Archivo por días: abril 21, 2012

¿Subsidio, martirio o suicidio?

Gráfico de: "gestiondocumentalparagentenormal.com"

Roberto es un señor jubilado de 71 años que se buscó un trabajo de sereno para compensar su insuficiente retiro y poder malcomer los treinta días del mes. Trasnochado por agotadoras jornadas, se tomó un trago de propaganda televisiva y se embriagó de entusiasmo. Pensó que podría obtener un subsidio para arreglar su casa y se metió en el bombo de la burocracia y corruptela estatales. “He dado más vueltas que un trompo —me dijo— y no he resuelto nada”. “Colas y más colas, papeles y más papeles…”. ¡Ni que me fuera a ir del país!

Una joven funcionaria que lo atendió una mañana le advirtió: “Abuelito, los materiales que le ofrece el estado a precios subvencionados son para reparar su vivienda, no para que los venda”. Se hizo un nudo en la lengua, porque no es bueno “fajarse con el cocinero” —pensó— y se tragó en seco la píldora de su respuesta. La residencia de Roberto es de mampostería, pero su techo a dos aguas es de tejas francesas que se colocan amarradas sobre papel asfáltico y ambas descansan sobre una estructura de madera. Como las vigas están podridas y la cubierta pandeada amenaza con caerle encima, consultó con algunos familiares y amigos para que lo ayuden a remendar su paraguas habitacional cuando obtenga el permiso para comprar materiales a precios favorecidos. También las paredes necesitan atención, pues desde finales de la década del 60 no ha podido hacerle una reparación capital a su inmueble.

En toda su vida laboral nunca contó con los recursos para comprar los materiales de construcción a precio oficial ni pagar la mano de obra necesaria. Durante 48 años trabajó para el estado cubano, dejando “el pellejo” frente al horno de una industria siderúrgica. Hoy hace un balance de su vida y el hueco de sus bolsillos concuerda con el vacío existencial que le provoca el desamparo.

Es debido a las inacabables y extensas colas (filas), al maltrato de muchas personas que trabajan atendiendo al público —algo sistémico— en la Dirección Municipal de Vivienda y a lo complejo y demorado de cualquier tramitación en Cuba, por lo que Roberto no tiene en regla los papeles de su morada. Ahora se entera que para evitar ser sepultado en su propio hogar, debe demostrar que la arruinada casa donde vive desde hace casi cincuenta años es suya, o esperar a que el techo le caiga encima.

El desaliento comienza a rondar sus gestiones. En su desánimo, acude a sentarse en el parque junto a otros jubilados que le recuerdan irónicamente a Consuelito Vidal: “Hay que tener fe, que todo llega”. Y Roberto escéptico replica: Sí, ¿pero cuándo? Algunos compañeros de infortunio en esas diligencias le sugirieron: “hágale un regalito a la empleada que lo atiende para que se estimule”. Reflexiona que a ella le pagan por esa función, pero piensa que con seguridad —como para la mayoría— su salario es insuficiente, que si tiene hijos a lo mejor ese día —como otros— tuvo que enviarlos a la escuela en ayunas o con un remedo de desayuno improvisado, subirse a un ómnibus repleto que pasó a deshora para ir a trabajar y quizás, irónicamente, no tiene el título de propiedad de su casa por las mismas razones que él.

Me confesó que cuando se acuesta y mira su pedazo de cielo doméstico renegrido de podredumbre y horadado de comején, piensa si podrá hacerle a su inmueble los remiendos que se propone. Cree que si el gobierno destinara más cemento al consumo nacional y no tanto a la exportación, si no estuviera inmerso en tantas obras constructivas en el exterior, eliminara las trabas burocráticas y les pagara a sus trabajadores un salario justo, la población no tuviera que sufrir el martirio desgastante de perder días de su vida en tortuosas diligencias para resolver un autorizo que más que una facilidad, parece una limosna a regañadientes.