Archivo por días: noviembre 19, 2012

Malcom, la mano franca

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Es lunes 19 y es el primer día de escuela de mi hijo Malcom en los Estados Unidos. Lo han ubicado en un excelente centro de enseñanza, eso es un adelanto de nuestra vida aquí, pero de alguna manera se conecta con lo que dejamos atrás. Nadie nos pidió los datos de nuestra filiación política, no hubo un solo directivo que nos exigiera el currículo de nuestra integración social. Esa es una diferencia que agradeceremos para toda la vida.

Lo que me alegra de este curso que ha continuado a 90 millas de su casa anterior es que no tiene que levantar la mano para ponerse el pulgar en la frente y decir que quiere ser como nadie. En cuba todo escolar tiene que repetir a pecho limpio, cuando les indiquen: ¡Pioneros por el comunismo!, Seremos como el Che! Aquí quieren que sea como él mismo, lo que desean ver en sus actitudes es su capacidad para mostrar su talento y habilidades físicas e intelectuales. Esta mañana alzó la mano para ofrecerla en amistad a una veintena de niños de tres continentes, hizo unos dibujos a creyón que se ha traído a casa con una euforia inusitada. Fue un día nuevo, sin necesidad de que le leyeran una cartilla hablándole de héroes escogidos a dedo, ni le pedirán que agradezca lo que no quiere.

Un balón de futbol tricolor rodó por el campo descubierto y los pasos de mi hijo se encaminaron hacia la esfera como quien busca al mundo, con fuerza, con razón y con los deseos de ser el hombre al que le interrumpieron los sueños unos años atrás, pero se ofrece ahora como un simple colegial para dar la mano franca y no un grito, una patada, una consigna.

¿Por qué no debe morir Estado de Sats?

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Hará dos semanas que Antonio Rodiles fue detenido por la Seguridad del Estado. Primero acusado de resistencia al arresto, luego llegó a formulársele el cargo de atentado contra la autoridad cuando casi una decena de testigos desmienten la acusación policial. No se trata ya de nada inusual, pues en Cuba las detenciones arbitrarias hace mucho forman parte de la praxis represiva. Esta vez se trata de alguien de innegable carisma y cuya autenticidad queda demostrada con hechos concretos: en poco tiempo Rodiles convirtió Estado de Sats –contra todas las banderas y con modestísimos recursos– en un importante espacio referencial cuando de sondear la realidad cubana se trata.

Varios factores contribuyen a que nuestra atmósfera transpire hoy aromas alternativos. En este sentido, a las extensas posibilidades de Internet, que abren una brecha digital al mundo por donde se asoma la mirada inquieta de los bloggers y twitteros de la isla, se suma la falta de una prensa oficial ética que denuncie la desvergüenza de los corruptos, la ineptitud de los dirigentes y las contantes vejaciones a nuestras libertades civiles, y en este contexto se han insertado alternativas como Voces Cubanas y Estado de Sats. Pero este último espacio tiene una particularidad no precisamente virtual: en el hogar de Rodiles, durante la presentación de los programas, con frecuencia confluyen asidua y físicamente cerca de un centenar de irreverentes, y ya sabemos lo que esto significa para el poder en Cuba. Esta modesta, pero evidente capacidad de convocatoria, terminó preocupando a la plana mayor; por eso cuando Rodiles se personó frente a la Sección 21 en la tarde del miércoles 7 de noviembre, el mando vio la esperada oportunidad de empapelarlo y decapitar su proyecto. Pero quienes así razonan subestiman a una sociedad civil que no está dispuesta a ceder una pulgada del espacio conquistado a fuerza de grandes riesgos.

Estamos ante un pueblo saturado de promesas que ya suenan a burla, palabras desmentidas por la demagogia de una élite aburguesada que nos exige austeridad desde una mesa rebosante; estamos ante un pueblo obligado a privaciones injustificables y carencias que generan una profunda inmoralidad social, que han convertido en “nimiedades” el robo, la simulación y la mentira, y lo que es peor, en un crimen la sinceridad y el civismo; estamos ante una juventud que definitivamente es otra, y quiere abrirse a un mundo que sospecha suyo y extenso, que se sabe prisionera, pero que ahora ya conoce el nombre, el santo y seña de su carcelero y cada vez le teme menos; él lo sabe, y por eso reprime cada nacimiento, intenta mutilar cada retoño nuevo, tapiza las hendijas para que no asomen a su celda los peligrosos rayos del sol.

Le acusan de atentado y sin embargo en Estado de Sats, el hogar de Rodiles, nunca vi ni por asomo un garrote o la punta de un gatillo, nunca oí tramar atentados ni sabotajes, nunca escuché una amenaza, ni un llamado a la violencia, allí no escuché más que ideas y argumentos, con razones o no, pero lanzados desde el presupuesto de la tolerancia, del respeto por el criterio ajeno. Hasta donde sé, ningún opositor cubano detuvo jamás a algún delegado de la Asamblea Nacional del Poder Popular en la entrada del Parlamento, ni a ningún militante comunista para impedirle que participara en el último Congreso de su Partido, ni organizó ningún “operativo” para boicotear su pasada Conferencia Nacional. Sin embargo, en sentido contrario el asunto cambia de rostro: los allanamientos y las detenciones arbitrarias perpetradas por la Seguridad del Estado contra cualquier disidente cuando, como y donde desee, sin garantías procesales y hasta sin formular cargos –incluidos muchos que se dirigían precisamente a Sats– son su práctica cotidiana, denunciada miles de veces por bloggers, twitteros y por el mismo proyecto que ahora quieren apagar.

Si a pesar de la sorda pujanza imprimida durante las últimas décadas por la disidencia ante el omnímodo poder estatal, este no ha hecho más que arreciar varias vueltas de rosca, cabría sólo imaginar el panorama si estos señores no se supieran emplazados por esa selecta parte de los cubanos que se atreven a hablar mientras el resto calla. Espacios alternativos como la presentación mensual de la Revista Voces y proyectos como Omni Zona Franca y el propio Estado de Sats, son en este instante tan necesarios para este pueblo como el milagro del pan y los peces y no deben desaparecer así simplemente porque unos gorilas consideren que este país sigue siendo la misma selva de los 60 y 70.

Pero tenían que prender a Rodiles porque cada valiente es un esclavo menos, porque cada frente levantada es un acto de vindicación, porque cada mascarada que cae es un triunfo de la dignidad humana, uno de esos milagros que son capaces de obrar únicamente los hombres cabales. Por todo esto, por auténticos y necesarios, se deben perseverar los espacios como Sats. Deben comprender los bárbaros, de una vez por todas, que de nada sirve encarcelar a un hombre cuando sus sueños quedan libres. Rodiles concibió este proyecto ya nuestro, le dedicó sus desvelos, asumió todos los riesgos y puso en él la misma esperanza y la misma fe que se ponen en un hijo. Por eso debemos cuidar de Estado de Sats –se lo debemos a él como a nosotros mismos– pues por adverso que parezca el horizonte ¡no se abandona jamás al hijo de un amigo!



Trabajo, internamiento y edad

Osvaldo Rodríguez Díaz

La Sala Segunda de lo Penal del Tribunal Provincial de La Habana en la causa 93 del 2012, emitió la sentencia número 14 de 10 de julio del 2012, en la que le impuso a la acusada N.V.B.Q. la sanción de dos años de trabajo correccional con internamiento.

La sancionada en cuestión, al momento del juicio oral, contaba con 60 años de edad y más de 40 de trabajo, por lo que su condición de jubilada quedó clara en dicho acto.

Resulta en extremo cuestionable imponerle a esa acusada una pena de trabajo por dos años, cuando ya su capacidad laboral está disminuida, amén de los padecimientos complementarios de esa etapa de la vida.

Internacionalmente, el límite máximo de edad laboral de la mujer está entre los 55 y los 60 años, hoy en Cuba el límite es 60, por lo que, en este caso, a la sancionada se le ha impuesto una condena en franca contradicción con la legislación laboral controlada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

La ley penal franquea otras posibilidades para el caso en cuestión, pues la pena se le pudo subsidiar por la de limitación de libertad o por la de trabajo correccional sin internamiento,  para que elija una labor que por sus condiciones pueda realizar, aún por cuenta propia.

Se pudiera ampliar más sobre el tema, pues esto ocurre con frecuencia y el Tribunal Supremo ha rectificado la sentencia, modificándole la medida a los sancionados.

Esperemos el desenlace de este caso, pues se encuentra a consideración de dicho Tribunal.

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Contra la Inteligencia I

Nuestra adolescencia estuvo fertilizada con las novelas y series de televisión que nos marcaron nuestra estética y personalidades.
Cuantas veces nos pasamos las novelas “Aquí las arenas son más limpias”, “Y si muero mañana”, o la serie “En silencio ha tenido que ser”, la mayoría disfrutamos aquellas fantasías de héroes socialistas que guiados por la “Contrainteligencia” cubana lograban burlar a sus enemigos.
Con el tiempo se han convertido en bodrios de la fantasía socialista y los jóvenes de hoy los consideran pésimas obras literarias por su contenido insustancial o poco verosímil.
El jueves pasado, 8 de noviembre, fuimos a presentarles nuestros respetos a los padres de Antonio Rodiles, ancianos que rondan los 90 años, y por cierto, sus cómplices y compañeros más directos en sus ideales ideológicos. También queríamos exigir las liberaciones de los abogados detenidos injustamente Laritza Diversent, Yaremis Flores, Veizant Boloy. Llegamos a la unidad policial de Acosta, y se encontraban junto al abogado independiente Wilfredo Vallín, en las oficinas de dicho cuartel.
Al salir nos explicaron la negativa de mostrarlo, lo que infería alguna golpiza propinada al detenido y por eso lo escondían.
No pudimos quedar pusilánimes ante el abuso
Nos mantuvimos frente a la unidad policial, llegamos a ser, si mal no recuerdo, siete activistas por los derechos humanos, o blogueros, opositores, como quieran llamarnos, entre ellos Yoani Sánchez, por supuesto, Claudio Fuentes el fotógrafo profesional, Eugenio Leal, el activista Arabel Villafuerte, entre otros. Lo cierto es que nos encontrábamos allí porque nos dolía saber que había un inocente sufriendo en las mazmorras castristas.
Ya el operativo estaba cerrado. Cerca de nosotros se encontraban un grupo de “civiles”, militares que conocemos su afán de reprimir. Estamos conscientes que nuestros abusadores se encontraban apenas a tres metros de nosotros. A veces los miraba fijamente para desentrañar sus anhelos, sueños, fantasías, pero su imagen delincuencial me impedía lograrlo. Le aseguro que nos reímos, o quizá fue una risa de lástima por ellos.
Alguien avisó que en la esquina estaban deteniendo a los que deseaban ingresar al grupo. Comenzaron a introducirlo a la fuerza en el auto patrullero, e iniciaron una golpiza como de costumbre. Estamos aproximadamente a cien metros del hecho, y en la distancia, quizá por el miedo y el cariño, pensamos que era Orlando Luis Pardo. No podríamos mentir si no decimos que nos quedamos unos segundos inmóviles, todos sabíamos lo que significaba acercarnos, sin orden de salida, corrimos al unísono, recuerdo que Yoani iba como una madre cuando le roban sus cachorros y ya había olvidado las palabras de Reinaldo Escobar, su esposo, cuando le dijo antes de despedirse que se cuidara, también de las caricias de su hijo que quizá no tendría el abrazo a su regreso de la escuela.
Lo cierto fue que ella llegó pidiendo explicación del por qué lo detenían y golpeaban. En medio del asedio, me puse a observar su valor desmedido y en un segundo le abrió la puerta del patrullero donde tenían apresados a los dos activistas, y quiso introducir su cuerpo dentro del auto. Hubo un momento que me asusté porque sus pies quedaron debajo de las gomas traseras y comenzaron a moverse. Pero ellos la halaron y empujaron. Yoani se le encaraba a los policías y su valor los minimizaba. Luego llegó una oficial chusma que deseaba provocarla, desafiarla. Y la inteligencia de Yoani fue decirle de qué solar había salido ella que no tenía compostura con aquella chusmería.
Me encontraba justo al lado de Yoani y pude verle los ojos a la oficial, y la vi desarmada, si un ápice de vergüenza tuvo increíblemente le salió contra su voluntad porque la vi apagada, noqueada sin haber comenzado el round. Y Yoani, que sabía que aquella no era su peso ideológico ni en principios, le dio la espalda.
Cuando llegó la orden de apresarnos
Entonces escuchamos cuando dieron la orden de apresarnos. Nos empujaron, nos separamos. Busqué a mi alrededor mientras me apresaban y vi a Claudio dentro de un auto patrullero, a Eugenio lo llevaban maniatado y a Yoani también, hasta que la montaron en una patrulla.
Cuando llegué al auto patrullero accedí. Considero que no éramos una fuerza de resistencia, sino de conciencia, de justicia, y el desorden no lo habíamos originado nosotros. Cuando me fueron a sentar en el auto, alguien detrás de mí dijo “entra, anda”, y un puñetazo dio en mi nuca, sin pensarlo devolví el golpe, y fueron devastadores, como si les hubiera propinado la mayor ofensa, o solo aquella horda de anormales estuvieran esperando una ínfima chispa para que explotara su cobarde y anormal violencia. Era como si estuvieran esperando el silbato de salida para comenzar su cobardía.
Nunca imaginé que aquello podrían grabarlo, ya ustedes vieron la paliza que me dieron. Aún no he visto el video, ya saben que youtube desde Cuba, como todo lo demás, es imposible. Los golpes que más me dolieron fue el del que abrió la puerta trasera derecha: eran como patadas de bestia, y por un momento pensé que me haría fractura de cráneo, fueron tantos y tan fuertes que los golpes de los otros que me propinaban por las costillas, pecho y piernas dejaron de ser importantes. No sé si me golpeaban con una sortija o una manopla, pero los golpes fueron tan contundentes que me partieron la cabeza, el labio, y, como un aviso urgente de salvación personal en mi estado casi consciente, decidí levantarme y volver a salir del auto.
No voy a describir más lo que pueden observar en video. Pero un detalle que quizá no se observe es que, al salir un oficial que estaba a mí espalda, alardeando, dijo: “tú verás si él se acoteja ahora”, y me apretó con su brazo por el cuello hasta que comencé a sentir la fatiga de la falta de aire, lo hizo con tanta fuerza que pensé que desprendería mi cabeza del resto del cuerpo.
Me condujeron a otro auto patrullero para llevarnos al patio de la estación policial. Miré hacia los otros autos y permanecían, como yo, a la espera. A Yoani le sentaron una mujer al lado vestida de civil. Luego me cambiaron de auto y me sentaron junto a Eugenio. Dieron la voz de salir de la unidad: “vamos de aquí, hay que salir de aquí”, pero lo dijeron con terror. Creo que temían que llegaran más activistas o que la población que había observado comenzara a moverse hasta la entrada de la unidad.
Comienza la travesía
Era una hilera de patrullas guiadas por el Jefe del Operativo que iban en un lada verde con chapa amarilla. Al final iba una guagüita roja con más sicarios. Iban sin rumbo, hablando por los celulares, por eso infiero que se les fue de la mano el operativo. Yoani iba todo el tiempo haciendo señales de libertad, de Victoria, y los transeúntes la miraban sin entender mucho, esa huerfanidad de conciencia que tiene en su mayoría la población cubana, cubierta con una máscara de ingenuidad y miedo. Llegamos a la monumental, lugar ideal para masacrarnos y dejar tirados en la cuneta. No habían testigos presenciales.
Detuvieron la fila de autos, eran cerca de nueve. Inmediatamente le sentaron a Yoani dos mujeres uniformadas tan inmensas que apenas le dejaban espacio. Nos fueron registrando, tomando nuestra documentación. Cuando llegó mi turno, el Jefe del Operativo, me hizo ponerme de pie con los brazos esposados, y a pesar que sentía el metal de las esposas en los huesos, cada vez que miraba a Yoani con aquella hidalguía, las fuerzas se me multiplicaban.
El Jefe del Operativo comenzó a golpearme con su bota para que abriera las piernas para el cacheo, pero lo hacía con rabia, le grité que eso era lo mejor que sabían hacer, golpear a un hombre esposado, indefenso, que siempre hacían lo mismo. Eugenio gritó que no me dieran más, que la violencia era innecesaria. Mientras me registraba aproveché para decirle que las dictaduras de los años setenta en América tuvieron que esperar treinta años para hacer justicia, que ahora estaban ancianos y fueron juzgados. Que la violación de los Derechos Humanos no caduca y que algún día tenían que pagar sus desmanes. Me gritó “cuando yo pague ya tú lo hiciste”. Supuse que decía que yo iba a sufrir primero que él. Me dijo “parece que no te basta los cinco años que te vamos a echar por el juicio de hace poco”. Le dije, claro, los jueces son ustedes, aquello solo fue un teatro y ustedes desde antes ya tenían la sanción. Pero no importa, aquí hay cuerpo y valor para enfrentarlo, le dije. “Sí, yo sé que tú eres valiente”, me dijo irónico. No soy valiente, pero tampoco lo cobarde que son ustedes que golpean en grupo porque tienen miedo hacerlo solo.
Cuando recibieron la orden ya teníamos destinos. Nos repartieron por la ciudad. A Eugenio y a mí nos enviaron para Santiago de las Vegas. Allí me llevaron al hospital porque el calabocero no quiso recibirme en aquel estado tan precario. Los dolores de las costillas perecían agujas lacerantes, y la sangre por todo mi cuerpo, saliendo de mi boca y mi cabeza los asustaba, más la inflamación de un labio y un pómulo.
Ahí aproveché, ante un descuido de ellos, para avisar a los amigos que estábamos detenidos en Santiago de las Vegas. Al regreso a la unidad me llevaron a un calabozo. Antes de entrar vi a Eugenio tras la reja y a Veizant, el abogado que siguió esta cadena de injusticia cuando, como abogado y esposo, fue a preguntar por la abogada Yaremis. Nos hicimos un saludo con un ademán de cabeza y les aseguré que para mí era un honor compartir esos calabozos con ellos. Luego me dijo que estaba preocupado por su hija, pues no sabían quién se había hecho cargo de la niña, estaba muy preocupado y como a todos, le habían negado la llamada que, por ley, nos toca a cada detenido en las primeras 24 horas.
Entre Kafka y Virgilio Piñera
Cerca de la media noche me sacaron del calabozo. Pensé que sería para alguna entrevista. Entonces me devolvieron las prendas de vestir, me anunciaban que me iría de libertad. Para mí significó una humillación, sacarme, alejarme del destino de mis compañeros era lo peor que podían hacerme. Le rogué al calabocero que me dejara regresar e informara que me negaba. Se lo dije varias veces y me dijo que eso era imposible. Estaba muy triste, no sabía cómo enfrentar aquel desprecio, al menos así lo veía.
En la puerta de la unidad el Oficial de Guardia me entregó el carné de identidad. La calle estaba desolada, como es costumbre en los pueblos de campo. Pregunté a un transeúnte cómo se podía alquilar un auto y me señaló un sitio. Avancé 200 metros y vi un teléfono. Llamé a dos personas, mientras conversaba veo salir de la oscuridad a dos oficiales que me dicen que tengo que regresar. “¿Tú no querías quedarte? Te vamos a complacer”.
Colgué el teléfono no sin antes informar lo que estaba sucediendo. Mis interlocutores no entendían nada lo que estaba sucediendo. A Kafka y Virgilio Piñera se le hubiera hecho difícil imaginarlo. En mi aturdimiento tampoco entendía, pero me hacía feliz que me llevaran de vuelta con mis hermanos.
En la entrada de los calabozos, después de quitarme los cordones y las prendas, me llevaron a un cuartico donde estaba el Oficial del Operativo que me golpeó por los tobillos. Después de sentarme me puso las esposas y con parsimonia sacó la pistola, la rastrilló y me la puso sobre mi cabeza, sentía el peso del metal sobre mi cráneo que acrecentaba los dolores por los golpes antes recibidos. Aquellos segundos fueron los más largos de mi vida. No sé cómo ni de dónde saqué las palabras: “en algún momento tendrás que pagarme”. Pasaron otros segundos en silencio y me respondió: “es verdad, mejor espero que estés en la calle y te doy un martillazo en la cabeza y queda como que te asaltaron pa robarte”. Me quitó las esposas y me empujó hacia afuera para que el calabocero me llevara para la celda. Afuera estaba un activista, que también tomaron detenido, e iban a soltar y que me dijo, a propósito de la pistola en la cabeza y el martillazo, que a él también le habían hecho aquella escena de terror al estilo de Alfred Hitchcock.
Les expliqué a los otros lo que había ocurrido y nadie entendía a ciencia cierta para qué me habían dejado llegar a la calle. Eugenio dijo que ellos estaban enfermos, que era una aberración, y lo hacían para desestabilizarme sicológicamente.
Al rato llamaron a Veizant a una entrevista para decirle que lo liberarían, y que su esposa Yaremis estaba siendo proceda en el DTI en 100 y Aldabó por un post que había escrito y que, según ellos, ella mentía.
Eugenio y yo estábamos felices porque eran dos menos en aquella injusticia y así Veizant podría atender a su hija, que seguro estaba preocupada por sus padres. Los dolores del cuerpo se iban agudizando en la medida que los nervios se distendían. Eugenio y yo nos pasamos la noche hablando de justicia, historia y masonería.
En la mañana liberaron a Eugenio. Nos abrazos y la soledad es el peor enemigo, aunque el encierro lo prefiero así que con mis compañeros detenidos. Al medio día vinieron a buscarme cuatro militares. Me dijeron que saliera de la celda. Pregunté que a dónde me llevarían. “A donde nos de la gana”, respondieron.
Cuando, lentamente, por los dolores, sobre todo en las costillas, hacía un gesto para levantarme, ellos quisieron alarme, me negué, y dije que no me tocaran, pero no esperaron, me halaron por los pelos hacia el exterior mientras me volvían a patear. Se lanzaron sobre mí como si fuera aquella “pilita” que hacíamos de niño, solo que yo era el de abajo; me pusieron una bota en el pecho, luego la rodilla, otro me golpeaba por el mismo lateral lastimado, lo hacía con saña. Le grité que me diera por el otro lado porque esas costillas ya estaban partidas, y eso le dio más ganas, “quién te manda a no obedecer”, me dijo, y continuó.  Y me apretaron las esposas con esa manía que tienen de encajarlas en la piel hasta que te cortan la respiración.
Me llevaron a toda prisa por el medio de la ciudad, se llevaban los semáforos e iban haciendo zigzag entre los ómnibus y autos. En pocos minutos estábamos en el cuartel de Aguilera.
¡Qué nombre tan injusto para nuestro Vicepresidente del Gobierno en Armas!

 

Equilibrio engañoso

A primera vista se diría que en Cuba nada cambia. El sistema parece seguir tranquilamente su marcha inexorable hacia un desplome que, no obstante, tal como el futuro prometido por la revolución difunta, no acaba de llegar. La gente continúa entregada a todo lo relacionado con las tres ocupaciones nacionales de mayor prioridad: la subsistencia, las ilegalidades y la emigración, sumidas en un cauce de apariencia inalterable en el que cada parte trata de alcanzar sus propias metas, como si fueran independientes unas de otras… Como si realmente lo fueran.

Durante los últimos cuatro años el gobierno cubano ha establecido el método de ganar tiempo perdiéndolo. Quizás este ha sido el único aporte político del General-Presidente: una fórmula que se basa en la acumulación de experimentos dimanados de un grupo de reformas y contrarreformas destinadas crear una expectativa de cambios económicos sin llegar a cambiar esencialmente nada, mientras el tiempo transcurre y la situación continúa deteriorándose.

Lo más parecido a un programa de gobierno en las últimas décadas quedó refrendado en unos lineamientos en los que pocos creyeron y que ya nadie parece recordar (incluyendo al propio General R. Castro), cuya “implementación” han sido algunos engendros incompletos e insuficientes tales como la entrega de tierras en usufructo a los productores agrícolas, el otorgamiento de licencias a trabajadores por cuenta propia, la aprobación de la compraventa o donación de viviendas y automóviles a particulares y la ampliación del uso de la telefonía móvil, entre otras maromas. El más reciente y espectacular libretazo oficial ha sido, sin dudas, la llamada “reforma migratoria”, una especie de mito que se ha enseñoreado de amplios sectores de la población cubana, ávida de emigrar, truco mediante el cual el gobierno pasó la pelota al terreno opuesto: a partir de enero de 2013 el cubano común que se porte bien podrá viajar sin requerir el humillante permiso de salida, en su lugar solo debe solicitar el carísimo pasaporte. Después, todo dependerá de que el país potencialmente receptor le extienda visa. Habilidad y torpeza combinadas en otro perverso juego por mantener el equilibrio sin dejar el poder.

Sin embargo, el vértigo que acaso debería producir semejante cúmulo de “cambios” en un país cuyo signo característico permanente ha sido el inmovilismo, tuvo un efecto apenas momentáneo. Si bien algunos periodistas y visitantes foráneos creen ver en las medidas oficiales y en los numerosos timbiriches y carretillas callejeras una señal de progreso para los cubanos o una apertura que conduzca a la democratización de la Isla, lo cierto es que no se han producido verdaderas transformaciones que redunden en una mejoría de la vida, en el aumento de la capacidad de consumo de la población o en un crecimiento económico palpable, por no mencionar el tema de los derechos. La breve burbuja de esperanza de los proto-empresarios de timbiriche se ha desvanecido ante la realidad: la prosperidad es un delito en Cuba.

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho que la producción agrícola sigue siendo insuficiente por las numerosas trabas que se imponen al campesino (incluidos los impagos de los contratos por parte de las entidades oficiales, o los continuos atrasos en los mismos, los obstáculos burocráticos, la falta de garantías al productor, la escasez de insumos, etc.), mientras la proliferación de vendedores por cuenta propia que se dedican a la comercialización de estos productos, lejos de propiciar un descenso de los precios de los productos del agro –como ocurriría en un mercado saludable y normal–, ha traído una elevación desmesurada de los mismos, contrayendo el poder adquisitivo de la población, en especial la de menos ingresos. La fórmula en bien simple: aproximadamente la misma cantidad de productos y de consumidores, más un aumento del número de vendedores, implica una descontrolada elevación de los precios en un país en que el Estado es incapaz de satisfacer siquiera los mínimos requerimientos de alimentación de la población más frágil y dependiente, mientras los salarios y pensiones son puramente simbólicos.

El tema de las compraventas de viviendas resulta uno de los más sensibles debido al estado crítico del fondo habitacional y a que centenares de miles de familias carecen de un hogar propio. Cierto que ahora cada propietario puede vender su casa, pero la dificultad estriba en que pocos cubanos sin techo están en capacidad de adquirir ni siquiera el más modesto apartamento, a pesar de que en comparación con los precios de las viviendas en otros países, los cubanos pueden considerarse mayoritariamente “módicos”.

Similar cuadro se presenta en el resto de las actividades “liberadas” en virtud de las llamadas reformas gubernamentales. De hecho, cada “liberalización” trae implícito el encarecimiento de la vida y amplía el sisma entre los nuevos ricos y los más desposeídos, lo que constituye la demostración de que el problema de Cuba radica en la esencia misma del sistema. Nada va a cambiar en tanto no cambien los principios sobre los que se sustenta el poder; en consecuencia, no ha de ser el gobierno quien promueva los cambios que necesita el país porque cambiar lo que debe ser cambiado implicaría la desaparición del régimen.

A pesar de que este es un principio lo suficientemente sencillo como para explicar a la vez el fracaso del llamado socialismo cubano, el afianzamiento del capitalismo de Estado establecido por la misma clase y los mismos sujetos “comunistas” artífices del engendro nacional de más de medio siglo, así como  la permanencia y agudización de la crisis socioeconómica, existe una suerte de delicado equilibrio sustentado en ciertos factores clave que han impedido un estallido social, entre los cuales resultan significativos: el estado de pobreza permanente que limita de manera palmaria las expectativas de grandes masas que prefieren el escapismo o la supervivencia antes que asumir los riesgos del enfrentamiento al poder o de –al menos– no hacerle el juego ; la carencia de cultura cívica de la población; la todavía escasa manifestación de grupos de la sociedad civil independiente y su limitada –aunque creciente–  influencia social; el uso de los cuerpos represivos para hostigar toda manifestación de libertad; y el monopolio de los medios de difusión y comunicación por parte del gobierno.

No obstante, tal equilibrio en una realidad sobresaturada de frustraciones podría precipitarse en un momento impreciso. Basta que una de las partes exceda los límites para que el panorama de transforme. Sobre todo teniendo en cuenta que el descontento es cada vez mayor y las frustraciones largamente contenidas son una bomba de profundidad en una sociedad sesgada por las fracturas y las desigualdades. No se trata solo del crecimiento constante de la disidencia interna y de otros sectores críticos al gobierno. La emigración, la corrupción, las ilegalidades y todas las manifestaciones de escapismo –incluyendo la apatía y la simulación–, son otras tantas formas de disentir que dominan hoy casi a la totalidad de la población cubana; una realidad que el gobierno conoce y pretende controlar aplicando el rigor de los represores: persecución política a los activistas cívicos a través de los esbirros de la llamada Sección 21; persecución económica a los productores y comerciantes independientes a través de los inspectores corruptos de la Contraloría.

La frustración creciente en la Isla es la Hidra de siete cabezas que acecha entre las grietas oscuras de una estructura que se sostiene por estática milagrosa y cuyo equilibrio debería ser ahora mismo la mayor preocupación del General.

Nota a los lectores: Como habrán notado, esta página está sujeta a cambios que estoy haciendo poco a poco. Espero que disculpen algunos deslices propios de mi poca conectividad (lo que ralentiza el proceso de actualización de la imagen en la nueva plantilla), agravado por mi escaso dominio de la tecnología. De todas maneras, me mantendré actualizando los post al menos una vez por semana… No me abandonen. Gracias. Un abrazo,

Eva-Miriam


 

 

Equilibrio engañoso

A primera vista se diría que en Cuba nada cambia. El sistema parece seguir tranquilamente su marcha inexorable hacia un desplome que, no obstante, tal como el futuro prometido por la revolución difunta, no acaba de llegar. La gente continúa entregada a todo lo relacionado con las tres ocupaciones nacionales de mayor prioridad: la subsistencia, las ilegalidades y la emigración, sumidas en un cauce de apariencia inalterable en el que cada parte trata de alcanzar sus propias metas, como si fueran independientes unas de otras… Como si realmente lo fueran.

Durante los últimos cuatro años el gobierno cubano ha establecido el método de ganar tiempo perdiéndolo. Quizás este ha sido el único aporte político del General-Presidente: una fórmula que se basa en la acumulación de experimentos dimanados de un grupo de reformas y contrarreformas destinadas crear una expectativa de cambios económicos sin llegar a cambiar esencialmente nada, mientras el tiempo transcurre y la situación continúa deteriorándose.

Lo más parecido a un programa de gobierno en las últimas décadas quedó refrendado en unos lineamientos en los que pocos creyeron y que ya nadie parece recordar (incluyendo al propio General R. Castro), cuya “implementación” han sido algunos engendros incompletos e insuficientes tales como la entrega de tierras en usufructo a los productores agrícolas, el otorgamiento de licencias a trabajadores por cuenta propia, la aprobación de la compraventa o donación de viviendas y automóviles a particulares y la ampliación del uso de la telefonía móvil, entre otras maromas. El más reciente y espectacular libretazo oficial ha sido, sin dudas, la llamada “reforma migratoria”, una especie de mito que se ha enseñoreado de amplios sectores de la población cubana, ávida de emigrar, truco mediante el cual el gobierno pasó la pelota al terreno opuesto: a partir de enero de 2013 el cubano común que se porte bien podrá viajar sin requerir el humillante permiso de salida, en su lugar solo debe solicitar el carísimo pasaporte. Después, todo dependerá de que el país potencialmente receptor le extienda visa. Habilidad y torpeza combinadas en otro perverso juego por mantener el equilibrio sin dejar el poder.

Sin embargo, el vértigo que acaso debería producir semejante cúmulo de “cambios” en un país cuyo signo característico permanente ha sido el inmovilismo, tuvo un efecto apenas momentáneo. Si bien algunos periodistas y visitantes foráneos creen ver en las medidas oficiales y en los numerosos timbiriches y carretillas callejeras una señal de progreso para los cubanos o una apertura que conduzca a la democratización de la Isla, lo cierto es que no se han producido verdaderas transformaciones que redunden en una mejoría de la vida, en el aumento de la capacidad de consumo de la población o en un crecimiento económico palpable, por no mencionar el tema de los derechos. La breve burbuja de esperanza de los proto-empresarios de timbiriche se ha desvanecido ante la realidad: la prosperidad es un delito en Cuba.

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho que la producción agrícola sigue siendo insuficiente por las numerosas trabas que se imponen al campesino (incluidos los impagos de los contratos por parte de las entidades oficiales, o los continuos atrasos en los mismos, los obstáculos burocráticos, la falta de garantías al productor, la escasez de insumos, etc.), mientras la proliferación de vendedores por cuenta propia que se dedican a la comercialización de estos productos, lejos de propiciar un descenso de los precios de los productos del agro –como ocurriría en un mercado saludable y normal–, ha traído una elevación desmesurada de los mismos, contrayendo el poder adquisitivo de la población, en especial la de menos ingresos. La fórmula en bien simple: aproximadamente la misma cantidad de productos y de consumidores, más un aumento del número de vendedores, implica una descontrolada elevación de los precios en un país en que el Estado es incapaz de satisfacer siquiera los mínimos requerimientos de alimentación de la población más frágil y dependiente, mientras los salarios y pensiones son puramente simbólicos.

El tema de las compraventas de viviendas resulta uno de los más sensibles debido al estado crítico del fondo habitacional y a que centenares de miles de familias carecen de un hogar propio. Cierto que ahora cada propietario puede vender su casa, pero la dificultad estriba en que pocos cubanos sin techo están en capacidad de adquirir ni siquiera el más modesto apartamento, a pesar de que en comparación con los precios de las viviendas en otros países, los cubanos pueden considerarse mayoritariamente “módicos”.

Similar cuadro se presenta en el resto de las actividades “liberadas” en virtud de las llamadas reformas gubernamentales. De hecho, cada “liberalización” trae implícito el encarecimiento de la vida y amplía el sisma entre los nuevos ricos y los más desposeídos, lo que constituye la demostración de que el problema de Cuba radica en la esencia misma del sistema. Nada va a cambiar en tanto no cambien los principios sobre los que se sustenta el poder; en consecuencia, no ha de ser el gobierno quien promueva los cambios que necesita el país porque cambiar lo que debe ser cambiado implicaría la desaparición del régimen.

A pesar de que este es un principio lo suficientemente sencillo como para explicar a la vez el fracaso del llamado socialismo cubano, el afianzamiento del capitalismo de Estado establecido por la misma clase y los mismos sujetos “comunistas” artífices del engendro nacional de más de medio siglo, así como  la permanencia y agudización de la crisis socioeconómica, existe una suerte de delicado equilibrio sustentado en ciertos factores clave que han impedido un estallido social, entre los cuales resultan significativos: el estado de pobreza permanente que limita de manera palmaria las expectativas de grandes masas que prefieren el escapismo o la supervivencia antes que asumir los riesgos del enfrentamiento al poder o de –al menos– no hacerle el juego ; la carencia de cultura cívica de la población; la todavía escasa manifestación de grupos de la sociedad civil independiente y su limitada –aunque creciente–  influencia social; el uso de los cuerpos represivos para hostigar toda manifestación de libertad; y el monopolio de los medios de difusión y comunicación por parte del gobierno.

No obstante, tal equilibrio en una realidad sobresaturada de frustraciones podría precipitarse en un momento impreciso. Basta que una de las partes exceda los límites para que el panorama de transforme. Sobre todo teniendo en cuenta que el descontento es cada vez mayor y las frustraciones largamente contenidas son una bomba de profundidad en una sociedad sesgada por las fracturas y las desigualdades. No se trata solo del crecimiento constante de la disidencia interna y de otros sectores críticos al gobierno. La emigración, la corrupción, las ilegalidades y todas las manifestaciones de escapismo –incluyendo la apatía y la simulación–, son otras tantas formas de disentir que dominan hoy casi a la totalidad de la población cubana; una realidad que el gobierno conoce y pretende controlar aplicando el rigor de los represores: persecución política a los activistas cívicos a través de los esbirros de la llamada Sección 21; persecución económica a los productores y comerciantes independientes a través de los inspectores corruptos de la Contraloría.

La frustración creciente en la Isla es la Hidra de siete cabezas que acecha entre las grietas oscuras de una estructura que se sostiene por estática milagrosa y cuyo equilibrio debería ser ahora mismo la mayor preocupación del General.

Nota a los lectores: Como habrán notado, esta página está sujeta a cambios que estoy haciendo poco a poco. Espero que disculpen algunos deslices propios de mi poca conectividad (lo que ralentiza el proceso de actualización de la imagen en la nueva plantilla), agravado por mi escaso dominio de la tecnología. De todas maneras, me mantendré actualizando los post al menos una vez por semana… No me abandonen. Gracias. Un abrazo,

Eva-Miriam


 

 

Migración y ciudadanía.

Por: Manuel Aguirre Lavarrere

        (Mackandal)

La nueva ley de inmigración, renovada y ansiada por muchos años por el pueblo, ha puesto al descubierto las aspiraciones de muchos cubanos y cubanas de poder radicarse en otro país sin perder sus vínculos con la patria. Eso no constituye una dádiva ni una regalía del régimen, sino, un derecho ciudadano, reconocido, firmado y ratificado por la gran mayoría de los gobiernos del mundo.

Pero en Cuba se trata de vender como un acto enmarcado supuestamente en un estado de derecho.

He aquí la hipocresía del régimen para traer la sardina a su brasa. Un estado de derecho no se obtiene con una ley, sino con todas las leyes que incluyan principalmente el derecho de sus ciudadanos a la formación de grupos independientes, asociaciones pacíficas, partidos políticos, el flujo de la libre información y el acceso pleno a Internet, todo dentro de un marco de soberanía ciudadana.

Una política migratoria como la que se pretende implementar en Cuba, debe llevar, por sus características muy propias, una re evaluación de la moneda nacional respecto a la moneda libremente convertible. De ahí que se derive la pregunta, que si después de haber creado el régimen la moneda convertible, conocida popularmente por chavito, para recuperar el dólar, principal moneda con la que se mueve el comercio y las transacciones mundiales, ¿estaría en condiciones de facilitarle a los ciudadanos que deseen viajar y tenga solvencia económica para ello, el cambio de esa moneda por el dólar?

Sería lo justo, lo transparente y lo más cercano al humanismo y el desprendimiento en consonancia con el derecho pleno que por tantas décadas el pueblo se ha visto privado de ejercer.

Los cubanos siempre han optado por la paz y la reconciliación sin que nada importen las tendencias políticas y el modo de pensar y manifestarse de cada cual. Si en algún momento hubo desavenencias, enfrentamientos y rencores, estos fueron provocados, manipulados y aguijoneados por el régimen.

Recordar los bombardeos de huevos a las familias que decidieron irse por Mariel en 1980, los mítines de repudio, las palizas, las consignas que aludían humillantemente a la preferencia sexual, las faltas de respeto contra el ex presidente norteamericano Jimmy Carter.

No olvidemos el zafarrancho de combate contra los afrodescendientes que decidieron irse a vivir en democracia, el racismo en su estado más puro que germinó del fascismo castrista.

Fueron inacabables los minutos de odio contra personas honestas que eran sacadas a empujones de sus centros de trabajo para humillarlos y cercenarlos moralmente.

Perdonar aquellos momentos y sanear el alma sería saludable, pero olvidarlos es convertirse en cómplice de un régimen que pretende lavarse las manos y ensangrentar las ajenas.

A esos mismos que hoy tratan de atraer exigiéndoles un pasaporte cubano para viajar a Cuba, se les niega, como cubanos, el derecho al voto.

El régimen va en busca del dinero del exilio, y por carambola, hace mimos de complacencia para que ellos, los exiliados, ayuden a la cada vez más desastrosa y mentirosa propaganda política, con el fin de buscar un pasaporte de buena conducta. Quiere que los exiliados los ayuden a levantar las sanciones impuestas por la Unión Europea y a aliviar la desolada economía nacional, donde el único culpable del desastre es el propio régimen cincuentenario de los Castro.

Bienvenida la nueva ley migratoria. El pleno derecho de cada cubano como ciudadano nunca debió ser pospuesto y mucho menos anulado. Falta ahora saber, si tanto como pregona, el régimen está en condiciones de cambiar a los cubanos su inventado chavito por el dólar, esa moneda verde, a la que de dientes para afuera tanto critica, pero sin la cual sería insostenible la dictadura
Publicado por Primavera Digital, Noviembre 1 de 2012 • año 5

Todos gritan Bici…

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Por: Ignacio Estrada Cepero, Periodista Independiente.

La Habana, Cuba- Visitar la conocida ciudad de Holguín se convierte realmente en una experiencia única para quienes disfrutan hacer excursiones fuera del terruño donde residen. Imágenes inigualables pueden ser captadas por el lente de cualquier turista nacional o extranjero.

Holguín es una de las ciudades del oriente del país que aguarda ser descubierta por inquietos caminantes. Al caminar por sus anchas calles y numerosas plazas que hacen acreedora a esta tierra con el sobrenombre de “Ciudad de Los Parques” podemos percatarnos de diferentes estilos arquitectónicos que recrean la obra de reconocidos arquitectos.

En una de mis paseos para no decir que en todos siempre escuche la palabra…Bici…palabra con la que se reconoce o se solicita el servicio de lo que se convierte en el principal medio de transporte en una de las ciudades capitales más grandes del país.

Los precios para acceder a este transporte son muy variados según distancias a recorrer pero lo que si aseguro es que nadie quiere dejar esta tierra sin montar uno de ellos. Los Bici Taxis son maniobrados por ancianos retirados y jóvenes que han encontrado en ellos una fuente de ingreso para sus hogaresCualquiera de estos bicitaxis puede sorprender al visitante, con el confort que los caracteriza y la originalidad de quienes son sus propietarios. Tratando de atraer clientela, algunos le colocan sombrillas playeras para cubrir a las personas del sol, otros le ponen equipos de audio y les adornan como si fueran bellos coches.

Uno de los que aborde me aseguro que en la ciudad laboran unos 4000 bici taxistas. Todos son reconocidos por la estatal Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT). La que les reconoce como uno de las labores por cuenta propia.

Los bici taxis holguinero adoptan el modelo que su creador les quiera dar, el más conocido y demandado es el de una sola plaza, este consiste en una bici a la que se le agrega un sidecar con un asiento. Estos según sus creadores son mas rápidos y para ellos se hacen muy livianos al trasportar a los pasajeros. Existen otros modelos de bici pero estos son copias de otras provincias.

Si en alguna ocasión tiene el placer de visitar esta ciudad súmese y sea uno de los tantos que para solicitar el servicio de transportación gritan…Bici…

El Guayabero.

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Por: Ignacio Estrada Cepero, Periodista Independiente.

La Habana, Cuba- Un artista genuino partió al lejano oriente un 27 de marzo de 2007. No precisamente al oriente que lo vio nacer, sino a aquel en que las personas acuden a la presencia del arquitecto supremo de la humanidad. Para los cubanos esta fecha marcaria el deceso de quien todos conocíamos como “El Guayabero”.

Faustino Oramas se inicio en el sexteto de La Tropical desde muy temprana edad, aseguran algunos que ya a los quince años escribió su más conocida composición, la que le dio por sobrenombre al trovador “El Guayabero”.

Por más de siete décadas su quehacer artístico recorrió el mundo, se presento en diferentes escenarios. Exponiendo el genuino arte de la doble tonada, quehacer artístico que lo distinguió entre trovadores de todos los tiempos. Este genuino músico holguinero supo recoger lo mejor de la música tradicional cubana y dotarla de rítmicos compases y agregarle su acostumbrada picardía al improvisarlas.

Su obra musical contribuyó gran aporte al rescate de nuestras raíces musicales y la tradición trovadoresca y en su sin igual aporte al humor musical.

El Guayabero aun sigue caminando por las calles de una ciudad que lo vio nacer, con guitarra a cuesta y Cuba al igual que el mundo lo mantiene presente cada vez que escuchan una de sus composiciones.

Vuelven actuar los uniformes contra la legalidad

Ya es de noche, una lluvia invernal ha mojado la calle. Aun quedan finísimas gotas disueltas en el aire. Deben ser cerca de las 19, hora militar, las 7, hora civil. La mayor parte de las veces utilizo la hora militar cuando escribo porque Cuba es gobernada por el militarismo aunque para el mundo parezca diferente. Digo “deben” porque no llevo el reloj Orient de esfera azul regalo de mi hija buena expulsada al país de los malos para seguir siendo buena. No quiero perderlo o maltratarlo y sé que cuando me pongan las esposas cualquiera de las dos cosas puede ocurrir. Camino vadeando los pequeños charquitos de agua, evitando que el zapato se humedezca y luego llegue hasta la media. Son también un regalo de mi hija desde el país de los malos. No están deteriorados pero ya los he tenido que coser y casi nunca quedan herméticos. Una leve brisa fresca me golpea el rostro. Introduzco las manos en el viejo abrigo, casualidad o dicha es también un regalo, pero no de mi hija sino de mi amigo el balsero que cuando ya estaba agotado y con las esperanzas perdidas, listo para morir como un naufrago recordaba la estrella que yo le había indicado que siempre que estuviera a popa o estribor le llevaría hacia el país de los malos. Un día, hace años, apareció a la casa y me dejo ropa y el abrigo.

La parada está desierta, pero no piense el lector sobre una mejoría del transporte, sencillamente acaban de pasar los ómnibus. Le pregunto a un señor sobre el ómnibus a tomar para 60 y 3ra en Miramar, me orienta y espero. La parada se va llenando rápidamente. Aparece alguien pasado de tragos, el alcohol le ha zafado los nudos del miedo, y las inhibiciones conservadas durante años se le escapan en un discurso tan coherente y lúcido que merece una medalla de honor: “¿Fidel no decía que en los EU es donde más se discrimina el negro? Mira, parece que era mentira, tienen ahora un presidente negro.” Entonces reía y con ironía preguntaba: “¿y ahora qué, dónde está la mentira? Fidel es un mentiroso, en los EU un negro puede ser presidente”. Agregaba algunas críticas más al ex presidente y su hermano el presidente actual y se volvía a reír. Las gentes lo miraban cohibidos, temerosos como a un apestado. Algunos sonrieron. Yo me dije: así están la mayor parte de los cubanos. Solo tienen valor para decir la verdad cuando están bajo el efecto del alcohol o locos. Estuve al tanto de su discurso por si alguien le importunaba. Los borrachos son despreciados y no sin causa, pero nadie lo hizo y el hombre quedo allí con su perorata de protesta y razón. No le felicité evitando la empalagosa amistad que agarran los ebrios al primer asomo de apoyo y yo pronto debía de decir verdades bien sobrio en otro lugar, rodeado de las fuerzas policiales y del MININT en caso de que lograra llegar sin ser secuestrado antes.

Subí al ómnibus repleto y baje en 19 y 46. Caminé rumbo a 1ra y 60. Había recibido ya una llamada de Lili contestándole que unas cuadras antes de llegar, la llamaría. Cruzo frente a una Paladar donde hace entrada un auto de turismo, del otro lado de la verja un señor lo recibe con amabilidad y delicadeza. Dentro le esperan deliciosos manjares y gratas bebidas, pienso en los cubanos de a pie que nunca podrán sentarse allí mientras exista este sistema. Alzo el rostro y miro hacia el frente, mis pasos se hacen más firmes.

Antes de cruzar 5ta llamo a Lili y le comunico que si no la llamo dentro de 20 minutos estoy preso. Son las 20 horas con 23 minutos, ya cruzo 3ra y diviso el grupo de agentes en la esquina de 1ra A. Me autoanalizo por si queda en alguna grieta algún vestigio de temor, me siento satisfecho: por lo menos hoy no existe. Avanzo directamente hacia ellos, cuando me acerco descubro en la entrada izquierda un auto patrulla y una moto de transito en medio de la calle. Al llegar al grupo los primeros agentes de la Gestapo castrista me dan paso, luego los últimos junto a dos policías me lo cierran. Los uniformados: una mujer negra y un hombre me piden el carnet de identidad. Ya lo tenía a mano y se lo entrego. La muchacha uniformada de azul me pregunta hacia donde voy. “A casa de Antonio Rodiles” le digo. “Póngase para acá” me ordenan los de civil mientras uno me toma del brazo y otro llama al puesto de mando, da mi nombre y escucho cuando alguien le ordena un traslado. Ya entonces se han acercado los tripulantes del auto patrulla y tomándome uno de ellos por el brazo, seguido de dos de la Gestapo, me conduce al carro blanco rotulado en negro. Con las manos sobre el techo me cachean. El teléfono y las llaves de la casa no me los quita el policía, pero el de la Gestapo me pregunta “¿tienes teléfono?” Por un instante titubeo. Quizás haya sido un gesto de bondad del policía y si fuera así pensaría mal de mí, pero la mentira es denigrante y de cobardes, de los que sirven a Satanás. No lo soportaría después, y si por casualidad el agente descubre el teléfono sentiría demasiada vergüenza, la paz interior siempre será más fuerte que la paz exterior y de la interior partirá la que se pueda irradiar. No le contesto y lo busco en el abrigo aparentando dificultad, para proteger al uniformado en caso de que allá tenido el gesto de bondad. Así el de la Gestapo podría pensar en una novatada y no regañar al policía. Se lo entrego al uniformado, el civil le ordena que lo apague.

Me llevan las manos a la espalda y colocan las esposas. Esta vez no apretaron demasiado. Abren la puerta trasera, me introducen y quedo sentado en posición fetal porque las manos en la espalda con las esposas puestas causan dolor si te yergues. Son una tortura permanente, pero tengo una lesión en una vértebra y esa posición es difícil. Entonces ladeo las manos y de esa forma es más resistible. El carro, después de unos minutos allí sube por 60. Dentro siento calor con el abrigo puesto y comienzo a sudar. Los cristales están subidos pero prefiero ahogarme antes que pedir clemencia. Atravesamos 3ra y luego 5ta. El policía de la garita no se asoma pero debe estar alertado de todo el operativo. Vamos en sentido contrario hacia donde caminaba unos minutos antes. Así es, aunque está noche tenga un solo destino: enfrentarme al poder, la dirección puede, solo en segundos, variar.

Las luces de los autos y del escaso alumbrado público se desplazan con rapidez hacia atrás. Un hueco en la vía me hace pegar contra la puerta. El chofer pronuncia una exclamación obscena. Por suerte el viaje ha sido corto y no estoy ahogado. Ya estamos deteniéndonos frente al DTI de “Playa”: la “5ta estación”. Me baja uno de los uniformados, el otro le hace un gesto de espera mientras se desplaza a la parte ocupada por mí unos minutos antes y comienza a buscar minuciosamente. Por un segundo pienso que está colocando algo para involucrarme en un delito común. Hay comentarios de que esas cosas suceden, pero “quién no la debe, no la teme” dice el adagio campesino. Al fin termina y abren las esposas. Subo los escalones de la entrada, me pasan de largo por la carpeta. No dan conocimiento a los recepcionistas. En un pasillo me entregan a un negro uniformado de verde olivo, que abre rejas y quedo en una celda amplia ocupada por bancos de mármol. La única palabra que he cruzado con ellos es el saludo de “buenas noches” que nadie respondió. Ya dentro me quito el abrigo y unos minutos después me pongo a orar. No pedía a Dios que me salvara de aquello ni que ellos fueran maldecidos sino que me diera todo lo necesario para enfrentar cualquier incontinencia. Recordé a Pedro encarcelado y cantando, luego el terremoto y las puertas de la cárcel abriéndose. Sin embargo, el no salió para salvar al guardia. Había otro sentimiento emocionante: me sentía bien allí. No estaba preso: la libertad era yo, estaba dentro de todo mi ser.

Quizás habían transcurrido 40 minutos cuando un mulato y el negro de verde olivo me llamaron y me condujeron a una oficinita donde me recibió un señor con la mano extendida y una sonrisa en los labios. Tomó mi mano y la apretó con euforia, mientras casi me abrazaba. Pareció un reencuentro de viejos amigos. Para un espectador que no haya visto el acto de traerme hasta allí esposado en un auto policial, podría parecerle un reencuentro filial. Yo lo tomé como el ejercicio de una clase de la escuela de inteligencia, o contra la inteligencia, de gobiernos para conservar el poder, sin la inteligencia. Quizás en algún libro académico de la Stasi , la KGB,  la Lubianca u otra organizacion represora estaba escrito la sutil pedagogía, Era parte del programa de la bondad represiva que actúa fuera de los derechos humanos Me indicó una silla y dijo: “Agustín López hace mucho tiempo que deseaba conversar con usted pero necesito que lo tome como una conversación personal. Lamento las circunstancia en que ha sido traído.” Fue a seguir el programa detestable de la hipocresía pero lo interrumpí: “Acepto las condiciones, eso no me disminuye, en cualquier lugar, a cualquier hora y con cualquiera, no se preocupe”. Entonces le mire a los ojos y descubrí una mirada fría y segura.

Parecía estar convencido y preparado para llevar a cabo sus propósitos a cualquier precio, pero no en aquellos momentos. Desde entonces no le quité la mirada de sus ojos. Traté de hacerle un retrato mental porque no me dignaría a preguntarle el nombre si el no había tenido la decencia o el valor para presentarse. Medía de uno setenta a uno setenta y cinco, la compleción atlética demostraba salud y fuerza física, coronada con una cabeza de toro con los pocos cabellos que le quedaban bien recortados. El rostro redondo de ruso cubanizado adornado con el blanco bigote me dio la impresión que estaba entre los 46 y los 50, apostaría que por los 48.

Sostuvimos una larga conversación con dudoso respeto pero con gran diplomacia. No la escribo porque le dije precisamente que aceptaba el sentido personal de la conversación, aunque la conservaré hasta que él cometa el error de los que se creen con poder y dominio sobre otros.

“Pudiéramos estar toda la noche conversando pero hay otras cosas que hacer y ya es tarde” -me dijo, mientras se levantaba de la silla, daba la vuelta a la mesita y volvía al saludo efusivo. Esta vez era de despedida.Habia cumplido su objetivo ya no podria asistir al lugar donde me dirigia   Ya el mulato de la Gestapo bien conocido por él por la forma en que se trataban, me estaba esperando. Estuve unos minutos sentado en el salón de entrada y luego me condujeron a otro saloncito donde me esperaba un doctor que podría haber sido el sepulturero o el carnicero vestido con una bata blanca, porque no hubo identificación. Me indicaron sentarme mientras un corpulento señor que estaba sentado en una esquina con una cámara de televisión se ponía de pie y hacia una toma quién sabe con qué propósito; pero cualquiera que fuese, le ayudé en el trabajo. Terminada la maniobra con el supuesto médico, me sacaron de nuevo a la sala principal. En ese momento se sentaban frente al “carpeta” dos jóvenes con aspecto de jineteras o prostitutas, de esas tantas engendradas por la Revolución como víctimas de la injusticia social. Lamenté sus destinos, embriagado de compasión. El mulato me entrega el carnet y el teléfono, ya junto a mi nuevo “viejo amigo” que me vuelve a estrechar la mano prometiéndome un “próximo encuentro”. Me indican la salida y bajo la escalera de pocos peldaños que adorna la entrada, seguido del camarógrafo que rápidamente se coloca al frente junto a otro personal de la Gestapo y uniformados de azul. Pienso que quizás sea una toma importante para el Granma de mañana acompañada de un editorial donde diga “mercenario”, “contrarrevolucionario pagado por la mafia de Miami o agente de la CIA”. Miro entonces directamente a la cámara y me yergo más.

Ni ellos, ni algún periodista oficialista tendrán la suficiente dignidad y valor para enfrentar la verdad.

La noche está oscura y fresca, echo a andar de nuevo por esta ciudad de zombis y zascandiles. Pongo atención por si me están siguiendo, en la próxima cuadra un auto enciende los faros, me pongo alerta por si me va a embestir. Quizás la toma sea para presentar la evidencia de que salí perfectamente de la Unidad. No ocurre nada, el auto entró a un garaje. Enciendo el teléfono y llamo a Lili indicándole que estoy libre y por dónde transito. Luego llamo a mi hermana preocupado porque la hayan detenido también antes de llegar. “No está en casa” -me dice su esposo, “ella se fue con Arabel”. Un sobresalto me invade por sus enfermedades, entonces llamo a Arabel y respiro con tranquilidad cuando me dice que están todos bien en casa de Rodiles disfrutando Estado de SATS, desde allá también me habla Elizardo Sánchez averiguando cómo estoy. “Todo está bien”, me digo, y una especie de melancolía placentera me invade.

Siento la necesidad y el deseo de caminar en silencio por estas calles llenas de sombras, y vacías, sintiendo esta Cuba mía, agonizante y arruinada transitar por cada grieta de mi alma: un poco más vivo y muero con ella.

En otra calle por la que cruzo con la embriaguez de la ingenuidad cuatros jóvenes atraviesan la noche ignorando el futuro. Quizás tengan las mismas ilusiones que yo hace 35 años atrás.

Mis compañeros no me dejan seguir, aparecen en el auto de Arabel junto con mi hermana y me recogen. Quiero seguir en la noche, ellos dicen que hay peligro pero  ignoran los dos ángeles que me custodian. Gracias Dios mío por conocer mi corazón.