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Cuidar lo propio, robar lo ajeno

Martes, 9 de Febrero de 2010 Yoani Sánchez Sin comentarios

rejas

Por la noche, vigila los surcos plantados de malanga y la cría de carneros, con una escopeta corta de fabricación casera. Es la obra de un improvisado armero que soldó un trozo de cañería de poco diámetro a la recámara rústica de la que sobresale el irregular percutor. Basta el sonido –en medio de la madrugada– del rastrillar del ingenioso artefacto para que salgan corriendo los que pretendan robarle la cosecha. Cuando la puerca está parida, llama a un hermano que vive en el pueblo y acompañados de aquel artilugio –creado por la necesidad– hacen guardia hasta que salga el sol.

Muchos campesinos usan armas ilegales que han sido compradas o producidas de forma alternativa. Sin ellas, el fruto de meses de trabajo podría terminar en manos de los “depredadores” de sembrados, sombras escurridizas que se mueven en la oscuridad. Las penurias han aumentado los robos en los campos cubanos y obligado a los lugareños a salvaguardar ellos mismos sus recursos. De ahí que proliferen los perros agresivos y las escopetas manufacturadas, especialmente en las fincas donde hay vacas. La libra de carne de res se vende a dos pesos convertibles en un mercado negro que se nutre del hurto y sacrificio ilegal, a pesar de las prolongadas condenas de cárcel que estos delitos conllevan.

Para los guardianes de lo propio, ha sido una sorpresa el anuncio oficial de que “con carácter excepcional y por sólo una vez (…) las personas naturales y jurídicas residentes en la isla que tengan en su poder armas de fuego sin la correspondiente licencia podrán obtener el debido registro”. Existe, sin embargo, la convicción tácita de que quien anuncie públicamente semejante posesión obtendrá como respuesta la confiscación. Ante ese temor, pocos confesarán que guardan el frío metal en algún lugar de su casa y seguirán prefiriendo el riesgo de no tener papeles a la inseguridad de quedarse sin protección. Para nuestra alarma, esos rústicos instrumentos también les sirven a quienes, sin tener  finca ni animales que preservar, acechan al otro lado de la cerca, dispuestos incluso a disparar con tal de llevarse lo ajeno.

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Van Van o los relojes detenidos

Lunes, 8 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

¿A qué época corresponden los Van Van? Tres generaciones de cubanos han bailado con el songo de Juan Formell. ¿Acaso la orquesta insignia de la revolución ha vencido la dinámica de la música bailable cubana? ¿O es la parálisis provocada por la revolución misma la que ha mantenido a los Van Van sonando de generación en generación.

Los Van Van nacieron hace ya 41 años. Si en 1969 nos montáramos en la máquina del tiempo y retrocediéramos las cuatro décadas que tiene la orquesta, nuestros tatarabuelos bailaban danzones sin letras, tocados por artefactos a los que había que darle vueltas a una manigueta para que sonaran, rodaban autos tres patás y soñaban con la Carretera Central.

Durante esos 41 años que van hasta la fundación de Van Van, en 1969, Cuba lanzó al mundo el danzón, el son, la guaracha, la rumba, la conga, el bolero, el mambo y el chachachá y legendarias orquestas como Antonio María Romeu, Casino de la Playa, Lecuona Cuban Boys, Arcaño y sus Maravillas, Arsenio Rodríguez, Pérez Prado, La Riverside, La Sonora Matancera, Benny Moré y La Aragón, por citar sólo unas pocas.

Durante esas cuatro décadas, se fue creando una infraestructura de apoyo a la industria musical. A fines de los años 50, había en la Isla 160 emisoras de radio, 7 canales de televisión, 58 periódicos, 14 revistas faranduleras, poderosas disqueras (Panart, Gema, Puchito, Kubaney, Velvet, Sonotone), cientos de cabarés con música en vivo, y más de 10 mil vitrolas, rockolas (o como quieran llamarles), indispensables vehículos de retroalimentación.

Cuando en 1959 llegó la revolución, la dinámica de la música bailable cubana era impresionante. Ritmos, formatos orquestales y carteleras cambiaban vertiginosamente.  Cada disquera lanzaba sus estrellas a toda Latinoamérica. Los músicos cubanos ya no iban a grabar a Nueva York, los latinos de la Gran Manzana, venían a grabar a La Habana.

La revolución viraría al país de cabeza. En sus comienzos, asomaron nuevos ritmos: La pachanga, de Eduardo Davidson, El pilón, de Enrique Bonne, El mozambique, de Pello el Afrocán (una conga orquestada), y El pacá de Juanito Márquez (1968), pero terminaron apagándose. Después, la producción de nuevos ritmos bailables se agotó. Las causas hay que hallarlas en la revolución misma: el autobloqueo, la falta de grabaciones y de comercialización, la represión ideológica.

Una puñalada a la música bailable fue la intervención de todas las disqueras y su fusión en una disquera única, la EGREM, Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales. Durante sus primeros años, grabó sólo música elaborada, culta, clásica o como quieran decirle. La ingenua pedagogía creía que la cultura se podía imponer por decreto.

El dogmatismo revolucionario calificó el pasado como decadente; se acabó con la espontaneidad, la individualidad, la bohemia, se pretendió crear el hombre químicamente puro: el hombre nuevo. En 1968, la ofensiva revolucionaria implantó la Ley Seca, que cerró a cal y canto los cabarés. Nuestros padres no tenían donde bailar. El baile se consideró una actividad marginal. El país entero se volcó en un esfuerzo faraónico: la Zafra de los 10 millones. El líder repetía: “¡de que van, van!”.

Los Van Van del joven Juan Formell (tenía 25 años) tomaron su nombre de los millones de azúcar que no fueron. Y como Fidel había llorado en la Plaza su fracaso (Tata Güines se atrevió a tocar El perico está llorando), y hacía falta alegrar a la gente, los Van Van grabaron un disco tras otro. Formell había bebido del changüí de Elio Revé, pero sentía el rock y logró hacer una música más directa, más moderna, con influencias de Los Beatles y de ritmos caribeños como el reggae.

Mientras otros autores entraban con una melodía cantable, la desarrollaban y luego pasaban a los estribillos y al mambo, Formell, con la inmediatez del rock, entraba con fuerza, y apoyado en su bajo, agarraba al bailador. A este son marcado por su bajo rockero, Formell le llamó songo. Sus primeros temas, La Candela, Pastorita, Seis Semanas, Marilú, arrebataron a la juventud. Fueron realmente novedosos.

En los años 80, Formell sacó lo que pudo ser un nuevo ritmo, El buey cansao (1982), pero inexplicablemente apenas compuso más en esa línea autoral. Su tema Muévete “súmate a mi actividad, muévete, muévete” logró cierta resonancia internacional. La década del 80, cierra el ciclo creativo de los Van Van, con Sandunguera (1983), La Habana no aguanta más (1984).

Cierto que podrían considerarse éxitos de los Van Van, temas como Azúcar (1992) Esto te pone la cabeza mala (1998) y El negro está cocinando (2000), que aparece en el disco que le valió a la orquesta el Grammy en ese año. Pero pasarían diez años antes de otra novedad: Soy todo (1995).

El último álbum de Van Van, Arrasando, repite las fórmulas armónicas de sus inicios. Suena viejo. ¿Es qué no hay jóvenes valores que mostrarle al mundo? Claro que los hay. Pero o son contestarios (Los Aldeanos), o andan por París (Orishas) o por Madrid (Habana Abierta). O carecen de la imprescindible comercialización del libre mercado de la música.

No tengo dudas de los valores estéticos de Van Van, ni del talento de Formell, pero vale ponerlos en la perspectiva del tiempo. ¿Hubiera sido igual el éxito de Van Van si la Isla hubiera contado con una fuerte y libre industria de la música que compulsara la creación, producción y comercialización?

Quizá El buey cansao, en su momento, se hubiera convertido en un ritmo que recorriera el mundo. O hubieran surgido otras muchas agrupaciones y ritmos que compitieran con Van Van.

El mercado libre (y la música no escapa a estas reglas) requiere de constantes nuevos productos, independientemente de la calidad de los existentes, por “clásicos” que se consideren. ¿Se disputan los jóvenes cubanos de hoy por entrar a un concierto de La Aragón o prefieren La Charanga Habanera?

La música popular, como la moda al vestir, es generacional. Van Van ha roto esa dinámica. Tres generaciones de cubanos han bailado con Juan Formell. ¿Es un fenómeno creativo, o el resultado del monopolio musical del estado, de la falta de nuevas ofertas musicales, de competencia, de la parálisis del mercado? Hay cientos de jóvenes valores en la música popular cubana que esperan.

Cuba exporta a la anciana Omara Portuondo (herencia de Buena Vista Social Club), mientras las vallas de la Plaza de la Revolución son las mismas de 1959, y el paisaje que se vende a los turistas son autos de los años 50 rodando en una ciudad donde el tiempo se detuvo. En toda gerontocracia se paran las manillas de los relojes. Cada día es igual a ayer. Todo joven resulta sospechoso.

Pero la parálisis no es sólo en la Isla. A las puertas del restaurante Versalles, de Miami, aún se discuten acaloradamente las bondades de Fulgencio Batista, los juegos de béisbol de Habana y Almendares o al Caballero de París. Que los Van Van hayan provocado tal alboroto entre el exilio (en contra y a favor), por un concierto que fue un canto a la nostalgia, demuestra que los relojes se han detenido para muchos cubanos en ambas orillas.

Armando López, Nueva York

Ana Belén – ‘Habáname’

Lunes, 8 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

Lejos y cerca de Cuba

Domingo, 7 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

Esta semana, desde Cartagena de Indias, Colombia, hice un viaje secreto y cálido a La Habana. Esa es una de las posibles seducciones de esa ciudad del Caribe, con su mar y la espuma de un malecón invisible para las personas desapercibidas, el vapor de las calles, la humedad, la mezcla de razas y el rumor de una fiesta en la que cantan a toda hora Celia Cruz y el Benny Moré.

Sí, era como vivir una ilusión que estaba emboscada en las esquinas y en la atmósfera. Un sueño repetido al que los cartageneros le ponían una banda sonora con su acento habanero, su cordialidad y su empeño en vivir fuera de la casa, en los portales y en los patios con un aparato donde se escuche vallenato, bullerengue, champeta, cualquiera de los géneros musicales de ese país. O a Miguel Matamoros que se pregunta todavía de dónde son los cantantes, aunque supo siempre que los cantantes son de la loma.

Fue un espejismo que compartí con muchos amigos, escritores, periodistas y editores que viajaron a Cartagena para participar en el Hay Festival, una reunión itinerante de intelectuales y artistas que se celebra desde hace 25 años y reúne, en Europa y América, a representantes de naciones de todo el planeta.

Una periodista española que viajó a Cuba a finales del año pasado me dejó caer, al segundo día de la visita, este comentario sobre la mesa del desayuno: “Cartagena es como La Habana, pero arreglada, limpia y con libertad”.

En la hermosa ciudad colonial y amurallada, en su realidad, estaban Mario Vargas Llosa, Ian MacEwan, el saxofonista camerunés Manu Divango, la cubana Zoé Valdés, el colombiano Juan Gabriel Vázquez, el español Manuel Gutiérrez de Aragón y la estadounidense Judith Turman. Y así, medio centenar de escritores y artistas de 27 países.

De modo que había que abandonar la ensoñación y asistir a las charlas y a las funciones, participar en las discusiones abiertas sobre la fusión de los géneros literarios y escuchar a Vargas Llosa decir que Hugo Chávez es un corrupto y un tipo peligroso para el continente, “una persona que utiliza los recursos venezolanos para sobornar gobiernos y subvencionar grupos terroristas”.

El Festival marchaba en un plano real y el delirio del viaje a La Habana en otra dimensión. Sólo que la presencia de la escritora Zoé Valdés hizo coincidir, en ciertos momentos, esos dos mundos cruzados de luz y neblina.

Una vez, cuando le dijo a la esposa del presidente Alvaro Uribe, Lina Moreno -de visita en la ciudad- que ella no estaba allí nada más como escritora porque viajaba también para reclamar solidaridad y atención para las Damas de Blanco.

La otra oportunidad en que Zoé Valdés unió la realidad y el ensueño de estar en Cuba fue cuando en el teatro Rueda, abarrotado de público que la aplaudía, en medio de un recital con poetas de cuatro continentes, dedicó su lectura a José Martí porque se acababa de celebrar el aniversario de su natalicio. Y a los poetas Ricardo González Alfonso y Regis Iglesias, presos en una cárcel de Cuba por luchar por la libertad.

Eso fue lo mejor del viaje a La Habana y lo más imperecedero de la ilusión.

Raúl Rivero

Durmiendo en blanco y negro

Domingo, 7 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

Deben haberse convertido en escenas tan cotidianas, que cuando los turistas viajan a Cuba, al ver tanta gente ”echando una siesta”, “durmiendo la mona” (pasando la borrachera) o simplemente “surnando” (durmiendo) en calles, portales, parques, escaleras… deciden sacar sus cámaras y empezar a hacer click. Vean algunas fotos.

Texto: Tania Quintero

Fotos: Claudio Fuentes, Flickr

Boring Home Utopics 2010-02-07 05:07:11

Domingo, 7 de Febrero de 2010 Orlando Luís Pardo Lazo Sin comentarios
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Sin rumbo

Domingo, 7 de Febrero de 2010 Yoani Sánchez Sin comentarios

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Nos habituamos a las cifras engordadas, al secretismo cuando algo iba mal y a un producto interno bruto que nunca reflejaba el contenido de nuestros bolsillos. Por décadas, los informes económicos tuvieron la capacidad de esconder, tras páginas llenas de números y análisis, la gravedad de los problemas. Entre los licenciados en la ciencia inexacta de las finanzas, hubo algunos que se atrevieron a desenmascarar  la falsedad de ciertos números –como Oscar Espinosa Chepe– y fueron penalizados con un “plan pijama” de desempleo y estigmatización.

Esta semana, la lectura del análisis –serio y bien argumentado– publicado por el presbítero Boris Moreno en la revista Palabra Nueva ha aumentado mi nerviosismo sobre el colapso que se nos avecina. Con el sugerente título de “¿Hacia dónde va la barca cubana? Una mirada al entorno económico”, el autor nos alerta de una caída –en picada– del estado material y financiero de la Isla. Palabras que deberían aterrarnos, si no fuera porque los oídos se nos han vuelto un tanto impermeables a las malas noticias, de tanto zambullirnos en las aguas de la improductividad y la escasez.

Concuerdo con el Máster en Ciencias Económicas en que la primera y más importante medida a tomar es “el compromiso formal del gobierno en reconocer la capacidad de opinar de todos los ciudadanos sin que esto implique represalias de ningún tipo. Deberíamos eliminar de nuestros entorno los calificativos que restringen el intercambio de ideas y opiniones”. Después de leer esto, me figuro a mi vecina, contadora retirada, diciendo en voz alta sus criterios sobre la necesidad de permitir la empresa privada sin que esto le granjee un mitin de repudio frente a su puerta. Cuesta trabajo proyectar algo así, ya lo sé, pero acaricio la idea de que algún día –sin el temor a que los acusen de “mercenarios a sueldo de una potencia extranjera”– miles pasarán a hacer sus señalamientos y a plantear soluciones. ¡Qué capital enorme recuperará Cuba!

Aunque las arcas no van a colmarse sólo con propuestas y razonamientos, nuestra experiencia nos señala que el voluntarismo y las exclusiones sólo han contribuido a vaciarlas.

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Que no se muera el hijo de Reina Luisa!

Sábado, 6 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

Reina Luisa madre de Orlando Zapata Tamayo

El 11 enero de 2007, a los 50 años, falleció Miguel Valdés Tamayo, uno de los presos políticos de la Causa de los 75. Debido a su grave estado de salud,

le concedieron una licencia extrapenal. Para que no se les muriera en la cárcel. Ahora está a punto de morir Orlando Zapata Tamayo. No sé si Miguel y Orlando, por el segundo apellido estaban emparentados. Pero de los dos puedo decir lo mismo: negros, valientes e indoblegables.

Miguel tuvo en Bárbara Elisa Collazo, su esposa, su principal apoyo y defensa. Orlando lo tiene en su madre, Reina Luisa Tamayo, quien no sabe ya a cuál puerta tocar. Ni a quién llamar. Ni a dónde gritar. Ella no quiere que su hijo se le muera. No se lo merece.

Él no está pidiendo que le liberen, algo que si no fueran tan inhumanos podrían hacer. Él sólo está pidiendo que le den un trato digno en prisión.

Pero casi nadie escucha. A pocos importa que en Cuba haya más de 200 prisioneros políticos. Muchos a punto de morir, como Orlando Zapata Tamayo.

Orlando Zapata Tamayo a punto de morir

Orlando Zapata Tamayo nació el 15 de mayo de 1967 en Santiago de Cuba. Albañil y plomero. Integrante del Movimiento Alternativa Republicana y uno de los promotores de la Peña deportiva del Parque Central, en la Ciudad de La Habana. Fue arrestado el 6 de diciembre de 2002, en la vía pública, en la barriada de Lawton, junto con Oscar Elías Biscet, Raúl Arencibia Fajardo y Virgilio Marantes Guelmes. Los fueron tres acusados de “desacato” y conducidos a la prisión de máxima seguridad de Guanajay, a unos 50 kilómetros de la capital.

Zapata Tamayo fue liberado el 8 de marzo de 2003. Unos días después, se sumó al grupo de ayunantes en pro de la liberación de Oscar Elías Biscet y otros presos políticos, acción promovida por la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, presidida por Martha Beatriz Roque Cabello. Al amanecer del jueves 20 de marzo, un fuerte operativo de la Seguridad del Estado rodeó el  pequeño apartamento donde se encontraban los ayunantes, en Humboldt  entre O y P, en La Rampa. Entre los detenidos, la propia Martha Beatriz y Orlando Zapata Tamayo.

Una semana antes, yo había visitado a los ayunantes, cuando ellos iniciaron su protesta pacífica en el domicilio de Dolia Leal y Nelson Aguiar, en la Calle 28 entre 17 y 19, Vedado.

Y el lunes 17 de marzo volví a visitarlos. Me pasé allí toda la mañana. Recuerdo haber saludado a Orlando. Estaba tranquilo, amable y sonriente. Llevaba un pulóver azul, como el color del cielo ese lunes, y que no presagiaba la tormenta que al día siguiente, martes 18 de marzo, se desataría.

Los arrestados entre el 18 y 21 de marzo de 2003 fueron juzgados y condenados a largas penas en el mes de abril. Pero el juicio a Orlando Zapata Tamayo no se celebró hasta el 18 de mayo de 2004. Lo sancionaron a tres años de privación de libertad, por “desacato a la figura del comandante”. A esa condena inicial, las autoridades cubanas le han ido agregando años, en juicios en los que nunca ha podido contar con un buen abogado defensor y a los cuales nunca han avisado a su familia. Y ahora son ya 36 los años que tiene que permanecer en prisión. Una monstruosidad!

Cuando en 2004 Zapata tuvo que volver tras las rejas, su madre creyó enloquecer, ante tanta impotencia y dolor. En el blog El imparcial digital, Yolanda Huerga contó que Reina Luisa Tamayo Danger había oído hablar sobre los 75 opositores encarcelados en 2003 y también sobre las protestas de sus esposas y otros familiares.

Pero su rabia aumentaba al percatarse que no tenía medios económicos para viajar a La Habana. También la atormentaba no tener ropa blanca para sumarse a las Damas de Blanco. Habló con varias amigas, sin contarles su verdadera intención, y consiguió una blusa blanca. Con esa blusa puesta se dirigió al domicilio de Laura Pollán, en la capital del país, donde las Damas se reunían.

En ese momento, Orlando Zapata no había sido todavía enjuiciado y ni siquiera su madre sabía dónde lo tenían. Después de recorrer varias entidades gubernamentales, se dirigió a Villa Marista, sede del Departamento de Seguridad del Estado.  Sobreponiéndose a maltratos de palabra y burlas de los oficiales que la atendieron, Reina pudo enterarse que a su hijo lo tenían en la penintenciaría de Guanajay, la misma donde a fines de 2002 había permanecido tres meses recluido.

Reina Luisa reside en Güira de Banes, caserío remoto del Oriente cubano, a más de 800 kilómetros al este de La Habana. Además de Orlando, tiene otros cuatro hijos. Si alguien sabe bien cómo se multiplican en el entorno rural las penalidades de los cubanos ésa es Reina Luisa Tamayo Danger.

“Mis vecinos son muy humildes, yo diría que pobrísimos. La gente del campo en Cuba vive sin instalaciones sanitarias, cocinando con leña en fogones improvisados con piedras. Mucha gente ha perdido sus casas en los ciclones y la miseria del guajiro se agrava por la persecución del Estado a cualquier tipo de iniciativa privada que desarrolle para sobrevivir. Pero son muy solidarios conmigo.

Cuando llego de las actividades que hacemos en La Habana, me preguntan sobre las Damas de Blanco. Y desde que me ven venir a lo lejos, se acercan, para felicitarme, porque ya por Radio Martí se han enterado de las marchas por las calles”.

Una de las grandes dificultades que tiene Reina Luisa -y todas las esposas y familiares de los presos, sean políticos o comunes- es tener que preparar jabas (bolsas) para llevarle a su hijo

cuando tiene visita. Pues cada vez el desabastecimiento es mayor en todo el país, incluido el mercado negro. Las esposas, madres, hijas, hermanas, pasan meses recopilando alimentos para llevarles a sus presos. Reina aprovecha sus viajes a La Habana, para participar en actividades de las Damas de Blanco, para adquirir productos, porque en la capital los alimentos y artículos de higiene se encuentran con más facilidad que en el interior del país.

Una vez, fue interceptada por guardias, quienes la trasladaron a una estación de policía. Le confiscaron las bolsas de galletas y la leche en polvo que llevaba y la acusaron de “acaparamiento”. Le pusieron una multa de 60 pesos. Sus explicaciones no los disuadieron de llevar a cabo su atropello.

Cuando Reina Luisa Tamayo habla de su hijo encarcelado, toca con fuerza los collares santeros que siempre lleva puestos y dice: “En la petición fiscal, mi hijo escribió varias veces Abajo Fidel, Viva Pedro Luis Boitel (primer mártir del presidio político cubano). Cómo yo no voy a apoyarlo!”.

En 2005 a Orlando Zapata lo trasladaron de Guanajay a la prisión de Taco Taco, en Pinar del Río, en el extremo occidental de la Isla. Actualmente se encuentra en Kilo 8, Camagüey. En varias ocasiones, Reina Luisa se ha plantado afuera de la prisión donde ha estado su hijo, para reclamar respeten sus derechos. En la última acción contó con el respaldo de numerosos opositores, quienes fueron reprimidos violentamente.

-La Seguridad del Estado es la máxima responsable de la vida de mi hijo, que se encuentra en estado crítico en la sala de penados del hospital Amalia Simoni de Camagüey. Son unos torturadores. Yo, su madre, soy quien a diario le lleva una botella de agua. Y hoy no me han dejado llevársela, denunció por teléfono Reina Luisa el 3 de febrero.

En internet localicé dos direcciones y un teléfono para quienes deseen comunicarse con Reina Luisa Tamayo Danger.

Una dirección es en la capital: Galiano No. 459-1 esquina San José, Centro Habana, Ciudad de La Habana. Y la otra en Holguín: Carretera del Embarcadero, Reparto Mariana Grajales, Banes, Holguín. Telf: (0053) 24-802 440.

Tania Quintero

Mendigos y dementes habaneros

Sábado, 6 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

En la Ciudad de La Habana, crecen por día los dementes callejeros, sucios y en harapos. También los mendigos que en cualquier portal tirado encima de algunos cartones, te suplican algunas monedas con su mirada perdida. Y en cualquier esquina, vendedores de maní, baratijas, cigarrillos sueltos o artículos de segunda mano.

Es casi una legión. Camina uno por los alrededores del Capitolio y el Parque Central, y observa a no pocas personas de la tercera edad, vestidas con ropas gastadas, pero limpia, pidiendo dinero en moneda dura a los pálidos turistas europeos, quienes fascinados, tiran fotos en ráfagas con sus cámaras digitales. Incluso se ven niños de 11 y 12 años pidiendo plata a los forasteros.

No muy lejos, un negro robusto pregona fotos para el álbum de los recuerdos de los viajeros. Las hace en blanco y negro, con una cámara fotográfica de cajón de principios del siglo xx. Cerca, un grupo de limosneros se turna para extender la mano y sin contemplaciones asediar a los extranjeros.

La tropa de mendigos no pulula sólo en áreas donde suelen pasear los despistados turistas. No. La escena es frecuente en cualquier avenida céntrica de La Habana. O en cafés y tiendas que venden exclusivamente por divisas.

Cuando en la primera quincena de enero, pasó por Cuba esa ola de frío bestial y que costó la vida por hambre e hipotermia a 26 pacientes internados en el hospital siquiátrico de la capital, los dementes y vendedores ambulantes desaparecieron como por arte de magia.

Fueron internados en decrépitos albergues donde se les garantizaba dos comidas frugales al día. Pero el sol calentó y volvieron a lo suyo. Intentar conseguir alguna calderilla o vender cigarrillos y baratijas de escasa utilidad.

Si de algo se enorgullecía la revolución de Fidel Castro, era que a partir de 1959, cuando el abogado de Birán se hizo de las riendas del poder, en las calles de la ciudad apenas se verían mendigos, tarados y pedigüeños.

Existían tipos lunáticos, brillantes y agradables, como el famoso Caballero de París, nacido en Galicia. Un loco extravagante, que componía poemas y en avenidas y esquinas céntricas de La Habana, daba encendidas disertaciones en un castellano del siglo 18.

Luego que cayera el Muro de Berlín y la URSS cerrara el grifo de petróleo y rublos a Castro, comenzó  a resurgir una gama de personajes turulatos y vagabundos desaliñados, que hurgaban en los contenedores de basura en busca de restos de comida, una pieza vieja de ropa o un objeto que se pudiera vender.

Es habitual ver una extensa legión de pordioseros errantes en cualquier ciudad de América Latina. Esas imágenes, que eran inéditas en Cuba, ahora forman parte del paisaje urbano. A raíz de los 26 fallecidos en el hospital siquiátrico, conocido como Mazorra, y el espeluznante terremoto de Haití que se llevó de un zarpazo a casi 100 mil humanos, la gente de a pie en la isla ha quedado conmocionada.

Cuenta Caridad Ruiz, 73 años, indigente sin techo que duerme sobre papeles de periódicos en la Calzada de 10 de Octubre, que en esos días gélidos, su alcancía (hucha) con la imagen desteñida de San Lázaro, se llenó de monedas.  “La gente fue más sensible, pude comer caliente y tomar ron para calentar las tripas”, dice la anciana, mientras sigue pidiendo limosna a todos los que caminan por los portales de la popular calzada.

Puede que en La Habana todavía el batallón de mendigos, enajenados y vendedores de maní, cigarrillos y periódicos, no sea tan numeroso como en Lima, Río de Janeiro o La Paz. Pero va en camino.

Iván García

PIS, PLEASE!

Sábado, 6 de Febrero de 2010 Orlando Luís Pardo Lazo Sin comentarios

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