Archivo del Autor: Miriam Celaya

Equilibrio engañoso

A primera vista se diría que en Cuba nada cambia. El sistema parece seguir tranquilamente su marcha inexorable hacia un desplome que, no obstante, tal como el futuro prometido por la revolución difunta, no acaba de llegar. La gente continúa entregada a todo lo relacionado con las tres ocupaciones nacionales de mayor prioridad: la subsistencia, las ilegalidades y la emigración, sumidas en un cauce de apariencia inalterable en el que cada parte trata de alcanzar sus propias metas, como si fueran independientes unas de otras… Como si realmente lo fueran.

Durante los últimos cuatro años el gobierno cubano ha establecido el método de ganar tiempo perdiéndolo. Quizás este ha sido el único aporte político del General-Presidente: una fórmula que se basa en la acumulación de experimentos dimanados de un grupo de reformas y contrarreformas destinadas crear una expectativa de cambios económicos sin llegar a cambiar esencialmente nada, mientras el tiempo transcurre y la situación continúa deteriorándose.

Lo más parecido a un programa de gobierno en las últimas décadas quedó refrendado en unos lineamientos en los que pocos creyeron y que ya nadie parece recordar (incluyendo al propio General R. Castro), cuya “implementación” han sido algunos engendros incompletos e insuficientes tales como la entrega de tierras en usufructo a los productores agrícolas, el otorgamiento de licencias a trabajadores por cuenta propia, la aprobación de la compraventa o donación de viviendas y automóviles a particulares y la ampliación del uso de la telefonía móvil, entre otras maromas. El más reciente y espectacular libretazo oficial ha sido, sin dudas, la llamada “reforma migratoria”, una especie de mito que se ha enseñoreado de amplios sectores de la población cubana, ávida de emigrar, truco mediante el cual el gobierno pasó la pelota al terreno opuesto: a partir de enero de 2013 el cubano común que se porte bien podrá viajar sin requerir el humillante permiso de salida, en su lugar solo debe solicitar el carísimo pasaporte. Después, todo dependerá de que el país potencialmente receptor le extienda visa. Habilidad y torpeza combinadas en otro perverso juego por mantener el equilibrio sin dejar el poder.

Sin embargo, el vértigo que acaso debería producir semejante cúmulo de “cambios” en un país cuyo signo característico permanente ha sido el inmovilismo, tuvo un efecto apenas momentáneo. Si bien algunos periodistas y visitantes foráneos creen ver en las medidas oficiales y en los numerosos timbiriches y carretillas callejeras una señal de progreso para los cubanos o una apertura que conduzca a la democratización de la Isla, lo cierto es que no se han producido verdaderas transformaciones que redunden en una mejoría de la vida, en el aumento de la capacidad de consumo de la población o en un crecimiento económico palpable, por no mencionar el tema de los derechos. La breve burbuja de esperanza de los proto-empresarios de timbiriche se ha desvanecido ante la realidad: la prosperidad es un delito en Cuba.

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho que la producción agrícola sigue siendo insuficiente por las numerosas trabas que se imponen al campesino (incluidos los impagos de los contratos por parte de las entidades oficiales, o los continuos atrasos en los mismos, los obstáculos burocráticos, la falta de garantías al productor, la escasez de insumos, etc.), mientras la proliferación de vendedores por cuenta propia que se dedican a la comercialización de estos productos, lejos de propiciar un descenso de los precios de los productos del agro –como ocurriría en un mercado saludable y normal–, ha traído una elevación desmesurada de los mismos, contrayendo el poder adquisitivo de la población, en especial la de menos ingresos. La fórmula en bien simple: aproximadamente la misma cantidad de productos y de consumidores, más un aumento del número de vendedores, implica una descontrolada elevación de los precios en un país en que el Estado es incapaz de satisfacer siquiera los mínimos requerimientos de alimentación de la población más frágil y dependiente, mientras los salarios y pensiones son puramente simbólicos.

El tema de las compraventas de viviendas resulta uno de los más sensibles debido al estado crítico del fondo habitacional y a que centenares de miles de familias carecen de un hogar propio. Cierto que ahora cada propietario puede vender su casa, pero la dificultad estriba en que pocos cubanos sin techo están en capacidad de adquirir ni siquiera el más modesto apartamento, a pesar de que en comparación con los precios de las viviendas en otros países, los cubanos pueden considerarse mayoritariamente “módicos”.

Similar cuadro se presenta en el resto de las actividades “liberadas” en virtud de las llamadas reformas gubernamentales. De hecho, cada “liberalización” trae implícito el encarecimiento de la vida y amplía el sisma entre los nuevos ricos y los más desposeídos, lo que constituye la demostración de que el problema de Cuba radica en la esencia misma del sistema. Nada va a cambiar en tanto no cambien los principios sobre los que se sustenta el poder; en consecuencia, no ha de ser el gobierno quien promueva los cambios que necesita el país porque cambiar lo que debe ser cambiado implicaría la desaparición del régimen.

A pesar de que este es un principio lo suficientemente sencillo como para explicar a la vez el fracaso del llamado socialismo cubano, el afianzamiento del capitalismo de Estado establecido por la misma clase y los mismos sujetos “comunistas” artífices del engendro nacional de más de medio siglo, así como  la permanencia y agudización de la crisis socioeconómica, existe una suerte de delicado equilibrio sustentado en ciertos factores clave que han impedido un estallido social, entre los cuales resultan significativos: el estado de pobreza permanente que limita de manera palmaria las expectativas de grandes masas que prefieren el escapismo o la supervivencia antes que asumir los riesgos del enfrentamiento al poder o de –al menos– no hacerle el juego ; la carencia de cultura cívica de la población; la todavía escasa manifestación de grupos de la sociedad civil independiente y su limitada –aunque creciente–  influencia social; el uso de los cuerpos represivos para hostigar toda manifestación de libertad; y el monopolio de los medios de difusión y comunicación por parte del gobierno.

No obstante, tal equilibrio en una realidad sobresaturada de frustraciones podría precipitarse en un momento impreciso. Basta que una de las partes exceda los límites para que el panorama de transforme. Sobre todo teniendo en cuenta que el descontento es cada vez mayor y las frustraciones largamente contenidas son una bomba de profundidad en una sociedad sesgada por las fracturas y las desigualdades. No se trata solo del crecimiento constante de la disidencia interna y de otros sectores críticos al gobierno. La emigración, la corrupción, las ilegalidades y todas las manifestaciones de escapismo –incluyendo la apatía y la simulación–, son otras tantas formas de disentir que dominan hoy casi a la totalidad de la población cubana; una realidad que el gobierno conoce y pretende controlar aplicando el rigor de los represores: persecución política a los activistas cívicos a través de los esbirros de la llamada Sección 21; persecución económica a los productores y comerciantes independientes a través de los inspectores corruptos de la Contraloría.

La frustración creciente en la Isla es la Hidra de siete cabezas que acecha entre las grietas oscuras de una estructura que se sostiene por estática milagrosa y cuyo equilibrio debería ser ahora mismo la mayor preocupación del General.

Nota a los lectores: Como habrán notado, esta página está sujeta a cambios que estoy haciendo poco a poco. Espero que disculpen algunos deslices propios de mi poca conectividad (lo que ralentiza el proceso de actualización de la imagen en la nueva plantilla), agravado por mi escaso dominio de la tecnología. De todas maneras, me mantendré actualizando los post al menos una vez por semana… No me abandonen. Gracias. Un abrazo,

Eva-Miriam


 

 

Equilibrio engañoso

A primera vista se diría que en Cuba nada cambia. El sistema parece seguir tranquilamente su marcha inexorable hacia un desplome que, no obstante, tal como el futuro prometido por la revolución difunta, no acaba de llegar. La gente continúa entregada a todo lo relacionado con las tres ocupaciones nacionales de mayor prioridad: la subsistencia, las ilegalidades y la emigración, sumidas en un cauce de apariencia inalterable en el que cada parte trata de alcanzar sus propias metas, como si fueran independientes unas de otras… Como si realmente lo fueran.

Durante los últimos cuatro años el gobierno cubano ha establecido el método de ganar tiempo perdiéndolo. Quizás este ha sido el único aporte político del General-Presidente: una fórmula que se basa en la acumulación de experimentos dimanados de un grupo de reformas y contrarreformas destinadas crear una expectativa de cambios económicos sin llegar a cambiar esencialmente nada, mientras el tiempo transcurre y la situación continúa deteriorándose.

Lo más parecido a un programa de gobierno en las últimas décadas quedó refrendado en unos lineamientos en los que pocos creyeron y que ya nadie parece recordar (incluyendo al propio General R. Castro), cuya “implementación” han sido algunos engendros incompletos e insuficientes tales como la entrega de tierras en usufructo a los productores agrícolas, el otorgamiento de licencias a trabajadores por cuenta propia, la aprobación de la compraventa o donación de viviendas y automóviles a particulares y la ampliación del uso de la telefonía móvil, entre otras maromas. El más reciente y espectacular libretazo oficial ha sido, sin dudas, la llamada “reforma migratoria”, una especie de mito que se ha enseñoreado de amplios sectores de la población cubana, ávida de emigrar, truco mediante el cual el gobierno pasó la pelota al terreno opuesto: a partir de enero de 2013 el cubano común que se porte bien podrá viajar sin requerir el humillante permiso de salida, en su lugar solo debe solicitar el carísimo pasaporte. Después, todo dependerá de que el país potencialmente receptor le extienda visa. Habilidad y torpeza combinadas en otro perverso juego por mantener el equilibrio sin dejar el poder.

Sin embargo, el vértigo que acaso debería producir semejante cúmulo de “cambios” en un país cuyo signo característico permanente ha sido el inmovilismo, tuvo un efecto apenas momentáneo. Si bien algunos periodistas y visitantes foráneos creen ver en las medidas oficiales y en los numerosos timbiriches y carretillas callejeras una señal de progreso para los cubanos o una apertura que conduzca a la democratización de la Isla, lo cierto es que no se han producido verdaderas transformaciones que redunden en una mejoría de la vida, en el aumento de la capacidad de consumo de la población o en un crecimiento económico palpable, por no mencionar el tema de los derechos. La breve burbuja de esperanza de los proto-empresarios de timbiriche se ha desvanecido ante la realidad: la prosperidad es un delito en Cuba.

Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho que la producción agrícola sigue siendo insuficiente por las numerosas trabas que se imponen al campesino (incluidos los impagos de los contratos por parte de las entidades oficiales, o los continuos atrasos en los mismos, los obstáculos burocráticos, la falta de garantías al productor, la escasez de insumos, etc.), mientras la proliferación de vendedores por cuenta propia que se dedican a la comercialización de estos productos, lejos de propiciar un descenso de los precios de los productos del agro –como ocurriría en un mercado saludable y normal–, ha traído una elevación desmesurada de los mismos, contrayendo el poder adquisitivo de la población, en especial la de menos ingresos. La fórmula en bien simple: aproximadamente la misma cantidad de productos y de consumidores, más un aumento del número de vendedores, implica una descontrolada elevación de los precios en un país en que el Estado es incapaz de satisfacer siquiera los mínimos requerimientos de alimentación de la población más frágil y dependiente, mientras los salarios y pensiones son puramente simbólicos.

El tema de las compraventas de viviendas resulta uno de los más sensibles debido al estado crítico del fondo habitacional y a que centenares de miles de familias carecen de un hogar propio. Cierto que ahora cada propietario puede vender su casa, pero la dificultad estriba en que pocos cubanos sin techo están en capacidad de adquirir ni siquiera el más modesto apartamento, a pesar de que en comparación con los precios de las viviendas en otros países, los cubanos pueden considerarse mayoritariamente “módicos”.

Similar cuadro se presenta en el resto de las actividades “liberadas” en virtud de las llamadas reformas gubernamentales. De hecho, cada “liberalización” trae implícito el encarecimiento de la vida y amplía el sisma entre los nuevos ricos y los más desposeídos, lo que constituye la demostración de que el problema de Cuba radica en la esencia misma del sistema. Nada va a cambiar en tanto no cambien los principios sobre los que se sustenta el poder; en consecuencia, no ha de ser el gobierno quien promueva los cambios que necesita el país porque cambiar lo que debe ser cambiado implicaría la desaparición del régimen.

A pesar de que este es un principio lo suficientemente sencillo como para explicar a la vez el fracaso del llamado socialismo cubano, el afianzamiento del capitalismo de Estado establecido por la misma clase y los mismos sujetos “comunistas” artífices del engendro nacional de más de medio siglo, así como  la permanencia y agudización de la crisis socioeconómica, existe una suerte de delicado equilibrio sustentado en ciertos factores clave que han impedido un estallido social, entre los cuales resultan significativos: el estado de pobreza permanente que limita de manera palmaria las expectativas de grandes masas que prefieren el escapismo o la supervivencia antes que asumir los riesgos del enfrentamiento al poder o de –al menos– no hacerle el juego ; la carencia de cultura cívica de la población; la todavía escasa manifestación de grupos de la sociedad civil independiente y su limitada –aunque creciente–  influencia social; el uso de los cuerpos represivos para hostigar toda manifestación de libertad; y el monopolio de los medios de difusión y comunicación por parte del gobierno.

No obstante, tal equilibrio en una realidad sobresaturada de frustraciones podría precipitarse en un momento impreciso. Basta que una de las partes exceda los límites para que el panorama de transforme. Sobre todo teniendo en cuenta que el descontento es cada vez mayor y las frustraciones largamente contenidas son una bomba de profundidad en una sociedad sesgada por las fracturas y las desigualdades. No se trata solo del crecimiento constante de la disidencia interna y de otros sectores críticos al gobierno. La emigración, la corrupción, las ilegalidades y todas las manifestaciones de escapismo –incluyendo la apatía y la simulación–, son otras tantas formas de disentir que dominan hoy casi a la totalidad de la población cubana; una realidad que el gobierno conoce y pretende controlar aplicando el rigor de los represores: persecución política a los activistas cívicos a través de los esbirros de la llamada Sección 21; persecución económica a los productores y comerciantes independientes a través de los inspectores corruptos de la Contraloría.

La frustración creciente en la Isla es la Hidra de siete cabezas que acecha entre las grietas oscuras de una estructura que se sostiene por estática milagrosa y cuyo equilibrio debería ser ahora mismo la mayor preocupación del General.

Nota a los lectores: Como habrán notado, esta página está sujeta a cambios que estoy haciendo poco a poco. Espero que disculpen algunos deslices propios de mi poca conectividad (lo que ralentiza el proceso de actualización de la imagen en la nueva plantilla), agravado por mi escaso dominio de la tecnología. De todas maneras, me mantendré actualizando los post al menos una vez por semana… No me abandonen. Gracias. Un abrazo,

Eva-Miriam


 

 

Por la libertad de Antonio Rodiles

Desde la noche del miércoles 7 de noviembre permanece detenido en la estación policial de la avenida de Acosta, en el municipio capitalino de Diez de Octubre, el activista de la sociedad civil independiente Antonio Rodiles. Ha trascendido que fue golpeado en el rostro y en otras partes del cuerpo y se encuentra desde entonces sin ingerir alimentos ni agua en reclamo de su libertad. Uno de los esbirros lo amenazó rastrillando su arma contra la cabeza de Rodiles… nada que envidiar a la rica tradición dictatorial latinoamericana de impecables uniformes militares.  De la treintena de detenciones temporales que se produjeros la semana pasada, solo Rodiles sigue encerrado. Se dice que las autoridades lo acusan de desacato, de resistencia al arresto, y más recientemente se presume que pretenden enjuiciarlo por un delito más grave: atentado. La intención es clara: hay que encarcelar al líder de la propuesta que está quitando el sueño al generalato.

Los que conocemos a Antonio Rodiles y estamos comprometidos en su misma causa cívica sabemos que tanto cinismo oficial solo responde al temor que le inspiran al gobierno cubano los reclamos de los opositores pacíficos. La campaña Por Otra Cuba, que recaba las firmas de centenares de cubanos exigiendo la ratificación de los Pactos de Derechos firmados por las autoridades en febrero de 2008, constituye una amenaza a la inmunidad de un totalitarismo que se ha enseñoreado de Cuba por más de cinco décadas. La fuerza moral de la disidencia y las experiencias de centenares de cubanos dignos a lo largo de los años, parece acrisolarse en el espíritu de resistencia que ha venido eclosionando entre amplios sectores de la sociedad y está tomando forma en la consolidación de proyectos ciudadanos como Estado de SATS, la Asociación Jurídica de Cuba, la plataforma blogger Voces Cubanas, el proyecto Razones Ciudadanas, OMNI Zona Franca y otros muchos de disímiles tendencias pero con un anhelo común: una Cuba en democracia.

El temor de los represores es tan grande que la estación de policía donde mantienen recluido a Rodiles está protegida por un fuerte operativo para impedir que se formen grupos en demanda de la liberación del prisionero. Saben que él no está solo, que decenas de sus compañeros de ruta estamos pendientes de él y mantendremos una demanda permanente por su libertad. Deberían saber también que no es preciso que plantemos ante una madriguera de esbirros para continuar nuestra lucha pacífica. La Demanda está siendo firmada, a su pesar, por otros cubanos que van ganando conciencia, no se puede encerrar el ansia de libertad de la gente, por eso la represión está logrando el efecto contrario cuando cree sofocar la rebeldía por medio del terror.

Debemos oponernos con fuerza a la conjura. Libertad para Antonio Rodiles. Los Pactos de Derecho deben ser ratificados.

 

Conciertos y desconciertos

 

Imagen tomada de la web de Estado de SATS

La pasada noche del viernes 19 de octubre se celebró un nuevo concierto en apoyo a la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba, en el habitual espacio del Proyecto Estado de SATS, en La Habana. Esta vez los jóvenes raperos de los grupos  Ruta 11 y Estudiantes sin Semilla, fueron los encargados de la descarga, que discurrió en el ambiente animado y pacífico habitual en ese espacio.

Las notas distintivas, además del entusiasmo y la sinceridad de estos jóvenes aficionados y del público asistente, así como de la empatía general, fueron dos: 1.- las ya habituales detenciones a varios de los que aspiraban a asistir, quienes fueron interceptados en plena calle, conducidos en primera instancia a un centro de instrucción penal, en el municipio Playa; y más tarde varios de ellos confinados a los calabozos de las estaciones de Santiago de Las Vegas (Municipio Boyeros) e Infanta y Manglar (Municipio Cerro) hasta el siguiente día; y 2.- el pánico que desató la movilización de todos los carros que cubrían el operativo en las calles aledañas a la sede del concierto, cuando músicos y asistentes coreamos a gritos el estribillo de la canción final del espectáculo: “¡Libertad, libertad, libertad!…”. Obviamente, la jauría temió que saliéramos a las calles con aquel reclamo tan peligroso, por lo que se apresuraron a cubrir la salida para bloquearnos. Ninguna palabra tan subversiva para el servil pensamiento esclavo como esa: LIBERTAD.

Cada concierto, tanto como el creciente consenso que logra entre diversos sectores sociales la Demanda Ciudadana, provoca el desconcierto de las fuerzas represivas y evidentemente atemoriza a la dictadura. ¿Tan frágil es el sistema que se asusta ante lo que un valioso intelectual cubano denominó “la inmensa minoría”? ¿Tan débiles de sienten los ancianos jerarcas que lanzan a sus gerifaltes para intentar boicotear el espíritu de libertad que retoña? En vano, esa Otra Cuba ya está en camino.

Conciertos y desconciertos

 

Imagen tomada de la web de Estado de SATS

La pasada noche del viernes 19 de octubre se celebró un nuevo concierto en apoyo a la Demanda Ciudadana Por Otra Cuba, en el habitual espacio del Proyecto Estado de SATS, en La Habana. Esta vez los jóvenes raperos de los grupos  Ruta 11 y Estudiantes sin Semilla, fueron los encargados de la descarga, que discurrió en el ambiente animado y pacífico habitual en ese espacio.

Las notas distintivas, además del entusiasmo y la sinceridad de estos jóvenes aficionados y del público asistente, así como de la empatía general, fueron dos: 1.- las ya habituales detenciones a varios de los que aspiraban a asistir, quienes fueron interceptados en plena calle, conducidos en primera instancia a un centro de instrucción penal, en el municipio Playa; y más tarde varios de ellos confinados a los calabozos de las estaciones de Santiago de Las Vegas (Municipio Boyeros) e Infanta y Manglar (Municipio Cerro) hasta el siguiente día; y 2.- el pánico que desató la movilización de todos los carros que cubrían el operativo en las calles aledañas a la sede del concierto, cuando músicos y asistentes coreamos a gritos el estribillo de la canción final del espectáculo: “¡Libertad, libertad, libertad!…”. Obviamente, la jauría temió que saliéramos a las calles con aquel reclamo tan peligroso, por lo que se apresuraron a cubrir la salida para bloquearnos. Ninguna palabra tan subversiva para el servil pensamiento esclavo como esa: LIBERTAD.

Cada concierto, tanto como el creciente consenso que logra entre diversos sectores sociales la Demanda Ciudadana, provoca el desconcierto de las fuerzas represivas y evidentemente atemoriza a la dictadura. ¿Tan frágil es el sistema que se asusta ante lo que un valioso intelectual cubano denominó “la inmensa minoría”? ¿Tan débiles de sienten los ancianos jerarcas que lanzan a sus gerifaltes para intentar boicotear el espíritu de libertad que retoña? En vano, esa Otra Cuba ya está en camino.

Venezuela: que no muera la esperanza

 

Capriles sigue siendo una fuerte esperanza para Venezuela libre. Fotografía tomada de Internet

No hubo sorpresas. La victoria de Chávez en las recientes elecciones de Venezuela -aunque para nada “contundente” ni “aplastante”, como hubiese querido el caudillo y como insisten en calificarla los medios oficiales de Cuba- era el pronóstico más probable.  No obstante, el innegable poder de convocatoria de Capriles y su 44% alcanzado en las urnas, el más alto en todo el proceso de revolución “bolivariana”, demuestra que la oposición es una fuerza consolidada con la que hay que contar en esa nación. Henrique Capriles sigue siendo, tras los comicios presidenciales, el candidato de la esperanza; la promesa de un futuro posible.

Yo, por supuesto, hubiese deseado la victoria de Capriles. No solo para que se cerrara otra vejaminosa página de la dependencia y mendicidad de Cuba bajo condiciones de totalitarismo castrista, sino para disfrutar el fin de otra amenaza a la democracia en este Hemisferio en la persona del ensoberbecido presidente venezolano. Soy de las que piensa que la prolongación de Chávez en la poltrona presidencial no salvará del descalabro al régimen cubano y que la solución del problema de Cuba ha de venir de la mano de los cubanos de todas las orillas y no de coyunturas externas, pese a que éstas pueden influir a favor o en contra de la celeridad del proceso de descomposición de la dictadura. Chávez, a fin de cuentas, es un accidente molesto que tarde o temprano saldrá del escenario. Quizás la naturaleza se encargará de consumar lo que no pudo ayer la oposición.

Sin ánimo de pretender dictar pautas, creo, no obstante, que los venezolanos de vocación democrática no deberían desalentarse por los resultados de estas elecciones. Más bien deberían comprender cuánto han logrado y avanzado. Sería un error abandonar el país y dejarlo en manos del aspirante a dictador para que continúe exprimiéndolo a su antojo; sería penoso asumir la huida como solución o sentirse derrotados. Algunos amigos venezolanos me han escrito con profundo pesar, anunciándome que ahora se marcharían de su país. Por favor, no lo hagan. Mírense los buenos venezolanos en el espejo de Cuba: las estampidas son un alivio para las dictaduras y no consiguen más que prolongarlas. No se conviertan, como nosotros, en un pueblo de dolientes trashumantes ni permitan que les arrebaten -como hicieron los Castro a los cubanos- lo que es legítimamente suyo.

Ayer, al final de la noche, entró a mi móvil un sms del amigo Antonio Rodiles. Decía textualmente: “Yo pensaba que Venezuela se democratizaría primero pero parece ser que seremos nosotros…” Fue un mensaje de aliento que me recordó la importancia de mantener la fe y luchar por lo que se quiere. La democracia sigue siendo el sueño que perseguimos venezolanos y cubanos. Yo le diría hoy a los venezolanos libres: No desmayen, solo ustedes pueden impedir el triunfo del autoritarismo…. las urnas hablaron alto y bien de ustedes. Que así sea.

¿Dónde están los revolucionarios cederistas?

 

Esta imgen ilustra cómo el diario oficialista Juventud Rebelde vio una "fiesta" cederista

Tal como se ha hecho tendencia en los últimos años, las otrora nutridas y animadas “fiestas” cederistas de las noches del 27 de septiembre han pasado a engrosar la lista de efemérides revolucionarias en fase de extinción. Solo de casualidad, por cuestiones personales, me encontraba haciendo un recorrido por la ciudad el pasado jueves y pude comprobar cómo la mayor apatía ha ganado las cuadras de la capital, sustituyendo con un silencio escandaloso aquellos antiguos festejos en los que los vecinos cederistas compartían en la calle la caldosa elaborada con las piltrafas de la asignación oficial (alguna  cabeza de cerdo u otra porción menor), viandas colectadas entre los vecinos, y aderezada gracias al entusiasmo de los revolucionarios del barrio, junto a una torta dulce y el sempiterno y fétido ron a granel.

Nada tan elocuente como esta capital de ahora, oscura y muda, en vísperas de la celebración revolucionaria más popular, la que hasta hace poco congratulaba la fundación de una organización concebida desde el poder para que los cubanos se delataran unos a otros, para consagrar el estado policial de vigilancia al servicio de una dictadura que, como toda autocracia, desprecia a sus seguidores. Ya nadie engalana las cuadras con cadenetas y banderitas multicolores de papel y apenas algunos pocos fieles que persisten sacan al balcón una bandera cubana, porque durante décadas se les hizo creer que cubano y cederista eran una misma cosa y no se enteran que ahora comienzan a significar justamente lo opuesto. Las pocas aisladas fogatas que vi eran el patético espectro de los pasados jolgorios, solo el pretexto para que los borrachines de barrio, esos que nadie quiere, se embriagaran gratuitamente a su antojo en plena calle y aplacaran el estómago vacío con un poco de caldo caliente.

Si se hace un breve recuento de los signos, se puede comprobar que todas las manifestaciones masivas que daban valor escénico a la revolución de los Castro han ido desapareciendo: las marchas “combatientes”, los trabajos voluntarios, las guardias cederistas, las donaciones de sangre maratónicas, las regogidas de materia prima y más recientemente estas fiestas. La decadencia se extiende delatando que la simpatía popular por la dictadura no es espontánea ni gratuita. No sé dónde estaban los revolucionarios habaneros este 27 de septiembre, pero obviamente, comprenden que ya no tienen mucho que celebrar.

Las reformas invisibles… y la disidencia visible

 

Caricatura de Garrincha tomada de Cubaencuentro

El 19 de septiembre el Ministerio de Salud Pública de Cuba (MINSAP) anunció, en la voz de su viceministro, Roberto González, que en diciembre próximo se presentará un informe sobre los resultados de las transformaciones que se han estado introduciendo en el sistema de salud de la Isla en búsqueda de “más competencia” por parte del personal que trabaja en el sector y de una mayor “eficiencia” en el servicio. Dichas transformaciones se inscribirían entre las los cambios del General-Presidente. Según el viceministro, se trata de modificaciones discutidas y aprobadas en el marco del VI Congreso del PCC dirigidas a “perfeccionar” el sistema sanitario y a la vez garantizar “la calidad, el ahorro, la eficiencia de los recursos y la eliminación de gastos innecesarios”, elementos estos que constituyen prioridades para la “renovación del socialismo” en Cuba.

También por estos días ha estado circulando por la red una carta-denuncia, dirigida a R. Castro por un grupo de médicos del Servicio de Cirugía General del hospital Calixto García, de la capital, que -aunque no ha sido confirmada su autenticidad- sabemos que es escrupulosamente cierta en lo que plantea su texto y refleja la necesidad de cambios mucho más profundos y radicales que los contemplados entre los lineamientos gubernamentales.

Mientras, los cubanos comunes y corrientes no perciben los beneficios de tales supuestos cambios: numerosos consultorios del médico de la familia incumplen los horarios de atención a los pacientes, muchas veces movilizados por la propia dirección del área de salud para el servicio de pesquisaje del dengue (epidemia no declarada que sigue su avance impetuoso y galopante); el equipamiento médico de los policlínicos es escaso, insuficiente, generalmente obsoleto y con frecuentes desperfectos que impiden su utilización eficaz; las condiciones costructivas e higiénico sanitarias de las instalaciones es defectuosa y en ocasiones deplorable; y los salarios del personal de la salud son vergonzosamente miserables.

Hasta el momento, la única reforma visible del General ha sido la rebaja de media hora a la Mesa Redonda, aunque ello no ha significado alguna mejora en la información. No obstante, hay que agradecer que ese espacio de la TV haya dedicado la emisión del pasado viernes 21 de septiembre a un sector activo de la disidencia y la sociedad civil independiente (como la bloguera Yoani Sánchez, las Damas de Blanco y otros). Cierto que la “información” ofrecida estaba manipulada, descontextualizada y falseada. Cierto que, además, el material preparado por los alabarderos del gobierno estaba pésimamente editado, como pudo apreciar la escasa teleaudiencia de dicho (yo incluida, porque alguien me avisó lo que estaban pasando por la pantallita); pero hay que agradecer la difusión, algo impensable hace pocos años. No hay propaganda mala, amigos, sino solo propaganda. La moraleja es que, más allá de sus malas intenciones, no pueden ignorar la existencia de esas fuerzas que se oponen al sistema y que, con ayuda de ellos, se sigue extendiendo lenta pero inexorablemente en Cuba.

Si de reforma migratoria se trata…

El noticiero de la TV cubana acaba de divulgar con mal disimulada alegría las declaraciones del presidente estadounidense acerca del fracaso de las reformas migratorias en ese país. Con las imágenes de Obama en pantalla, aunque cuidando de no transmitir directamente el discurso del mandatario como es habitual, los medios de la Isla trataban de desacreditar al “enemigo” apuntándole otro fiasco. Resulta, sin embargo, que las autoridades de acá siguen guardando el más hermético silencio sobre las imprescindibles reformas migratorias en Cuba que –según declaró largos meses atrás el presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón– “se están estudiando”. Se trata, sin dudas, de un estudio muy complejo, a juzgar por lo prolongado.

Mientras, los cubanos de todas las orillas seguimos forzados a solicitar los denigrantes permisos de salida y entrada de nuestro propio país, abonar las cuotas mensuales en los consulados de los países que visitamos (si es que queremos tener el derecho de ingresar de nuevo a la Isla, siempre que cumplamos además el permiso temporal por 11 meses y 29 días) y pagar cifras ridículamente altas por el pasaporte más estigmatizado del planeta. Porque al final, ¿se han fijado los esclavos de la ínsula con cuánto recelo nos miran las autoridades fronterizas de los aeropuertos extranjeros cuando viajamos? Nota: yo solo he viajado dos veces fuera de Cuba, en los años 1999 y 2000 y en ambas ocasiones noté esa mirada inquisitiva.

En principio, cada cubano que aspira a viajar acude a las oficinas de Inmigración y Extranjería, raro nombre para una institución a la que acuden principalmente cubanos que, en un significativo número, desean emigrar. ¿No debería llamarse Departamento de Emigración y Cubanía? Allí comienza la extorsión que todos conocemos: es preciso desembolsar de entrada 55 CUC para la confección de un pasaporte que vence a los seis años y que se debe renovar cada dos, lo que aumenta a 95 CUC su costo total, sin ningún beneficio para el aspirante a viajero. Si se es suficientemente afortunado, solo se tendrían que gastar 150 CUC más para conseguir el permiso de salida, –la tristemente célebre tarjeta o carta blanca– y por último quedaría el impuesto de 25 CUC en el aeropuerto en el momento de la salida.  El trámite, en su totalidad, constituye el gasto de una fortuna para el cubano común. En la mayoría de los casos tales gastos y los del pasaje corren por cuenta de familiares y amigos residentes en el exterior, los cuales –por su parte– tienen que abonar cifras leoninas cuando deciden viajar a la Isla.

Resumiendo, usted como cubano paga por la confección del pasaporte más caro del mundo, documento que servirá casi exclusivamente para que el gobierno cubano ingrese jugosas divisas sin invertir más que en la cartulina, la tinta y el papel de su confección. Con ese pasaporte usted no solo prolongará su condición de esclavo más allá de las fronteras de la hacienda, sino que contribuirá –lo quiera o no– a nutrir las arcas del propio sistema que lo humilla. Por supuesto, no propongo la renuncia a viajar, pero sí sugiero que quizás mientras las autoridades van estudiando las “reformas migratorias” podrían ir aplicando algunas modificaciones justas. Se me ocurre que, ya que solo ellas son beneficiarias del uso del pasaporte por los viajeros, al menos deberían incluirlo entre las “gratuidades” del sistema. Sería curioso establecer en Cuba el primer “pasaporte subsidiado” de la historia. Esto no cambiaría en nada nuestra condición ni nos convertiría en ciudadanos con libertad de movimiento, pero al menos disminuiría en alguna medida la inmensa costra de cinismo de las autoridades cubanas, que buena falta les hace.

El biogás… o epílogo de la “revolución energética”

 

Este hermoso ejemplar de vacuno, por supuesto, no es cubano. La foto fue tomada de un sitio de Internet

Se dice que la necesidad es la madre de la invención, refrán que podría explicar la proverbial fama de “inventores” de los cubanos, siempre sobrados de necesidades. Sin embargo, la invención es un proceso que, para erigirse en fuente de bienestar y progreso, requiere de ciertos recursos materiales y de libertades ciudadanas, más allá de imaginación, inteligencia o ganas de hacer, de lo contrario se convierte en retroceso.

Es así que la célebre inventiva cubana –al menos durante el último medio siglo– se ha manifestado fundamentalmente en la filosofía de la miseria, donde cada invento se inspira, no en la creación de algo verdaderamente nuevo y revolucionario (y aquí el término se refiere al aspecto técnico), sino en la reforma o el parche de viejos equipos ya inventados o –como solemos decir– en el descubrimiento del agua tibia, que consiste en retomar lo que fue novedad en el siglo XIX y aplicarlo como bueno en nuestra actual indigencia cotidiana. Los ejemplos sobran, pero recientemente el periódico Granma (miércoles 12 de septiembre de 2012, pág. 3) nos ofreció uno de los innumerables casos que, además, en la prensa oficial se presentan como paradigma de la eficiencia.

“Obtienen en Pinar del Río… Biogás en bolsa”, es el título de un largo artículo de media plana donde se nos informa en un tono cargado de optimismo que envasar el biogás en bolsas de plástico “ya se logra con éxito en Pinar del Río”, algo novedoso, aunque es solo una experiencia “aislada”,  pero que “podría trascender como una innovación de gran utilidad”.

Es sabido que el biogás resulta altamente inflamable, así que el redactor se apresura a tranquilizarnos: se trata –dice el artífice de la iniciativa– de un proceso seguro, ya que el biogás puede ser recolectado en las mismas bolsas de plástico que se emplean en la Fábrica de Conservas la Conchita para el almacenamiento de la pulpa de tomate, las cuales son “selladas herméticamente, muy resistentes y capaces de soportar altas temperaturas”. Añade que “con ellas no hay necesidad de comprimir el gas y, por tanto, el procedimiento resulta mucho más sencillo y eficiente”. Así de fácil es un proceso en el que cada dispositivo (bolsa) demora alrededor de 30 minutos en llenarse y “aporta biogás suficiente para que una familia de tres personas pueda elaborar sus alimentos durante dos días”.

Aunque la utilización del biogás no es ni mucho menos un descubrimiento reciente, y se conocen numerosas experiencias de su aplicación no industrial en diversas regiones del planeta,  el reporte se regodea en las ventajas de este combustible. Entre ellas, nos recuerda el periodista que se trata de una fuente de energía renovable; beneficia el medio ambiente al aprovechar un gas que, en caso contrario, iría a la atmósfera aumentando la contaminación por CO2 y permite hacer economías a la familia al disminuir el consumo de electricidad. La idea es sustituir el consumo de energía eléctrica en la cocción de los alimentos, debido a que esta última es la que usualmente se utiliza “en la mayoría de los hogares cubanos” gracias a aquella llamada revolución energética (¿se acuerdan?) promovida hace pocos años por el Innombrable (¿también se acuerdan de él?).

Pero, fundamentalmente, el artículo promueve la innovación del envasado de biogás en bolsas de plástico, un proceso que describe tan simple que permite extender su explotación al prescindir de instalaciones de conductos para llevar el biogás desde el sitio donde se colecta hasta las cocinas de las viviendas y, de paso, este sistema evita las complicaciones sanitarias potenciales de dichas instalaciones.

Como colofón del artículo aparece un pequeño recuadro que ilustra las bondades indiscutibles del invento generado desde la creatividad de un innovador cubano para resolver un problema local y que la prensa oficial presenta como paliativo de la crisis energética que viven centenares de miles de hogares cubanos, sin mencionar la que se nos avecina. Dice textualmente el recuadro:

Se estima que un metro cúbico de biogás lanzado a la atmósfera sin combustionar equivale a una tonelada de CO2.
En cambio, su aprovechamiento permitiría cocinar tres comidas para cinco personas o generar una energía equivalente a 0,5 litros de diésel, 0,6 litros de keroseno o 1,6 KW/h de electricidad. Para ello, según la bibliografía consultada, basta con procesar durante un día las excretas de tres vacas, cuatro caballos, nueve cerdos, diez carneros o 130 pollos.

He ahí, señores, el quid de la ecuación… O mejor dicho, la esencia de la innovación cubana. Resulta que el invento es en verdad económico, sólo requiere que el aspirante a consumidor de biogás encuentre alguna manera de apropiarse de las bolsas de plástico de una fábrica de conservas cercana a su domicilio, lo cual quizás no sea tan difícil si tiene algún posible proveedor que trabaje allí, si el administrador de ésta es amigo suyo –en cuyo caso puede disponer de los recursos del Estado– o si acepta vendérselas a un precio razonable, si es que en esta Isla algún precio puede ser calificado así. Resuelto ese pequeño inconveniente quedaría el nimio detalle de contar con tres vacas, cuatro caballos, nueve cerdos, diez carneros o 130 pollos, cuyas heces fecales garantizarían la cocción de tres comidas de la familia, siempre que ésta conste de solo cinco miembros.

En otras palabras, la caca sería la vía más expedita para servir la mesa. Lo demás sería rezar para que no se aparezca algún invitado que altere la escrupulosa planificación de la bolsa de biogás familiar. Aunque, pensándolo bien, siempre quedaría el recurso de hacer una rápida colecta de materia prima para este combustible con el aporte voluntario de los familiares y vecinos, habida cuenta de la también proverbial generosidad de los cubanos. Solo me queda una preocupación, y es que pueda aparecer otro innovador que descubra la manera de hacer más productivo y eficaz este recurso a partir de la utilización de algún purgante… ¡Solavaya!