Pablo (no tan) Querido en Miami
El próximo 27 de agosto cantará Pablo Milanés en Miami. Según dicen las pancartas publicitarias, será un concierto histórico. Ya lo creo: lo mismo para sus seguidores, que para la Vigilia Mambisa. Unos perderán la voz de corear sus canciones; otros, afuera del American Airlines Arena, la perderán de gritarle comunista.
Qué dudas cabe: un concierto histórico.
Y no es para menos. Pablo no es un trovador cubano más. Pablo ha sido infelizmente confundido con Paulo FG (algunas protestas que ya pueden verse en Miami exhiben carteles que rezan: “Fuera Paulito Milanés”), pero a diferencia del salsero, Pablo es único, y es el otro componente del binomio más representativo de la música cubana en la era post-revolucionaria. Silvio y Pablo: el dúo mordaz.
Si a Silvio Rodríguez me une la admiración por la excelsa poesía de algunas de sus mejores canciones, y el desprecio absoluto que me inspira como hombre de ideas y más aún, como ser humano, con Pablo invierto un poco los factores: se me antoja más honesto y digno que el cantor del Unicornio, pero su música no es demasiado para mis oídos. La respeto, no la amo.
Cuando hablo de invertir los factores solo un poco, soy exacto: Pablito Milanés, nacido en la misma ciudad que yo, erigido en los últimos tiempos en un mediatizado crítico de la Revolución Cubana, no me ofrece confianza ni atención como artista comprometido. Más aún: se me antoja ligeramente oportunista.
(Un punto por aclarar: evaluarlo políticamente es justo porque él no escatima hablar de política. A José Ángel Buesa le preguntaron en Santo Domingo por la naciente Revolución Cubana, tras su salida de Cuba en 1959, y él respondió: “¿Ustedes le preguntaron de poesía a Fulgencio Batista cuando pasó por aquí hace una semana? No me pregunten de política a mí.” A José Ángel Buesa no se le puede evaluar con un rasero político. Pablo Milanés a veces habla de su música con la prensa extranjera.)
¿Por qué oportunista, el Pablo Querido?, sencillo: porque gritar cuando nos pisan el callo es muy simple. Gritar sin necesidad del pisotón, es muy diferente. Y no creo revelar ningún secreto cuando digo que el divorcio del gran trovador con la oficialidad cubana tiene fecha y casi hora: el instante en que sus propósitos con la Fundación PabloMilanés fueron desarticulados.
Desde entonces, pónganle una cámara delante, que él dirá lo suyo. Con mayor o menor acierto, pero lo dirá. Es posible que de repente suelte ideas como que la Revolución sí continuará tras la muerte de Fidel y Raúl Castro, cosa que a él le parece muy bien; es posible que afirme que Raúl y Fidel quieren reparar verdaderamente el país que han maltratado; pero también criticará la gerontocracia partidista que rige los destinos del país, apoyará duras declaraciones de Yoani Sánchez, y defenderá el talento y la actitud de los censurados Aldeanos. Bien por Pablo.
Sin embargo, no deja de resultar sospechosa y cuestionable la actitud de un artista que se muestra políticamente comprometido con la democratización de su Isla, a condición de estar fuera de ella.
¿Alguien ha escuchado a Pablo Milanés en Cuba enfrentarse alto y claro, decir sin medias tintas aquello que declara a los medios españoles o sudamericanos? ¿Dónde estuvo el Pablo que una y otra vez concede polémicas entrevistas en el extranjero, cuando 75 personas fueron encarceladas por escribir contra lo que veían a su alrededor, o cuando tres cubanos murieron ante un pelotón de fusilamiento por querer escapar del país? ¿Sería que por entonces no estaba fuera de Cuba y por tanto, el cerrojo de su garganta no desapareció?
Yo adoré al Pablo que invitó a los Aldeanos a cantar en el mismísimo Protestódromo de La Habana, sacándole la lengua a la férrea censura que cae sobre este dúo rapero. Pero me sabe a poco para admirarle como a otros.
Entonces viene Pablo a cantar a Miami. Y qué bueno que así sea. Aplaudo la alegría de quienes lo disfrutarán el venidero 27 de Agosto. Sin embargo, ¿qué hace, qué ha hecho, qué hará nuestro Pablo Querido para destrabar un intercambio cultural que ahora le favorece, pero que es intercambio en un solo sentido?
No hablo de palabras ante la cámara amateur de un joven realizador que le entreviste en La Habana. No. Hablo de esfuerzos verdaderos. Hablo de exigir y pelear por el derecho que poseen sus compatriotas del exilio, sus colegas de profesión, de cantar en el país que les vio nacer y del cual han sido despojados por obra y gracia de una ideología excluyente. Hablo de pronunciarse dentro, de utilizar sus conciertos, de exigir por escrito ante todos los Ministerios, con una firma que no es la de un cubano más: es la firma de Pablo Milanés.
¿Defendió alguna vez Pablo el derecho de Celia Cruz de cantar sus canciones en una plaza habanera como mismo viene a hacerlo él en el Arena de Miami? ¿Invitará públicamente a Willy Chirino a colaborar con él en la Isla, conociendo que Willy daría un pedazo de vida por cantar en su tierra? Una y otra vez: no.
Por eso yo, que defiendo con uñas y dientes el derecho a la libertad, y por ende el derecho de un artista a exhibir sus obras en cualquier escenario del planeta, no promulgo pero comprendo los reclamos de quienes de este lado del mar se sienten espoleados e indignados por la presencia de Pablo Milanés, y más aún: por la avalancha de artistas cubanos que pisan hoy suelo americano. (Claro está: de ahí a afirmar, como cierto personaje de cuyo nombre siempre me quiero olvidar, que Pablito no era un músico, sino un agente enviado por Castro, va un largo trecho que separa a los sensatos de los huérfanos intelectuales.)
Miami, dejémonos de nebulosas farsantes, no es una ciudad cualquiera. Miami ha sido desde hace medio siglo el oasis de las víctimas, los perseguidos, encarcelados, desterrados de Cuba, y eso no puede pasarse por alto a la hora de poner en perspectiva las circunstancias. No es lo mismo un retrato de Josef Mengele en una esquina de New York que en Jerusalén.
En lo personal no llevaré carteles ni alzaré una mano para condenar la presencia de mi coterráneo en esta simbólica ciudad, pero no me parece ilógico el razonamiento de quienes sí lo harán.
El asunto es de una complejidad ético-moral tremenda.
Si solo fuera Pablo, la alharaca se apagaría al día siguiente del 27. Pero la realidad es mucho más grave: prender la televisión de Miami, poner alguno de los canales hispanos, me ha llevado a preguntarme dónde estoy: ¿vivo o no vivo en Cuba?
Si Ulises Toirac trabaja en Mega TV antes de volver en unos meses al ICRT; si Nelson Gudín aparece a la misma hora en el show de América TeVé antes de regresar a la Televisión Cubana; si Osdalgia cierra reiteradamente con su música el programa de Alexis Valdés, y Gente de Zona anuncia sus conciertos en The Place y en Las Vegas; si Alain Daniel -¡colmo de colmos, lo nunca visto!- admite que esta vez no ha venido a ofrecer conciertos: solo empleará una semana en Miami grabando y masterizando su nuevo disco; si un connotado apologista de Fidel Castro como Cándido Fabré farfulla con su voz fantasmagórica que se siente feliz de estar en esta ciudad; si todos los cantantes, humoristas, pintores o periodistas que veía en Cuba hace siete meses son los mismos que veo ante las cámaras de este país, me cuesta un poco ubicarme en tiempo y espacio.
Pero más que todo, me cuesta mucho tragarme que esta realidad sea justa y aceptable. Me cuesta aplaudir el doble discurso de músicos como La Charanga Habanera, que en Cuba cantan “Tú llorando en Miami, yo gozando en La Habana”, y al pisar el Miami International Airport varían canallescamente el estribillo para agradar a quienes les llenarán los bolsillos: “Tú gozando en Miami, yo gozando en La Habana”. Me cuesta aceptar que los mismos salseros y reguetoneros que hoy se llevan una tajada notable gracias Miami y su público, gracias al capitalismo, a la economía de mercado, al país de las barras y las estrellas, sean los que de vuelta a la Isla canten en festejos por el 26 de Julio y celebren aniversarios de la misma Revolución que les niega la entrada a tantos residentes de Miami. Y que nadie me venga con cuentos: mi memoria tiene solo 27 años de uso, y 7 meses de exiliada.
Entonces, ¿en qué beneficia a la comunidad exiliada este eufemístico intercambio cultural? En nada. ¿En qué la beneficia económicamente? En lo más mínimo. Los beneficiados, los únicos que sacan provecho de que el puente que Manolín pedía en su canción ahora de cierta forma exista, son esos mismos artistas que juegan un doble rol, un papel bochornoso de sostenedores de la política cultural del establishment cubano, y al mismo tiempo, acuden a la morada del enemigo a llenar sus arcas.
No es lo mismo Frank Delgado en Miami, que Cándido Fabré. No es lo mismo Los Aldeanos, que Gente de Zona. No es lo mismo Pedro Luis Ferrer, que Pablo Milanés. No es lo mismo el paria entre los injustos, que el cómplice y el integrado a los injustos.
Demasiado jodida debe andar la moral de un país que grita consignas al enemigo, y acude después, en silencio, en busca del oro del enemigo. Mi buena fe para que el gran Pablito, el icono de la Nueva Trova, un ilustre bayamés, disfrute su estancia en Miami, y ojalá que los suspiros de dolor y nostalgia del millón y medio de emigrados que deambulan por esta tierra no le eclipsen su magnífica voz durante el concierto.









