Moustaki, el trovador sin fronteras. / Miguel Iturria Savón.
Quienes salen de Cuba transitan del encierro al rescate de esa “infancia no vivida” y la “nueva adolescencia”, seguidas por una “juventud” de andanzas y hallazgos azarosos, como le ha sucedido a millares de extranjeros asentados en ciudades de Europa o América. En mi caso, los “por qué” atraviesan la magia del comercio, las maravillosas playas del Mediterráneo, la diversidad lingüística y geográfica y los enroques históricos y festivos de esta España tragicómica que me acoge en tiempos de crisis.
Pienso en estas cosas mientras escucho en Spotify la voz cálida, intimista y amorosa del gran Georges Moustaki, quien murió el 23 de mayo en Niza a los 79 años y es evocado ahora por personalidades del arte y las letras de Francia, España, Grecia y ciudades de Europa y América, donde millones de soñadores se identificaron con las canciones de este trovador nacido en Alejandría (Egipto) y multiplicado en París tras una década de vida bohemia, viajes, amores y amigos que interpretaron sus primeras canciones, como la mítica Edith Piaf, Serge Regianne y Georges Brassens, cuyo nombre adoptó –se llamaba Giuseppe-.
Al escuchar las conmovedoras canciones y leer varias reseñas sobre la vida y la obra del inmigrante hebreo de familia griega, recuerdo que su nombre es apenas una referencia en Cuba; solo una vez disfruté en casa de un amigo marinero la “aparente sencillez compositiva” y el lenguaje intimista de hondura literaria y coloquial de este trovador fascinado por París y marcado por el Mediterráneo, como Joan M. Serrat o Joaquín Sabina, cuyos discos circularon en la mayor del Caribe.
Considerado como un “canon de elegancia natural” que “gustaba y le gustaba gustar”, Moustaki “proclamó el derecho a la pereza” pero trabajó muchísimo pues, además de sus célebres canciones y conciertos, publicó cuentos, novelas y memorias. Es apreciado como uno de los intérpretes más prolíficos y sensibles de la segunda mitad del siglo XX. Estuvo vinculado a la fallida revolución juvenil de mayo de 1968 en París y a la izquierda anticapitalista, pero en sus composiciones apenas introduce sus postulados ideológicos, salvo en La marcha de Sacco y Vanzetti.
Su voz, su guitarra, sus letras y la extensa formación musical abierta a las influencias están en mejor armonía con el tipo meditabundo de imagen paternal –con barba y melena-, que con el “intelectual comprometido” que votaba a veces por la extrema izquierda u organiza en 1977 un concierto contra la dictadura militar argentina.
Más que un producto del mercado discográfico, Moustaki simboliza el sentido libertario de la trova moderna. En Le facteur (El cartero) asocia la muerte de un joven cartero con la pérdida del amor: “…el amor no puede viajar mas / ha perdido su mensajero”. El amor gravita a su vez en las estrofas finales de Le meteque (El extranjero), que devino en su himno global y es una pieza autobiográfica, desgarradora y referencial que expresa su alergia a las fronteras: “Con mi cara de extranjero / de judío errante, de pastor griego / y mis cabellos a los cuatro vientos /…/ Con mis manos de ladrón / de músico y merodeador / que han pillado en muchos jardines /…/ Yo vendré, mi dulce cautiva…
Sugestiva y mítica resulta Ma liberté (Mi libertad), poema musical de hondura filosófica que retrata al cantor y sus encrucijadas amatorias: “Mi libertad / ante tus deseos / mi alma estaba sumisa/…/ Mi libertad / tu sabes desarmar / todos mis hábitos /…/ tu que me has hecho amar / incluso la soledad…
No sigo, sugiero buscar sus canciones en aquellos discos de pasta de las décadas del 60 y 70, en los últimos conciertos ofrecidos en Francia o España o en Internet -programa Spotify-. Propongo escuchar Ma solitude (Mi soledad), Tango de mañana, La marcha de Sacco y Vanzetti y las versiones hechas por Moustaki de piezas antológicas de Chico Buarque.















