana censurada energúmenamente en su momento. (Hasta su director la ninguneó en sus entrevistas, pero es el ICAIC quien deberá pedir públicamente perdón ―y no sólo por este caso― si es que quiere existir en la forthcoming Cuba que casi se anuncia ya.)

El mes del mundo es noviembre. La película es, por supuesto, de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, el más sensible y sutil, el de potencial político menos panfletario (un tic defectuoso de Titón), hasta que el Síndrome de las Megaproducciones histórico-novelísticas lo sedujo y lo fulminó. Mala compañía para el cine son la historia y la literatura cubanas, con millones de peso pero en moneda nacional (sólo de interés numismático).

Hablo, casi ya en otro de día de noviembre, del filme Un Día de Noviembre que nunca se estrenara en 1972. De hecho, a pesar de sus exhibiciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un Día de Noviembre todavía no se estrenó. Además, no me da la gana que se estrene jamás. Ese hueco negro la protege de la burocracia y el vulgo.

Lucía, un nombre que arrastramos desde Lezama Lima (acaso por la aliteración de la L), rebota aquí mejor que en las tres Lucías de unos años atrás, en la década prodigiosa de los 60. Pero esta Lucía linda tiene más musarañas en la cabeza y mucho menos que hacer dentro del argumento. Eslinda Núñez ríe. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad. Flota, fuma, fornica (la escena de sexo es maravillosa a pesar de haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál Premio Nacional de Cinetijeras).

El actor protagónico no actúa ni protagoniza nada. De hecho, era un amateur. Un hombre bello del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás, aunque después se arrepintiera por los pasillos (el amor en la Isla es desmemoriado desde antes del verso de José Martí). Para mí, un papelazo perfecto, precioso. Casi un conductor que se mueve entre actores de verdad, presentándonos una Cuba proletaria que parece europea mientras él espera su fin. Se muere, no come nada. Y el clima otoñal como hace décadas no ocurre en Cuba. Y los recuerdos revueltos de la guerra en el clandestinaje. Y una infancia de arenas. Y el sonido que recoge más bulla de barrio que los diálogos de la diégesis. Y los pinos (alguien tendrá que explicar la aversión de la Revolución cubana hacia los pinos, que ya sabemos que ni siquiera lo son). Y otra vez Eslinda Núñez, Eslinda forever, Eslinda superstar, fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente y un chorro de asfalto libre su pelo, con saya (cuando la saya era toda una declaración de erotismo), una Eslinda Nunca a quien desde 1972 espero sentado en un banco de parque para ofrecerle la fosforera adolescentaria de mi corazón.

Veo el mar de La Habana y veo el mar de Matanzas. Yo tenía un año en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo que recopilo lo mismo en las guaguas que en los cines de hoy. Esta es la película cubana de la soledad socialista. No bastó con el entusiasmo de ponerse a construir la sociedad mejor. La tristeza se queda. Es pegajosa como un slogan. Mientras más libres, mientras más reprimidos, mientras más jóvenes y saltarines con música anglo (entonces también prohibida), peor. Nada nos consuela. Todo es triste (es un verso de Virgilio Piñera). Y esa tristeza se la perdió de punta a punta el relato propagandístico de una Revolución con vocación de carnaval, donde “la fiesta innombrable” de Lezama Lima, es rematada por los siguientes versos de esa misma estrofa: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”. (¿Nacer aquí es un fiasco innombrable?)

Noviembre tras noviembre (a mi padre le gustaba un film yanqui creo llamado Dulce Noviembre), me siento ante el video VHS y rezo para que el cassettón no tenga hongos o esté muy rígido de polvo y olvido. Doy Play. Casi siempre pasada la medianoche, como ahora, y dejo correr esas escenas de un mundo perdido pero nunca podrido en mi imaginación. Los mismos temas, pero todo desvaído, suave, y a la vez hiperreal. La música que es de Leo Brouwer y del universo en pleno. Las camisitas paupérrimas, la corrección como último resquicio de civilidad. Como si los revolucionarios de aquella época (porque se asume tácitamente que todo ser en pantalla lo tiene que ser) fueran un tin náufragos todavía con la esperanza de recalar en un puerto seguro. Como si la vida, detenida momentáneamente por el vértigo de la Revolución, estuviera a punto de comenzar de verdad.

No sé. Cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos yo ya no doy más. Cuando Lucía y Bello se funden en primer plano de manos tras toparse entre las rocas violentas de un clima de fiordo, Orlando Luis comienza delicadamente a llorar. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Que se burlen ahora los patrioteros de la guardia web siempre en alto (la guarida de Lagarde y sus lameguardias). Que vociferen (sólo yo los escucho) que los mercenarios no tienen memoria ni derecho a un pañuelito de holán fino por la Libreta. Y que se jodan también, por supuesto. Porque el dolor es la única patria que nadie me podría comunizar.

Un Día de Noviembre merece un remake. Un remake rodado en el exilio, se entiende (la original también fue rodada desde el exilio de una urbanística desconcertante, modernamente acubana). Una película que no repita rostros, sino que los descubra. Cuyos caracteres tal vez no tengan que repetir los parlamentos de 1972, sino simplemente mirarse a la cara (otra virtud de Humberto Solás), saber que el tiempo corre y es desesperante seguir estando en la misma escena ya obscena, angustiarse de que todo sea tan simple y sin embargo siempre nos sale al revés, y recordar además esos rostros que abandonamos en un apartamento de Cuba para irnos a envejecer a ninguna parte en especial.

Ningún crítico de cine podría entender de qué se trata. Ningún espectador profano o erudito coincidiría conmigo. Ningún tirador de sala oscura dejaría de acosar cuerpos por esta película en blanco y negro cuyo original en celuloide acaso ya se fermentó (como medio archivo del ICAIC en los ex-estudios de Cubanacán). Esta columna es entonces privada. Un secreto con esencia de sándralo que sólo tú sabes a qué sabe.

Los Intocables

Como siempre, un chiste de humor macabro resume una realidad cubana con precisión insuperable: Tres comensales de diferentes nacionalidades celebraban el coraje de ciertas prácticas que acontecían en sus países. El holandés afirmaba: – Temerarios nosotros, que salimos en grupo a buscar prostitutas, sabiendo que de entre todas, es casi seguro que alguna tenga el [...]