Archivo del Autor: Jeovany Jiménez

Caracas en final de fotofinish.

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Por: Jeovany Jienez Vega.

Confieso que, como a muchos, me sorprendió lo reñido de la contienda. Menos de 300000 votos de diferencia –y ambos candidatos con más de 7000000– es prácticamente un empate técnico que llama a una ingente reflexión: ¿cómo es posible que después de todos esas Misiones instrumentadas por el Gobierno de Hugo Chávez aún la mitad de los venezolanos voten por la alternativa de Capriles? ¿Serán así de ingratos los venezolanos o detrás de este giro se oculta la parte de la historia que escapa siempre que se mira a través de un monoprisma?
Como decía en mi antepenúltimo post, casi toda referencia sobre el asunto me ha llegado mediante colegas que regresan de Venezuela, trabajadores que partieron bajo condiciones que me abstengo de juzgar por no atizar a los demonios. Pero lo cierto es que ahora la evidencia nos llega incontestable: la mitad de los electores votaron por el proyecto que aboga a dar la marcha atrás a más de una década de Revolución Bolivariana y optan por el regreso al anterior esquema.
Sé bien, por experiencia propia, que las olas del mar suelen distorsionar la realidad que emiten las antenas; así se cuentan por cientos de millones los terrícolas que aún tienen una imagen distorsionada de la realidad cubana, por ejemplo, y por analogía pudiera suceder lo mismo en este caso. Especulo sobre la posibilidad de que detrás del discurso, incluso sincero, de Hugo Chávez, se cobijara ese elemento oportunista que nunca falta en estas coyunturas: toda una casta de funcionarios que en nombre del movimiento se llena los bolsillos y se posiciona mirando sólo cuánto lucrar en beneficio propio, algo que sí estaría viendo cada días toda esa masa de pueblo que votó por ambos bandos y que no transmitiría, presuntamente, Telesur.
Pero en lo personal, mi sexto sentido me hace dudar de la alternativa Capriles; sencillamente no le veo a éste el carisma necesario para conducir una nación. Con todo el sustento económico de la oligarquía como seguro apoyo logístico, sospecho que el dinero ha sido su única divisa. Puesto yo en la disyuntiva de elegir nunca hubiera optado por alguien tan carente de magnetismo.
Aunque opinar a más de mil kilómetros de tempestuoso Caribe siempre implica su lógico margen de error –sobre todo cuando se trata de realidades tan complejas– esto es algo que asumo en tanto no sea la mía más que una opinión entre millones. Deseo que cualquier camino que transite esa tierra hermana, sea cual sea, incluya la más absoluta independencia política y económica y la máxima justicia e inclusión social posible, y que todo llegue a través de sendas de paz porque es ese y no otro el sueño que deseo para mi propio pueblo. Pero tal como se ven las cosas, el Gobierno de Nicolás Maduro tendrá que hilar muy fino si quiere continuar con su ambicioso proyecto social, pues con total seguridad se seguirán tejiendo en su contra, desde dentro y desde fuera del país, poderosas y oscuras componendas.

El sueño, el bosque y el lobo nuevo.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Porque, aunque una nación se desmorone, las montañas permanecen. Y, con las montañas, queda la eterna responsabilidad del hombre de preservar lo que es esencialmente suyo, que es su alma. Y con la responsabilidad queda la posibilidad de anhelar y esforzarse y la satisfacción que resulta de hacerlo. Hanama Tasaki.

Hace 54 años, el triunfo de la Revolución cubana fue paradigma de una época a punto de eclosión. Los graves problemas sociales que se propuso cercenar y el antagonismo frontal con el Gobierno de EE.UU. le imprimieron a sus primeros años una tónica tensa y radical. La justeza de aquella lucha, el inmenso júbilo de aquel mar de pueblo ante la victoria y hechos posteriores como la campaña de alfabetización, la batalla de Girón y la crisis de octubre matizarían entre laureles a aquellos barbudos carismáticos; romántica imagen que halló resonancia en todos los movimientos de izquierda a nivel mundial. Entonces, como suele acontecer en épocas de semejante fervor, todo parecía posible.

Como cabría suponer, para dar vida a aquellos sueños se precisaba de un hombre diferente, portador de las mejores virtudes de su especie, capaz de hacer grandes sacrificios sin pedir nada, sincero, cabal y consecuente con su verdad hasta el punto de ser capaz de morir por ella. Urgía forjar un ser altruista ajeno a las miserias del pasado, sin el menor atisbo de egoísmo; se necesitaba un hombre consciente de su momento y de la impronta que debía ser legada; se aspiraba a un ser ideal –esbozado en los discursos del Che Guevara– y llamado a ser el modelo del poetizado futuro; se soñaba, en fin, con el hombre nuevo.

Pero aquella promesa no encontraría los caminos allanados hacia el edén prometido. Si bien durante los años iniciales del proceso fueron nacionalizados los latifundios, los intereses extranjeros y los de la gran burguesía, con la llegada de la “ofensiva revolucionaria” de 1968, estas medidas gubernamentales se redirigieron contra el mismo cubano que menos de una década antes había apoyado con fervor a la Revolución y que, de repente, se vio despojado de su pequeña empresa familiar –fuera esta una sencilla tiendecita de barrio, un humilde puesto de viandas o un minúsculo cajón de limpiabotas. A esta medida, desacertada y extrema, le siguieron décadas de estancamiento económico y florecimiento burocrático que no hicieron más que demostrar lo improcedente de un paso asumido al carbón del modelo soviético. A esto se le sumarían lamentables estrategias económicas, políticas y culturales, que sembraron el germen que luego fermentaría la simiente del modelo primogénitamente soñado.

Con el paso de los años, a lo anterior se añadía la carencia de garantías civiles, la no división de poderes y la orfandad ética instaurada en una prensa finalmente subyugada bajo la censura, todo lo cual fomentó una atmósfera de hipocresía social que no haría más que crecer exponencialmente. La promesa inicial de pluralidad que necesitaba el pueblo que hizo una guerra para liberarse del tirano Batista –así como de su horda de asesinos de la calaña de los Ventura Novo y los Cañizares, de la hiena Pilar García y de los Manferrer– terminó degenerando en esta pobreza cívica y espiritual que hoy nos avergüenza reconocer.

Ahora, 54 años más tarde, me pregunto cuánto queda de aquel sueño. ¿Qué legamos los jóvenes de hoy de la utopía del hombre nuevo? La quimera murió en su cuna y en su lugar surgió un ser capaz de toda la gama posible de dobleces morales y que huye de la verdad como las alimañas de la luz. A la sombra del miedo fue engendrado un ser indolente y egoísta, incapaz de proyectarse cívicamente con principios ni de ocuparse de nada que no tenga que ver consigo mismo. Insensible al dolor ajeno y sin querer, ¿sin poder? ir más allá, asegura los linderos de su parcelita y allí, en su kafkiana dimensión de insecto, vegeta en su propia cosecha de miserias sin desvelarse jamás por la gran parcela común.

No me instiga un ánimo inquisitivo ni mi juicio se pretende infalible, ni deseo pasar tabla rasa sobre el asunto, pero mucho me angustia que conductas que deberían ser ya oscuras excepciones sean aún la vergonzosa norma: veo con tristeza reducida al mínimo la espiritualidad de esta juventud, afanada en modas y reggaetones pero demasiado inculta y superficial como para reparar en asuntos mayores. Elevados conceptos como patria, compromiso, deber o sacrificio le son tan ajenos a la media de la juventud de hoy como las fórmulas de la física cuántica. Y no es que esté mal vivir intensamente, vestir a la moda y bailar hasta el delirio –pues la juventud es una sola y es, a la vez que bella, fugaz– pero también se debería ser, a la vez que alegre, profundo… ¿no es así Guevara?

Tuvo muchísimo que ver en tal devastación moral el megaexperimento de los preuniversitarios en el campo, que durante décadas mantuvo a varias generaciones de cubanos lejos de su familia, en la fase más crítica de su adolescencia, mientras cristalizaba su personalidad. Si bien en las aulas de estas becas existía un clima docente bastante adecuado –y de alta calidad en no pocos casos– en los dormitorios se vivía muchas veces el código de las prisiones: el bueno tenía que acoplarse a la seña del malo, y nunca viceversa, si quería sobrevivir; allí aquel joven en ciernes podía descender hasta el más procaz inescrúpulo. A esto habría que añadir la insondable crisis de valores que llegó con la década de los 90’. El deterioro profundísimo de los estándares de vida del pueblo motivó un éxodo masivo de profesores del Sistema de Nacional de enseñanza con sus lógicas consecuencias, y mientras tanto en la calle se entronizó definitivamente la ley de la selva. Luego el libretazo de la década del 2000 –con sus nunca logrados Profesores Generales Integrales, sus videoconferencias y graduaciones masivas de maestros emergentes y volátiles– vino a dar el puntillazo final. El triste resultado lo palpamos hoy; es mi generación y la generación hija de la mía el producto de aquellos años: la insensibilidad, la pésima educación y la vulgaridad más árida son la norma y alcanzan, hace mucho tiempo, proporciones epidémicas. En fin, que hemos creado un Frankenstein y hoy no sabemos qué hacer con él.

Pero conservo la obstinada esperanza de que no todo esté perdido. A semejante desolación opongo aquella inconmovible fe martiana en el mejoramiento humano. Tengo la viva certeza de que mi pueblo extraerá de los ilustrísimos ejemplos de su Historia la fuerza necesaria para levantarse de sus ruinas; para que el hombre nuevo que soñamos un día, y que me resisto a colocar entre las quimeras imposibles, nazca al fin –hijo de valores universales y no de adoctrinamientos políticos– para el bien definitivo de la patria. No precisamos para ello de prefabricadas arengas: lo esencial sería rescatar al hombre del abismo moral cavado por la simulación y la mentira. Necesitamos, con urgencia, una Revolución del alma. ¡¿Con qué contamos…?! increparán los miopes escépticos, y quedará como respuesta el digno grito de Agramonte que estremeció aquella manigua insurrecta: ¡con la vergüenza, con eso contamos, con la vergüenza de todos los cubanos dignos!

Lectura del punto 1.

1Por: Jeovany Jimenez Vega.

Tal vez la preocupación que me dejó la reciente visita del Presidente ruso Dimitri A. Medvedev a Cuba se deba a mi natural impericia en cuestiones económicas, pero a decir verdad la lectura del primer punto de su agenda deja poco espacio para las dudas. El Primer Ministro ruso establece claramente, como el primordial objetivo de su visita, establecer un “Convenio sobre la regularización de la deuda de la República de Cuba ante la Federación de Rusia por los créditos otorgados en el período de la extinta URSS.” Creo que para verlo más claro habría que echarle agua. Cualquier malpensado pudiera llevarse la impresión de que el camarada Medvedev vino a pasarnos el cepillo, en todo lo que a Rusia se refiera, por las tres décadas de “cooperación” durante la era soviética. Por más que se adorne o se disimule el asunto con otros nueve puntos que tendrán una dudosa repercusión, queda claro que aquel tiempo de los sueños quedó definitivamente atrás para esta generación de políticos rusos que nos lanzó un mensaje muy claro y conciso: parecen dispuestos a cobrar hasta el último centavo que se les deba.

Hace poco reflexionaba yo acerca de la postguerra y sobre cuánto puede progresar una sociedad que orienta oportunamente sus esfuerzos. Poco más de una década después de la segunda guerra mundial Europa era definitivamente otra. Sobre aquellas ciudades allanadas por los bombardeos nazis se erigió el despreocupado desenfado de los 60 y así también lo hizo Japón una vez despojado del lastre del militarismo. El mundo vio cómo, a pesar de la secuela nuclear, la tierra del sol naciente se erigía a velocidad de vértigo en una potencia económica mundial y una comparable evolución siguió Alemania, con todo y sus ciudades bombardeadas por la RAF, incluida aquella Berlín hundida apenas 10 años antes bajo la artillería del Ejército Rojo. Sin embargo, tres décadas de amplio proteccionismo económico soviético –equivalente a un Plan Marshall diseñado exclusivamente para nosotros– no nos bastaron nunca para despegar el vuelo. Eso sí, dejábamos para la historia un elocuente ejemplo de cómo llegar a desperdiciar una oportunidad semejante.

Pero como fue antaño sigue siendo y Moscú aún no cree en lágrimas. Ahora llega el tabarich Medvedev a esta hora y con semejante recado y no pudo hacerlo en un momento más inoportuno –por más que se amortice una parte del monto por diferencias de valor del antiguo rublo y haya sido acordado que se page en una década. Ya lo presentía desde que vi en la prensa el gesto algo ¿altanero? del ruso y el rostro un tanto ¿preocupado? de nuestro Presidente Raúl. A decir verdad no sé de dónde iremos a sacar a estas alturas todo lo que necesitaremos para pagar 30 años de recursos dilapidados a manos llenas –me pregunto si esto sería posible– por aquella época en que nadie podía suponer –ni la KGB, ni la CIA, ni Dios– que habría glasnost, ni perestroika y que alguien llegaría a apostar algún día, para bien o para mal, por el fin aparente de la Historia.

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Réquiem.

Hugo-ChávezPor Jeovany Jimenez Vega.

Con el intento de golpe de estado de abril de 2002, la oligarquía venezolana intentó sustituir del poder, y/o asesinar, al Comandante Hugo Chávez, líder de la entonces naciente Revolución Bolivariana. Fueron momentos de un intenso dramatismo: a la incertidumbre de las primeras horas le sustituyó el tsunami de pueblo, las ardientes oleadas que bajaron de los cerros para restituir en Miraflores, a golpe de puro coraje, a su presidente electo. Aquella fue una reacción impresionante y espontánea; a partir de entonces el mundo tuvo la certeza de que en Venezuela se gestaba algo más trascendente que el simple ascenso de un caudillo: se estaba ante un pueblo con auténticas aspiraciones, que obraba un valientísimo acto de desagravio a su auténtico líder.

Hechos paralelos como la masacre del puente Llaguno, ampliamente manipulada por los medios golpistas –francotiradores que le destrozaron el cráneo a venezolanos de ambos bandos para no levantar suspicacias a la hora de acusar a los chavistas– y otros, como el asedio a la embajada cubana, el cierre violento del canal oficial de televisión y el reconocimiento precipitado de varios países a un “gobierno de transición” que duró lo que un cubo de hielo al sol, definieron en buena medida el decursar de América Latina durante la siguiente década y ya son Historia constituida quiéranlo o no los detractores de Hugo Chávez.

Nunca he visitado Venezuela, por lo que no puedo opinar con certeza completa sobre una realidad que nunca viví de cerca. Muchas de mis referencias me han llegado a través de médicos, enfermeras o técnicos cubanos que prestaron servicios allá durante diferentes etapas y que me cuentan sobre una desmedida violencia social –dolorosa herencia de décadas pasadas– con su delincuencia juvenil organizada, con seminiños de gatillo fácil perpetrando crímenes a sangre fría; me cuentan sobre constantes tensiones políticas, sobre la carestía ascendente de la vida y sobre una corrupción que muestra su rostro oportunista en ambos bandos de la contienda.

Si de algo estoy consciente es de que para el Gobierno de Hugo Chávez nada fue precisamente fácil. Pero estoy convencido –igual puedo estar equivocado al respecto– que en el caso venezolano la referida carestía tiene un elevadísimo componente especulativo, propiciado por los sectores pudientes opositores, pues no se me ocurre cómo sería de otro modo tratándose de un país tan rico, poseedor de la mayor reserva mundial reconocida de petróleo. Pero no se puede soslayar el hecho de que si aquella oligarquía aún conserva poder económico suficiente para boicotear si lo decide, es precisamente porque el Gobierno de Hugo Chávez –amén de su proyección socialista, pero a diferencia de la experiencia cubana– respetó en Venezuela la propiedad privada, agenciando al Estado el control de los renglones más estratégicos.

En estos días los cubanos vimos cómo Maduro pronunciaba su primer discurso como Presidente encargado –en el que inmediatamente convocó a elecciones– bajo el mismo techo, ante connotados opositores procapitalistas que escuchaban con respeto y con respeto eran tratados, y vimos cómo a través de Telesur, el canal que podríamos llamar “oficialista” del chavismo, el líder opositor Capriles emitía su torpe discurso con toda naturalidad, ante este y otros medios de prensa –lección de tolerancia de la que aquí deberíamos aprender.

En cuanto a las elecciones del próximo 14 de abril, me quedaron pocas dudas. Con su discurso ante el país, Capriles no hizo otra cosa que cavar su propia tumba. El líder opositor dio una lección magistral de torpeza política y de cómo atraerse animadversiones atacando incisivamente, más que a las instituciones, a la sensibilidad humana de gente que aún estaba en pleno duelo, enarbolando una diatriba que dejó un mal sabor de cara a elecciones demasiado cercanas como para tener tiempo de enmendar su error. Estoy convencido de que este desliz le costará a Capriles decenas o cientos de miles, quizás millones de votos. Auguro que estas elecciones, con el componente emocional a su favor, serán ganadas por Maduro con un margen mayor que las últimas ganadas por Chávez. A su favor dejó el comandante un legado de millones de alfabetizados, aliviados y propietarios de nuevas viviendas, mediante misiones como Robinson, Barrio Adentro, Hábitat y Gran Misión Vivienda, entre otras que completaron un total de 21 y que buscaron, ante todo, humanizar la vida del venezolano común.

El comandante Chávez murió después de una larga batalla durante la cual nunca le mintió a su pueblo con respecto a su salud. Doctor Honoris Causa en 10 Universidades, Premio Internacional “José Martí” de la UNESCO y merecedor de decenas de Reconocimientos, Ordenes y Condecoraciones internacionales, murió convencido de la justeza de su lucha, de la culpabilidad del capitalismo neoliberal en los graves problemas de América Latina y de la gran estafa tendida al tercer mundo por instituciones mundiales como el FMI y el Banco Mundial; murió convencido de que Bolívar nos lanzó una propuesta salvadora hace dos siglos, y en consecuencia abrazó aquel sueño hasta su postrer aliento. Media humanidad le honró, incluida la Asamblea General de la ONU, la OEA y prácticamente todos los organismos regionales. Medio centenar de Jefes de Estado y de Gobierno, así como cientos de personalidades mundiales asistieron a su sepelio y dejó una innegable impronta en la nueva dinámica de relaciones norte-sur. Todo esto me convence de que con Hugo Rafael Chávez Frías no seremos nosotros sino la Historia, y quizás no hoy sino mañana, quien emita el veredicto final.

La rabia en los tiempos del cólera.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

El cólera, también llamado morbo asiático porque desde La India y China ha asolado reiteradamente al mundo con mortíferas pandemias, es el resultado de la colonización del aparato digestivo por un bacilo llamado Vibrio cholerae –una bacteria de la familia Spirillaceae muy sensible al calor y a los ácidos, que la destruyen rápidamente– descubierto en 1893 por R. Koch, quien también descubriera en 1882 el bacilo de la tuberculosis. Se trata de una enfermedad infecciosa, muy contagiosa, transmitida por vía oral mediante el agua y los alimentos contaminados con las deyecciones o el vómito del hombre enfermo o portador –la orina rara vez contiene vibriones– así como por el contacto con objetos como vasos, platos o cubiertos de mesa contagiados por un colérico.

Esta enfermedad tiene un período de incubación muy breve –que puede ser de dos o tres horas, pero que generalmente oscila de diez horas a tres días– durante el cual el individuo, ya contagiado, aún no muestra síntomas. Siempre se debe tener en cuenta que el cólera puede ser asintomático (es el caso de los llamados portadores asintomáticos del germen) así como el hecho comprobado de que ésta, en una parte considerable de los casos, la mayoría para algunos autores, no transcurre con el cuadro típico y grave, sino con un cuadro coleriforme o como una diarrea vulgar que escapa fácilmente al diagnóstico. Pasado este el período de incubación sobreviene el período de estado, en el que el paciente realmente enferma. Se hace una distinción de cinco formas clínicas hacia las que puede evolucionar un enfermo.

Que el cólera irrumpiera en Cuba era sólo cuestión de tiempo. La afluencia de viajeros, estudiantes extranjeros y el personal de las Misiones Médicas cubanas y de otras áreas de colaboración procedentes de países en epidemia, ha sido durante años una potencial puerta para la entrada de enfermedades infectocontagiosas a nuestro país. Esta vez, comenzando por Santiago de Cuba, se extendió durante los últimos meses hasta el occidente del país, incluida la capital, en forma de brotes tratados con premura y éxito variables, pero sin alcanzar, hasta el momento, rango de gran epidemia.

En la capital cubana la situación epidemiológica no es homogénea, sino que hay municipios más afectados que otros, pero sería una irresponsabilidad especular aquí sobre datos que no domino plenamente. Así mismo no sería prudente, ni ético, intentar minimizar la situación por la que atraviesa el país, aun cuando no estemos ante una situación epidemiológica explosiva, aunque me consta que las autoridades sanitarias hacen un gran esfuerzo para tratar de resolver la situación y no dudo que para las autoridades de gobierno también el asunto tenga una alta prioridad. Conspiran contra ello las irregularidades en el abasto de agua potable, la lamentable situación de la red de distribución y el deterioro de los sistemas de drenaje de albañales en muchos lugares del país –cuya solución depende de inversiones millonarias a mediano y largo plazo– así como la baja percepción de riesgo que pueden llegar a tener algunos sectores poblacionales ante una enfermedad para ellos desconocida, que no existía en Cuba desde finales del siglo XIX.

Este es un problema que hay que asumir en su justa medida, que no debe ser subestimado –porque estamos ante una enfermedad potencialmente letal y que ha dejado fehacientes ejemplos a través de la historia de cuántas vidas puede costar– pero que tampoco hay que sobredimensionar, pues tengo absoluta confianza en la competencia de mis colegas para tratar adecuadamente cada caso. Eso sí, la sociedad cubana debe poner en tensión toda su capacidad organizativa para erradicar este flagelo y así evitar que se constituya en un patrón endémico. El sistema de la Salud Pública cubana está preparado para así lograrlo. Sin triunfalismos gratuitos, estoy convencido de que en pocos meses la situación quedará bajo control.

Los médicos cubanos estamos suficientemente sensibilizados y capacitados para aniquilar este peligro. Que nuestro gobierno tenga una deuda para con nosotros; que se nos pague un “salario” de risa que nos obliga a vivir en la insolvencia más absurda; que aún se le dispense una mala atención a mi sector, en fin, que persista la vieja rabia por la vindicación pendiente, ya será harina de otro costal aunque no sea este el post que se proponga amasarla; aunque a pesar de todo siga siendo la rabia mi más conspicua vocación.

Peggy Pickit: las rutas del dolor.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

A las puertas del cielo se supone quien parte y en la agonía quien decide quedarse, pero cada cual desanda al final su propio camino al dolor común, cada cual hilvana su purgatorio. Estremecedora entrega de La Compañía del Cuartel la pasada semana en el Centro Cultural “Brecht”, del Vedado. “Peggy Pickit ve el rostro de Dios”, de Roland Schimmelpfenning, nos aboca a un sensible y polémico tema: cuánto de frustración o de realización personal puede implicar para un médico cubano partir a una colaboración de trabajo al extranjero o diluirse en la cotidianidad permaneciendo en Cuba.

Un argumento contenido y la actuación convincente de su joven elenco, logran abordar una realidad compleja y dolorosa, que tocó de cerca a este espectador por su propia condición de médico cubano, amigo de algunos que regresaron contando sus propias aventuras de Peggy Pickit y de otros tantos que no regresaron nunca.

Todo quiso decirse allí, todo quedó esbozado: asomarse a lo desconocido, a realidades también ardientes, a otra dimensión de la tragedia humana; saberse vehículo de un mensaje ajeno, ficha que se mueve al antojo o moneda de cambio; la mendicidad que compulsa a partir porque no sólo de pan se vive, porque los sueños también cuentan o porque el amor no basta; ese cruento desgarro de la pareja o la familia destruida en ciernes; hallarse mancillado por quien, te dijeron, sería tu hermano, encontrar que “…no siempre éramos bienvenidos, no”, en fin, que Peggy Pickit… nos asoma al lado penumbroso y humano de las misiones médicas cubanas, a su arista inconfesa, a esa que regresa con un velo de silencio dibujado en la mirada.

Se propone un acercamiento a uno de los puntos más polémicos y neurálgicos de la realidad que a mi sector atañe: la manera en que salir a una de esas misiones de trabajo puede afectar la vida de un profesional cubano que, al menos hasta el momento en que la obra fue escrita, no tenía permitido salir de su país sino bajo las condiciones exigidas por sus autoridades, y jamás por decisión propia; que una vez allá tenía –y tiene aún– que someterse a condiciones de vida en ocasiones extremas, expuesto a riesgos en su país impensables, que provienen de la naturaleza o de la hostilidad e ingratitud de los hombres, todo a sabiendas de que recibirá por ello un mínimo porciento de lo que entre países se pacta y entretanto permaneciendo alejado de su familia y de todo cuanto dejó.

Pero hoy, mientras aplaudo a La Compañía del Cuartel, me abstengo de emitir un juicio moral; nada más ajeno a mi ánimo que lanzar ataques capaces de herir susceptibilidades. Me sería muy difícil decir sinceramente lo que al respecto pienso sin que algún colega que estime se sienta aludido. A mi edad aprendí a ser tardo para opinar sobre realidades que no he vivido; a estas alturas intento, sobre todo, no juzgar. Por lo mismo decidí dejarlo a usted sacar sus propias conclusiones. Ya sabrán Carol y Martin sus razones para partir; ya sabrán Liz y Frank por qué eligieron quedarse. Quede cada cual –mejor así– a solas con su conciencia.

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Esperando la carroza…

IMG_0530Por: Jeovany Jimenez Vega.

La última vez que estuve en el mercado agropecuario, hace un par de días, encontré una variedad de ofertas que no recordaba desde mi niñez. Fue a mediados de la década de los 80´ que este mercado –al menos en Artemisa, donde vivo– tuvo su época de “esplendor”. Pero a los estrategas económicos les perturbó la prosperidad de los productores más emprendedores y consecuentes y aquello se acabó sin más ni más, de modo que lo que apenas unos años antes garantizaba en buena medida la demanda poblacional ya era, comenzada la siguiente década, historia pasada. Durante los años que le siguieron a aquel breve período, el sector campesino se ha visto, durante la mayor parte del tiempo, impedido de expandir su producción debido a leyes, ya bien limitantes a su productividad, ya bien amenazantes al fruto de su esfuerzo –hasta hoy siguen vigentes leyes que dan a la Fiscalía la potestad de confiscar, sin mucho miramiento, todo cuanto estime de un productor que florezca demasiado– y es obvio el efecto que esto ha tenido sobre el ánimo de aquellos que amanecen al pie del surco.

Diversos intentos de solución fueron emprendidos por el Estado –Plan Alimentario de los 90´ incluido– entre los que se destacaron las endebles Cooperativas de Créditos y Servicios –incluyendo su variante “fortalecida”– que nunca lograron garantizar un suministro constante y estable a la población, pues como norma fueron irrentables e inoperantes, dando lugar la mayoría de las veces a pérdidas económicas netas. Junto a la mala gestión de estas entidades a lo largo de todo el país, coexistió otro enorme obstáculo a la llegada de la producción hasta la mesa del cubano: la probada ineficacia y la irresponsabilidad de la empresa estatal de acopio. El Estado cubano monopolizó la actividad de acopio en una empresa única, y en su lucha contra los intermediarios eliminó toda la cadena de transporte de lo cosechado dejando esta actividad casi exclusivamente en manos de una entidad que, argumentando falta de combustible, de neumáticos, de cajas o de cualquier insumo, ha dejado pudrirse en el campo, año tras año, miles y miles de toneladas de alimento. Inexorablemente esto tuvo profundas consecuencias: los mercados continuaron desabastecidos y los precios por el techo, la producción fue desestimulada y el plato esperó ansioso por la comida que nunca llegó.

No se trata ahora de emprenderla nuevamente contra el intermediario que transporta la mercancía desde el campo –pues esa es sólo una actividad más, que no pueden asumir todos los productores precisamente por lo absorbente de su actividad. Para combatir la especulación se deben crear mecanismos que regulen, dinámicamente y con realismo, las políticas de precios. Pero antes que eso el Estado cubano tiene una grave cuenta pendiente con su pueblo: primero que todo debe predicar con el ejemplo y ajustar su política de precios irracional y hostil, perpetuada en el comercio minorista y que nos vacía el bolsillo a los dos días del cobro. ¡He aquí un excelente primer paso a dar para intentar normalizarlo todo! Solo en la medida que dejen de ser escandalosos los precios impuestos por el Estado irá teniendo el guajiro un incentivo para bajar los precios, tan escandalosos como aquellos, en la tarima de la feria.

Pero al parecer la política de Raúl Castro, un tanto más pragmática, ha brindado ya algunos frutos en cuanto a la oferta de alimentos, aunque no haya sucedido esto con toda la premura necesaria. Como no soy una voz autorizada, cabría escuchar el criterio de los productores al respecto pero, juzgando a primera vista, las circunstancias hoy parecen diferentes, aunque la situación no es homogénea a lo largo de todo el país y no todos los municipios tienen el “privilegio” de Artemisa –me lo confirma la gran afluencia de asiduos desde municipios colindantes a la feria de mi pueblo. Incluso, en la medida que nos alejamos de la capital, cuanto más se avanza hacia el oriente, más ostensible se hace el deterioro de nivel de vida y más merma la oferta agropecuaria.

Creo que aquí todo es, sobre todo, una cuestión de enfoque; el camino para satisfacer nuestras demandas pudiera ser mucho más corto de lo que se supone y el ejemplo de China lo demuestra: desde que Deng Xiao Ping determinó que más importante que el color del gato era que cazara ratones, pasaron muy pocos años para que se palparan resultados en la producción de alimentos. Así mismo Viet Nam –para confrontar esquemas de producción “análogos” al nuestro– aumentó sustancialmente su producción cuando abrió las puertas a la pequeña empresa familiar. ¡Ah! pero sucede en esos casos algo medularmente diferente al nuestro: un productor vietnamita puede salir al extranjero cuando necesita comprar sus propios insumos y un empresario chino puede, sin que nadie se escandalice por eso, amasar una fortuna personal si lo hace según medios legales y es que de eso se trata: sería mucho mejor que el Estado cubano, en lugar de intentar abastecer a todos nuestros productores –algo que hasta ahora no logra– les autorice a importar directamente cuanto necesiten cuando tengan los medios para hacerlo; sería mucho mejor aceptar que “…allegarse una fortuna es un deber, siempre que sea por medios lícitos…” –palabras de José Julián Martí, no mías– y siendo consecuentes con este pensamiento se reconforme nuestro cuerpo de leyes para que nadie más vea evaporarse, de la noche a la mañana, todo el fruto que cultivó durante años con el brío de sus manos.

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!Abre la muralla!

Granma-informaba-migratoria-Habana-octubre_PREIMA20130114_0138_40Por: Jeovany Jimenez Vega.

La entrada en vigor, desde el pasado 14 de enero, de las reformas a la política migratoria cubana, ha generado una expectativa sin precedentes en más de 50 años para un pueblo que sufrió ya por demasiado tiempo la separación familiar y el luto por las terribles muertes en el mar. Se supone que a partir de este momento dejó de existir aquel engendro de la tarjeta blanca –equivalente al sacrosanto permiso de salida– y con él también la execrable figura de la salida definitiva, con lo cual se desterraba contra su voluntad a todo cubano que decidía salir de su país por determinado tiempo y que implicaba el encautamiento automático de todo cuanto dejaba, cosas realmente graves si se les mira desde una perspectiva correcta.

Si tengo hasta ahora una postura más bien escéptica con relación a todo esto nadie me debería culpar; téngase en cuenta mi condición de médico cubano que vive dentro de Cuba subordinado a un Ministerio que desde 1999 decidió que ninguno de los profesionales a él subordinados saldría de su país, ni siquiera temporalmente durante sus vacaciones, hasta pasados no menos de cinco años después de haber solicitado la “liberación” a su ministro.

Ahora se comenta que ha sido derogada la resolución ministerial fantasma que disponía esta extrema medida, de lo cual se han hecho eco muchos sitios digitales y medios de prensa extranjeros, así como medios alternativos cubanos, pero lo cierto es que mi ministerio y mi gobierno no han hecho declaración pública alguna que lo confirme oficialmente, de ahí que se desate alrededor del tema la ya acostumbrada ola de especulación y rumores.

En lo personal pienso que las autoridades cubanas pudieron haber razonado del siguiente modo: si ya la nueva Ley Migratoria, en los Artículos 23 y 25, mediante su inciso f, determina sin ambages que no se le permitirá viajar libremente a los profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”, entonces ¿para qué mantener vigente aquella resolución diseñada exclusivamente para el personal subordinado al Ministerio de Salud Pública? ¿Para qué mantener dos herramientas cuando con una es suficiente? Después de todo, en términos prácticos, algo que antes afectaba sólo a los profesionales de mi sector ahora se hace extensivo al resto de los profesionales y técnicos del país.

Pero por no pecar de intransigente esperaré que sea el tiempo quien diga la última palabra. Ojalá a partir de hoy ningún cubano sea privado de su derecho a viajar; ojalá ningún cubano sea retenido contra su voluntad, bajo ningún pretexto, por ningún burócrata; ojalá no se condicione a nadie para ser autorizado a salir o entrar a su país. Por ahora, discúlpenme señores, me reservo el beneficio de la duda. Jamás como ahora había deseado tan intensamente estar equivocado.

Ver: Entre la verguenza y el orgullo.

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Sueños de paz.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Ofrezco mis manos abiertas a un amigo que de niño tuve, al amigo que conocí cuando la feria sólo ofrecía sueños lívidos, convulsos. Fue por aquel tiempo que mi amigo se empeñó en tejer esperanzas a contrapelo del tórrido viento que anunciaba tormentas arremolinado al fondo de la calle, el viento que en su ascenso parecía salpicarlo todo de colores vivos, caóticos, bellos matices que huían de la hojarasca fermentada que llegaba del naciente de la plaza. En mis sueños –nítidamente lo recuerdo– mi amigo se elevaba a una inconmensurable altura y allí, por encima del vuelo de las palomas, grababa en el cielo sus remotos signos. Entonces la plaza se inundaba de aquel olor a sueños nuevos.

Hoy confío a sus manos cálidas cuanta ternura, de la borrasca, salvaron las manos mías; mis manos adoloridas y cansadas debido a las historias que mi amigo me contaba. No aclaró en aquellos días –olvidando que un niño cree todo cuanto escucha– que la luz, como la verdad, tiene peligros si se la toma por asalto, y este niño fue en pos de la luz y ahora, por querer tocar el sol lleva quemadas las manos. Pero, aunque las llagas pusieron fin a la inocencia, no le culpa. De hecho aquel niño todavía se pregunta si aún espantaría con él las mariposas, si haría naufragar aquellos barcos de papel, si condenara bajo los torrenciales aguaceros a aquellos mismos papalotes altos como lianas; aunque sepa bien que hoy les bañaría la luz de crepúsculos muy distintos y dispares, y por lo mismo, más humanos y sublimes.

Cuando cae la tarde salgo al limpio de la plaza y lanzo una línea tricolor que la divide en dos mitades justas. La sorpresa agita a las palomas y al resto de las criaturas y hago notar a mi entrañable amigo que, además de palomas, la plaza abriga y aguarda gorriones, tórtolas, canarios, sinsontes, zunzunes, golondrinas y jilgueros, delicadas creaciones, todas de Dios, que habiendo nacido en la misma villa tienen el mismo derecho al vuelo, al espacio y al sol y que sólo piden un poco más de luz, algún rinconcito de paz para aliviar su vida, que es tan etérea y fugaz como los sueños. Espero que mi amigo comprenda que esa es la arista más bella de los pájaros que anidan en esta isla infinita: que con la libertad tienen bastante.

Día de la Medicina Latinoamericana.

medico-cubano

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Llega la efeméride sin novedades en el frente. Hoy es el Día de la Medicina Latinoamericana y en algún que otro centro asistencial cubano se hará algún que otro acto político-cultural-recreativo-alegórico, en que algún que otro dirigente repetirá alguna que otra frase patriótica de ocasión oportunamente memorizada. Encima del entablado estarán aquellos que viven de hablar, de simular o de mentir, en tanto frente al mismo estaremos aquellos que simplemente trabajamos salvando vidas humanas. Cuando la puesta en escena termine aquellos partirán dejando atrás el mismo panorama de siempre: un profesional de la salud que se pregunta de qué sirven las palabras sin el respaldo de los hechos.

Por estos días se escuchan nuevamente rumores de un inminente “aumento salarial” que se realizaría a nuestro sector, incluso se precisa que sería de alrededor del 30 o 40% del salario básico. En lo personal lo dudo mucho –pues en uno de sus últimos discursos Raíl Castro definió que por ahora eso no sucedería. Crearse hoy expectativas sería como tomar los latidos del corazón por el galope del caballo que se espera, pero valdría la pena, acotación aparte, reflexionar sobre la valía de semejante “aumento” para un sector económico que está ingresando alrededor de 10000 millones de dólares anuales a este país. De ser cierto se tratarían de alrededor de $200.oo pesos (CUP) lo que se nos aumentaría –esto quiere decir hoy por hoy en Cuba $8.oo pesos convertibles (CUC), o lo que sería lo mismo 8.80 USD. O sea, que en tanto generamos miles de millones se destinarían 8 dólares mensuales para semejante “aumento salarial”.

Pero el Gobierno cubano asegura que no tiene más para destinar a sus trabajadores de la Salud Pública. Cierto es que tiene que priorizar el salario de aquellos policías que con estoicismo se sacrifican por mantener todo tan tranquilo como para que no se escuche a nadie gritar en medio de esta calle de revolucionarios que no le alcanza su salario para vivir, lo cual sería un paisaje demasiado ocre para la pupila de los turistas y reporteros extranjeros.

Lo que define la calidad de una dádiva es la postura, la dignidad de quien la recibe: si se recibe algo desde una postura de sumisión o sometimiento, con menoscabo de un solo ápice de dignidad, eso que se recibe será una limosna aunque consista en millones porque será recibido de un modo indigno; eso fue lo que se pretendió hacer con nosotros en 2005 y sería lo mismo ahora, en caso de ser cierto lo que se murmura. Creo que si algún sector en Cuba está holgadamente en condiciones de triplicar el salario básico de sus profesionales, ese sector es la Salud Pública; triplicar el salario básico –y desde ahí considerar en más menos $500.oo pesos cada especialidad que se haga o, de un modo a considerar por el estilo, cualquier diplomado o maestría– comenzaría a ser algo más respetuoso; lo demás sería puro simbolismo, pura vitrina.

Pero como todo será de momento pura especulación –y para que no se me acuse una vez más de estar “metalizado” por demandar un salario más decoroso– me plazco hoy en felicitar desde mi humilde sitio a aquellos que tengo en elevada estima, a aquellos que con modestísimos recursos trabajan, obviando sus carencias personales, para devolver a la salud y a la vida cuanto ser humano sea posible; a mi profesora, por la que siento una admiración y un respeto rayanos con el fanatismo, y una devoción similar a la que se profesa a los mártires y los santos; a aquel profesor que no conoce mi voz y al que, de no ser por los límites que la apostura y la gallardía imponen, igual que se besa a un padre, siempre que me lo topara le besaría sus limpias manos.

Ver: Día de la Medicina… 3/12/2011.