Archivo del Autor: Yoani Sánchez

Universales

Estocolmo Internet Forum

Estocolmo Internet Forum

Alguien sentado en la mesa de atrás habla en francés, mientras en las sillas del costado dos brasileños intercambian ideas. Dos pasos más allá unos activistas de Bielorrusia comparten con unos españoles que también han venido al Estocolmo Internet Forum. Un evento que desde el pasado 21 de mayo ha reunido en la capital sueca a personas interesadas por las herramientas digitales, las redes sociales y el ciberespacio. Una verdadera torre de Babel donde nos comunicamos en la lengua franca de la tecnología. La aldea global y virtual contenida por estos días en una antigua fábrica a la orilla del mar. Y en medio de ese ir y venir de análisis y anécdotas, seis cubanos dispuestos a contar también su labor como ciber activistas.

Esta es sin dudas la escala que más he disfrutado de mi largo viaje y no porque los otros lugares no hayan estado llenos de lindas impresiones y de muchos abrazos, sino porque aquí he encontrado a varios colegas de la Isla. Alguna de esa gente que en nuestro país echa mano de las nuevas tecnologías para narrar o intentar cambiar su realidad, hoy se ha dado cita aquí. La joven abogada Laritza Diversent, el director de Estado de SATS Antonio Rodiles, la aguda blogger Miriam Celaya, el informático Eliécer Ávila y por un día nos acompañó también el reportero independiente Roberto Guerra. Así que Estocolmo me ha parecido un tanto Cuba y no precisamente por el clima.

El Internet Forum nos ha permitido además sentirnos ciudadanos del mundo, compartir experiencias con quienes viven en situaciones diferentes pero –en esencia- sorprendentemente similares. Basta hablar un rato con algún otro invitado o escuchar una conferencia para darse cuenta que en cada palabra dicha está la eterna búsqueda humana del saber, la información… la libertad. Expresada en esta ocasión a través de los circuitos, las pantallas y los kilobytes. Esta cita nos ha dejado con la sensación de que somos universales y de que las tecnologías nos han convertido en personas capaces de trascender nuestra geografía y nuestro tiempo.

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Tres parámetros, una casa

Foto tomada de http://www.martinoticias.com/content/article/16994.html

Foto tomada de http://www.martinoticias.com/content/article/16994.html

Colocar ceros a la derecha parece ser el deporte preferido de quienes ponen precio a las casas que se venden hoy en Cuba. Mercado cautivo al fin, el comprador podrá encontrar muchas sorpresas en el amplio surtido de clasificados. Desde propietarios que piden por su vivienda sumas astronómicas que nada tienen que ver con la realidad de la demanda, hasta verdaderas gangas que dan pena ante tanta ingenuidad del negociante. Muchos apresurados por vender, algunos con el olfato listo para darse cuenta de que este es el momento de comprar una vivienda en la Isla. Es una apuesta de futuro, si sale mal pierden todo o casi todo, pero si resulta bien se posicionan –con anticipación- para el mañana. Los lentos se apuran y los rápidos corren a la velocidad de la luz. Son tiempos de darse prisa, el fin de una era puede estar cerca… aseguran los más listos.

Sorprende ver cómo sin apenas nociones inmobiliarias los cubanos se lanzan al comercio de los metros cuadrados. Narran sus espacio, la mayoría de las veces con una sobre abundancia de adjetivos que dan gracia o temor. Así que cuando se lee “apartamento de un cuarto en barrio céntrico de la Habana con habitación en piso intermedio” deberá entenderse “cuarto en solar de Centro Habana, con barbacoa de madera”. Si habla de jardín, mejor imaginarse un cantero con tierra y plantas a la entrada, y hasta residencias de cinco cuartos, después de una visita quedan reducidas a dos habitaciones particionadas con cartón tabla. La misma desconfianza con que se ven esas fotos en las redes sociales de gente apuesta y joven que busca pareja, debe aplicarse a los anuncios de viviendas aquí. Sin embargo, también se encuentran verdaderas perlas en medio de tanta exageración.

Ahora mismo los parámetros que determinan el costo final de una vivienda son al menos tres: ubicación, estado constructivo y pedigrí. El barrio influye mucho en el monto final del inmueble. En La Habana, las zonas más apetecidas son el Vedado, Miramar, Centro Habana, Víbora y Cerro por su carácter céntrico. Las menos buscadas Alamar, Coronela, Reparto Eléctrico, San Miguel del Padrón y La Lisa. La mala situación del transporte público influye bastante en que la gente prefiera casas que estén cerca de los puntos con mayor fuerza comercial y con abundantes espacios recreativos. Si hay un mercado agrícola en las inmediaciones, la suma a pedir crece; si el Malecón le queda próximo, también. Se rehúye de la periferia, aunque entre los “nuevos ricos” que han alcanzado un poco más de capital –ya sea por vía legal o ilegal- empieza la tendencia de buscar una finca en las afueras. Sin embargo, aún es demasiado temprano para hablar de una tendencia a alejarse hacia zonas más verdes y menos contaminadas. Por el momento, la premisa principal se reduce a mientras más céntrico mejor.

El estado constructivo, se erige como otro de los elementos que definen cuánto costará una vivienda. Si el techo es de viga y loza, los números se caen; mientras que las construcciones de las décadas 40 y 50 del siglo pasado gozan de muy buena reputación y atractivo. Las peor valoradas son las llamadas “obras de microbrigadas” con sus feos edificios de hormigón y sus pequeños apartamentos estilo Europa del Este. La cubierta si es ligera –tejas, zinc, madera, papel de techo- obliga al vendedor a obtener menos. El estado del baño y de la cocina es el otro punto que influye muy directamente en las posibilidades de comercializar el inmueble. La calidad de los pisos, si las ventanas están enrejadas y la puerta es nueva –de cristal y metal- se convierten en puntos a favor. En caso de que no haya vecinos arriba, entonces el propietario se puede sentar a pedir. También están muy valoradas las casas que tiene dos entradas, pensadas para una familia numerosa que busca dividirse e independizarse. Todo cuenta, todo vale.

Hasta aquí parece un mercado inmobiliario como cualquier otro en cualquier lugar del mundo. No obstante, hay una situación que define de manera muy peculiar el valor de las casas en venta. Se trata del pedigrí de las mismas. Con esto se hace referencia a si la vivienda ha pertenecido a una familia desde siempre o si fue confiscada en alguna de las oleadas de expropiaciones que vivió Cuba. Si el anterior dueño se fue cuando la Crisis de los Balseros en 1994 y el Estado entregó la propiedad a una nueva persona, el precio de la misma baja. También puede ocurrir que esto haya sucedido durante las salidas por el Puerto del Mariel en 1980, momento en que la propiedad fue otorgada a otros ante la emigración de quienes la habitaban hasta ese entonces. Pero donde los precios tocan fondo es en aquellos inmuebles confiscados entre 1959 y 1963 cuando las grandes partidas de exiliados. Pocos quieren meterse en el problema de adquirir un sitio que después podría estar en litigio. Aunque hay algunos que aprovechan esta situación para comprar a precio de remate verdaderas mansiones en los barrios más céntricos.

Para lograr comprobar tanto la ubicación, el estado constructivo, como el pasado legal de la casa, los potenciales compradores se auxilian de su propia experiencia, de un buen arquitecto y hasta de un abogado que hurgue en los detalles de la propiedad. Cada elemento pondrá o quitará una cifra, un cero, una centena al precio total que están dispuestos a pagar. En un mercado cautivo todo es posible y, sin embargo, es cómo si los conocimientos inmobiliarios sólo hubieran estado dormidos, aletargados y ahora regresaran con asombrosa fuerza.

Los hijos de la antena

Antena Parabólica ilegal
Foto tomada del blog http://www.penultimosdias.com

 En el Día Mundial de las Telecomunicaciones

y de la Sociedad de la Información

 

Se ven iguales que todos los demás: pequeños, revoltosos, dispuestos al juego y a la burla, como cualquier niño. Pero algo los distingue, más allá del barrio donde viven o de la familia que tienen. Forman parte de una generación que se le escapa al adoctrinamiento de los medios oficiales, pues se ha refugiado en la programación televisiva ilegal. Son “los hijos de la antena”, los consumidores directos de la cartelera de esas parabólicas tan perseguidas como extendidas. Cuando la maestra les pregunta en el aula si vieron el noticiero del día anterior, son de los que miran hacia el techo o se inventan una respuesta. Pero cuando interactúan entre ellos, todos se saben el nombre del presentador de moda en La Florida o de la ganadora del último concurso de Nuestra Belleza Latina.

No hay estudios claros de cuántas personas en la Isla acceden a estos canales proscritos. Resulta difícil calcularlo porque es un tema del que se habla poco en público por temor a las confiscaciones y a las multas; pero también porque basta que una familia tenga una de esas antenas parabólicas para que pase la señal por cable a una decena, una veintena o medio centenar de casas de vecinos. Los más atrevidos hasta han instalado el tendido por debajo de las calles, después de fingir que hacían una reparación autorizada a causa de alguna tubería rota. El dueño principal del perseguido artefacto es quien decide la programación que después verán todos los abonados en sus respectivas pantallas. El precio mensual ronda los 10 dólares, aunque algunos pueden tener el servicio gratis, especialmente los delatores del barrio a los que se les compra de esa forma su silencio.

Sin embargo, más allá de estos detalles técnicos de cómo se comete tal ilegalidad, los más interesante es el fenómeno sociológico que está generando. Muchos cubanos de las jóvenes generaciones –especialmente en la capital- apenas si consumen la televisión nacional. Se han escapado de la dosis de ideología que ésta porta y la han sustituido por un surtido más frívolo pero menos politizado. Entre esa teleaudiencia hay muchos niños, para los que el efecto de las consignas y las campañas oficiales va en detrimento. Son los hijos de la antena, amamantados con lo ilícito y acostumbrados al otro lado de la información, o de la desinformación. Han crecido con el control remoto entre las manos y con dar un simple clic acceden cada día a lo prohibido.

P.D: “no tiene sentido prohibir” la circulación de noticias, pues ello es “casi una quimera imposible” porque la gente “las conocen”. “Hoy las noticias de todos lados, las que son buenas y las que son malas, las que están manipuladas y las que son verdades, las que están a medias, circulan por las redes, llegan a las personas, las gentes las conocen, y lo peor es el silencio”, indicó el funcionario ante una conferencia de educadores, según un reporte televisivo” aseguró hace pocos días Miguel Díaz-Canel, primer vice presidente de Cuba.

 

Otros textos en este blog relacionados con el mismo tema:

- TeleSUR versus Parabólicas

- Parabólicas

De la batea a la lavadora

Desde lejos se siente el golpe dum, dum… dum. El brazo se eleva sosteniendo un palo grueso y liso, para después caer con fuerza sobre la sábana retorcida. La espuma jabonosa explota con cada golpe y de la tela sale un agua blanca que se mezcla con la del río. Es muy temprano, apenas si ha salido el sol y ya las tendederas esperan por la ropa húmeda que deberá secarse durante la mañana. La mujer está exhausta. Desde que era una adolescente lava así su indumentaria y la de su familia. ¿Qué otra opción tendría? En aquel pueblito perdido en una montaña del oriente, todas sus vecinas lo hacen igual. A veces cuando duerme, su cuerpo se mueve inquieto en la cama y repite el amago de un movimiento: sube… baja… dum… dum… dum.

Por estos días al hablar de la emancipación femenina en Cuba se nos trata de persuadir de su alcance, mostrando las cifras de mujeres en el parlamento. Se habla también –en los medios más oficiales- de cuántas han logrado escalar puesto administrativos, estar al frente de una institución, un centro científico o una empresa. Sin embargo, muy poco se dice del sacrificio que significa para ellas congeniar estas funciones con la abultada agenda doméstica y con las precariedades materiales. Sólo hay que mirar el rostro de las que superan los cuarenta años, para notar ese rictus de labios curvados hacia abajo común en tantas cubanas. Es la marca que deja una cotidianidad donde una buena parte del tiempo hay que dedicarla a tareas agobiantes y repetitivas. Una de ellas lavar la ropa, que muchas compatriotas realizan -al menos un par de veces por semana- a mano y en condiciones muy difíciles. Algunas ni siquiera tienen agua corriente en sus casas.

En un país donde una lavadora cuesta el salario de todo un año de trabajo, no puede hablarse de emancipación femenina. Frente a la batea y al cepillo, o a la caldera con pañales de bebé que borbotea sobre la leña, miles de féminas pasan muchas horas de su vida. La situación se vuelve más difícil si nos alejamos de la capital y observamos las manos de esas mujeres que mantienen limpios, con la fuerza de sus dedos, las camisas, los pantalones y hasta los uniformes militares de sus familiares. Son manos nudosas, manchadas de blanco por el jabón o el detergente en los que se sumergen por horas. Manos que desmienten las estadísticas sobre emancipación y las fabricadas cuotas de género, con que se nos intenta convencer de lo contrario.

Lavadora Aurika importada en los años ochenta a Cuba desde la URSS y que todavía muchas familias cubanas conservan... a falta de otra. Foto tomada de: http://museodelanostalgia.blogspot.ch/2009/02/la-infame-lavadora-aurika-80.html

Lavadora Aurika importada en los años ochenta a Cuba desde la URSS y que todavía muchas familias cubanas conservan… a falta de otra.
Foto tomada de: http://museodelanostalgia.blogspot.ch/2009/02/la-infame-lavadora-aurika-80.html

Otros textos publicados en GY y relacionados con este tema:

- Húmedas pequeñeces

- Violencia contra la mujer

- Con clítoris y con derechos

- Algo para evadirse

- La FMC y su imposibilidad de reformarse

- La convivencia y sus peligros

Del museo judío al museo de la Stasi

Museo judío en Berlín

Museo judío en Berlín

El edificio tiene la forma de una estrella de David dislocada. Es gris, de fachada revestida de zinc y pequeñas aberturas que provocan mayor sensación de claustrofobia. El museo no está compuesto solo por la muestra que se exhibe en sus muros y en sus vitrinas, el museo lo es todo, cada espacio que se puede recorrer y también los huecos vacíos –sin presencia humana- que se atisban por ciertas ranuras. Hay fotos de familia, libros con portadas de letras doradas, instrumentos médicos e imágenes de jóvenes vestidos en traje de baño. Es la vida, la vida de los judíos alemanes antes del holocausto. Uno podría esperar ver sólo el testimonio del horror, pero lo más dramático es que se encuentra ante el testimonio de la cotidianidad. La risa captada –años antes de la tragedia- resulta tan dolorosa de mirar como los cuerpos enflaquecidos y los cadáveres apilados. La prueba de los instantes de felicidad, hace más pavoroso el segundo del llanto y el dolor.

Después de un rato entre los pasillos estrechos de aquel lugar y en medio de su arquitectura desconcertante, salgo y respiro. Miro el verde de la primavera en Berlín y pienso: no podemos permitir que este pasado regrese alguna vez.

Y no muy lejos de allí,  se erige el Museo de la Stasi. Me meto en sus celdas, en los cuartos de interrogatorios. Voy de la mano de un cubano que estuvo detenido en ese mismo lugar, donde una ventana con vista hacia afuera se convierte en un sueño inalcanzable. Un calabozo fue forrado con caucho, las marcas de los arañazos de los reclusos todavía se pueden ver en sus paredes. Sin embargo, más siniestras me parecen las oficinas donde se les arrancaba –o fabricaba- una confesión a los detenidos. Las conozco, las he visto. Son una copia de su contraparte en Cuba. Han sido copiadas al dedillo por los aventajados alumnos que la Seguridad del Estado de la RDA formó en el Ministerio del Interior de la Isla. Impersonales, con una silla que el recluso no podrá mover porque está anclada al piso y alguna supuesta cortina detrás de la cual se esconde el micrófono o la cámara de filmación. Y los ruidos metálicos todo el tiempo, que surgen del traquetear de los cerrojos y las rejas; para recordarle a los prisioneros dónde están, cuán a merced del carcelero se encuentran.

Después de eso necesito volver a tomar aire, salir de aquellos muros. Me aparto de ese sitio con la convicción de que lo que para ellos es un museo del pasado, nosotros aún lo vivimos en tiempo presente. Un “ahora” que no podemos permitir que se prolongue hacia el mañana.

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Pequeña ventana, única fuente de luz en una celda de la Stasi alemana

Mi padre y Berlín

 

Muro de Berlín

Un tren retumba a través de la ventana. En Berlin siempre hay un tren que suena en algún lugar. Me asomo y veo una realidad bien diferente a la que observó mi padre en aquel 1984 cuando llegó por primera vez a esta ciudad. Maquinista de trenes, había ganado -a golpe de horas voluntarias y mucho trabajo- un viaje al futuro. Si, porque en aquella época la RDA era el horizonte al que muchos cubanos aspiraban a acercarse algún día. Así que a aquel hombre de la locomotora y las manos llenas de grasa, le dieron también un bono para que comprara algo de ropa antes de su salida a Europa. Le tocó un juego de chaqueta y pantalón, además una maleta inmesa en la que mi hermana y yo jugábamos a escondernos. Llegó a Alemania del Este en pleno invierno y se quedó solo dos semanas en una visita guiada, cuyo objetivo principal era demostrarle a los afortunados viajeros las ventajas de aquel modelo. Y mi padre regresó convencido.

En el aeropuerto, a la vuelta, venía con una sonrisa de oreja a oreja y con una bolsa de mano. En el interior un par de zapatos para cada una de sus hijas, que resultaron ser la mejor posesión alcanzada en aquel viaje. Eso y los recuerdos. Durante décadas nos ha estado contando su estancia en la RDA. Agregando detalles cada vez, hasta convertirla en casi una leyenda familiar que debemos oír al reunirnos para alguna conmemoración. A la luz de hoy el asombro de aquel maquinista se resume en el hecho de que en Berlín había podido sentarse en una cafetería y pedir algo para beber sin hacer una larga cola, le había comprado unos regalos a sus pequeñas sin mostrar una libreta de productos racionados y logró darse una ducha de agua caliente en el hotel donde estuvo hospedado. Estaba sorprendido ante cada pequeña cosa.

Ahora soy yo la que estoy en Berlin. Pensando en que mi padre no reconocería esta ciudad, no alcanzaría a conciliarla con aquella otra que él visitó en un año tan orwelliano como su número lo indicaba. Del muro que la dividía en dos solo queda un trozo museable pintado por varios artistas; el hotel donde él estuvo probablemente se demolió y el nombre de la mujer que le traducía y lo vigilaba -para que no escapara hacia occidente- no aparece en la guía telefónica. La maleta tampoco existe más, los zapatos nos duraron sólo un curso escolar y las fotos de tono rojizo que se tomó en la AlexanderPlatz ya están tan manoseadas que ni se ven. Sin embargo, estoy segura que al regreso mi padre intentará explicarme Berlín, decirme cómo entró a una panadería y logró comerse una empanada sin presentar la cartilla de racionamiento. Me reiré y le daré la razón, hay sueños que después de tanto tiempo no vale la pena romper.

 

Señor Capitolio

Capitolio de La Habana foto: Orlando Luis Pardo Lazo

Capitolio de La Habana
foto: Orlando Luis Pardo Lazo

El Capitolio de La Habana empieza a salir de su largo castigo. Como un niño penitente, ha esperado 54 años para que le regresen su condición de sede del parlamento cubano. Transitó por todo, fue museo de ciencias naturales con animales disecados -llenos de polillas- y en uno de sus pasillos se abrió el primer local público de Internet en la capital cubana. Mientras los turistas fotografiaban la enorme estatua de la República, miles de murciélagos colgaban de sus altísimos y decorados techos. Dormitaban de cabeza durante el día, pero de noche revoloteaban y dejaban sus heces pegadas en las paredes y las cornisas. Allí se fueron acumulando por décadas, entre la indiferencia de los empleados y las risillas de los adolescentes que señalaban a los residuos y decían “mira, mierda, mierda”. Ese es el edificio que conozco desde niña, caído en desgracia, pero imponente aún.

A los visitantes siempre les cautiva la historia del diamante que marca el punto cero de la Carretera Central, con su dosis de maldición y de codicia. También al observar este coloso neoclásico, esos mismos viajeros confirman – lo que sabemos pero nadie dice en voz alta- que “se parece muchísimo al Capitolio de Washington”. En esa similitud radica parte de los motivos para el ninguneo político que ha padecido nuestro edificio insigne. Demasiado evocador de aquel otro; evidente primo hermano de uno que pasó a significar la imagen del enemigo. Pero como por decreto no se erigen los símbolos arquitectónicos de ninguna ciudad, su cúpula siguió conformando el rostro habanero, junto al Malecón y al Morro que se levanta a la entrada de la bahía. Para quienes llegan desde provincia, la foto frente a la amplia escalinata de este gran palacio, resulta obligatoria. Su cúpula es además la más reflejada en pinturas, fotos, artesanías y cuanta baratija alguien quiere llevar de vuelta a su país para decir: estuve en La Habana. Mientras insistían en quitarle importancia, más protagónico se hacía. Mientras mayor era el estigma sobre él, su mezcla de hermosura y decadencia se volvía más subyugante. Entre otras razones porque en las décadas posteriores a su edificación –y hasta el día de hoy- ninguna otra construcción en la Isla ha logrado superarlo en esplendor.

Ahora, la Asamblea Nacional del Poder Popular comenzará a sesionar justo donde una vez se reunía aquel congreso de la República de Cuba, del que tan mal nos hablan los libros oficiales de historia. Me imagino a nuestros parlamentarios, sentados en los hemiciclos de asientos tapizados, rodeados de los ventanales de regio porte y bajo los techos finamente decorados. Los vislumbro además levantando todos las manos para aprobar las leyes por unanimidad o por inmensa mayoría. Callados, mansos, uniformes en cuanto a ideas políticas, deseosos de no contrariar al verdadero poder. Y no sé qué pensar, la verdad, si esta es la nueva humillación –el más elaborado castigo- que le depara al Capitolio de La Habana; o si por el contrario es su victoria, el acariciado triunfo por el que llevaba esperando más de medio siglo.

Señor Capitolio

Capitolio de La Habana foto: Orlando Luis Pardo Lazo

Capitolio de La Habana
foto: Orlando Luis Pardo Lazo

El Capitolio de La Habana empieza a salir de su largo castigo. Como un niño penitente, ha esperado 54 años para que le regresen su condición de sede del parlamento cubano. Transitó por todo, fue museo de ciencias naturales con animales disecados -llenos de polillas- y en uno de sus pasillos se abrió el primer local público de Internet en la capital cubana. Mientras los turistas fotografiaban la enorme estatua de la República, miles de murciélagos colgaban de sus altísimos y decorados techos. Dormitaban de cabeza durante el día, pero de noche revoloteaban y dejaban sus heces pegadas en las paredes y las cornisas. Allí se fueron acumulando por décadas, entre la indiferencia de los empleados y las risillas de los adolescentes que señalaban a los residuos y decían “mira, mierda, mierda”. Ese es el edificio que conozco desde niña, caído en desgracia, pero imponente aún.

A los visitantes siempre les cautiva la historia del diamante que marca el punto cero de la Carretera Central, con su dosis de maldición y de codicia. También al observar este coloso neoclásico, esos mismos viajeros confirman – lo que sabemos pero nadie dice en voz alta- que “se parece muchísimo al Capitolio de Washington”. En esa similitud radica parte de los motivos para el ninguneo político que ha padecido nuestro edificio insigne. Demasiado evocador de aquel otro; evidente primo hermano de uno que pasó a significar la imagen del enemigo. Pero como por decreto no se erigen los símbolos arquitectónicos de ninguna ciudad, su cúpula siguió conformando el rostro habanero, junto al Malecón y al Morro que se levanta a la entrada de la bahía. Para quienes llegan desde provincia, la foto frente a la amplia escalinata de este gran palacio, resulta obligatoria. Su cúpula es además la más reflejada en pinturas, fotos, artesanías y cuanta baratija alguien quiere llevar de vuelta a su país para decir: estuve en La Habana. Mientras insistían en quitarle importancia, más protagónico se hacía. Mientras mayor era el estigma sobre él, su mezcla de hermosura y decadencia se volvía más subyugante. Entre otras razones porque en las décadas posteriores a su edificación –y hasta el día de hoy- ninguna otra construcción en la Isla ha logrado superarlo en esplendor.

Ahora, la Asamblea Nacional del Poder Popular comenzará a sesionar justo donde una vez se reunía aquel congreso de la República de Cuba, del que tan mal nos hablan los libros oficiales de historia. Me imagino a nuestros parlamentarios, sentados en los hemiciclos de asientos tapizados, rodeados de los ventanales de regio porte y bajo los techos finamente decorados. Los vislumbro además levantando todos las manos para aprobar las leyes por unanimidad o por inmensa mayoría. Callados, mansos, uniformes en cuanto a ideas políticas, deseosos de no contrariar al verdadero poder. Y no sé qué pensar, la verdad, si esta es la nueva humillación –el más elaborado castigo- que le depara al Capitolio de La Habana; o si por el contrario es su victoria, el acariciado triunfo por el que llevaba esperando más de medio siglo.

El reencuentro

El jueves pasado he estado en La Habana, aunque sin moverme de Madrid. Gracias a la guitarra de Boris Larramendi me di un saltico por la Isla. Un breve –pero intenso- regreso, sólo a golpe de acordes y de buena música. En un local de la capital española nos encontramos un grupo de amigos, algunos graduados de la Facultad de Artes y Letras, pero también antiguos asistentes a cuanta peña musical existió en los años noventa en Cuba. Me sentí como en casa, pues justo en la sala de nuestro apartamento tuvimos una de aquellas tertulias que antenoche hemos recordado. Evocamos nuestra infusión de caña santa y ese poco de azúcar con el que recuperábamos las energías después de subir las bicicletas 14 pisos por la escaleras. Pero sobre todo hemos rememorado las buenas canciones que se escuchaban allí, el espacio de libertad que lográbamos crear al menos por unas horas.

Más allá de los estribillos y el arroz con frijoles, disfruté especialmente el reencuentro con estos compatriotas. Muchos de ellos tratan todavía de abrirse camino en una España azotada por la crisis económica y los cuestionamientos políticos. Algunos desempleados, otros ilegales, varios con hijos nacidos aquí que no conocen el país de sus padres; todos pendientes de lo que ocurre en Cuba. Boris cantó hasta quedarse ronco, las palmas de las manos se nos enrojecieron por acompañarlo con aplausos y -ya pasada la medianoche- el humor brotó, los chistes nos acompañaron.

En una pared un televisor mostraba imágenes grabadas en las calles habaneras. El malecón y la esquina de 23 y L, quedaban como fondo audiovisual que acompañaba nuestra “guaracha” improvisada alrededor de dos mesas. En un momento me percaté que aquella grabación que pasaba en la pantalla era de una cámara de seguridad policial. De manera que allí estaba aquel material de vigilancia filtrado y convertido en mero video de divertimento en un espacio recreativo. La banalización del ojo oficial; el control convertido en frívolo reporte de la cotidianidad. Pero ni siquiera eso nos distrajo de lo más importante que estaba ocurriendo en aquella sala: la confluencia. Estábamos encontrando el punto en común después de una larga travesía y de una prolongada separación. Éramos más libres que en cualquier tertulia habanera y no obstante seguíamos siendo el fruto de todas aquellas tertulias habaneras. Bendito pasado que nos ha esperado en este mañana.

 

 

El reencuentro

El jueves pasado he estado en La Habana, aunque sin moverme de Madrid. Gracias a la guitarra de Boris Larramendi me di un saltico por la Isla. Un breve –pero intenso- regreso, sólo a golpe de acordes y de buena música. En un local de la capital española nos encontramos un grupo de amigos, algunos graduados de la Facultad de Artes y Letras, pero también antiguos asistentes a cuanta peña musical existió en los años noventa en Cuba. Me sentí como en casa, pues justo en la sala de nuestro apartamento tuvimos una de aquellas tertulias que antenoche hemos recordado. Evocamos nuestra infusión de caña santa y ese poco de azúcar con el que recuperábamos las energías después de subir las bicicletas 14 pisos por la escaleras. Pero sobre todo hemos rememorado las buenas canciones que se escuchaban allí, el espacio de libertad que lográbamos crear al menos por unas horas.

Más allá de los estribillos y el arroz con frijoles, disfruté especialmente el reencuentro con estos compatriotas. Muchos de ellos tratan todavía de abrirse camino en una España azotada por la crisis económica y los cuestionamientos políticos. Algunos desempleados, otros ilegales, varios con hijos nacidos aquí que no conocen el país de sus padres; todos pendientes de lo que ocurre en Cuba. Boris cantó hasta quedarse ronco, las palmas de las manos se nos enrojecieron por acompañarlo con aplausos y -ya pasada la medianoche- el humor brotó, los chistes nos acompañaron.

En una pared un televisor mostraba imágenes grabadas en las calles habaneras. El malecón y la esquina de 23 y L, quedaban como fondo audiovisual que acompañaba nuestra “guaracha” improvisada alrededor de dos mesas. En un momento me percaté que aquella grabación que pasaba en la pantalla era de una cámara de seguridad policial. De manera que allí estaba aquel material de vigilancia filtrado y convertido en mero video de divertimento en un espacio recreativo. La banalización del ojo oficial; el control convertido en frívolo reporte de la cotidianidad. Pero ni siquiera eso nos distrajo de lo más importante que estaba ocurriendo en aquella sala: la confluencia. Estábamos encontrando el punto en común después de una larga travesía y de una prolongada separación. Éramos más libres que en cualquier tertulia habanera y no obstante seguíamos siendo el fruto de todas aquellas tertulias habaneras. Bendito pasado que nos ha esperado en este mañana.