Fotografía tomada de Internet
Después de un prolongado tiempo sin participar en los debates de los lectores, me motivan los comentarios suscitados a partir del post “Cuba: posibles escenarios de salida”, que –como declaré al final de ese texto– fue escrito precisamente con la intención de que se discutieran las propuestas que en él enuncio.
Haciendo una revisión general, algunos comentaristas coinciden en puntos que casi podrían considerarse acuerdos, como por ejemplo, la preferencia porque en Cuba se produzcan cambios de modo pacífico, la búsqueda de consensos, eliminar las exclusiones, superar la desidia social, renunciar a las posiciones de odio y alentar el protagonismo de los jóvenes. Otros lectores exponen puntos de vista algo más complejos; existen también posicionamientos extremos y no faltan pesimismos (justificados, por cierto) de quienes creen que nada vale la pena. Quiero insistir de manera preliminar que, en lo que a mí respecta, todos los criterios me resultan valiosos, pero no puedo evitar discrepar en algunos casos y matizar en otros. Si queremos consensos, habrá que construirlos. Trataré de ser lo más concisa posible, pese a que un escenario tan dilatado, turbio y complicado como el de la realidad cubana actual y las circunstancias que nos llevaron a él no se pueden resumir en este pequeño espacio ni se agota en un foro de tan modestas proporciones como el nuestro. Les pido, pues, me tengan paciencia. Voy a dedicar dos post (no necesariamente continuos) a los temas tratados, a fin de evitar un texto demasiado extenso.
Voy a basar algunos de mis criterios en puntos de interés que se han mencionado entre los comentaristas. Un lector opina que la intervención de organismos internacionales que propuse como posible salida a una crisis humanitaria no debe considerarse, ya que tal caso debió producirse antes de 1994, cuando el hambre y la miseria alcanzaron elevadas cotas en medio de la agudización de la crisis económica al desplomarse en campo socialista, fenómeno que oficial y eufemísticamente se dio en llamar “Período Especial en Tiempo de Paz”. Sin embargo, a pesar de la dureza de aquellos años y particularmente entre 1993 y 1994, no se llegó a producir lo que pudiera definirse como una “crisis humanitaria”. Es cierto que hubo un amplio sector de la población que resultó más vulnerable, entre ellos los ancianos sin apoyo filial, los niños de hogares disfuncionales, las familias de menores ingresos y, por supuesto, los grupos más frágiles en situaciones de crisis: discapacitados físicos y mentales, personas con enfermedades crónicas, indigentes, etc. Pero simultáneamente hubo factores que ayudaron a paliar con relativa celeridad los embates de las carencias, entre ellos están la despenalización del dólar, las inversiones de capital extranjero, la proliferación de trabajadores por cuenta propia y –por supuesto, con un papel importantísimo–, las remesas familiares. Tampoco hay que olvidar que por entonces la cartilla de racionamiento era “más generosa”, habida cuenta de que se distribuía una serie de productos que –por muy mala calidad que tuvieran– servían las mesas más pobres. Conservo las cartillas de aquellos años, significativamente más voluminosas que las actuales. No me malinterpreten, no niego los terribles males sufridos entonces por la mayoría de los cubanos, pero siguiendo los parámetros que establecen los organismos internacionales, hasta ahora en Cuba no se ha producido realmente una crisis humanitaria como sí ha ocurrido por ejemplo en Ruanda, en la extinta Yugoeslavia, en el propio Haití, y en otros muchos puntos del planeta, con los ingredientes de masacres, hambrunas que han cobrado miles de vidas humanas, epidemias permanentes, guerras, enfrentamientos (étnicos o de otro tipo), descontrol social, ausencia de autoridad, etc.
Por otra parte, la emigración de 1994 fue masiva, pero ello no es requisito único y suficiente para una intervención de dichos organismos. También habían sido masivas migraciones anteriores, como la de 1980 (Mariel), la de Camarioca, en 1967; y la de los primeros años de la revolución, digamos entre 1959 y 1963, cuando se definieron posiciones extremas tanto al interior de la Isla como en su política exterior, y se polarizó el proceso, lo que dio lugar a la salida de miles de cubanos que fueron afectados en alguna medida por las leyes dictadas por el nuevo régimen, que pensaron que la revolución sería un período breve y transitorio o que, sencillamente, no compartían las políticas de Castro, entre otras causas. Emigraciones masivas hay en el mundo entero desde los países más pobres hacia los más desarrollados y ricos. Las revoluciones también han sido impulsoras de procesos migratorios. Es la historia de la Humanidad, y poco podrían hacer los organismos internacionales al respecto.
Otra posición que no comparto, pero que propicia un debate de capital importancia, es la eterna acusación a la juventud. No me parece razonable ni muy ajustado a la realidad el criterio de que los jóvenes cubanos sean indolentes, irresponsables o acomodados. Es cierto que hay una crisis general de valores, que la falta de expectativas crea un sentimiento de frustración entre la juventud y que la fuga de la Isla se ha convertido en la esperanza de miles… ¿de jóvenes? ¿No es acaso lo que han visto y ven hacer a sus mayores desde hace décadas? ¿No ha sido y es el anhelo de decenas de miles de cubanos bien adultos? Hace 50 años también han estado emigrando jóvenes que no se decidieron por transformar una realidad que rechazaban o que eligieron (palabra sagrada, por cierto) hacerse un destino lejos de su país de origen. No son, entonces, “los jóvenes de hoy” quienes eluden el enfrentamiento o la promoción de las libertades cívicas. No son exactamente los de ahora los apáticos. No es justo. Tampoco podemos olvidar que esos jóvenes de hoy nos vieron a nosotros (sus padres y abuelos) eludiendo la responsabilidad, fracasando en nuestros proyectos profesionales, sobreviviendo en la doble moral del acatamiento en público y la protesta en privado, aceptando, mintiendo, muchas veces asintiendo en silencio cómplice, y siempre temerosos.
Menos cierto aún resulta negar a la juventud actual su espíritu contestatario. Ellos pueden sentirse desorientados o a veces confundidos, pero son de muchas formas inconformes y rebeldes. ¿Por qué exigir a ellos lo que los más experimentados, los más reflexivos y más preparados no hemos sido capaces de hacer? No digo que dejemos las cosas como están; digo que les contagiemos la voluntad y les despertemos el valor que todo joven lleva por dentro; digo que tracemos un camino de libertad y muchos de ellos nos arrollarán por él. Ahí está el fenómeno de la blogósfera alternativa, que comenzó por un puñado de cubanos, mayoritariamente adultos maduros, y hoy cuenta con un buen número de jóvenes valiosísimos. Implicar a la juventud requiere del involucramiento directo –con acciones positivas– de los menos jóvenes, miembros de todas las fuerzas de la incipiente sociedad civil, incluyendo los opositores de todos los signos que deben trabajar en ello.
Los jóvenes se han visto frenados durante medio siglo, hundidos en la bruma de un sistema que les dijo que el futuro ya estaba hecho, que el destino estaba trazado por un proceso nacido de la violencia. En casa no les dijimos: “Vamos, cambiemos las cosas, exijamos nuestros derechos y hagamos la Cuba que queremos”. En realidad les dijimos: “Quédate tranquilo; no les creas, pero calla para que no te perjudiques; finge obediencia, estudia, prepárate, un día cambiarán las cosas… Y si no cambian, vete: busca un mundo mejor lejos de este moridero. No vale la pena luchar contra los molinos de viento, los demás en definitiva no lo agradecen ni lo merecen”. Esa ha sido la verdad nacional. No hemos sido exactamente un paradigma de civismo y responsabilidad para los jóvenes. Es más, les hemos fallado, ¿cómo reclamarles por aquello de lo que somos responsables? ¿Quién los hizo como son? ¿Somos acaso mejores que ellos? No lo creo. Y agradezco de una manera muy especial que algunos lectores hayan traído al debate un tema tan crucial como el del papel de los jóvenes en el proceso de cambios, porque ganar la confianza de ellos y comprometerlos en el fin de la dictadura y en la reconstrucción de la nación es la mayor de las utopías posibles en la Cuba de hoy. Pese a todo, yo al menos, sigo apostando por los jóvenes.