Archivo del Autor: Orlando Luís Pardo Lazo

THE MTA STORY


THE MTA STORY, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

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*STAY CLEAR FROM THE CLOSING DOORS, PLEASE*

*Orlando Luis Pardo Lazo*

Sueños recurrentes, soñados en la madrugada eléctrica del tercer raíl,
cuando la luna es un hueco recortado sobre el humo de las nubes de Nueva
York. Nubes-túneles de Elizabeth Bishop. Nubes-grafiti de René Magritte.

Los he soñado, a diario.

Caer rendido un par de horas antes del amanecer y soñar sueños recurrentes
de una Habana perforada por un laberinto de subways. Refugios. Guerra de
todo el pueblo. Opción cero, reconcentración. Ciudad agujero, nadie va a
sobrevivir al sistema: ese el slogan socialista de los sicarios. Psicarios.
Pesadillas patrias hechas de un insomnio gruyer.

Soñar es eso. Cortocircuitos. Cables cruzados, como los que sostienen
flotando a los puentes de ese chip milagroso llamado Manhattan.

Llevo 40 años en Manhattan. Pero una vez, décadas atrás, en otra isla larga
donde la muerte no cumplía ni un mes de nacida, hombres en uniformes
verde-quirúrgico comenzaron a cavar las catacumbas del metro de mi ciudad.
Era una orden bajada directamente desde el Kremlin (Cuba fue durante
décadas la 16ta república anexada a la URSS). Sólo así La Habana podría
tener por fin el sueño de un subterráneo. Y la estación número cero
estaría, por supuesto, en los sótanos de la Plaza de la Revolución.

De ese corazón de mármol y memoria saldrían las arterias, los surcos
íntimos en el lodo nacional, donde no habría posters comerciales sino
propaganda, además de las lombrices de tierra agonizando por la explosión
de neones y los silbatazos del tren (las lombrices son sordas y ciegas,
pero cuentan con una sensibilidad política desproporcionada).

Yo era un adolescente (si has sido adolescente una vez, ya para siempre lo
serás). Tenía todos mis dientes intactos. Tenía también intacta toda mi
desesperación. La idea de una vida bajo tierra me atraía y me daba pánico.
De ahí tal vez los sueños circulares, sentado cerca de las puertas de
emergencia y del mapa de orientación. *You are here…*

Me sueño cambiando de líneas en cada parada. Líneas con letras y colores.
Es como un juego infantil (los hay muy macabros). Los trenes vuelan sobre
los rieles, ingrávidos a pesar de su carga humana. Hay altavoces y una
señalización exhaustiva, que exhausta. Debe ser muy tarde ya. Pero
despertar ahora sería pedirle demasiado al maquinista en duermevela de dios.

Las puertas se abren y cierran en medio segundo, como párpados histéricos,
como bocanadas de una libertad albañal, como la guillotina de una cámara
fotográfica. Dentro y fuera hace la misma luz. Una luz fría de latitudes
altas con voltaje a tope, mientras yo me paro (mientras sigo sentado) y
salgo y entro a la cadeneta de vagones que se deslíe por la velocidad ante
mí.

La voz de mi padre (1919-2000) no para de sermonear: *Stay clear from the
closing doors, please*… Y recuerdo entonces con alegría y dolor su inglés
de corte republicano, sacado de unos textos sagrados con paginotas de
brillo impresas en cinemascope: Life, National Geographic, Reader´s Digest.

De niño, llegué a pensar que era lógico hablar y escribir en español, pero
que la gente leía exclusivamente en inglés. Como mi padre muerto. Como yo.
El inglés que hoy New York me devuelve a medias es la herencia que mi padre
le dio a esta megápolis desde un recodo de Lawton, un barrio de las afueras
de La Habana, una ciudad en las afueras de la historia.

Ciudadanos del subsuelo me piden dinero ahora en ese idioma y, por
supuesto, lucen tan reales tocando sus guitarras y pianolas y hasta
baterías, que yo les doy un dólar y ellos me llaman “sir”. Soy más
indigente que ellos y por eso mismo puedo darme el lujo de darles todo el
cash que llevo en los bolsillos de mi overcoat del ejército de USA (una
donación familiar de Miami).

He venido desde Cuba hasta Nueva York a soñar esta infinita sucesión de
imágenes que irremediablemente me hacen pasarme de la parada de mi
estación. La madrugada me escupe al pavimento y lo gélido. Viro como un
sonámbulo. Me duelen hasta los guantes. Asciendo a la punta rocosa de
Manhattan. No tengo sombra, la luz es muy débil a pesar de ser atroz: esto
es estar solo y no requiere en absoluto de tu piedad. En todo caso te
compadezco yo, porque no has oído cómo el rumor magnánimo del Hudson no me
deja dormir (esta sentencia supura Martí por todas sus sílabas).

Mi padre aún me regaña por los altavoces del MTA. Que deje libre las
puertas que están a punto de cerrarse, me dice en inglés arcaico (toda
lengua lo es). Mi padre no me previene contra un accidente, si por error se
abrieran las puertas en marcha. Mi padre me dice que yo entre al vagón para
dejarme atrapado, inmóvil, y que yo no me pueda ir (él sabe que en Cuba los
accidentes son por resolución).

De ahí mi urgencia de despertar, en parte gracias a la disciplina de los
altavoces.

DIME QUE NO TE AMO



TELL ME IT´S NOT TRUE
Orlando Luis Pardo Lazo
Espera la primavera, Bandini.
Los gorriones son universales, pájaros fuertes como aviones de guerra. Las ardillas son gatos, desconfiadas y mansas, orates y pendencieras. La nieve es sensual y tibia (mmm, lo siento, esto es algo que ningún cubano en ningún otro siglo notó). El sol es azul, traslúcido, traicionero: la temperatura sigue pegada a los cero grados Celsius, una unidad que en USA es desconocida. Así como Google Maps ha creado a la ciudad de New York, así la web de Weather anuncia que seguirá nevando este lunes más allá del equinoccio. Por primera vez en el mundo, es una primavera pospuesta.
Wait for the Spring, Pardini…
Los subways son el churre de la libertad. Son precisos y es imposible perderse si uno se fija en la sobre-rotulación de flechas y mapas. Tocan guitarras, pianos, saxos, por propinas de poca monta. Acaso hasta en la misericordia se apuesta aquí por la rentabilidad de la repetición, como en el arte pop, tan endémico. Cuando hay olor a homeless, todos huyen de su vagón. Yo también huyo, yo también huelo a no tener nunca más una casa donde esconderme de Cuba y atisbar los espasmos de New York.
Resulta que la gente es noble. Lucen lindas. Hay luz de futuro. Me sonríen los desconocidos. Conozco cubanos al por mayor, son mis nuevos vecinos. Las camareras son un género en sí, parecen todas intelectuales haciendo un part-timeen lo que terminan su gran trilogía de Nueva York (porque es obvio que con una novela no basta).
Los puentes suben y bajan con la marea. He visto palomas sobre el tráfico de Times Square (como los gorriones, también son pájaros formidables, de traje y corbata civil). En los iPhones hay aplicaciones para posicionar bien las estrellas, haciendo virtualmente innecesario mirar al cielo. El cielo es una alucinación, mejor comprarnos una hamburguesa insípida (la comida en USA no me sabe a nada). Camino bosques y parques con pistas de patinajes. Me encantaría partirme un pie (en teatro trae muy buena suerte decirlo, y, además, así no me tendría que ir tan rápido, pues mis huesos se sellarían con la newcionalidad americana).
La bibliotecas públicas son un polo magnético, claustros que sacaron de la anomia a los borrachos geniales de la literatura norteamericana. Ya van quedando poquitísimos libros de uso en venta. Así va escurriéndose el tiempo exterior del alma de mi nación. Estoy a punto, pero todavía no me ofrezco en una vitrina para ser contratado.
New York, madrastra mágica y mala, dime que no es verdad. Dime que no me estoy enamorando de ti.

Una silueta de luz en medio de la sombra, por Regis Iglesias


Una silueta de luz en medio de la sombra.
por: Regis Iglesias, portavoz del MCL
http://www.oswaldopaya.org/es/2013/03/20/una-silueta-de-luz-en-medio-de-la-sombra/

A las 9 am llame a casa de tía Beba. Esperaba como de costumbre escuchar a Efrén responder el teléfono y esperaba me pusiera al tanto de las novedades de las primeras horas de ese 19 de marzo como por lo general era nuestra rutina. El día anterior cuando llame en la mañana le había pedido preguntara a Oswaldo si mi presencia en el Cerro era imprescindible pues quería dedicar la tarde a reunirme con el Comité Ciudadano del municipio 10 de Octubre y comprobar la marcha de la campaña de recogida de firmas en apoyo a la demanda sobre el Proyecto Varela. Luego de consultar con Oswaldo, este me dio luz verde para mis propósitos.

Pase  aquel 18 de marzo reunido con nuestros activistas hasta bien entrada la tarde. Luego como de costumbre visite mis amistades del barrio y termine la tertulia ya pasada la media noche con mis entrañables amigos Luis Torres y Alejandro Rivero. De regreso a casa mi madre preocupada me esperaba pues las noticias aseguraban que estaban siendo arrestados un grupo de opositores y periodistas independientes que se habían reunido en la residencia de James Cason, Jefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en la Habana.

Para no preocuparla, le reste importancia y le dije que como siempre les soltarían pasadas unas horas y que además, algunos de los invitados de Cason eran notorios informantes de la policía política del régimen. Aquello no tenía nada que ver con nosotros.

Yo no había tenido ocasión ese día de ver las informaciones oficiales pues estaba ocupado en mi trabajo como gestor de los Comité Ciudadanos y luego, en el ambiente que frecuentaba no era habitual escuchar ni las “mesas redondas” ni los noticieros del régimen, por lo tanto aquel 18 de marzo había estado ajeno a la tormenta que azotaba a la oposición pacífica cubana. Como fuera, la desinformación de la televisión nacional no daba mayores pistas de lo que en realidad estaba pasando.

Me fui a dormir y mi madre quedó más tranquila.

No fue Efrén quien respondió mi llamada el 19 de marzo. Con sorpresa escuche a Ernesto Martini, “Freddy”,  que me dijo: “Ven de inmediato que han detenido anoche a Efrén,  a varios gestores en todo el país del Proyecto Varela y a miembros de la oposición”. Todavía no podía explicarme que estaba pasando cuando colgué y partí de inmediato en mi bicicleta rumbo al Cerro.

Oswaldo ya estaba junto a Tony Díaz en la calle visitando a los familiares de los detenidos, la lista era a cada hora mayor. También fueron a reunirse con miembros del cuerpo diplomático acreditado  en la Habana para denunciar lo que ocurría, a todas luces una ola represiva de la que desconocíamos el desenlace.

Yo comencé a atender las llamadas telefónicas de la prensa interesada en saber lo que estaba ocurriendo. También nos llegaba constantemente información de todo el país reportándonos nuevos detenidos, ya sumaban decenas ese segundo día de la escalada represiva.

En la noche regresó Oswaldo con Tony, estaban agotados. Tony partió  a su casa en Marianao para asearse y comer algo. Por distraer la atención de los muchachos habíamos acordado llevarles al estadio del Cerro a ver un partido de beisbol  del equipo Industriales. Pero cuando cenábamos algo para salir con Oswaldito y Rei, Rosa María atiende una llamada que parecía urgente. “Espérate para que hables con Regis”, dijo Rosa al auricular mirándome preocupada. Era Yeni, la hija mayor de Tony. Llorosa  me dice que a su padre le estaban deteniendo. La anime y trate de no preocuparle más.

No fuimos al juego de béisbol. Oswaldo y yo nos movimos a casa de tía beba, una cuadra más arriba a la de él y relavamos a “Freddy” atendiendo llamadas de familiares y periodistas. Ya el cerco de la policía política había arreciado en la zona. Se dejaban ver decenas de agentes a pie y en automóviles rondándonos y pasando frente a la casa de Beba. Llego un corresponsal español para entrevistar a Oswaldo y estuvo un buen rato junto a nosotros a la espera de que también fuéramos detenidos. Años más tarde este periodista demostró ser un provocador que,  por alguna razón que solo el podrá aclarar, se ha empeñado en atacar abiertamente a los pacíficos opositores cubanos y defender a los verdugos y sicarios del régimen.

Freddy ya se había marchado y solo quedábamos Oswaldo y yo para enfrentar el eminente asalto a casa de su tía, donde funcionaba nuestra oficina. Acordamos bien tarde en la noche, cuando todo parecía más tranquilo, que yo me quedaría a dormir en casa de Beba pues miles de nuevas firmas en apoyo al Proyecto Varela aún estaban en el lugar.

La mañana siguiente, el 20 de marzo, llego Freddy. Oswaldo y yo nos movimos a casa de Ricardo Montes, otro de los líderes de nuestro Movimiento. La persecución desde el primer momento era feroz, teníamos intención de movernos en la antigua moto de Ricardo pero al ver la agresividad de nuestros perseguidores decidimos no arriesgarle y continuar Oswaldo y yo hacía casa de Tony en autobús.

Los automóviles de la seguridad del estado eran ostentosamente visibles. Uno de ellos que estábamos siguiendo con la vista desde que tomamos el ómnibus en la avenida 51 se adelantó y cuando llegamos a la próxima parada un agente se bajó del carro y se montó en el transporte público en que viajábamos. Se nos acercó a menos de un metro en el interior de la “guagua”.

Cuando nos bajamos se bajó con nosotros y continuo caminando a pocos metros nuestros hasta que tomo otro auto y desapareció. En ese momento nos perseguían una furgoneta blanca, una ambulancia, dos ladas y hasta un Mercedes Benz. Faltaba el helicóptero al parecer por falta de combustible, digo yo, para acorralar a dos simples y pacíficos  mortales como nosotros.

Llegamos a casa de Tony Díaz y allí estaba toda la familia preocupada, su esposa Gisela, su hija Yeni, su suegra y su hermano. Nos contaron el violento despliegue intimidatorio contra su esposa y sus hijas menores de la noche anterior para arrestar a Tony.

Nos movimos de inmediato a la embajada de Holanda. La señora embajadora nos garantizó que su país denunciaría la ola represiva y pediría explicaciones al régimen cubano. Igual sucedió en la embajada española, desde donde Oswaldo pudo comunicarse con el presidente Aznar y con Pat Cox, presidente en ese momento del Parlamento Europeo.

Seguimos nuestro camino y pasamos por una Iglesia donde teníamos muchos amigos. Pudimos ver imágenes de CNN en las que entrevistaban al periodista independiente  Omar Rodríguez Saludes en el balcón de su casa, desde donde se podían ver el despliegue de agentes esperando la orden para detenerle. Leímos una entrevista que yo había dado el día anterior al periódico El Nuevo Herald denunciado la cobarde provocación del régimen y hacíamos planes de contingencia para un momento tan dramático.

Estábamos agotados pero no podíamos detenernos, que lo hicieran nuestros perseguidores. Mientras deteníamos brevemente nuestra marcha para un refresco Oswaldo me dice: “Vamos a reunir a todo el movimiento frente a Villa Marista hasta que no suelten a todos los detenidos”

Yo le replique, “No te das cuenta que esto es contra nosotros directamente, que la inmensa mayoría de los detenidos son gestores del Proyecto Varela? Nos han detenido a nuestros líderes en todo el país y ya solo quedamos tú y yo. No, el que quede debe reunir nuevamente a nuestra gente y continuar. Los que caigamos deberemos esperar tiempos mejores, ahora ya no hay nada que hacer. Tenemos una base mínima pero no suficiente para retar al régimen en ese terreno. Si actuamos con la sangre caliente destruyen todo lo logrado. Yo ya me siento extraño de no estar preso a estas alturas”

El me miro,  le vi angustiado. Oswaldo estaba sufriendo por cada uno y todos nuestros hermanos detenidos, por sus familias. Quería ser el mismo quien estuviera ahora tras esas puertas tapiadas de Villa Marista, el cuartel general de la policía política cubana. Sentí su sufrimiento, pude ver toda la grandeza de aquel hombre en su mirada de  dolor, pero a la vez sus ojos como siempre traslucían su determinación a continuar pasara lo que pasara, defendiendo los derechos de todos los cubanos.

Continuamos nuestro camino hasta llegar a la parroquia Cristo Rey. Entramos en el templo. Un sacerdote amigo se nos acercó preocupado con lo que estaba sucediendo según las noticias, se ofreció a trasladarme a mi casa en su automóvil. Yo le agradecí pero decline su solidario gesto, debía continuar junto a Oswaldo. Nos arrodillamos unos minutos y oramos por nuestros hermanos detenidos, por sus familias, por los líderes y activistas del MCL y la oposición cubana, por los miles de ciudadanos firmantes del Proyecto Varela y por todos los cubanos. La nube siniestra que ha estado sobre nuestra amada patria por tantas décadas se presenta hoy aún más peligrosa y amenazante.

Regresamos a casa de Beba, teníamos la esperanza de que todo se hubiera detenido y que ya tendríamos noticias de los primeros liberados luego de unas horas. Freddy nos comunicó la dura realidad, había más arrestados, no había señales de que lo que estaba pasando fuera como otras veces algo  pasajero.

Nos dimos a la tarea de contactar a quienes estaban aún en libertad y comunicarles que el trabajo por los derechos de los cubanos continuaría en cualquier circunstancia.

Sobre las ocho de la noche le dije a Oswaldo que iría unas horas a casa de mis padres y que regresaría nada mas haberme aseado y comido algo. El me insistió en que me quedara. “No te vayas, esta gente está muy agresiva y te pueden detener a ti también. Ofe te prepara algo de comer y te bañas aquí” “No, le dije, si me van a arrestar que lo acaben de hacer ya, tengo la impresión de que no lo han hecho porque estábamos juntos todo el día pero no podemos evitar esta situación eternamente, además, no quiero que me arresten estando contigo, te conozco y vas a intentar evitarlo poniéndote en riesgo tú también. De ninguna manera! Tu salva al Movimiento, salva el Proyecto Varela y cuídame mis hijas… Ve para la casa con los muchachos que Freddy y yo nos vamos a Lawton un rato y regresamos”

El me miro como un padre que ya no puede evitar las decisiones de su hijo crecido. Si pudiera me hubiera atado a una silla para que no me fuera, si hubiera podido me abrazaría y no me permitiría salir  solo al encuentro de nuestros perseguidores. Todo eso lo dijo su gesto, su mirada.

“Nos vemos Bapu”, le dije y vire el rostro comenzando a hablar con Freddy, que estaba a mi lado en la entrada de la casa de tía Beba, de un tema nimio para que él se marchara. Sentí como lo hizo y fue entonces que me volví parta mirarle como se alejaba en medio de la oscuridad de la noche hacia su casa, donde Ofelita y los muchachos le esperaban preocupados. Caminaba con paso firme y su estilo característico. Llevaba los puños cerrados, como  con furia por no poder evitar lo inevitable, como si todo dependiera de el para traer la libertad a los cubanos, como si quisiera para si todos los cadiz que nos tocarían a nosotros. Como quien sabía que el camino no había concluido allí y ya tocaría a él y al más joven de sus discípulos enfrentar juntos, solos, la cruz del martirologio años más tarde.

Fue la última vez que nos vimos, nunca podré olvidar su silueta de luz  desapareciendo en las sombras.

Minutos más tarde desde mi teléfono móvil le enviaba una llamada pero yo no hablaba. Pude, en cuanto percibí la maniobra de nuestra detención, Freddy me acompañaba,  hacer la llamada y lanzar, en el forcejeo con mis captores, el teléfono bajo el taxi en que viajábamos para evitar lo ocuparan y dar tiempo a que en casa de Oswaldo se enteraran de que habíamos sido arrestados. Ofelita, me entere luego, fue quien respondió y desesperada le pasó el teléfono a Oswaldo para que escuchara como nos secuestraban en plena vía pública. Sé que él, nuestro querido Bapu, mientras  increpaba a los sicarios que finalmente recogieron con algo de esfuerzo, bajo el automóvil, mi teléfono, dejo correr en su contraída mejilla, un límpido cristal  de despedida.

Hasta pronto, Oswaldo, sé que nos reencontraremos, Bapu.

http://www.oswaldopaya.org/es/2013/03/20/una-silueta-de-luz-en-medio-de-la-sombra/

MAJESTIC

Hoy New York se desbocó un poquito ante mi desasosiego.
Mi corazón se encoge a la hora del crepúsculo. La ciudad se hace efímera, Cuba emerge con la oscuridad. Estiro mis manos y respiro en voz alta, pero igual es como si nunca más pudiera amar a mi amor.
Compro tarjetas para llamar al mundo (en realidad, me las compran). Entro y salgo de una función maravillosa en Broadway (en realidad, me invitan y yo desperdicio de loco esa oportunidad). La gente afuera se hace fotos junto a un mar de disfraces y colores vivos (yo sigo de largo sin engancharme de las mil y una miradas que me proponen un guiño de no sé qué). Trato de coger taxis y todos van llenos. Toso, toso y supuro agüita por la nariz. Los rascacielos son de juguete. Me disculpan pero, precisamente por tenerlos delante de mí, es que no me los puedo creer (demasiado Hollywood te embota el sentido de lo real). Atrás están la muerte y la represión: banales, viles, inverosímiles. Como Cuba en esta hora del mundo en que me escapé (sólo para que me cacen luego como un conejo).
En el campus universitario de Columbia, unos norteamericanos sacan sus consignas castristas en contra de Yoani Sánchez. En mi opinión, todo es un show. Ni siquiera deben de haberla leído (yo tampoco la leo ya: a partir de ahora sólo la acción cambiará el estado criminoso de nuestra sociedad, que está desguazando a sus familias más decentes con golpes de horror). Pero hasta el repudio en New York es hermoso, y cuesta comparar esta protestica pop con la salvajada que en las calles cubanas patrocina sin sueldo el Ministerio del Interior: hasta donde sé, contratan a presidiarios y obreros (valga la redundancia) a cambio de una meriendita con jugo natural (en Brasil fue nada menos que nuestro excelentísimo embajador quien reclutó a los izquierdosos a cambios de becas gratis en la Isla de la Libertad).
Hablo con exiliados. Me han seguido en los últimos años por internet, lo cual me resulta simplemente desconcertante. Voy conociendo al rostro gráfico de la blogosfera libre cubana, el magnánimo Rolando Pulido, un alma de excepción. Masticamos cositas (llevo días y días en que no como casi, ni duermo: creo que sólo así resucitaré), mi cuerpo necesita ser tocado por la mirada del amor. Los exiliados saben que muy pronto ya no serán exiliado, que hay que fundar un país nuevo sin odios y sin pasado, donde sólo el partido comunista por respeto tendrá que estar al menos 50 años con limitación electoral (sin venganzas, que no traerían ni una pizca de liberación, pero sí sacando a flote toda la verdad sobre cuánto y cuánto en Cuba se cauterizó con tal de perpetuar a una o dos personas en el poder).
A ratos los post-exiliados se divierten con mis disparates en 140 caracteres y, aunque sus espíritus lucen mucho más sensibles que los de cualquiera en la Isla, los pobres no pueden tener ni idea de que mis twits más cómicos son producto de una asfixiante desesperación. Lo digo por primera vez a la vista del arrogante río Hudson: sólo en La Habana podría amar a mi amor, sólo en La Habana sería entonces la muerte de mi amor.
El frío hinca en las manos, que terminan el día rojas y con dolor. Quisiera morir de tuberculosis en el siglo XIX, anagrama del XXI. Quisiera leer en el New York Times que la Revolución cubana fue una especie de colectiva ilusión, que los cubanos todos siempre vivieron llenos de luz y con libertad afuera (toda frontera es fascismo), que dentro del pudridero sólo quedan los Castros y una cuenta cadáver de Twitter como cenotafio dictatorial (quién hereda los Followers de una cuenta cuando el twittero muere mientiendo en campaña con el fantasma de su recuperación). Quisiera poder moverme solo en el metro o que por favor me enseñes en esta semana tú. Quisiera, también, ser un homeless de los varios que he visto de medianoche. Un día me voy a bajar del carro con su caravana de seguridad y les voy a dar un billete en USD cambiado por mis CUC en La Habana. Un día, y no es una metáfora de pacotilla, Orlando Luis Pardo Lazo va a ser otro homeless en esta ciudad y tú no te vas a dar cuenta. Sólo dame un tiempo para completar mi ciclo cósmico de destrucción.
Estoy acabado como escritor.
Lo siento. Soy muy feliz.

RIVER H



LOS AULLIDOS DEL HUDSON RIVER
Orlando Luis Pardo Lazo
Porque aúlla, ¿saben?
El río Hudson de madrugada aúlla. Hace como un curva bajo el puente o contra sus columnas y entonces sus aguas de metal llegan hasta la azotea donde me cobijo del frío de la antiquísima Nueva York (ciudad de mil películas en mi imaginación provinciana). Y donde huyo también un poco de una Habana que trato y trato, pero aún no se me muere en el alma.
Sería cruel que a estas alturas de la des-historia mi ciudad no me dejase olvidarla. Soy un hombre. Viví en ella 40 años. Es hora de descansar. Estoy exhausto. Mis ojos van tan tristes de tanto ver y ver, sin que me mires tú a mí. Hasta de color han cambiado, como la tarde que se apaga de puro tedio. Es hora del descanso. Habana, entiéndeme, por favor. Quédate de una puta vez atrás.
Si el río Hudson no aullara en la madrugada del fin del mundo, yo me tendría que tirar de cabeza desde un edificio de ladrillos decimonónicos. Hay gente tan linda y libre en esta ciudad. Te buscan con cierta luz de esperanza. La primavera no se amina a desvirtuar el gris de joya de Washington Heights y sus terracotas desesperados en las fachadas. Este barrio de pronto se parece al Lawton de mi infancia. Ya sé que no sé lo que digo, pero es así. Yo llevaba 40 años habitando secretamente en un recodo planetario así. Una lonja de la locura. Una visón, un mirage. Milagro. Ven ya ahora tú.
Las ventanitas de vidrio-ataúd filtran voces que llegan del piso de abajo o del próximo estado de este súper-país. Finalmente, después de tanto contar estrellas y sumarle siempre una más por Cuba (entre ese tipo de chistes crecí), no sé cuantas brillan en el rectángulo azul. La bandera norteamericana, dígamoslo antes de que se me haga más tarde, es una de las más preciosas del mundo. De milagro prefiero la cubana, no sé por qué. Acaso por su sensación de desequilibrio geométrico o incompletez.
He visto mendigos cubiertos con lonas de circo en New York y en Washington (voy a quedarme a vivir en Washington cuando sienta que mi corazón ya se va a morir: no es una ciudad, es un estadio y yo amo los espacios que rebasan su propia extensión). Muy pocos mendigos, pero por eso mismo los he visto. En las calles de Centro Habana pululan incontables veces más. Y huelen peor. Igual hace frío y la noche es larga. Me compadezco. Pienso que no tengo dinero ni para comprar una de esas lonas. Soy un maniquí recién salido de las manos de un Estado del que nadie me deja de hablar de aquí. Estoy en Nueva York de algún modo sólo para eso: para desprenderme de toda posesión y quedarme como el sueño de una simple voz. La voz de los que sí tienen voz y están ya a punto de perderla para siempre en un simulacro de país. Mi país pactado entre los altos poderes del crimen y la economía y el cacareo púrpura de quienes creen incubar a dios en el arzobispado. Y mi voz sabes bien que es tu voz porque así siempre lo ha sido, hermano, desde Cuba. Tu voz desde Cuba donde quieras que estés y ya nunca vuelva a escucharla, mi amor.
Hudson river, howllido de lobo estepario. Hay una furia de finisterra en mí tonight, que me impele a mascar el vidrio de las ventanas y ripiar cortinas y negocios allá afuera, y hundirme en la tráquea de un subway que me recuerda la luz mortecina de la ruta 23. En las cafeterías las muchachas del barrio todas son zurdas y leen a street car named desire durante horas. Yo tecleo la arritmia de una contrarrevolución antiacadémica, intolerable así en la isla como en el exilio. Inmanipulable, por eso mismo: intoolerable. Let me go home. Y voy.
Y mi hogar torna a ser mi cuerpo que aloja una mente asustada. Es obvio que el gobierno nos está cazando con grosería, afinan su puntería como si fuéramos patos que se fugan en primavera. Y lo somos. Una noche de mil novecientos algo, hace tres días, en Washington vi patos en el agua gélida del monolito. Vi también una errata en el Memorial Lincoln. Vi humo en las cloacas. Solapines del State Department. Y una soledad de claustros que me tuvo con dolor en los huesos hasta que una persona me dijo una cosa y después se rió, restaurando el orden de cosas en el universo. El universo como una bola de billar que rueda como un búfalo vil.
A veces ulula. Wail. World Wilde wail que hace indistinguible al Hudson de una ambulancia (esas ambulancias de las bandas sonoras con saxofón y sexo que yo veía cuando viví allá, al otro lado de la bahía y el cielo con copos microscópicos de fin de invierno).
Toda escritura es una despedida de duelo. New York se prepara para nuestra matanza. Nos van a aniquilar los cubanos. El desierto debe imperar, la vida sobra. Lo estoy anunciando con un placer a borbotones que no estallará sobre ti. No te dará tiempo a escaparte otra vez. En más de un sentido, hasta que no muera violentamente el último de los cubanos, Fidel Castro no se sabrá morir.
(Esta última oración es la cristalización más íntima de la belleza expuesta ante el desconcierto de quienes no sabe oir. Que me oigan entonces mis personajes. Ipatria, Olivia, Sally, en fin…)
Ya voy a parar. Llevo muchos días sin poder añadir una imagen a mi desquicie. Estoy tentado de inventar palabras. Otros nombres para otra novela. Rosemary, Samantha, Kate. Siempre chicas sin fin… De muchachos no podría escribir ni un diálogo paduresco. El muchacho soy yo y me voy desliendo con cada punto final.
Amén, queridos. Déjenme ir.