El tema indígena en el cine cubano: ¿un vacío absoluto (tercera parte)
Un hito de especial significación en la historia del cine cubano sobre tema indígena lo constituye el documental Una herencia (1976, 26 minutos, en colores), del cineastaSantiago Villafuerte. Es el primer testimonio fílmico que muestra la presencia de descendientes de indocubanos entre la población campesina de Cuba. Una herencia es la primera obra cinematográfica que se interesa por el difícil tema de la palpable herencia indígena en ciertos sectores de la población cubana actual, y en su cultura. Villafuerte va en busca de los descendientes de indocubanos que habitan en esa intrincada región de las montañas de Yateras (en la provincia de Guantánamo), para testimoniar ese fenómeno sociocultural, asombroso para la mayor parte de los espectadores de entonces, y aún de hoy. El documental tiene además la virtud de presentar sendas entrevistas a dos de los científicos cubanos más prestigiosos relacionados con los estudios del tema indígena cubano: el antropólogo y arqueólogo Dr. Manuel Rivero de la Calle, entonces Director del Museo de Antropología Luis Montané de la Universidad de La Habana y profesor en dicha institución, y el experimentado arqueólogo de la Academia de Ciencias de Cuba Dr. José Manuel Guarch Delmonte, ambos ya fallecidos. Sus testimonios basados en investigaciones científicas rigurosamente realizadas por ellos (las de Rivero, relacionadas con la pervivencia étnica y cultural indígena en un sector campesino de la población cubana contemporánea), así como los testimonios de dichos descendientes de indígenas (hoy mestizos) estudiados, al parecer estimularon a Villafuerte para continuar explorando los testimonios culturales de ese sector de la población cubana.
Altar de cruz (documental en colores de 14 minutos),Una fiesta de changüí (también en colores, de 11 minutos) yLos dueños del río (igualmente en colores, de 12 minutos), son tres obras para cine realizadas también por él en 1980, con las imágenes grabadas durante su extenso y aventurado recorrido por la zona oriental cubana. Villafuerte es atraído por todo lo que, según su fina intuición artística (ahora apoyada por la vivencia de haber conocido a verdaderos descendientes de indocubanos), intuye que puede tener un antecedente indígena. De aquí que, en Altar de cruz, sin llegar determinar los detalles de procedencia indígena contenidos en la ceremonia (sólo al alcance de antropólogos especializados), toma testimonio de cómo se llevan a cabo tradicionalmente las mismas entre las familias campesinas guantanameras. Indaga sobre su origen religioso (católico) y sobre la forma acriollada en que se celebran desde hace mucho tiempo. Es también este documental el primer testimonio audiovisual de tan añeja y acriollada ceremonia religiosa popular, nunca antes grabada y hoy prácticamente desaparecida; de aquí otro mérito para esta obra.
Una fiesta de changüí vibra en la misma cuerda que percibe resonancias de los antepasados indígenas en expresiones diversas de la cultura espiritual cubana. De nuevo la obra de Villafuerte señala derroteros para el hallazgo de ancestrales raíces, esta vez en la música tradicional popular cubana. El changüí, género de baile y canto muy popular en amplias zonas rurales sobre todo del oriente cubano, constituye un motivo de interés para la búsqueda de las raíces más remotas de lo cubano. El tema del documental pasa muy de cerca junto al tema de una posible herencia indígena que poco más de un siglo después volvería a ser investigada.
Los dueños del río se propone dejar testimonio de una peculiaridad de la zona, simple pero singular: los campesinos que viven junto al río Toa, en Guantánamo, y que se dedican a navegar por el mismo transportando mercancías y personas. Pero aunque aquí son vistos sencillamente como pescadores u hombres del río, el espectador no puede evitar sentir la atmósfera de evocación indígena que transmiten tanto los hombres de ese lugar (muchos realmente descendientes lejanos del aborigen),como el entorno, e incluso las embarcaciones que –como antes el indígena– fabrican con sus propias manos, y a las que denominan “cayucas”. Hoy sabemos que las cayucas son allí el recuerdo de las canoas indígenas que durante tantos siglos navegaron por esas mismas aguas.
En esa década de los 80, la cinematografía cubana sobre tema indígena cuenta con cuatro títulos que, si bien no se refieren al indocubano, al menos apuntan al indígena étnicamente vivo y diferenciado que vive en otras naciones de América, ya que son coproducciones con dos de esos países. De Perú suman tres, donde el indígena constituye parte mayoritaria de la población del territorio y lucha por sobrevivir como ser humano, al tiempo que mantiene su cultura ancestral. El otro fue realizado en Ecuador. De ellos el primero en esa década fueEl viento del ayahuasca (1982, de 86 minutos y en colores), dirigido por Nora de Iscue, que relata una curiosa historia de amor resultante de la religión indígena en la región de la Amazonia peruana; el segundo es En la tierra de los awajunti (1984, en colores, de 21 minutos), dirigido por Alberto Durant, el cual trata sobre la supervivencia de los indígenas awarunas (de la Amazonia peruana también), quienes ven afectados sus modos de vida tradicionales por los cambios que se introducen en su hábitat. El tercero se titula Éxodo sin ausencia (1985, de 12 minutos, en colores), a cargo del cubano Jorge Luís Sánchez, donde se revela cómo la comunidad ecuatoriana de los puesetus lucha por conservar sus ancestrales tradiciones culturales a pesar de verse en la necesidad de emigrar a la ciudad. Y por último, el documental Rimac Tampu (un viaje al pasado), (1989, de 20 minutos y en colores), fue realizado por Rafael Delucchi, y en él se ofrecen testimonios de la pervivencia de la cultura espiritual indígena del Perú (sus mitos y leyendas), a pesar de los estragos causados a ese pueblo por el colonialismo y la imposición de la cultura occidental moderna.
Volviendo al tema del indocubano en la producción cinematográfica nacional de los años 80, existen dos cortas producciones que aunque tampoco se refieren directamente a dicho asunto, lo rozan superficialmente, o lo contienen de manera implícita. Estos son El bohío (1984, de 9 minutos, en colores): dibujo animado dirigido por Mario Rivas, quien utiliza ese típico modelo constructivo de vivienda campesina cubana (herencia de los indocubanos, después modificada) como motivo reiterativo para discursar sobre momentos fundamentales de la historia de Cuba desde la etapa colonial hasta 1959; y Un día fui (1987, de 14 minutos y en colores), bajo la dirección de Guillermo Centeno. Este se realiza en la pequeña ciudad de Baracoa, y trata sobre su añejo origen indígena, sobre el significado de su nombre aborigen, pero sobre todo sobre su gente de hoy, descendientes muchos de ellos de la herencia étnica y cultural aborigen – cómo viven y cuán hermoso es el entorno donde se desenvuelve esa población.
En esos años, Modesto García vuelve sobre el recuerdo de los indocubanos y realiza un muy breve documental de animados que denomina, sencillamente, Aborígenes (1986, de 6 minutos, en colores), el cual obtiene al año siguiente el Premio Anual de la Crítica 1987. En este desarrolla un tema muy interesante: un grupo de indocubanos ha rechazado victoriosamente el ataque de otros coterráneos, y en su desplazamiento por el territorio entran en contacto con otra comunidad indígena que los acoge y en la que aprenden las técnicas agrícolas, la confección de vasijas de cerámica, la elaboración de redes para pescar, etcétera. Al regresar a su comunidad de origen, traen el aporte de esos nuevos conocimientos. De esta forma, ha quedado reflejado en cine uno de los fenómenos socioculturales más complejos e interesantes de la historia del pasado indígena cubano: el proceso de mestizaje y de intercambio cultural acaecido entre los grupos humanos primigenios con diferentes modos de vida, que coexistieron en Cuba durante muchísimos años.
(continuará en el siguiente post)
