Archivo por días: diciembre 8, 2012

Extrañas navidades

Taller de Rebeca

Desde niña, la época más feliz del año para mí, era la Navidad. Quizás porque el ambiente general que rodeaba estas fechas era de alegría y distensión. Todas las personas adultas se volvían más simpáticas, tal vez porque recibían sus “aguinaldos”, que generalmente equivalían a otro salario más en el propio mes, lo que hacía que a su vez fueran más tolerantes con los más pequeños y jóvenes de la familia y del vecindario, quienes por aquellos tiempos eran como una extensión de ésta.

Yo siempre observé con curiosidad, pero a la vez con la ingenuidad propia de una niña, que mis tías y mi mamá, días antes de las fechas claves -Navidad y Reyes-, restauraban viejos juguetes y muñecas, limpiándolos y haciéndoles nuevos vestidos, para que todo quedara reluciente. Recuerdo que una de mis tías hacía soldaditos de plomo, que después mi abuelo se encargaba de pintar adecuadamente. Todo este proceso de echar el plomo derretido en los moldes, me fascinaba y lo observaba con deleite. Nunca asocié este afanado taller con otra cosa que no fuera una tarea más, en un hogar donde todos eran muy laboriosos. No fue hasta que mi primo Ignacito, el más travieso de nosotros, se me acercó en secreto y me dijo: “Prima, los Reyes son los padres. Si quieres comprobarlo, la noche antes quédate despierta igual que yo, para que veas a mi papá disfrazado de Rey, colocándonos los juguetes alrededor del árbol de Navidad”.

Después de esta confesión que mi hiciera, fue que me di cuenta que estas muñecas y juguetes restaurados, habían pasado a ser propiedad de otros niños del barrio, de familias con menos recursos que la nuestra.

Yo, que adoraba a mi primo, que era mi héroe y trataba de seguirlo en todas sus travesuras, me uní a él la noche previa al añorado día. Tratando de luchar contra el sueño, finalmente Morfeo me venció antes que pudiera ver rota mi fantasía. Pero ya las cosas no serían igual, ya los años posteriores, no me daban deseos de dejar agua y paja para los camellos. Sin embargo, no sé por qué oculta razón, seguí creyendo y alimentando esa ilusión unos cuantos años más.

Crecí, y con mi adolescencia llegó el año cincuenta y nueve. Lo primero que vi esfumarse fue esa linda familia, que tanto siempre había disfrutado: se fueron mis tías y mis tíos y con ellos mis primos. Eso fue un dolor extraño que nunca antes había sentido, como si se rompiera algo dentro de mí. Después se fueron mis amigas. No más paseos a ver vidrieras, no más olor a pino fresco en los portales de las tiendas, no más guirnaldas ni juguetes. Todo eso desapareció. Nunca más volví a escuchar aquellos villancicos y canciones navideñas, ni en las calles ni en la radio y mucho menos en la televisión: fueron sustituidas por marchas e himnos.

Durante más de cincuenta años añoré volver a escuchar un villancico o una canción navideña. Esto nunca sucedió. Sin embargo, este año, con el nuevo auge de los pequeños negocios por cuenta propia y el ingenio popular, hemos pasado todo el verano, hasta hoy, escuchando a los improvisados carritos de helado casero, anunciándose con música de villancicos, que evidentemente (porque todos tienen el mismo), les han sido incorporados, posiblemente con la música que viene con las guirnaldas, que se venden en las tiendas de recaudación de divisas.

Esto ha pasado a ser algo así como aquello de que, “no querías caldo, pues toma tres tazas”. Nada, que lo que durante más de medio siglo fue una carencia, ahora se ha convertido en una sobredosis. Las únicas señales de que estamos en Navidad son estos carritos y los paladares.

Payá en Miami, en Cuba

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La noche del viernes 7 de diciembre fue una muy buena ocasión para dejar inaugurada la Peña del Pensamiento democrático de Oswaldo “Payá Sardiñas”. En la velada se dio lectura al Documento más reciente del MCL, tuve la oportunidad de expresarle al público mi parecer sobre de la situación cubana de ahora mismo, según mi propia experiencia. Varios activistas del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) que trabajaron junto a Oswaldo en Cuba y desde el exterior departieron sobre su pensamiento. La idea de Payá de trabajar puerta a puerta con los cubanos  dejó claro que cualquier resquicio dejado por el poder del sistema cerrado es aprovechable por la sociedad civil independiente. A una de las preguntas del público a los panelistas, Antonio Díaz Sánchez, de la causa de los 75 opinó que las acciones del MCL encaminadas a gestar la unidad del pueblo cubano se emparentaban con las ideas de V. Havel.

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En mi parecer la divisa principal de Oswaldo Payá provenía de la mordacidad de sus propios críticos, las impugnaciones dentro de Cuba siempre aludían a que Payá solo “estaba recogiendo firmas”, sin embargo, esa acción era una de las maneras en que más conexión tenía el MCL con el pueblo de Cuba. La decisión de más de once mil cubanos de expresar su descontento exponiendo su identidad frente a un régimen tan opresivo, fue solo un asomo de lo que hubiera hecho la sociedad civil independiente cubana con un poco más de articulación y eficacia.

La noche estuvo premiada por la presencia vía telefónica de Rosa María Payá, la hija de Oswaldo, quien habló a los presentes sobre los distintos proyectos en que aún se encuentra enfrascado el MCL. Rosa María respondió con claridad a una pregunta sobre la investigación de las circunstancias extrañas en que murieran su padre y el activista Harold Cepero Escalante, además de demostrar que su juventud y compromiso con la lucha por la libertad de Cuba serán un problema para la dinámica represiva actual. Familiares, amigos de Oswaldo Payá y un nutrido grupo de ex prisioneros de la Causa de los 75, tres Damas de Blanco y parte del ejecutivo del directorio Democrático Cubano se sumaron al homenaje, a la noche de trabajo que hubiera agradado y estimulado sobremanera al líder del Movimiento Cristiano liberación.

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Contra la Inteligencia II

Cuando llegamos a la unidad policial de Aguilera, me condujeron a los calabozos. Los guardias me sostenían por los brazos, casi iba a rastras. No tenía fuerzas, las dolencias me recorrían el cuerpo, pero sobre todo los golpes en las costillas hacían que me faltara el aire y era como un cuchillo que me hincaba una y otra vez. No quería gritar de dolor para no darles el gusto de verme sufrir, aunque las ganas no me faltaban.
Me bajaron al sótano del edificio. El mal olor avisaba la cercanía de los calabozos. Se abrieron varias rejas Tenía los ojos cerrados, el malestar me nublaba la visión. Me dejaron sobre la cama de concreto de la celda. Me mantuve varias horas luchando por detener la respiración, cada vez que lo hacía sentía la punta del cuchillo lacerándome las costillas. Luego, lentamente, comenzó el alivio.
Un guardia me preguntó si iba a almorzar. Le dije que no. ¿Estás en huelga de hambre? Le respondí que sí. Se alejó y escuché que se lo informaba a su superior, mientras éste le precisaba que me hiciera entender que no le daba importancia. Dijo que así lo había hecho. Lo que no fue cierto, porque cuando le comuniqué mi decisión de no alimentarme, se quedó mirándome preocupado, muy preocupado.
Al rato pasó por delante de mi celda el fotógrafo Claudio Fuentes, a quien habían apresado conmigo. Lo llevaban a almorzar. Me saludó y en sus ojos vi la sorpresa de ver mi estado de calamidad con la camisa raída y ensangrentada. Le pregunté por Yoani Sánchez, me dijo que no sabía de ella. Le pregunté por la abogada Laritza y me dijo que la habían soltado la noche antes y que estaba en la misma celda que yo me encontraba ahora. Al menos tuve unos segundos de alegría. ¿Y de Antonio Rodiles? Nada, no sabía de nadie más, me dijo, y el guardia le gritó, para que se apresurara, que no conversara conmigo.
Esa noche, luego de negarme a comer, decidieron cambiarme de celda. Me unieron con Claudio. Nos dio tremenda alegría poder conversar. En la pared, en letras bien grandes, habían escrito: Abajo Fidel. Vivan los Derechos Humanos. Casi no dormimos. La pasamos hablando de cine, fotografía, novias, literatura, historia, y de los sueños de justicia que ambos anhelábamos para Cuba.
La pregunta recurrente que nos repetíamos era si habrían soltado a Yoani, o si aún la mantendrían apresada. Recordaba que todo el tiempo, durante el altercado con la policía, mi gran preocupación era que la golpearan, por lo que había intentado mantenerme cerca de ella para evitar que lo hicieran a cualquier costo. Por suerte esa vez no ocurrió.
Comenzaba el circo de hacerme culpable
A la mañana siguiente vinieron a buscarme para levantarme, “formalmente”, las acusaciones. Me hicieron dos causas: “Negarme a ser detenido”, y, “Daños”. Expliqué los hechos como acontecieron, y dije que era una vergüenza flagrante que intentaran acusarme de algo que no hice, más bien los acusados deberían ser toda la tropa de abusadores que se presentaron como “agentes de la Contra Inteligencia”, perfecto nombre para esos represores y sicarios, como les gritó Yoani.
El “Instructor” apenas hablaba, sólo cumplía órdenes. Hizo su trabajo lo mejor que pudo, pues no accedí a cooperar con la injusticia. Les recordé que ellos eran los primeros que violaban la ley, que no me habían permitido mi llamada telefónica establecida por sus propias leyes. Se quedó callado, no sabía qué responder. Dijo que consultaría con los superiores y que luego me diría. Por supuesto, nunca más volví a verlo, y ni mucho menos recibí el permiso para hacer la llamada telefónica.
De vuelta al calabozo le conté a Claudio lo sucedido, y nos reímos para no llorar de rabia por cinismo gubernamental y sus injusticias. Un rato después vino un oficial a decirme que mi familia estaba en la unidad y que me traían utensilios para el aseo personal. Me preguntó si quería enviarle algún mensaje verbal. Le dije que les hiciera saber que yo estaba feliz y que me encontraba donde mi corazón me había llevado. El oficial me observó como si yo estuviera demente. Pensé que no le daría el recado. Luego supe que sí se lo dijeron, y que entonces mi familia pudo confirmar que yo me hallaba allí. Aproveché para enviarles mi camisa rota y manchada con mi sangre. Creí que quizá los guardias la sacarían de la jaba para no entregársela a mis familiares.
A ratos, Claudio y yo les recordábamos a los calaboceros que teníamos derecho a una llamada telefónica, y ellos nos respondían que sólo se les tenía permitido darnos comida y vigilarnos, pero que no había ninguna autorización sobre otros aspectos, que eso era potestad de la “Seguridad del Estado”.
Mientras tanto, veíamos cómo se les autorizaba a los presos comunes llamar por teléfono cuantas veces quisieran. Como yo había podido pasar a la celda una tarjeta telefónica, se me ocurrió negociar con aquellos delincuentes que, si me hacían una llamada, les dejaba usar la tarjeta; y accedieron. Pero cuando quise que avisaran mi pedido de tomarle foto a la camisa ensangrentada y ponerla en internet, se mostraron nerviosos. Entonces hablé con uno que tenía una fianza de 500 pesos, y su familia no tenía el dinero. Le dije que hiciera la llamada y que de parte mía dijera que le entregaran esa cantidad. Al fin accedió.
Después de almuerzo liberaron a Claudio. Mientras recogía las pertenencias, entre ellas la cámara fotográfica, intentó tomarme una película asomado en el calabozo donde yo extendía la mano con los dedos índice y pulgar erguidos en forma de ele, como símbolo de libertad; pero el calabocero se percató de lo que pretendía hacer y se enfureció.
Luego que Claudio se marchó, sentí caer todo el peso de la soledad sobre mí. Algunos presos comunes me llamaban desde su celda. Uno de ellos, que conocía desde la niñez, me dijo que si aceptaba que él me pasara comida escondida. Le dije que no, que esa trampa me hacía daño a mí, porque socavaba mi decisión de permanecer en huelga. De todas formas no entendió. Tampoco sabré nunca si era enviado por mis captores. Al rato trajeron un detenido por golpear a la esposa. Apenas hablamos, sospeché que podría ser un enviado de la “Seguridad del Estado”.
Llamé al calabocero para que me permitiera asearme, pero me dijo que el recluso que no comía, no se le permitía nada. Al rato me quitaron la ropa y las sabanas. Aquella noche fría tuve que taparme los hombros apenas con el short. Luego trajeron a tres hombres negros, muy fornidos. Era evidente que estaban al servicio de la “Seguridad del Estado”. Contaron sus falsas historias. Y yo les seguí el juego, pero aproveché para decirles todo lo que deseaba gritarles a mis captores. Lo único que me respondían era que me fuera del país, que “Dios le da barba al que no tiene quijada”; se burlaban porque yo podía estar afuera del país, que había viajado a los Estados Unidos, Europa, América, y mira donde me encontraba, que eso era cosa de loco. Y volvía a decirles y a ofenderlos con mis sentimientos. Mientras lo hacía se mantenían en silencio, y sentía que les dolía no poder callarme la boca a piñazos.
En la madrugada llegó un “agente” de la “Seguridad del Estado”. Le grité, desde mi celda, que no deseaba conversar con nadie, que lo único que podían hacer era volverme a golpear, pero que de mí no obtendrían ninguna conversación. El oficial entró a la celda luego de hacer salir a los reclusos. Entonces pensé que volverían a golpearme.
Ángel Santiesteban-Prats.