Más de dos décadas después de la reparación postmorten del legado literario de Virgilio Piñera (Cárdenas, 4.8.1912-La Habana, 18.10.1979), la mayoría de las personas que hablan del autor apenas han leído sus cuentos, poemas, ensayos, dramas y tragedias. ¿De qué hablan entonces? Pues de su condición homosexual y aspectos de su personalidad como los duelos verbales con los críticos, sus respuestas sarcásticas y nimiedades acerca del traje que usaba, el paraguas, los cigarrillos y hasta del miedo o, mejor aún, de su honestidad intelectual frente a los comisarios de cultura del régimen militar cubano.
Salvo para actores, dramaturgos, narradores y conocedores de nuestra literatura, Piñera es un eco de ecos, un mito literario más que un creador proteico, experimental y difícil, que merece el reencuentro con su escritura y la representación de sus dramas, tragedias y comedias. El 2012 puede ser una ocasión propicia pues como arriba a su Centenario existe un programa de homenajes, ediciones completas y reposición de sus piezas teatrales; lo cual resulta justo ya que desde 1961 hasta su muerte Virgilio siguió escribiendo mientras sobrevivía como traductor de francés, pero sus dramas dejaron de ser representadas, sus cuentos, poemarios y ensayos no fueron editados y hasta su nombre despareció de las revistas y periódicos.
Virgilio Piñera representa las antípodas de José Lezama Lima, otro famoso excluido del panteón literario por razones políticas más que estéticas. Para los censores, ambos fueron conflictivos por su desdén ante la mítica de la violencia y el denominado realismo socialista. Paradójicamente, ambos serían reincorporados tras la muerte. Lezama como símbolo del “escritor-escritor”, es decir, “no comprometido” o solo comprometido con la creación artística. Virgilio, menos barroco y más coloquial, devino paradigma del teatro contemporáneo cubano.
Como todo creador célebre Virgilio tuvo su leyenda negra: fama de majadero, intolerante e hipercrítico con la tradición, no con sus discípulos, quienes ofrecieron su perfil humano y las claves para adentrarnos en su legado narrativo y teatral. Los dramaturgos que percibieron su maestría y significación se sintieron atraídos por los ecos de “su desdén al mundo oficial, su humor corrosivo, su posición de francotirador, su iconoclasta rebeldía y hasta su oscura leyenda de incontables duelos literarios”.
Virgilio, esencialmente teatral, usó la escena como ejercicio mental, válido para descargar la pobreza que marcó a su familia y el entorno provinciano insular. “Soy ese que hace más seria la seriedad a través del humor, del absurdo y de lo grotesco”. Para justificarse adoptó el socorrido papel de víctima propiciatoria y dividió el género humano en elegidos y postergados, instalándose entre los últimos.
Vivió casi una década en Buenos Aires, pero sus dramas son esencialmente cubanos, una cubanía que no viene del bufo ni del teatro didáctico y moralizante, sino del manejo de temas y circunstancias criollas y de diálogos y frases acuñadas por el populacho. Antes de 1959 publicó tres piezas y estrenó cuatro: Electra Garrigó (1948), Jesús (1950), Falsa alarma (1957) y La boda (1958). Después representó cinco títulos, editó nueve en libros y dos en publicaciones periódicas. En 1960 vio la luz su Teatro completo, ampliado y reeditado después por Rine Leal. Fuera de la isla llevó a escena Electra Garrigó, Dos viejos pánicos, premiada en 1968 por la Casa de las Américas; Aire frío y Una caja de zapatos vacía.
Quien desee conocer la obra de este autor debiera conseguir las antologías Virgilio Piñera Cuentos completos, de Antón Arrufat, editada en La Habana en 2002 y 2004, y Teatro Completo, ordenado y prologado por Rine Leal –Biblioteca Literatura Cubana, 2002 y 2006-; volúmenes que resurgirán en la Feria del Libro de La Habana del 2012, junto a recopilaciones de sus poemas, ensayos y artículos, así como testimonios escritos por amigos y seguidores de Piñera, calificado como intelectual beligerante, conversador agudo y creador del teatro del absurdo – su Electra Garrigó es anterior a La soprano calvo del acreditado Ionesco-.
En ocasión del Centenario de su nacimiento resulta agradable volver a sus dramas, tragedias y comedias, en los que palpitan incesantes búsquedas y experimentación expresiva; así como su aparente sencillez, lograda a base de diálogos tan cubanos como agudos, llenos de situaciones tragicómicas y absurdas, a veces de realismo descarnado, como Aire frío –inspirada en su familia-.
Rine Leal calificó a Piñera como un dramaturgo de transición que influyó en los teatristas posteriores y elevó la escena cubana al nivel alcanzado antes en la música, la poesía, la narrativa y las artes plásticas. El crítico sitúa al gran dramaturgo en la estética de la negación y valora como se adentra en las paradojas absurdas, el juego de los espejos y el ritual de las máscaras, en tanto acudió a la evasión como medio de resistencia ante las tensiones de su época.
Recordemos, por ejemplo, que Electra Garrigó, fue considerada por María Zambrano en 1948 como “la obra más hermosa, valiente y capaz de autor cubano estrenada en La Habana… realizada con coherencia y justicia, y con esa terrible honestidad suicida”. En Jesús, Piñera hilvana una parodia conmovedora de valor alegórico, donde el personaje principal –el barbero de 33 años Jesús García, vecino de La Habana- se niega a hacer milagros ante los rumores de vecinos y autoridades, lo cual lo representa un desafío ante expectativas absurdas.
Pudiéramos seguir con anotaciones acerca de El filántropo, Falsa alarma, Dos viejos pánicos y otras obras memorables de Virgilio Piñera, pero preferimos que lo intente el lector tras leer o asistir a las representaciones de su legado teatral en ocasión de su Centenario de vida.
