Adivinaciones
Nota: Este trabajo fue escrito originalmente para la revista Voces y publicado en su número 5, correspondiente a enero de 2011.
Quiero iniciar con una declaración de principio absolutamente rigurosa y rigurosamente cierta: respeto los credos religiosos de todas las personas de cualquier parte del mundo. La segunda declaración que haré es tan vertical y sólida como la primera: me reservo el derecho de cuestionarme determinados aspectos de las prácticas mágicas o religiosas en tanto me provoquen dudas –ya sea motivadas por mi propia ignorancia o por la naturaleza, experiencias y consecuencias de dichas prácticas–, así como también me atribuyo el legítimo derecho que me asiste a exponer públicamente lo que pienso al respecto. Agnóstica por cuenta propia y antropóloga por formación, para mí lo más importante es el hombre mismo, más allá de los credos o las dudas. Establecidos estos precedentes, voy al tema.
A lo largo de la historia, la humanidad siempre ha sentido la tentación de descifrar el futuro, y cada cultura en su momento ha sucumbido a ella de una u otra manera. Desde los orígenes mismos, los primitivos cavernícolas consultaban los astros, las entrañas de los animales y hasta los árboles y las piedras; pintaban devotamente las paredes de sus rústicas cuevas con bellos dibujos y practicaban ritos propiciatorios para favorecer la llegada y permanencia de la prosperidad y los buenos tiempos. Supuestamente superada la “barbarie” y surgida la “civilización”, han transcurrido varios miles de años de dura marcha para la humanidad y nunca ha faltado la inspiración del oráculo. Predecir los acontecimientos para así preservarse, protegerse de ellos o tratar de conjurar las amenazas, hoy continúa siendo una práctica que atrae a millones de personas de los más disímiles credos y culturas en todo el planeta. Pretender que el desarrollo tecno científico alcanzado por la humanidad ha desplazado las prácticas mágicas de carácter oracular, no pasa de ser una pedantería de los más ilustrados: en el fondo el hombre sigue siendo tan supersticioso como cuando habitaba en las cavernas, y casi igual de ignorante, con perdón de los cavernícolas. De hecho, en nuestros días algunos oráculos se pueden consultar por Internet, en lo que podría parecer a simple vista la inversión de la ecuación: la tecnología al servicio de la superstición.
Es así que ninguna sociedad, por desarrollada o sofisticada que sea, ha abandonado esa tradición adivinatoria universal. Sin importar el vehículo utilizado para el ritual profético –sea el Tarot, el I-chin, el Horóscopo u otro cualquiera– la fascinación de atisbar un futuro sujeto a la incógnita de un Destino suprahumano predeterminado, parece desafiar a los tiempos. Y no es para menos. El hombre es el único ser vivo consciente del signo perecedero de la vida, de su carácter efímero y de su propia fragilidad, lo que convierte al Destino en uno de los misterios más tentadores de la existencia humana.
Sin embargo, desde cierto punto de vista, la preocupación por el futuro –pese a su romántico halo, mezcla de enigma, magia y embrujo–, no es más que una manifestación de profundo sentido práctico: conocer lo que ha de acontecer permite optimizar al máximo nuestra breve estancia en este mundo. Y, sin dudas, los hombres más prácticos de todos fueron y son, los adivinadores… los profetas; porque ellos, intérpretes ocasionales de arcanos símbolos, no solo hacen creer a los demás que poseen dones superiores para penetrar los secretos del porvenir sino que, además, tienen realmente la capacidad de influir en la voluntad de amplios sectores de las sociedades humanas y obtener beneficio de ello.
Cuba, profecías de la supervivencia
El substrato mágico de las profecías está bien abonado en las religiones. En todas ellas hay augurios, anunciaciones, prodigios y hasta encantamientos que no preciso enumerar aquí. La mitología universal, en sentido genérico, con su fascinante carga poética, ha sembrado de imágenes, parábolas y tradiciones las culturas humanas. Cuba, país de un sincretismo religioso peculiar, no es una excepción. La mezcla dispar y nunca bien delimitada de la religión católica de herencia española, de credos animistas complejos de herencia africana y ciertas reminiscencias mágico-religiosas de las fenecidas culturas aborígenes, caracterizadas por el culto a los antepasados –como componentes fundamentales de ese sincretismo– parece marcar en una gran parte de la sociedad cubana una especie de predisposición natural a la religiosidad; predisposición que ha crecido exponencialmente en los últimos años, signados por la agudización de las carencias, por la pérdida de valores y por la urgente búsqueda de salidas.
La sociología y la Historia nos demuestran que las prácticas religiosas –como los hombres que las profesan– se parecen a su época. El signo de “vale todo” que caracteriza la permanencia en un estado de precaria supervivencia se ha empoderado de la espiritualidad cubana hasta tal punto que mucha gente busca esperanza y asidero simultáneamente en todos los nichos de fe. Todos los credos valen a la hora de vislumbrar una salida personal a la crisis, por lo que no es difícil encontrar un mismo individuo en escenarios tan distintos como una misa en la Catedral, la consulta de una cartomántica o el tablero de Ifá. Rosarios, runas, cartas y caracoles pueden ser el parapeto que protege de los males que arremeten sus embates desde cualquier esquina.
En medio de tan caleidoscópico panorama mágico-religioso, las predicciones de la Letra del Año, tradición de remoto origen nigeriano, creencias muy disminuidas en África bajo el arrollador empuje protestante primero y musulmán después, paradójicamente ha venido ganando adeptos en Cuba, atraídos unos por el impulso de la fe sincera, otros por la necesidad de descubrir una luz de esperanza y todos por encontrar una señal del futuro que las circunstancias han ido tornando cada vez más incierto.
Sin embargo, como fenómeno propio de esta sociedad y de esta época, tampoco la Letra del Año puede sustraerse a las reglas no escritas que imponen la supervivencia y la incertidumbre. No son pocas las contradicciones que se ocultan tras una ceremonia ritual que –quizás sin proponérselo– refleja en parte los mismos vicios de origen que la sociedad de la que pretende hacer augurios. Para comenzar, cada año se revelan en Cuba dos letras: una divulgada por el Consejo Cubano de Sacerdotes Mayores de Ifá, sociedad cuya sede es una amplia casona ubicada en Prado, frente al Parque de la India, en la capital, abiertamente aupada, reconocida y protegida por las autoridades cubanas para servicio de sus intereses políticos; y otra que se difunde por la Comisión Organizadora de la Letra del Año “Miguel Febles Padrón”, declarada “independiente”, y que se hace pública desde una modesta casa templo del municipio 10 de Octubre, en La Habana, en la que cada año se reúnen numerosos babalawos que esta vez –según se declara en el documento impreso que publicaron– contaron con “el respaldo de los Sacerdotes de Ifá de todas las familias de Cuba y sus descendientes en el mundo”, lo cual por sí mismo se contradice con el hecho de que existan dos predicciones independientes en una misma religión.
Por otra parte, el carácter universal que los sacerdotes de Ifá declaran para su oráculo le imprime inconsistencias a su credibilidad al lanzar predicciones tan generales que resultan eventos previsibles para cualquiera sin necesidad de consultar el tablero de adivinaciones. Sobre este aspecto volveré brevemente más adelante.
Otros elementos a considerar son las predicciones propiamente dichas, tomando en cuenta las secuencias anuales, los acontecimientos de interés social que pronostican, las recomendaciones que se hacen, etc.; así como el cumplimiento o no de las Letras de años anteriores; lo ininteligible de sus refranes y lo ambiguo y vago de su lenguaje, entre otras cuestiones esenciales. Por la independencia que se atribuye a la Letra dictada por la Comisión Organizadora con sede en el municipio 10 de Octubre, es la que tomo aquí como referencia, evitando en lo posible el contaminante tufillo oficialista que pudiera dimanar de la otra.
Por ejemplo, las Letras publicadas en los años 2005 y 2007 son idénticas en muchos de sus contenidos. Los apartados que se dedican a las enfermedades de cuidado, los acontecimientos de interés social, los refranes del signo y casi todas las recomendaciones, fueron textualmente copiadas de la primera a la segunda. Dos años que, sin embargo, en muchos aspectos resultaron bastante diferentes entre sí y justo en medio de los que se produjo la trascendental proclama de Fidel Castro (2006) en la que delegaba el poder en su hermano y en una pequeña comisión de personalidades que ocupaban altos cargos gubernamentales que formaban, entre otros, tres de sus hoy defenestrados acólitos. Si algún mensaje sobre esto se enunció en la Letra de enero de 2006, debió ser muy críptico, porque nadie lo descubrió entre predicciones, recomendaciones y refranes.
No hay que decir que algunos otros elementos de la Letra del Año son pura hojarasca. El anuncio de “la muerte de personas de edad avanzada y de personalidades públicas de la cultura y de la política” que ha asomado en alguna de las últimas Letras es realmente obsoleto, pese a que los más fanáticos insisten en que el deceso de varios ancianos históricos en Cuba estaba anunciado por el tablero de Ifá y sus intérpretes, los babalawos. Predecir la posibilidad de muerte de ancianos o “personalidades públicas de la cultura y la política” que rondan o traspasan el umbral de los 80 años –especialmente cuando es conocido que muchos funcionarios que ocupan altos cargos son ancianos comprometidos con la nomenklatura–, no solo es un facilismo pueril, sino que constituye una burla a la inteligencia popular. También parece un acomodo dramatúrgico el anuncio de “pugnas por el poder” después del retiro forzoso del senil comandante. No hay que agitar caracoles para “adivinar” que los intereses acumulados por la clase en el poder a lo largo de medio siglo conducirían inexorablemente a enconadas pugnas entre las diferentes tendencias que por fuerza existen en la cúpula gobernante en cuanto el aglutinador histórico de esas fuerzas saliera de la poltrona presidencial. Las numerosas purgas ocurridas en los últimos años son el reflejo de un reacomodo de las fuerzas que emergen de esos conflictos, que, a la larga, posiblemente irán delineando el panorama político que servirá de escenario a los tan esperados cambios transicionales.
El lenguaje siempre ambiguo utilizado por los intérpretes de Ifá permite que básicamente cada quien acomode el discurso a su manera e interprete lo que mejor entienda de su enrevesada y deficiente sintaxis, sobre todo cuando se le atribuye un alcance universal a los efectos pronosticados. Que habrá lluvias, penetraciones del mar, sequías, enfermedades epidémicas, guerras, ocupaciones militares, terremotos, huracanes o naufragios, son augurios que pierden autenticidad cuando se aplican en general a todo el planeta, porque es obvio que éstos son sucesos que invariablemente se repiten cada año en una u otra región de la Tierra. ¿No debería ser Ifá más específico para hacer su ayuda más efectiva? ¿O acaso son los sacerdotes quienes no interpretan a cabalidad sus augurios? En mi opinión, estas limitaciones se producen por el empeño de aplicar a religiones de tipo local, y propias de estadios de desarrollo inferiores, una relevancia universal.
La más reciente, la Letra del Año 2011, repite el signo regente de 2010, tiene como divinidad regente a Oggún (patrón de los herreros y los militares), lo que algunos cubanos han entendido como una complaciente aquiescencia o quizás un simpático guiño cómplice al General Raúl Castro. Este año se mantiene la muy socorrida amenaza de guerras, confrontaciones e “intervenciones militares”, un discurso demasiado parecido al ya desgastado y repetido hasta el cansancio desde el gobierno cubano con el objetivo de mantener la sujeción “del pueblo” en torno a un imaginario ataque enemigo. ¿No debería ser Ifá más creativo? No, probablemente dirán los sacerdotes que la Letra se refiere a acontecimientos que se producirán en otros países del mundo.
También debe ser una curiosa coincidencia que, a tenor con la llamada “renovación del modelo” propugnada por el General Castro que comenzó hace algún tiempo con medidas como la entrega de tierras en usufructo a los campesinos, la Letra del Año 2011 aprovecha para incluir en sus recomendaciones “restaurar o eliminar, rotundamente, viejos esquemas políticos para disfrutar de un nuevo orden social”. Y de un golpe se queda bien con Dios y con el Diablo: cambios es el clamor popular desde hace años y es también, desde hace poco tiempo, la necesidad urgente del régimen para retener el poder por un plazo de gracia. Diríase que, en lugar de proponernos profecías para conducirnos adecuadamente por la vida, las propuestas de Ifá a través de sus sacerdotes nos mantienen sujetos al ritmo del modelo oficial, a la supervivencia y a los vaivenes del sistema.
Sin embargo, los creyentes se esfuerzan por encontrar entre las ambigüedades y rodeos de los patakíes del año un asidero que corrobore su fe y su esperanza en mejorar la vida. Es por eso que, en contraposición con el supuesto universalismo del oráculo de Ifá, los cubanos procuran encontrar aunque sea el menor signo de avance para Cuba… Y quien busca siempre encuentra. En esto influye, no solo la crítica situación socioeconómica en que hemos estado sumidos desde hace mucho tiempo, sino también la desinformación crónica que sufre la inmensa mayoría de los cubanos, dependientes de la magra comunicación que les llega de los medios masivos, estrictamente controlados por el gobierno.
Podría alegarse en contra de lo que aquí debato que la Regla de Oşa, el Ifismo, o cualquier aspecto relacionado con las tradiciones y principios de esta religión no responden a un carácter político; de hecho, así lo alegan muchos sacerdotes; pero esto no se ajustaría por completo a la verdad. Las religiones de origen africano han sido tan perseguidas por parte de este régimen como todas, o más aún, habida cuenta de que sus prácticas fueron largamente demonizadas, sus ritos debieron ser ocultos y sus fieles pertenecían a las capas más pobres y marginadas de la sociedad. Estas circunstancias y el hecho de existir bajo un gobierno totalitario imprimen un ribete político a todo elemento de la vida social en Cuba al que no escapan las religiones.
De las opiniones de un sacerdote
El propio Víctor Betancourt, babalawo que participa habitualmente en el ritual de la Comisión Organizadora de la Letra del Año, ha respondido recientemente a las preguntas que le dirigieron varios lectores del Diario de Cuba, y reconoce lo que yo definiría como falta de compromiso con las predicciones y sus efectos. Según Betancout, en respuesta a si se cumplieron o no las profecías de la Letra del año anterior, Le es muy difícil precisar la veracidad de las predicciones a quien no tiene a su alcance una fuente de datos, efemérides anuales, datos estadísticos anuales, etc.(…) Por ende, no puedo aseverar si se cumplieron o no. En el propio marco, Betancourt pide ayuda a los periodistas para verificar dicho cumplimiento, ya que ellos están más informados que él (y añado yo, que el propio Ifá) sobre lo que acontece en el mundo. Con esto, Betancourt atribuye a las predicciones y a sus efectos un carácter meramente mediático.
En respuesta a otro lector, que se interesa sobre el destino final de Fidel Castro, este sacerdote de Ifá sostiene que Castro (Fidel) “acata las recomendaciones de Ifá”, y por eso no ha muerto. Yo recuerdo, sin embargo, que Víctor Betancourt dedicó un ritual religioso a salvaguardar la vida del egregio comandante cuando en 2006 se vio al borde de la muerte. No parece reconocer influencia alguna de sus rogativas ante Ifá en aquella ocasión, o posiblemente no quiere desempolvar ese capítulo de su carrera religiosa. De cualquier manera, para ser un sacerdote, opino que le falta una pizca de fe.
No obstante, debemos pensar que su rogativa por el dictador más longevo de este Hemisferio no tiene carácter político, o que su lamento es sincero cuando dice que “Las preguntas de muchos periodistas siempre van dirigidas a la política del gobierno revolucionario y a la salud del mandatario. Siempre creímos que si decíamos públicamente, como ahora, que las enfermedades que van a aumentar su índice son las pulmonares, le estábamos enviando un mensaje directo a los Ministros de Salud de todos los países, así como a las personas de la salud de esa especialidad, las cuales, tienen todos los recursos y financiamientos para reforzar ese sector, creímos que era más plausible, antes de hacerle llegar el vaticinio al asmático, al tuberculoso, etc.” Por lo que a mí respecta, no me imagino a los Ministros de Salud del Reino Unido, Canadá o Suecia esperando la salida de la Letra del Año y las recomendaciones de los sacerdotes de Ifá para asignar el presupuesto correspondiente y trazar las estrategias del caso.
Después de las predicciones, las realidades
Debo confesar que en los últimos años me he interesado en la Letra del Año como fenómeno que reúne a un número significativo de individuos. Me despierta curiosidad entender los móviles de la espiritualidad humana. Creyentes o no, “por si acaso”, casi todo el mundo pregunta a principios de enero “¿Qué sacó la Letra esta vez, quién salió, qué anuncia?”; sin acabar de comprender que ellos mismos son los que deben encontrar las respuestas a las crisis de su existencia. Es un evento que, sin embargo, no se contagia demasiado en medio de esta sociedad crispada y en espera: no ofrece suficientes esperanzas como para despertar expectativas movilizadoras, no tiene fuerzas aptas para despertar la chispa. Por eso es astutamente tolerado por las autoridades.
Pero más allá de supercherías, de credos o de incredulidades, no es precisamente en el tablero de Ifá donde se juegan los destinos de Cuba. A mí no me sirve Oggún, guerrero de leyenda, como tampoco Raúl Castro, mito del guerrero que nunca fue. Los cubanos necesitamos paz después de guerrear medio siglo contra nosotros mismos. Ya fue suficiente.
Con todo respeto, sin el tablero de Ifá, puedo predecir que los tiempos de dictadura están llegando a su fin; que habrá cambios, quizás más de los que imaginamos; que tendremos finalmente una democracia imperfecta que habrá que pulir por muchos años más; que los niños de mañana no tendrán que jurar que serán como el Che… es más, que no serán pioneros; que habrá multipartidismo; que tendremos derechos; que los restos del totalitarismo serán barridos por los jóvenes y las venideras generaciones; que el camino será largo y difícil; que habrá que seguir desenmascarando caudillos, oportunistas y corruptos. Ese augurio no lo harán posible los orishas, lo haremos nosotros. Si los orishas finalmente se deciden a ayudarnos, mejor. Y en cuanto a mí, no me den caracoles mágicos… Denme Internet.