La Educación: Instrumento de dominación ideológica (cuarta parte)
Por Adolfo Fernández Saínz, Presidio político cubano, prisión de Canaleta en Ciego de Ávila.
Yo estudié hasta noveno grado en mi pueblo natal, de ahí comencé el bachillerato dando los viajes diarios a la ciudad de Pinar del Río tal y como habían hecho las generaciones que me precedieron. Un día de finales de los años setenta –para mi gran sorpresa- me entero de que todos los alumnos de las zonas rurales una vez que concluyeran el sexto grado y con apenas doce años, tenían que becarse forzosamente. Ya no podían estudiar la secundaria básica en su propio pueblo como lo había hecho yo. Fueron cerrados también todos los institutos preuniversitarios urbanos, incluso en las grandes ciudades y los estudiantes iban becados a escuelas recién construidas alejadas de sus hogares en lugares muy remotos. Se trataba de las llamadas ESBEC (escuelas secundarias básicas en el campo).
Aquello fue una experiencia muy traumática para la familia cubana. Los padres veían con mucha preocupación cómo se llevaban a sus hijos, cómo los perdían de vista en esa edad tan difícil. Se preocupan especialmente por las niñas que habían estado controladas en “un puño” y ahora se iban lejos a tan tierna edad. Fue un experimento totalmente innecesario pues la mayoría de aquellos alumnos ya tenían una escuela y fueron llevados a otra nueva. O sea que el propósito no era dotar de escuelas a quienes no la tenían, lo cual hubiera sido muy loable.
No le bastó a los comunistas con educar a todos los niños, querían hacerlo además lejos de sus padres en una suerte de aislamiento. No les fue suficiente con llevárselos cuarenta y cinco días a campamentos de trabajo agrícola. Ahora el secuestro era permanente. Los estudiantes venían de pase cada dos semanas y al fin de semana siguiente los padres iban a visitarlos a sus escuelas, con las consiguientes dificultades de transporte hacia lugares alejados de todo centro urbano.
Esta barrabasada sin consideración alguna para la familia cubana, tenía entre tanto un reflejo muy diferente en la propaganda oficial. Editaron un libro dedicado al nuevo proyecto “Revolución en la Revolución”, le dedicaron también la canción “La nueva escuela” de Silvio Rodríguez y hasta se llegó a decir que “los otros países nos van a mirar con envidia”.
Al principio el adolescente se embullaba con ese tipo de proyecto que tenía algo de aventura, pues a cierta edad el niño quiere romper con el lazo que lo ata a su familia, vínculo que él ve por momentos como una opresión. Es una etapa natural en nuestro crecimiento, pero al poco tiempo comienzan las dificultades, añoran su casa, sus comodidades, pero ven que es imposible regresar. Empiezan entonces a fingirse enfermos para que la familia obtenga por cualquier vía un certificado médico, que los autorice a abandonar la beca y volver a una escuela urbana de las pocas que quedaron disponibles para quienes eran incompatibles con el régimen interno por razones médicas.
Se volvió costumbre la práctica de mentirle a una institución oficial asistidos por un profesional de la salud que también se hacía cómplice, pero todos se giñaban el ojo pues partían de idéntica lógica de que todo aquello ere aun soberano disparate y que el adolescente, inocente de todo, no iba a pagar los platos rotos. Algunos se enfermaban de verdad de los nervios.
Si el propósito de la ESBEC era económico: dotar de mano de obra a las grandes plantaciones de cítricos y otros cultivos, también por esa parte fue un gran fracaso, pues en ningún momento se vio abundancia alguna de frutas u otros productos en el agro. Los alumnos debían estudiar en una sesión y trabajar en la otra. Otra práctica que tomó fuerza de costumbre fue la de falsear los informes productivos. Si el alumno debía cumplir una norma de trabajo agrícola, pero tenía poco interés o no se sentía con entusiasmo para trabajar falseaba el dato o el funcionario encargado del campo –un campesino que cobraba un salario- aumentaba el dato global. Ningún país que ha llegado al desarrollo por la vía capitalista ha aplicado este sistema, tampoco en los antiguos países socialistas. Toda la sustentación científica, pedagógica e ideológica para este mega experimento es una frase de José Martí sacada de contexto, en la que dice que el alumno debía “usar el libro en la mañana y el azadón en la tarde”.
Cualquiera se daba cuenta que a los niños, sobre todo a los de las ciudades, les convendría conocer la vida del trabajo en el campo como parte de sus experiencia vital y si esos les despierta la vocación, pues perfecto. Pero para lograr este acercamiento al mundo del trabajo no hay que echar abajo todo un sistema nacional que funcionaba, basado en una red de escuelas rurales y urbanas y en la costumbre de muchas generaciones.





