Archivo por días: noviembre 13, 2012

El turno del ofendido.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

En marzo de 2007 la Fiscalía General de la República respondía por única vez a la primera de tres solicitudes que le hicieran llegar dos médicos injustamente inhabilitados. Más que el dictamen técnico emitido por un poder apolítico y autónomo a dos ciudadanos que consideraban gravemente vulnerados sus derechos, aquella respuesta antológica era una vendetta, una crucifixión escrita en un lenguaje parcializado y cargado políticamente.

Pero por misterios de esta vida, y aunque han pasado más de cinco años, hoy amanecí con un par de dudas retumbándome en esta cabecita dura. De esto se trata: en el hipotético caso en que los afectados decidiéramos ahora demandar ante un Tribunal Popular a las personas responsables de los graves daños sufridos ¿cuál sería el procedimiento a seguir? ¿Consideraría ahora procedente nuestra Fiscalía acusar a estos funcionarios –que, por cierto, aún ocupan cargos públicos– por habernos sometido públicamente a vejaciones morales y gravísimos perjuicios profesionales y familiares?

Después de todo, obligadas conclusiones se derivan de que fuéramos nuevamente habilitados en nuestra profesión y de que se nos restituyera íntegramente el salario de todo el tiempo que permanecimos sancionados: implica a las claras que todo fue una injusticia, que para empapelarnos se adulteró la verdad, se difamó al por mayor y que, obviamente, alguien fue responsable de todo esto. Hoy le preguntaría a nuestra “honorable” Fiscalía, la misma que hace cinco años desestimó cada evidencia a nuestro favor, si aún nos asiste el derecho de acusar a aquellas personas que, con potestad para ello, nunca hicieron nada.

Me pregunto si aún procedería acusar por perjurio y difamación al entonces Director Provincial de Salud de La Habana Dr. Wilfredo Lorenzo Felipe, hoy Director Municipal de Salud de Guanajay, y a su esposa la Dra. Beatriz Torres Pérez, entonces Decana de la Filial Oeste del Instituto de Ciencias Médicas de La Habana, al entonces Ministro de Salud Pública Dr. José Ramón Balaguer Cabrera, actual jefe de Relaciones Internacionales del Comité Central del Partido, que desatendió las 10 cartas dirigidas a él y al actual Ministro Dr. Roberto Morales Ojeda que desatendió otras tantas; me pregunto si procedería acusar de prevaricación a Ricardo Alarcón de Quesada, aún Presidente del Parlamento, a Esteban Lazo, aún Vicepresidente del Consejo de Estado, a José Ramón Machado Ventura, aún Primer Vicepresidente del Consejo de Estado o a Raúl Castro, nuestro Presidente, al que llegué a dirigir cuatro cartas sin recibir respuesta, sólo pregunto. Todas estas personas, cuando no fueron responsables de nuestro drama, al menos conocieron durante años esta situación y nunca hicieron nada al respecto.

Por ir un poco más allá: me pregunto si la Fiscalía General de la República consideraría procedente iniciar un proceso por prevaricación, contra ella misma como institución, por haber desestimado desde mediados de 2007 las evidencias que debieron derivar en nuestra inmediata habilitación, pues probaban que para castigarnos fueron adulterados los hechos por motivaciones políticas. Porque se supone que viva yo bajo un Estado de Derecho –asegura mi gobierno– que me otorga la potestad, como ciudadano común –¿acaso ciudadano cero?– de interponer ante las autoridades competentes cuantos recursos estime necesarios para garantizar mis libertades personales ¿o no?

No me propongo hurgar en el estiércol. La larga y paciente lucha que libré para regresar al ejercicio de mi profesión me hizo crecer y me purificó de miserias. Hoy sólo me anima la curiosidad, pues aunque tengo derecho a sentirme resentido aún, sin embargo, he decidido seguir aquel noble consejo de Reinaldo Escobar y Yoanis Sánchez, los malditos, los excomulgados que apenas horas después de habilitado me solicitaban que desde ese momento me concentrara en mi salud y lo perdonara todo; después de todo fueron estos “mal nacidos incendiarios” quienes me pidieron entonces ¡paradojas de esta vida! que tuviera el valor y la grandeza de olvidar.

La represión en los funerales de Payá

Lamentablemente no tuve el honor de ser parte de la represión que no estuvo tampoco ausente esta vez. Siempre sospeché que el momento de la salida al cementerio sería el más propicio para que la jauría de buitres se lanzase sobre las innumerables presas. Y fue precisamente esto lo que me salvó esta vez: la enorme cantidad de candidatos a victimas. Me sorprendió que antes de llegar a la Necrópolis ya en mi móvil estaba recibiendo referencias de detenciones a personas que minutos antes habían estado muy cercanas a mí. El Reverendo Ricardo Santiago Medina Salabarría, por ejemplo, estaba apenas unas personas más allá de mí intentando abordar el mismo ómnibus que yo, pero no pudo y quedó accesible a la violencia. Durante el sepelio, e incluso durante el viaje de regreso por la autopista a Santa Clara, entre twitt y twitt que enviaba recibía sms con nombres de decenas de personas que habían sido objeto de detenciones y que incluían a amigos como Antonio Rodiles del Estado de SATS o su esposa Ailér. Incluso se atrevieron a arremeter contra el Premio Sajarov 2011, Guillermo Fariñas, sin tener en cuenta, o tal vez precisamente por tenerla, que en octubre se habían desecho de Laura Pollán, y que ahora creían deshacerse de Payá, los otros dos premios otorgados por el Parlamento Europeo. Saber que dejaba atrás a tantas personas detenidas, y estar ya en casa y conocer que incluso alrededor de cuarenta personas se encontraban reclamando la liberación de Rodiles ante la estación policial de Infanta y Manglar, me aportaban la sensación del que se ha quedado muy por debajo de los deberes que en aquellos momentos Cuba reclamaba, pero como siempre, somos presa del tiempo y el espacio, como nos recuerda la sentida ausencia ya para siempre de un hombre que a nuestro humano juicio debía estar todavía aquí, como nos pasó ya en el pasado con próceres como Céspedes, Martí o Chivás.

¿Se puede despertar?

rodiles_libertad

A veces, cuando estoy inquieta sueño que me mudo, que cambio repetidas veces de casa sin poder llegar a disfrutar de ninguna. En esa pesadilla recurrente, mi vida se desarma y las fotos de la infancia se pierden en algún camión de mudanzas. Pero eso sólo me ocurre en las noches de mediana ansiedad. Esta semana ha sido diferente. Las madrugadas se me van andando por un camino larguísimo y oscuro. Pongo la cabeza en la almohada y regreso a ese sendero rodeado de hierbas altas con el sonido de las cigarras que me taladran el oído. No voy sola, a mi lado me acompañan rostros conocidos: mis amigos de risas y calabozos, de abrazos y sobresaltos. Conversamos y las frases se quedan a la mitad porque ellos desaparecen en la maleza, se van… se los llevan. Cada noche nada más cerrar los ojos la espesura vuelve a tragarse a los míos.

Me levanto en la mañana y me digo: “ya todo terminó, ha sido sólo un sueño”. Pero después de un rato suena el teléfono y alguien me cuenta que Antonio Rodiles sigue detenido, acusado de resistirse a un arresto tan arbitrario como injusto. Voy hacia el baño aún con los párpados a medio abrir y caigo en cuenta que hace apenas unas horas Ángel Santiesteban ha sido liberado después de que lo metieran a golpes en un auto policial. El café mañanero borbotea en la hornilla y reviso mi móvil, repleto de denuncias sobre atropellos a las Damas de Blanco en varias zonas del país. Todavía la luz tiene el tono rojo del amanecer y ya presiento que el largo camino desandado en los sueños se prolonga en la realidad.

No es la maleza, sino la intolerancia; no es el canto de las cigarras sino los gritos de los autoritarios; no es la noche sino la falta de libertades. Para cuando llega el mediodía ya he comprobado que no puedo escapar de ellos, que no funcionan los pellizcos en los antebrazos, ni siquiera hundir la cabeza en agua fría. Es un hecho que esos amigos “abducidos” son una realidad concreta, tangible, no un desvarío nocturno. La tarde avanza y comprendo que mi pesadilla está por todos lados y termino regresando al trillo cercado por altas hierbas. Pero por esta vez sólo quedo yo, hablándome a mi misma para que la oscuridad no me asuste del todo. Alguien –que no veo- me agarra y me mete de lleno en la maleza. Faltan tres horas para que el reloj suene y me despierte.