Archivo por meses: febrero 2011

Velando nuestro cadáver

Este 23 de febrero se cumple un año de la muerte de Orlando Zapata Tamayo tras padecer en huelga de hambre por unos 86 días. La prensa oficial se apuró a decir entonces que sólo había caído un mercenario más al servicio del imperio. Pero no todo el público sometido a esa propaganda lo vio así, incluso algunos comunistas confesos dejaron traslucir su perplejidad en comentarios que circulaban por la red de correos: ¿se puede dar la vida, insensiblemente, a cambio de dinero?


El viejo discurso de descrédito contra la disidencia, contra las diferencias, seguía transmitiendo el clásico patrón de pruebas: todos los “otros” carecerían supuestamente no sólo de razón, de motivaciones verdaderas, sino del más mínimo ideal o altruismo. Aunque ahora la deuda con la lógica dejaba a ese discurso sin asideros. Esta víctima era distinta, había cruzado el inmenso umbral de dolor de todo un pueblo hasta entrar en la muerte, yendo en andas de su propia y recia voluntad, allí donde los cubanos por cuestión de su cultura e idiosincrasia no van a cobrar o pedir, sino a ofrendar, a darse a sus semejantes. Aquella visión caricaturesca de disidentes masoquistas, además de títeres, que se buscan el ostracismo y la represión por unos cuantos caramelos que les lancen desde afuera, no parecía ni remotamente ajustarse al caso. Zapata lo dio todo, dio —y aquí este verbo adquiere plena significación— la vida.

El poder absolutista, que siempre ha mostrado rigidez cadavérica, no se permite siquiera en teoría un actor social que disienta legítimamente. Una persona al parecer pierde su más elemental condición humana cuando cuestiona o pone en entredicho ese poder vertical, obteniendo la exclusión que se reserva al monstruo, así el himnario revolucionario está lleno de términos deshumanizantes como “gusano”, “escoria”, “grupúsculo” con que a lo largo de la historia en Cuba se ha institucionalizado el pánico a las disconformidades.

Cabría preguntarle a ese mismo tribunal de censores impolutos, cuál es el prototipo de un disidente que hayan previsto, si es que le concedieran a la vida el derecho a la duda, a que quienes optan por vivir puedan creer que sea insostenible o imposible un modelo social monolítico. Ya que de la rica realidad y de las contradicciones ideológicas no parece emerger a la palestra nacional un antagonista digno de mínimo respeto, alguien a quien se le permita disfrutar el mismo espacio sin ser estigmatizado, entonces, dándole la palabra al juez que no acepta las partes: ¿hay algún tipo de oponente, a priori, aprobado? La persona que rete auténticamente al poder y sus axiomas ¿qué trámites debe seguir, qué condiciones cumplir, al menos en el papel, con tal que no se haga merecedora de castigos y calificativos propios de las ratas? Pero no. La misma compleja realidad y la historia nacionales, traen la respuesta: no está previsto. En una Revolución supuestamente más sagrada que la existencia de las personas a quienes alcanza en su torbellino, donde los medios se trastocan con los fines, sencillamente un buen ciudadano o es “revolucionario” o empieza a dejar de ser un ciudadano.

Se acorrala y aplasta “alimañas” con el pretexto de evitar el daño en los seres humanos o la comunidad. Al negar como individuos las razones o sinrazones del Estado que fuerza a una norma de convivencia degradante ¿cuál marca de diferencia nos queda, de humanismo tácito, en el límite, que nos evite confundirnos con las deformidades ciegas y asesinas que ilustran el bestiario oficial? Herirse a sí mismo, consiste en la prueba de actitud extrema, también casi la única a que puede acudir una persona acorralada y aplastada ya, para argumentar sobre su inocuidad y sus derechos humanos: actos como apartarse del rebaño llevado al seguro redil, la renuncia, el ayuno o el trágico suicidio… Zapata cruzó esos límites. Claro, tampoco fue suficiente: voceros oficiales lo catalogarían de perverso. Sin duda, se convirtió en un mártir.

Continúa la historia empezando donde mismo. También este 23 de febrero ha querido el azar que sea el cumpleaños de Pedro Argüelles, uno de los pocos presos que quedan de aquellos 75 condenados en la primavera de 2003, a pesar de que a mediados del año pasado el gobierno se comprometió a liberarlos todos a más tardar en noviembre de ese mismo año. Para esta fecha, por tanto, Argüelles había planificado su día de visita que le corresponde cada mes y medio aproximadamente. Yolanda, su esposa, tenía preparadas las jabas con lo que iba a llevarle, cuando recibió su llamada: decidía renunciar a esta visita, para pasar su cumpleaños en completo ayuno, como homenaje a la memoria de Orlando Zapata. Quien de nada dispone, aún halla una manera de fortalecerse y expresarse cívicamente, quitándose lo poco que dejan a su alcance.

Yolanda deberá esperar otros 45 días para ver al hombre que ama y del que se siente orgullosa. Con “Apátridas” suele englobarse a la disidencia pacífica, sinónimo aquí de traidor y monstruo. Argüelles ha visto prolongarse su encierro incluso más allá de la promesa gubernamental, hasta llegar a este día en que coinciden su cumpleaños y el primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata, precisamente por rechazar la única condición que hasta ahora le han puesto para salir de la cárcel: abandonar su patria.

Estamos velando nuestro cadáver y, al fondo del futuro cavernoso, tiembla una llama, una idea mucho más sobrecogedora que los ojos abiertos de un hombre sin vida: el ánima en pena de la patria “con todos y para el bien de todos”.

Velando nuestro cadáver

Este 23 de febrero se cumple un año de la muerte de Orlando Zapata Tamayo tras padecer en huelga de hambre por unos 86 días. La prensa oficial se apuró a decir entonces que sólo había caído un mercenario más al servicio del imperio. Pero no todo el público sometido a esa propaganda lo vio así, incluso algunos comunistas confesos dejaron traslucir su perplejidad en comentarios que circulaban por la red de correos: ¿se puede dar la vida, insensiblemente, a cambio de dinero?


El viejo discurso de descrédito contra la disidencia, contra las diferencias, seguía transmitiendo el clásico patrón de pruebas: todos los “otros” carecerían supuestamente no sólo de razón, de motivaciones verdaderas, sino del más mínimo ideal o altruismo. Aunque ahora la deuda con la lógica dejaba a ese discurso sin asideros. Esta víctima era distinta, había cruzado el inmenso umbral de dolor de todo un pueblo hasta entrar en la muerte, yendo en andas de su propia y recia voluntad, allí donde los cubanos por cuestión de su cultura e idiosincrasia no van a cobrar o pedir, sino a ofrendar, a darse a sus semejantes. Aquella visión caricaturesca de disidentes masoquistas, además de títeres, que se buscan el ostracismo y la represión por unos cuantos caramelos que les lancen desde afuera, no parecía ni remotamente ajustarse al caso. Zapata lo dio todo, dio —y aquí este verbo adquiere plena significación— la vida.

El poder absolutista, que siempre ha mostrado rigidez cadavérica, no se permite siquiera en teoría un actor social que disienta legítimamente. Una persona al parecer pierde su más elemental condición humana cuando cuestiona o pone en entredicho ese poder vertical, obteniendo la exclusión que se reserva al monstruo, así el himnario revolucionario está lleno de términos deshumanizantes como “gusano”, “escoria”, “grupúsculo” con que a lo largo de la historia en Cuba se ha institucionalizado el pánico a las disconformidades.

Cabría preguntarle a ese mismo tribunal de censores impolutos, cuál es el prototipo de un disidente que hayan previsto, si es que le concedieran a la vida el derecho a la duda, a que quienes optan por vivir puedan creer que sea insostenible o imposible un modelo social monolítico. Ya que de la rica realidad y de las contradicciones ideológicas no parece emerger a la palestra nacional un antagonista digno de mínimo respeto, alguien a quien se le permita disfrutar el mismo espacio sin ser estigmatizado, entonces, dándole la palabra al juez que no acepta las partes: ¿hay algún tipo de oponente, a priori, aprobado? La persona que rete auténticamente al poder y sus axiomas ¿qué trámites debe seguir, qué condiciones cumplir, al menos en el papel, con tal que no se haga merecedora de castigos y calificativos propios de las ratas? Pero no. La misma compleja realidad y la historia nacionales, traen la respuesta: no está previsto. En una Revolución supuestamente más sagrada que la existencia de las personas a quienes alcanza en su torbellino, donde los medios se trastocan con los fines, sencillamente un buen ciudadano o es “revolucionario” o empieza a dejar de ser un ciudadano.

Se acorrala y aplasta “alimañas” con el pretexto de evitar el daño en los seres humanos o la comunidad. Al negar como individuos las razones o sinrazones del Estado que fuerza a una norma de convivencia degradante ¿cuál marca de diferencia nos queda, de humanismo tácito, en el límite, que nos evite confundirnos con las deformidades ciegas y asesinas que ilustran el bestiario oficial? Herirse a sí mismo, consiste en la prueba de actitud extrema, también casi la única a que puede acudir una persona acorralada y aplastada ya, para argumentar sobre su inocuidad y sus derechos humanos: actos como apartarse del rebaño llevado al seguro redil, la renuncia, el ayuno o el trágico suicidio… Zapata cruzó esos límites. Claro, tampoco fue suficiente: voceros oficiales lo catalogarían de perverso. Sin duda, se convirtió en un mártir.

Continúa la historia empezando donde mismo. También este 23 de febrero ha querido el azar que sea el cumpleaños de Pedro Argüelles, uno de los pocos presos que quedan de aquellos 75 condenados en la primavera de 2003, a pesar de que a mediados del año pasado el gobierno se comprometió a liberarlos todos a más tardar en noviembre de ese mismo año. Para esta fecha, por tanto, Argüelles había planificado su día de visita que le corresponde cada mes y medio aproximadamente. Yolanda, su esposa, tenía preparadas las jabas con lo que iba a llevarle, cuando recibió su llamada: decidía renunciar a esta visita, para pasar su cumpleaños en completo ayuno, como homenaje a la memoria de Orlando Zapata. Quien de nada dispone, aún halla una manera de fortalecerse y expresarse cívicamente, quitándose lo poco que dejan a su alcance.

Yolanda deberá esperar otros 45 días para ver al hombre que ama y del que se siente orgullosa. Con “Apátridas” suele englobarse a la disidencia pacífica, sinónimo aquí de traidor y monstruo. Argüelles ha visto prolongarse su encierro incluso más allá de la promesa gubernamental, hasta llegar a este día en que coinciden su cumpleaños y el primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata, precisamente por rechazar la única condición que hasta ahora le han puesto para salir de la cárcel: abandonar su patria.

Estamos velando nuestro cadáver y, al fondo del futuro cavernoso, tiembla una llama, una idea mucho más sobrecogedora que los ojos abiertos de un hombre sin vida: el ánima en pena de la patria “con todos y para el bien de todos”.

Noticias de Guerra Avisada


Pocos países aventajan a Cuba en la producción diaria de malas noticias. Es una realidad dolorosa, que me gustaría desconocer, pero muy cierta: nos hemos convertido en competentes exportadores de noticias desagradables, sólo superados por un puñadito de naciones.

Tan es así, que más de un canal de televisión, más de un periódico del mundo, sostienen sus actualidades noticiosas gracias a Cuba y sus desafueros. Y ya sabemos que las buenas noticias del mundo no son las que llenan programaciones y columnas de opinión.

Cuando pisé suelo estadounidense, por ejemplo, casi de inmediato los diligentes productores de malas noticias me enviaron mi dosis correspondiente: le suspendieron a mi madre la cuenta de correo electrónico que mantenía por su desempeño profesional en una escuela de medicina.

Huelga decir que su incomunicación conmigo era, de momento, un arma eficaz para castigarme por mi actitud inaceptable.

En lo adelante he aprendido que las cuatro letras que dan nombre a mi país, vistas en titulares o pronunciadas por alguien que regresa de su viaje tropical, rara vez contienen algo como no sean carencias repetidas, despidos camuflados, represiones, prohibiciones, estrategias de nunca acabar.

Esta vez, la dosis de mala noticia me llega por un amigo insobornable -y temerario chateador-, que desde una filial de ETECSA (la única compañía telefónica de Cuba) en Santa Clara me advierte:

- Están retirando prácticamente todas las cuentas de internet a los trabajadores. No solo en esta empresa, sino en otras como Copextel también. El argumento es que hay demasiado personal con acceso, cuya labor específica no exige conexión a la red. Así que ya sabes, probablemente no volvamos a hablar más.

Y ya no sé si sorprenderme, indignarme, tirarlo a chanza, o seguir la ruta más frecuente para quienes hoy no viven en la Isla: desentenderme, mientras yo sí navego con total libertad por cuanto sitio me viene en ganas.

Pero aún no he aprendido a hacer esto último, y por eso digo: lo francamente pasmoso es la capacidad que exhiben los dueños de nuestra Isla para mudar de pretexto cuando cambian las circunstancias y es necesario reacomodar las prohibiciones.

Veamos.

Hasta hace muy poco, el argumento estrella para justificar la inaccesibilidad de los cubanos a la Internet, era más o menos este: “Tenemos un acceso limitado y costoso, vía satélite, porque los imperialistas americanos no nos dan acceso a cables de fibra óptica. Entonces, debemos priorizar a quienes más lo necesitan.”

Lo nunca aclarado era quién determinaba el grado real de necesidad entre un ciudadano y otro, o cómo explicar que sólo los extranjeros pudieran contratar en la Isla el servicio legal de conexión, y un cubano con dinero para pagarlo no.

Sin embargo, en esas estábamos.

Pero ahora sucede que el factor “satélite caro – conexión limitada – imperialistas bloqueadores” acaba de desaparecer por obra y gracia de la hermana República Bolivariana: desde Venezuela atracó en Playa Siboney un cable de fibra óptica desde el pasado 8 de febrero, que presuntamente habría resuelto el problema de una vez.

¿Cuál es el discurso ahora? ¿Qué palabras precisas, puntuales, estudiadas, se repiten a la hora de dar connotación social a este nuevo cable redentor?

Miremos las declaraciones a Prensa Latina de Waldo Reboredo, vicepresidente de “Telecomunicaciones Gran Caribe”, la empresa venezolano-cubana que rectorea la operación:

“El cable submarino posibilitará multiplicar hasta por tres mil la velocidad actual de transmisión de datos. Sin embargo, el tendido por sí solo no aumentará las capacidades de Internet en Cuba, pues el despliegue de conectividad no se resuelve de un dí­a para otro dado sus altos costos y la necesidad de otras inversiones.”

Entonces, ¿qué significa esto?:

“Nuestra prioridad es continuar la creación de centros colectivos de acceso, además de potenciar las conexiones en centros de investigación científica, educacionales y sanitarios”.

Más claro ni el agua: que nadie se frote las manos pensando en acceso normal, por ejemplo desde las casas. Que nadie crea que este cable ofrecerá navegación libre para los desconectados. Que Yoani Sánchez no lance fuegos artificiales desde su piso catorce.

Antes, el teatro de operaciones se prepara con toda intencionalidad: la nueva mala noticia, según la cual más cubanos perderán su acceso a la red de redes, no es casual. Como nada es casual en mi Isla causal.

Hablemos en castellano: la Batalla Electrónica ha empezado en Cuba, y el ejército se alista. ¿Cómo? Pues restando fisuras, posibles brechas aprovechables por el enemigo. Toda cuenta que no sea probadamente necesaria, ultra confiable, debe irse abajo o podría convertirse en munición enemiga.

No importa si es en ETECSA o en Infomed. Lo prioritario es asegurar los flancos. Dios nos salve de un bloguero incómodo aprovechando una cuenta no desactivada.

La mediatizada –por fortuna- conferencia del cibergendarme Eduardo Fontes a los bostezantes militares cubanos, no debe ser interpretada como un hecho aislado e inconexo: son los preparativos, es el preámbulo que nos avisa que el nuevo terreno de guerra (¡según sus propias palabras!) es Internet. Y en esa dirección marchan, combativos.

Sí, qué dudas cabe: Cuba compite con solidez en el mercado mundial de feas noticias, de malos presagios. Le queda pequeño despedir a millón y tantos  de trabajadores. Le queda pequeño apedrear a mujeres pacíficas que visten de blanco. Le queda pequeño silenciar, excluir, sancionar, desterrar. Ahora, lo insólito: mi Isla del Caribe es noticia porque ha decidido emplear Internet para incomunicar.

A veces me pregunto de dónde emana tanta inventiva, tanto caudal.

ALA, ESPAÑA, REDIEZ…!


Yoani-sanchez

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Volviendo al Pacto

(Tomado del Diario de Cuba, www.ddcuba.com, el día 21 de febrero de 2011)

Protesta de Baraguá

Protesta de Baraguá

Haciendo uso del derecho de contrarréplica, aprovecho el artículo de Miguel Fernández-Díaz, Zanjar el Pacto, para volver sobre aquel hecho histórico que ha generado y seguirá generando interpretaciones contrapuestas. Con ese fin he seleccionado cuatro de los planteamientos contenidos en su réplica.

1- “Es curioso –dice Miguel– que una relectura del pasado arranque con la confusión entre historia e historiografía, al definirse la primera como “sucesión de hechos realizados primero e interpretados después”. O peor, que todo el análisis se cobije bajo el paraguas semántico El Pacto de Zanjón, un hecho político, como si no lo fuera todo acuerdo entre bandos para poner fin a la guerra, id est: la continuación de la política a sangre y fuego”.

La historia, entendida como sucesión de hechos realizados por los hombres, es objeto de interpretaciones posteriores, que también son realizadas por los hombres, por lo que uno y otro momento están impregnados del subjetivismo que los individuos imprimen a todas las acciones en que participan. Esa fue la idea que expuse en mi artículo anterior. Ahora, aunque no soy partidario de las discusiones academicistas, añado que la historia, tal como llega a los lectores, no es un reflejo absolutamente objetivo de lo ocurrido, sino el resultado de la interpretación. De ello se deriva que la historia que conocemos es una combinación de hechos e interpretaciones, aunque el colega Miguel lo califique de “confusión”.

2- Más adelante, expresa: “La cosa sigue empeorando al considerarse ‘hecho histórico indiscutible’ que la Guerra de los Diez Años ‘comenzó liderada por hacendados criollos blancos [y] terminó con el liderazgo de negros, mulatos y blancos pobres’. Aquella guerra terminó por acción del Comité Centro… tras disolverse el gobierno mambí”.

Si estamos de acuerdo en que la guerra comenzó con el Grito de La Demajagua, tenemos que convenir en que: 1- se inició bajo la dirección de un grupo de hacendados blancos de Bayamo; 2- que la beligerancia se extendió hasta Las Villas para luego retroceder hasta la parte más oriental de la Isla; 3- que en su transcurso se fue tiñendo de negros y mulatos, que, iniciados como soldados, devinieron altos oficiales como Antonio Maceo, José Maceo, Jesús Rabí, Pedro Díaz Molina, Agustín Cebreco, Guillermón Moncada y Flor Crombet, lo que el historiador Jorge Ibarra, califica de transformación del ejército insurgente de una fuerza de plantadores blancos en un ejército popular multirracial y que Sergio Aguirre define como una curva de profundización democrática que nace con el heroico hacendado Céspedes y termina con el más humilde, por su origen, de sus mayores generales; 4- que esa guerra no terminó en las jurisdicciones del Centro el 10 de febrero, sino en Oriente el 7 de abril, cuando las fuerzas bajo el mando de Maceo, que abarcaban las jurisdicciones de Baracoa, Guantánamo, Sagua de Tánamo, Santiago de Cuba y la parte oriental de Holguín, cesaron los combates; una prueba de ello es que los delegados del Comité del Centro, cuando se dirigían al Departamento Oriental para informar de lo pactado, fueron testigos del desfile de los heridos del Batallón San Quintín, que acababa de ser diezmado por las fuerzas de Maceo. Es decir, que la guerra continuaba.

3- Dice Miguel que “La tesis que justifica el título es la conexión libresca de la política, como el arte de lo posible, con el Pacto del Zanjón, como “lo posible en aquel momento”, ergo el Pacto del Zanjón fue algo político. Así se oscurece que, además de posible (por algo se firmó), aquel pacto vino forzado por la sencilla razón de que los mambises perdieron la guerra.

Lo que afirmé, y reafirmo, es que la firma del Pacto del Zanjón fue una manifestación práctica y consecuente de lo posible en aquel momento, y por tanto contiene enseñanzas válidas en materia de política. Aunque Miguel lo considere libresco, en política -ámbito de las relaciones de poder entre clases sociales, estados o sociedad y Estado-, cuando una de esas partes fracasa en la realización de sus propósitos por los medios políticos acude al uso de la fuerza, con el objetivo de derrotar al otro; lo que el teórico militar prusiano Kart Von Clausewitz, definió como la continuación de la política por otros medios. Entonces, cuando la violencia fracasa y se regresa a las negociaciones, entramos de nuevo en el terreno de la política, donde cada parte trata de obtener, en esas condiciones, el mayor provecho. De ahí lo de arte de lo posible.

Lo anterior explica que al no obtenerse la independencia ni la abolición de la esclavitud, ni uno de los dos contendientes alcanzar la rendición del otro mediante la guerra, hubo que volver la mirada a la negociación, es decir, regresar a la política. Por eso el Pacto fue sencillamente una manifestación de lo posible. Lo acertado de esa decisión fue confirmado por la historia posterior: la liberación de los esclavos que tomaron parte en la guerra resultó un golpe de muerte para la esclavitud, mientras que de las libertades contenidas en las cláusulas del Pacto nació la sociedad civil legalizada.

4- Continúa Miguel: “Sin embargo, el despiste mayúsculo es colar aquel pacto en una relación de ‘fundamento para todos los movimientos sociales posteriores’, ya que habría concedido a los cubanos ‘las libertades de prensa, de asociación y de reunión’. Siempre es bueno saber de qué se está hablando. El Pacto del Zanjón reconoció esas libertades en el mismo sentido denunciado por Martí: ‘la dichosa libertad [que] permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir’ (El Diablo Cojuelo, enero 19 de 1869).

La denuncia de Martí, citada para desbancar mi planteamiento, no sirve de argumento, pues la misma está referida a la Cuba de 1869, una década antes del escenario que emergió del Pacto del Zanjón.

Gracias a la amnistía contemplada en el Pacto y a la permisibilidad para que los exiliados regresaran a Cuba, José Martí, Juan Gualberto Gómez y Antonio Maceo pudieron pisar nuevamente tierra cubana ¿Y a qué vinieron? Martí, a establecer contactos, intervenir en debates, escribir en diarios y revistas, participar en la conspiración de la Guerra Chiquita, hasta ser deportado nuevamente. Maceo, a ponerse en contacto con viejos amigos de la guerra y con la “Juventud de la Acera”, para preparar el movimiento en Occidente, en la medida que podía prepararse y realizar una labor idéntica en Oriente. Juan Gualberto, a luchar por la igualdad racial, a militar en clubes revolucionarios, a conspirar en la preparación de la Guerra Chiquita, donde conoció y trabó amistad con Martí, hasta ser deportado y al regresar en 1890 fundó la Fraternidad, donde publicó Por qué somos separatistas, por lo cual fue condenado a prisión. Sin embargo, haciendo uso de las libertades obtenidas y aprovechando la victoria judicial de los republicanos en España, mediante la que se declaró lícita la propaganda republicana sin imponerla por medios violentos, Juan Gualberto apeló la sanción y logró el falló a su favor. Gracias a ello pudo hacer propaganda independentista, sin llamar a la Guerra. El resultado habla por sí solo: cuando llegó a Cuba Gerardo Castellanos, enviado por Martí para preparar el nuevo alzamiento, ya existía en la Isla un movimiento organizado en varias provincias.

Además se crearon órganos de prensa, asociaciones económicas, culturales, fraternales, educacionales, de socorros mutuos, de instrucción y recreo, sindicatos y los primeros partidos políticos de Cuba. En 1879 se aprobó la Ley de Imprenta, en 1880 la Ley de Reuniones y en 1886 la Ley de Asociaciones, refrendadas por el artículo 13 de la Constitución Española, que entró en vigor desde 1878.

Por ejemplo, el Directorio de las Razas de Color, fundado en 1886, ya en 1892 agrupaba a 75 sociedades de toda la isla y en ese año celebró, durante una semana, una Convención en La Habana para discutir las aspiraciones de ese sector. Con independencia de la voluntad dictatorial del gobierno español, las libertades concedidas a Cuba fueron empleadas para la el reinicio de las lucha independentista en 1895. Luego los resultados de la contienda del 95 se reflejaron en la Constitución de 1901. Los derechos recogidos en esa constitución se ampliaron en la de 1940, que fue la base legal de todos los movimientos posteriores, hasta el asalto al Cuartel Moncada en 1953. Condiciones cívicas y políticas que hoy, a 132 años del Zanjón, constituyen una aspiración.

Los objetivos de este y del anterior análisis, amigo Miguel, son: 1- sacar al Pacto del Zanjón del lugar oscuro en que se ha tratado de colocar y demostrar que si la Protesta de Baraguá planteó la necesidad de continuar la lucha por la independencia, el Pacto del Zanjón la hizo posible y 2- llamar la atención acerca de la importancia que tienen la negociación y el diálogo en un escenario como el nuestro, impregnado de intolerancia, descalificaciones, repudios, tiros y machetazos.

Violencias domésticas

Foto:Francis Sánchez

Un día descubrí que mi esposa me acusaba de intento de asesinato. Se basaba en un poema hallado entre mis garabatos inéditos, donde yo manejaba el ensueño de la muerte justa que podría sobrevenir a un disparo liberador. Adelantándose al trágico acontecimiento, con el derecho que asiste a toda víctima potencial, publicó en la revista La Gaceta de Cuba —pues había obtenido una mención del premio “Julián del Casal” de la UNEAC—un poema inquietante: “después de la lectura de pedaleo de francis”. Su primer verso, en defensa propia, no puede ser más diáfano y contundente: “he descubierto que en un verso mi esposo me mata”.


Su escritura llegaba así, en letras minúsculas, propio de un alma aplastada, incluso antes de que yo lograse consumar en cualquier letra de imprenta mi poema causante del problema: “pedaleo”, que sólo tiempo después aparecería en mi libro Caja negra (Ed. Unión, La Habana, 2006). No hay que ser muy perspicaz para comprender que su denuncia femenina causaría cierto impacto, lo que vino a sumarse al revuelo ya levantado entre la crítica por la desgarradura de su signo expresivo —¿un rasgo generacional, incluso “genenacional”, compartido con este virtual victimario?— o, quizás, porque quedaba al descubierto el venero más oculto y lastimado de que estuviera manando su angustia.

Por estos días ella viaja a La Habana, a la Feria del Libro, allá está ahora mismo —lo que evidentemente aprovecho— presentando su último poemario: escribir la noche (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010), donde incluye el poema acusatorio. Como se ve, para el título del libro insiste en sacarse del horno unas letras que apenas crecen al contacto con el aire, por donde parece que alguien pasó un rodillo. No me voy a defender. Jamás pondría en duda que la masa de nuestro amor rezuma todos los dolores y traumas que ligan sinceramente las palabras. Somos carne de la misma carne. Matar y matarse, bordes de un mismo sueño. Siempre una tercera sombra camina detrás de nosotros.

A mi texto le faltaban también —primero que al suyo— las letras altas, mientras mi ansia de un “disparo imposible” apuntaba a abrir, finalmente, la puerta del suicida, un túnel “detrás de mi cabeza”. A veces lo que más nos junta son precisamente los miedos abusivos que intentan destruir y esparcir el lugar de una mirada humana sobre la tierra. Mi aborrecimiento por las circunstancias vividas ha tenido la forma hiperbólica de una muerte propia, un rompimiento tan entrañable como conmigo mismo, y el terror a esos tanques lanzados a la calle en una lejana China, pues desde siempre veníamos sintiéndolos avanzar. Definitivamente el velo de nuestra inocencia siempre estuvo rajado.

Véase que para ella, en sus versos, la bestialidad asesina entra y pasa sobre nosotros casi sin avisar, con el cerco cotidiano, “el tedio de la provincia, esa represión incolora e inodora, que también nos ha juntado más, como a huesos rotos. A continuación me limito a publicar, por primera vez, ambos poemas unidos, en el orden en que fueran escritos. Me entrego con plena conciencia de mi inutilidad como individuo, pero al mismo tiempo con esa temeridad de la especie que roza su perfección en el estremecimiento del amor —por la justicia, por la libertad, y por ella, Amada—, lo mismo que pudo sentir aquel hombre que detuvo brevemente un desfile de tanques que avanzaban —¿se supo su nombre, alguien lo recordará?— sobre la plaza Tihanamen.

(Ciego de Ávila, Cuba, 16 de febrero de 2011.)




pedaleo



pedaleo calle arriba con cierto orgullo
después de estibar gritos mohosos de mi mujer
y extraerle filo momentáneamente
a la idea de pagarme un disparo.
si estoy libre será porque he salido a sustituir aire, creo,
y odiarla, medir desde lejos
la ciudad que se pudre y descompone.
a través del hueco que deja la idea de una bala
pueden verse las burlas más pequeñas.
entre Napoleón y yo, por ejemplo, sólo caben circunstancias.

mi infancia envuelta en un pabellón de perfumes
le está vendiendo el cuerpo a soldados heridos de muerte.
pero esta placidez con que brota un castigo
por el surco que va dejando el sueño, no es menos sempiterna
que el corsé de la virgen o la joroba de Miguel Ángel
dormido en el andamio.

puede pasar —oyendo a este espejo tullido:
algún día me juzgan por mis actos.
no seré un expatriado. no estaré boca arriba
sobre el cemento como un pájaro con los oídos rotos.

aunque nunca dé fruto
aún mi destino ha de cumplirse fatal como una flor.

¿qué breve diferencia hay entre mis dos piernas
sin rumbo que amargan el vacío de la ciudad
y las de aquel chino
—pataleó en la horca—
cuando detenía avalancha de blindados
en la plaza Tihanamen
momentánea, simbólicamente?

coordino movimientos, me ahogo cielo abajo
y vigilo la mirada lívida de Dios,
la carroza de fuego o sus dos grandes ventanas vacías
por el túnel que va dejando
—soplo, a veces hundo los dedos, etc.—
este disparo imposible detrás de mi cabeza.

(Francis Sánchez, en Caja negra, Ed. Unión, La Habana, 2006.)




después de la lectura de pedaleo de francis



he descubierto que en un verso mi esposo me mata
y en otro evita matarme pedaleando sin rumbo la ciudad
mohosa hasta los cimientos.  el aire —dice— me salvó del  disparo,
lo salvó también a él de la misma bala rebotando en su nuca.
no sabe que yo leo sus poemas con orgullo
y no es porque el mismo verso donde se exorciza
logre acallar, extraerle filo momentáneamente a la idea
de matarme y matarse, sino porque me hace visualizar
con un sonido mínimo, verdades que me alivian.
balbucea:  “entre los hombres más grandes
y los más pequeños sólo caben circunstancias”.
sabe que vamos conquistando el olvido
y eso tendrá una inmensa ventaja: en esta vida
nadie nos juzgará por nuestros actos.

puedo sobrevivir a su odio momentáneo, incierto,
mientras oculto al olfato de mis espigas
la herida del disparo que no me regaló,
que fluye, indetenible.
puedo sobrevivir al hecho de que napoleón, miguel ángel,
los héroes sin nombre lo sostengan en el andamio
de la cotidianidad y no aparezca yo, sobre otro andamio
aún más endeble, brindando yacimientos como cuerdas.

puedo sobrevivir al dolor de que solo cargue en sus espaldas
los sacos herrumbrosos de mis gritos
y no mi cuerpo intacto como una bandera blanca
sobre su cuerpo en llamas.
y no mis manos deteniendo la avalancha de tanques
con que nos amenaza el tedio de la provincia,
el polvo de sus muros corrompiéndose
bajo la inclemencia del prójimo,
del hambre y de la desnudez de la provincia
y sus trenes amargos, siempre a destiempo.
y no mis hijos blondos,
hijos naciendo desde mí, desde antes de mí,
otorgándonos la verdadera inútil trascendencia.

no puedo sobrevivir al mazo del olvido,
a la ausencia de la cierva blanca contra el horizonte,
meandros  soñados bajo la misma pureza.
no se puede sobrevivir a los signos que abandonan una primavera
con miedo adolescente.
cuánto puede pesar un parque roto en la memoria,
los juramentos derramándose
junto al azafranado olor del flamboyán.
el roce de tus manos en mi asombro,
en la redondez de la angustia.
hay que sufrir mucho para volver a aquel perfume
y encontrarlo intacto en la memoria.

he descubierto que mi esposo me mata en uno de sus versos
o que pedalea la ciudad para no recibir en su nuca
el rebote del disparo que no me dio,
mi esposo que intenta un día de estos
sentarse a su lado, por fin solo, y conversar,
aun así, cuando leo en sus venas,
los túneles me descubren otros mundos vedados.

(Ileana Álvarez, en escribir la noche, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010.)

Violencias domésticas

Foto:Francis Sánchez

Un día descubrí que mi esposa me acusaba de intento de asesinato. Se basaba en un poema hallado entre mis garabatos inéditos, donde yo manejaba el ensueño de la muerte justa que podría sobrevenir a un disparo liberador. Adelantándose al trágico acontecimiento, con el derecho que asiste a toda víctima potencial, publicó en la revista La Gaceta de Cuba —pues había obtenido una mención del premio “Julián del Casal” de la UNEAC—un poema inquietante: “después de la lectura de pedaleo de francis”. Su primer verso, en defensa propia, no puede ser más diáfano y contundente: “he descubierto que en un verso mi esposo me mata”.


Su escritura llegaba así, en letras minúsculas, propio de un alma aplastada, incluso antes de que yo lograse consumar en cualquier letra de imprenta mi poema causante del problema: “pedaleo”, que sólo tiempo después aparecería en mi libro Caja negra (Ed. Unión, La Habana, 2006). No hay que ser muy perspicaz para comprender que su denuncia femenina causaría cierto impacto, lo que vino a sumarse al revuelo ya levantado entre la crítica por la desgarradura de su signo expresivo —¿un rasgo generacional, incluso “genenacional”, compartido con este virtual victimario?— o, quizás, porque quedaba al descubierto el venero más oculto y lastimado de que estuviera manando su angustia.

Por estos días ella viaja a La Habana, a la Feria del Libro, allá está ahora mismo —lo que evidentemente aprovecho— presentando su último poemario: escribir la noche (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010), donde incluye el poema acusatorio. Como se ve, para el título del libro insiste en sacarse del horno unas letras que apenas crecen al contacto con el aire, por donde parece que alguien pasó un rodillo. No me voy a defender. Jamás pondría en duda que la masa de nuestro amor rezuma todos los dolores y traumas que ligan sinceramente las palabras. Somos carne de la misma carne. Matar y matarse, bordes de un mismo sueño. Siempre una tercera sombra camina detrás de nosotros.

A mi texto le faltaban también —primero que al suyo— las letras altas, mientras mi ansia de un “disparo imposible” apuntaba a abrir, finalmente, la puerta del suicida, un túnel “detrás de mi cabeza”. A veces lo que más nos junta son precisamente los miedos abusivos que intentan destruir y esparcir el lugar de una mirada humana sobre la tierra. Mi aborrecimiento por las circunstancias vividas ha tenido la forma hiperbólica de una muerte propia, un rompimiento tan entrañable como conmigo mismo, y el terror a esos tanques lanzados a la calle en una lejana China, pues desde siempre veníamos sintiéndolos avanzar. Definitivamente el velo de nuestra inocencia siempre estuvo rajado.

Véase que para ella, en sus versos, la bestialidad asesina entra y pasa sobre nosotros casi sin avisar, con el cerco cotidiano, “el tedio de la provincia, esa represión incolora e inodora, que también nos ha juntado más, como a huesos rotos. A continuación me limito a publicar, por primera vez, ambos poemas unidos, en el orden en que fueran escritos. Me entrego con plena conciencia de mi inutilidad como individuo, pero al mismo tiempo con esa temeridad de la especie que roza su perfección en el estremecimiento del amor —por la justicia, por la libertad, y por ella, Amada—, lo mismo que pudo sentir aquel hombre que detuvo brevemente un desfile de tanques que avanzaban —¿se supo su nombre, alguien lo recordará?— sobre la plaza Tihanamen.

(Ciego de Ávila, Cuba, 16 de febrero de 2011.)




pedaleo



pedaleo calle arriba con cierto orgullo
después de estibar gritos mohosos de mi mujer
y extraerle filo momentáneamente
a la idea de pagarme un disparo.
si estoy libre será porque he salido a sustituir aire, creo,
y odiarla, medir desde lejos
la ciudad que se pudre y descompone.
a través del hueco que deja la idea de una bala
pueden verse las burlas más pequeñas.
entre Napoleón y yo, por ejemplo, sólo caben circunstancias.

mi infancia envuelta en un pabellón de perfumes
le está vendiendo el cuerpo a soldados heridos de muerte.
pero esta placidez con que brota un castigo
por el surco que va dejando el sueño, no es menos sempiterna
que el corsé de la virgen o la joroba de Miguel Ángel
dormido en el andamio.

puede pasar —oyendo a este espejo tullido:
algún día me juzgan por mis actos.
no seré un expatriado. no estaré boca arriba
sobre el cemento como un pájaro con los oídos rotos.

aunque nunca dé fruto
aún mi destino ha de cumplirse fatal como una flor.

¿qué breve diferencia hay entre mis dos piernas
sin rumbo que amargan el vacío de la ciudad
y las de aquel chino
—pataleó en la horca—
cuando detenía avalancha de blindados
en la plaza Tihanamen
momentánea, simbólicamente?

coordino movimientos, me ahogo cielo abajo
y vigilo la mirada lívida de Dios,
la carroza de fuego o sus dos grandes ventanas vacías
por el túnel que va dejando
—soplo, a veces hundo los dedos, etc.—
este disparo imposible detrás de mi cabeza.

(Francis Sánchez, en Caja negra, Ed. Unión, La Habana, 2006.)




después de la lectura de pedaleo de francis



he descubierto que en un verso mi esposo me mata
y en otro evita matarme pedaleando sin rumbo la ciudad
mohosa hasta los cimientos.  el aire —dice— me salvó del  disparo,
lo salvó también a él de la misma bala rebotando en su nuca.
no sabe que yo leo sus poemas con orgullo
y no es porque el mismo verso donde se exorciza
logre acallar, extraerle filo momentáneamente a la idea
de matarme y matarse, sino porque me hace visualizar
con un sonido mínimo, verdades que me alivian.
balbucea:  “entre los hombres más grandes
y los más pequeños sólo caben circunstancias”.
sabe que vamos conquistando el olvido
y eso tendrá una inmensa ventaja: en esta vida
nadie nos juzgará por nuestros actos.

puedo sobrevivir a su odio momentáneo, incierto,
mientras oculto al olfato de mis espigas
la herida del disparo que no me regaló,
que fluye, indetenible.
puedo sobrevivir al hecho de que napoleón, miguel ángel,
los héroes sin nombre lo sostengan en el andamio
de la cotidianidad y no aparezca yo, sobre otro andamio
aún más endeble, brindando yacimientos como cuerdas.

puedo sobrevivir al dolor de que solo cargue en sus espaldas
los sacos herrumbrosos de mis gritos
y no mi cuerpo intacto como una bandera blanca
sobre su cuerpo en llamas.
y no mis manos deteniendo la avalancha de tanques
con que nos amenaza el tedio de la provincia,
el polvo de sus muros corrompiéndose
bajo la inclemencia del prójimo,
del hambre y de la desnudez de la provincia
y sus trenes amargos, siempre a destiempo.
y no mis hijos blondos,
hijos naciendo desde mí, desde antes de mí,
otorgándonos la verdadera inútil trascendencia.

no puedo sobrevivir al mazo del olvido,
a la ausencia de la cierva blanca contra el horizonte,
meandros  soñados bajo la misma pureza.
no se puede sobrevivir a los signos que abandonan una primavera
con miedo adolescente.
cuánto puede pesar un parque roto en la memoria,
los juramentos derramándose
junto al azafranado olor del flamboyán.
el roce de tus manos en mi asombro,
en la redondez de la angustia.
hay que sufrir mucho para volver a aquel perfume
y encontrarlo intacto en la memoria.

he descubierto que mi esposo me mata en uno de sus versos
o que pedalea la ciudad para no recibir en su nuca
el rebote del disparo que no me dio,
mi esposo que intenta un día de estos
sentarse a su lado, por fin solo, y conversar,
aun así, cuando leo en sus venas,
los túneles me descubren otros mundos vedados.

(Ileana Álvarez, en escribir la noche, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010.)

El fin justifica los medios

Uno de los métodos de castigo ejemplarizante utilizado por el gobierno de la isla en la década de los noventas, fue convertir normas penales en administrativas. Ese es el caso del Decreto Ley 149 “Sobre confiscación de bienes e ingresos obtenidos por enriquecimiento indebido”, que en 1994, puso en vigor el Consejo de Estado.

La norma se dictó con el fin de aplicar “medidas eficaces y ejemplarizantes contra quienes obtienen un patrimonio ilegitimo acumulando riquezas y bienes materiales… resultado del robo, la especulación, el desvió de recursos perteneciente a una entidad estatal u otras oficialmente constituidas, participación en negocios turbios, actividades de mercado negro y otras forma de enriquecimiento”.

En el 2003, el mismo órgano estatal puso en vigor el Decreto Ley 232, que impone a los propietarios la confiscación o pérdida de derecho sobre las viviendas o locales, cuando en ellas se practiquen actos de corrupción, prostitución, proxenetismo, trata y tráfico de personas, pornografía, corrupción de menores, etc. Se aplica también a los que arriende su inmueble sin autorización legal.

No hay que ser conocedor de las leyes para saber que en el trasfondo de estas disposiciones esta la comisión de hechos delitos, que serán juzgados, no por un tribunal, sino por una autoridad administrativa. Al parecer las penas privativas de la liberta, resultaron insuficientes para la prevención social.

En la conversión de normas penales en administrativas, el gobierno ignoró por completo el respeto que debía a los derechos y garantías ciudadana. Por ejemplo, la aplicación de estos dos Decretos Ley, alcanza a terceros, que se ven obligados a responden con sus bienes por actos ajenos, cuando en un proceso penal la responsabilidad es individual.

Ambas disposiciones igualmente ignoran el principio de presunción de inocencia. En la confiscación administrativa concebida por los dirigentes históricos, el ciudadano, es quien tiene la obligación de probar que no es culpable. A eso súmele que los afectados no tienen forma de defenderse ante los actos de la administración que le sea lesivo, colocándoles en total estado de indefensión.

El Consejo de Estado facultó a la autoridad administrativa actuante, el Ministerio de Finanzas y Precios, en el caso del Decreto Ley 149, y al Presidente del Instituto Nacional de la Vivienda, en el 232, para imponer la confiscación y para revisar su decisión, cuando el afectado apelara el acto. Ignoraron totalmente el derecho que tienen los ciudadanos a ser escuchados públicamente y con justicia, por un juzgado independiente e imparcial.

Ambos decretos leyes impiden reclamar justicia ante los órganos jurisdiccionales, cuando toda persona tiene derecho a un recurso efectivo ante los tribunales nacionales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales reconocidos por la constitución o por la ley.

De poco sirve que la Constitución Estatal, garantice “la propiedad sobre la vivienda que se posea con justo titulo de dominio”, si para los dirigentes históricos, máxima expresión del Estado cubano y su revolución, esta es “el resultado de la obra revolucionaria”.

En ese sentido considera “inaceptable que personas inescrupulosas se aprovechen de estas conquistas y las utilicen en actividades de lucro y enriquecimiento personal”. Tanto así que decidieron castigos severos, para esos oportunistas, sin importarles que violaban principios constitucionales y los derechos ciudadanos. El fin siempre justifica los medios.

Laritza Diversent

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Todos felices

Fotos:Francis Sánchez
Caminar desde la base de campismo Playa Inglés hasta el Campamento Ismaellillo, en la costa sur, en la provincia Cienfuegos, me tomaba unos cuarenta minutos. A veces me detenía a hacer una foto como un pestañazo. No había tiempo que perder. Iba con el arrobo del padre que puede ver cómo su hijo es feliz jugando fútbol por primera vez en un evento oficial para niños entre 9 y 10 años. Se celebraba, durante la semana de receso escolar, entre 6 y 11 de febrero últimos, el Torneo de Fútbol para Todos los Niños y las Niñas, auspiciado por la UNICEF y el Ministerio de Educación.
Conmigo caminaban tres madres de jugadores de la provincia Sancti Spíritus que también habían traslado sus casas para estar lo más cerca posible de sus hijos. A veces las salvé de alguna vaca medioviva, un cangrejo o un lagarto. Carboneros improvisados aquí y allá, aruñando la vida, nos guiaban para destejer la maraña de marabú, o aroma, como también se le conoce a esta plaga que señorea sobre la campiña insular.

Del torneo: todos ganadores, alegres. Las provincias de Santiago de Cuba, Villa Clara y Granma ocuparon los primeros lugares, en ese orden. Ciego de Ávila mejoraba el lugar 14 del año anterior, ganando un digno octavo puesto, con sólo 1 derrota (ante el campeón), 3 empates y 3 victorias. Teníamos la peculiaridad de que en cada equipo había tres niñas, y en el nuestro ellas fueron determinantes al menos para un par de victorias en tandas de penaltis.  Para mi jolgorio definitivamente imparcial, paternalista, el capitán de este equipo y número 7 —pues sueña ser como el Guaje Villa y como Cristiano Ronaldo— hizo el gol decisivo del último juego, precisamente contra Sancti Spíritus.

El trío de colegas, madres amigas, por suerte en ese momento culminante se habían ocultado no muy lejos de allí, quitándoles presión a sus pequeños. Fue un arañazo o el sueño de un arañazo dado a la piedra, al diamante de la felicidad. No se renuncia, por las manchas en torno a los ojos, a palpar y recoger el frágil carbón, chispa petrificada al día siguiente.
Prefiero pasar por alto los sinsabores. Cuando se corre sobre el césped, o allí está el corazón con un hijo, todo es perfecto. Por semejante saldo ideal, apartaría, archivaría cualquier sospecha de que el campeonismo pueda dejar a unos inocentes indefensos, en manos de expertos, profesores de extracción muy humilde que busquen méritos para ganarse un viaje o una “misión” a toda costa. Olvidaría que a veces hay niños, supuestamente de quinto grado, que parecen demasiado grandes y maduros, pateando la pelota con un objetivo más definido que la simple alegría de jugar.