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El tema indígena en el cine cubano: ¿un vacío absoluto (tercera parte)

Miércoles, 27 de Enero de 2010 José Antonio García Sin comentarios

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Un hito de especial significación en la historia del cine cubano sobre tema indígena lo constituye el documental Una herencia (1976, 26 minutos, en colores), del cineastaSantiago Villafuerte. Es el primer testimonio fílmico que muestra la presencia de descendientes de indocubanos entre la población campesina de Cuba. Una herencia es la primera obra cinematográfica que se interesa por el difícil tema de la palpable herencia indígena en ciertos sectores de la población cubana actual, y en su cultura. Villafuerte va en busca de los descendientes de indocubanos que habitan en esa intrincada región de las montañas de Yateras (en la provincia de Guantánamo), para testimoniar ese fenómeno sociocultural, asombroso para la mayor parte de los espectadores de entonces, y aún de hoy. El documental tiene además la virtud de presentar sendas entrevistas a dos de los científicos cubanos más prestigiosos relacionados con los estudios del tema indígena cubano: el antropólogo y arqueólogo Dr. Manuel Rivero de la Calle, entonces Director del Museo de Antropología Luis Montané de la Universidad de La Habana y profesor en dicha institución, y el experimentado arqueólogo de la Academia de Ciencias de Cuba Dr. José Manuel Guarch Delmonte, ambos ya fallecidos. Sus testimonios basados en investigaciones científicas rigurosamente realizadas por ellos (las de Rivero, relacionadas con la pervivencia étnica y cultural indígena en un sector campesino de la población cubana contemporánea), así como los testimonios de dichos descendientes de indígenas (hoy mestizos) estudiados, al parecer estimularon a Villafuerte para continuar explorando los testimonios culturales de ese sector de la población cubana.

Altar de cruz (documental en colores de 14 minutos),Una fiesta de changüí (también en colores, de 11 minutos) yLos dueños del río (igualmente en colores, de 12 minutos), son tres obras para cine realizadas también por él en 1980, con las imágenes grabadas durante su extenso y aventurado recorrido por la zona oriental cubana. Villafuerte es atraído por todo lo que, según su fina intuición artística (ahora apoyada por la vivencia de haber conocido a verdaderos descendientes de indocubanos), intuye que puede tener un antecedente indígena. De aquí que, en Altar de cruz, sin llegar determinar los detalles de procedencia indígena contenidos en la ceremonia (sólo al alcance de antropólogos especializados), toma testimonio de cómo se llevan a cabo tradicionalmente las mismas entre las familias campesinas guantanameras. Indaga sobre su origen religioso (católico) y sobre la forma acriollada en que se celebran desde hace mucho tiempo. Es también este documental el primer testimonio audiovisual de tan añeja y acriollada ceremonia religiosa popular, nunca antes grabada y hoy prácticamente desaparecida; de aquí otro mérito para esta obra.

Una fiesta de changüí vibra en la misma cuerda que percibe resonancias de los antepasados indígenas en expresiones diversas de la cultura espiritual cubana. De nuevo la obra de Villafuerte señala derroteros para el hallazgo de ancestrales raíces, esta vez en la música tradicional popular cubana. El changüí, género de baile y canto muy popular en amplias zonas rurales sobre todo del oriente cubano, constituye un motivo de interés para la búsqueda de las raíces más remotas de lo cubano. El tema del documental pasa muy de cerca junto al tema de una posible herencia indígena que poco más de un siglo después volvería a ser investigada.

Los dueños del río se propone dejar testimonio de una peculiaridad de la zona, simple pero singular: los campesinos que viven junto al río Toa, en Guantánamo, y que se dedican a navegar por el mismo transportando mercancías y personas. Pero aunque aquí son vistos sencillamente como pescadores u hombres del río, el espectador no puede evitar sentir la atmósfera de evocación indígena que transmiten tanto los hombres de ese lugar (muchos realmente descendientes lejanos del aborigen),como el entorno, e incluso las embarcaciones que –como antes el indígena– fabrican con sus propias manos, y a las que denominan “cayucas”. Hoy sabemos que las cayucas son allí el recuerdo de las canoas indígenas que durante tantos siglos navegaron por esas mismas aguas.

En esa década de los 80, la cinematografía cubana sobre tema indígena cuenta con cuatro títulos que, si bien no se refieren al indocubano, al menos apuntan al indígena étnicamente vivo y diferenciado que vive en otras naciones de América, ya que son coproducciones con dos de esos países. De Perú suman tres, donde el indígena constituye parte mayoritaria de la población del territorio y lucha por sobrevivir como ser humano, al tiempo que mantiene su cultura ancestral. El otro fue realizado en Ecuador. De ellos el primero en esa década fueEl viento del ayahuasca (1982, de 86 minutos y en colores), dirigido por Nora de Iscue, que relata una curiosa historia de amor resultante de la religión indígena en la región de la Amazonia peruana; el segundo es En la tierra de los awajunti (1984, en colores, de 21 minutos), dirigido por Alberto Durant, el cual trata sobre la supervivencia de los indígenas awarunas (de la Amazonia peruana también), quienes ven afectados sus modos de vida tradicionales por los cambios que se introducen en su hábitat. El tercero se titula Éxodo sin ausencia (1985, de 12 minutos, en colores), a cargo del cubano Jorge Luís Sánchez, donde se revela cómo la comunidad ecuatoriana de los puesetus lucha por conservar sus ancestrales tradiciones culturales a pesar de verse en la necesidad de emigrar a la ciudad. Y por último, el documental Rimac Tampu (un viaje al pasado), (1989, de 20 minutos y en colores), fue realizado por Rafael Delucchi, y en él se ofrecen testimonios de la pervivencia de la cultura espiritual indígena del Perú (sus mitos y leyendas), a pesar de los estragos causados a ese pueblo por el colonialismo y la imposición de la cultura occidental moderna.

Volviendo al tema del indocubano en la producción cinematográfica nacional de los años 80, existen dos cortas producciones que aunque tampoco se refieren directamente a dicho asunto, lo rozan superficialmente, o lo contienen de manera implícita. Estos son El bohío (1984, de 9 minutos, en colores): dibujo animado dirigido por Mario Rivas, quien utiliza ese típico modelo constructivo de vivienda campesina cubana (herencia de los indocubanos, después modificada) como motivo reiterativo para discursar sobre momentos fundamentales de la historia de Cuba desde la etapa colonial hasta 1959; y Un día fui (1987, de 14 minutos y en colores), bajo la dirección de Guillermo Centeno. Este se realiza en la pequeña ciudad de Baracoa, y trata sobre su añejo origen indígena, sobre el significado de su nombre aborigen, pero sobre todo sobre su gente de hoy, descendientes muchos de ellos de la herencia étnica y cultural aborigen - cómo viven y cuán hermoso es el entorno donde se desenvuelve esa población.

En esos años, Modesto García vuelve sobre el recuerdo de los indocubanos y realiza un muy breve documental de animados que denomina, sencillamente, Aborígenes (1986, de 6 minutos, en colores), el cual obtiene al año siguiente el Premio Anual de la Crítica 1987. En este desarrolla un tema muy interesante: un grupo de indocubanos ha rechazado victoriosamente el ataque de otros coterráneos, y en su desplazamiento por el territorio entran en contacto con otra comunidad indígena que los acoge y en la que aprenden las técnicas agrícolas, la confección de vasijas de cerámica, la elaboración de redes para pescar, etcétera. Al regresar a su comunidad de origen, traen el aporte de esos nuevos conocimientos. De esta forma, ha quedado reflejado en cine uno de los fenómenos socioculturales más complejos e interesantes de la historia del pasado indígena cubano: el proceso de mestizaje y de intercambio cultural acaecido entre los grupos humanos primigenios con diferentes modos de vida, que coexistieron en Cuba durante muchísimos años.

(continuará en el siguiente post)

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El tema indígena en el cine cubano: ¿Un vacío absoluto? (primera parte)

Martes, 26 de Enero de 2010 José Antonio García Sin comentarios

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Volviendo al tema de la herencia indocubana en la cultura del cubano actual, es interesante hurgar qué ha sucedido al respecto en el ámbito del cine (incluyendo el vídeo) ya que, como se sabe, es una de las manifestaciones del arte moderno más importantes. Cuando lo hacemos parece ser que, efectivamente, uno de los vacíos más señalados dentro de la creación cinematográfica cubana es el relacionado con el tema indígena; tanto el tema indígena en general como el que se refiere a lo indígena cubano en particular. Sin embargo, a la vez que relativo e injustificado, es un vacío perfectamente explicable. Muchos dirán: “A fin de cuentas, ¿de cuáles indígenas podría tomarse referencia en Cuba, si siempre se ha sabido que ninguno de ellos rebasó en vida el siglo xvi?” O también podrían surgir las siguientes preguntas: ¿Cuáles hechos históricos comprobados, relacionados con los aborígenes cubanos, han pasado a las páginas de la historia más antigua de Cuba? ¿Cuáles leyendas populares pueden atribuirse a la tradición indocubana, que a la vez promuevan la creación de un guión fílmico o de una pieza literaria? Y, en todo caso, ¿qué interés podría tener la poca historia conocida de aquella etapa, cuando convivían indígenas y españoles en Cuba? ¿Qué atractivo podrían presentar hoy las escasas anécdotas o los relatos que la tradición oral ha trasladado al presente desde épocas tan remotas y desconocidas como los siglos xvi y xvii, que merezcan ser llevadas al cine o a la literatura?

Ojalá que muchos creadores de la imagen visual en Cuba hasta hace poco se hubieran formulado a sí mismos alguna vez las anteriores interrogantes; al menos estas. Cuando se revisa la producción cinematográfica cubana en sus diversos formatos a lo largo de años, surge la sospecha de que la mayor parte de ellos ni siquiera rozó -hasta hace una década- semejantes ideas. Las excepciones que mencionaremos adelante confirman esta severa certeza.

Antes de referirme a los pocos realizadores que, sólo en los últimos años, han dirigido su mirada al pasado indígena cubano -casi siempre para mostrarnos su trascendencia humana y cultural en el presente–, considero necesario adentrarnos en las razones que pueden ofrecernos una explicación acerca de por qué ese vacío temático de la cinematografía cubana que, como se verá, no se trata de un vacío absoluto.

El indocubano: personaje extirpado de la historia

La causa inicial del olvido parece ser que se ha padecido una ignorancia generalizada respecto de la verdadera historia de Cuba antes y durante los primeros siglos de vida colonial. De modo que estoy refiriéndome a razones históricas concretas: generaciones de cubanos, unas tras otras, han sido engañadas desde su niñez, al aprender en los primeros grados de la enseñanza escolar que los indígenas cubanos desaparecieron o fueronexterminados en fecha tan temprana como el siglo xvi. Vistas así las cosas, cabría preguntarse: ¿por qué interesarse por la vida de un pueblo totalmente desaparecido hace medio milenio? ¿Qué conexión podría tener ese pasado, tan remoto y olvidado, con el presente?

La tesis del “exterminio” de la población aborigen de Cuba (similar a la sostenida para la población indígena de Puerto Rico y de La Española, entre otras), tiene una larga y lamentable historia. Aunque hoy sabemos que la mayor parte de la población de los indocubanos (calculada en varios cientos de miles a comienzos del siglo xvi) no fue capturada ni esclavizada, sino que escapó de los conquistadores españoles y huyó hacia los montes tupidos, hacia las montañas, hacia las ciénagas y la extensa cayería que rodea a nuestra isla, a donde los escasos españoles de entonces no tuvieron acceso, no obstante, muy otra fue la interpretación que los primeros historiadores de Cuba le dieron a los reportes que sobre esta situación había redactado el fraile Bartolomé de Las Casas. Este le escribía al rey, alarmado y protestando a causa de los abusos físicos que los conquistadores cometían con los aborígenes a quienes lograban someter como esclavos. Y aunque se refirió en ocasiones a los muchos indígenas que escapaban del alcance de los españoles huyendo de su presencia, no era este el hecho más importante para denunciar al rey, sino los muchos otros que morían o eran mutilados por la violencia de aquellos primeros encontronazos. Finalmente, de la gran masa que logró salvarse nunca se supo nada. Nadie ha escrito aún su historia. Con el tiempo, aquellos indocubanos continuaron fundiéndose poco a poco con el resto de los demás componentes del etnos criollo en formación (fundamentalmente españoles y africanos), hasta diluirse en lo que somos hoy: un etnos nuevo, resultado de una mezcla maravillosa de tres pueblos originalmente diferentes entre sí, pero unidos al final por una misma historia a partir del siglo xvi.

Pero los argumentos de la hipótesis sobre el “exterminio” de los indocubanos, expuestos en el siglo xvi, crecieron, se desarrollaron y se enraizaron hasta llegar al presente, a contrapelo del más elemental razonamiento científico. Hicieron su aparición desde que los cronistas escribieron los primeros documentos, que sirvieron después como fuente para redactar los primeros textos sobre la historia de Cuba, en el siglo xviii. De igual modo, los censos de población tampoco pudieron expresar durante siglos la realidad respecto de la población indígena que había realmente en Cuba, pues sólo tenía en cuenta la menor parte de esta que se hallaba al alcance de los peninsulares. Así, la firme creencia en que la población indocubana había desaparecido en forma “total” durante las primeras décadas del siglo xvi, al igual que la variante igualmente difundida de la “extinción casi total”, o la denominada “paulatina desaparición de los indocubanos”, han constituido falacias que los historiadores se han copiado entre sí y han repetido irreflexivamente durante generaciones. Ahora debemos reconocer que en los últimos tiempos los estudios históricos, auxiliados por la antropología y por la arqueología, fundamentalmente, por fortuna han venido estableciendo las pautas para determinar un acercamiento mayor a la realidad de los hechos históricos, lejos de dogmas y prejuicios. Sin embargo, también debemos reconocer que el prejuicio del exterminio ha sido y es todavía la convicción más firme sostenida y enraizada en la conciencia social cubana (así también de otros pueblos), transmitida mecánicamente de generación en generación, víctima ciega de la herencia ideológica colonial que propiciara tal creencia de manera interesada, con el fin encubierto de restar importancia a las raíces primigenias del etnos criollo (o sea, de otra nacionalidad, no española), y construir sobre ellas una historia -supuestamente única y verdadera– en la cual la “raza ibérica” tenía primacía absoluta. De este modo, la historia de Cuba comenzaba -según el enfoque colonialista expuesto en los primeros textos sobre historia de Cuba– no con la vida de las comunidades aborígenes en nuestro archipiélago desde unos diez mil años antes de que llegara Cristóbal Colón, sino precisamente con el arribo de este a Cuba. En conclusión: el indocubano devino un personaje extirpado de la historia oficial, y por tanto, de la conciencia social entre los cubanos.

(continuará en el siguiente post)

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