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Lejos y cerca de Cuba

Domingo, 7 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Comments off

Esta semana, desde Cartagena de Indias, Colombia, hice un viaje secreto y cálido a La Habana. Esa es una de las posibles seducciones de esa ciudad del Caribe, con su mar y la espuma de un malecón invisible para las personas desapercibidas, el vapor de las calles, la humedad, la mezcla de razas y el rumor de una fiesta en la que cantan a toda hora Celia Cruz y el Benny Moré.

Sí, era como vivir una ilusión que estaba emboscada en las esquinas y en la atmósfera. Un sueño repetido al que los cartageneros le ponían una banda sonora con su acento habanero, su cordialidad y su empeño en vivir fuera de la casa, en los portales y en los patios con un aparato donde se escuche vallenato, bullerengue, champeta, cualquiera de los géneros musicales de ese país. O a Miguel Matamoros que se pregunta todavía de dónde son los cantantes, aunque supo siempre que los cantantes son de la loma.

Fue un espejismo que compartí con muchos amigos, escritores, periodistas y editores que viajaron a Cartagena para participar en el Hay Festival, una reunión itinerante de intelectuales y artistas que se celebra desde hace 25 años y reúne, en Europa y América, a representantes de naciones de todo el planeta.

Una periodista española que viajó a Cuba a finales del año pasado me dejó caer, al segundo día de la visita, este comentario sobre la mesa del desayuno: “Cartagena es como La Habana, pero arreglada, limpia y con libertad”.

En la hermosa ciudad colonial y amurallada, en su realidad, estaban Mario Vargas Llosa, Ian MacEwan, el saxofonista camerunés Manu Divango, la cubana Zoé Valdés, el colombiano Juan Gabriel Vázquez, el español Manuel Gutiérrez de Aragón y la estadounidense Judith Turman. Y así, medio centenar de escritores y artistas de 27 países.

De modo que había que abandonar la ensoñación y asistir a las charlas y a las funciones, participar en las discusiones abiertas sobre la fusión de los géneros literarios y escuchar a Vargas Llosa decir que Hugo Chávez es un corrupto y un tipo peligroso para el continente, “una persona que utiliza los recursos venezolanos para sobornar gobiernos y subvencionar grupos terroristas”.

El Festival marchaba en un plano real y el delirio del viaje a La Habana en otra dimensión. Sólo que la presencia de la escritora Zoé Valdés hizo coincidir, en ciertos momentos, esos dos mundos cruzados de luz y neblina.

Una vez, cuando le dijo a la esposa del presidente Alvaro Uribe, Lina Moreno -de visita en la ciudad- que ella no estaba allí nada más como escritora porque viajaba también para reclamar solidaridad y atención para las Damas de Blanco.

La otra oportunidad en que Zoé Valdés unió la realidad y el ensueño de estar en Cuba fue cuando en el teatro Rueda, abarrotado de público que la aplaudía, en medio de un recital con poetas de cuatro continentes, dedicó su lectura a José Martí porque se acababa de celebrar el aniversario de su natalicio. Y a los poetas Ricardo González Alfonso y Regis Iglesias, presos en una cárcel de Cuba por luchar por la libertad.

Eso fue lo mejor del viaje a La Habana y lo más imperecedero de la ilusión.

Raúl Rivero

Cerca de Haití

Lunes, 18 de Enero de 2010 Voces Cubanas Comments off

Descendientes de haitianos y de aborígenes cubanos, durante una fiesta para turistas en Baracoa, el municipio más oriental de Cuba y geográficamente el más cerano a Haití.

Los cubanos de la calle y el campo -los de la cárcel portátil-, la mayoría silenciosa y pobre, padecen la tragedia de sus vecinos de Haití con un sentimiento en el que prevalece la consternación, la piedad y el azoro. Y en el que no falta un porcentaje significativo de impotencia y rabia porque hasta la solidaridad es en esa isla un privilegio del Estado totalitario.

Es que se trata de una nación con la que hay relaciones y acercamientos que vienen de un pasado remoto, impreciso, de un tiempo en el que el mar Caribe se atravesaba sólo en canoas esbeltas y frágiles. Un país que dejó, después de dos emigraciones importantes, la presencia de lazos familiares, la riqueza de su música y sus danzas, en las regiones más orientales de Cuba.

A las antiguas provincias de Oriente y de Camagüey llegaron, primero, los colonos y sus dotaciones de esclavos fieles derrotados por la revolución haitiana (1791-1804). Más tarde, a principios del siglo XX, con el esplendor de la industria azucarera cubana, miles de jornaleros hicieron el viaje para trabajar como macheteros en los cortes de caña.

Se establecieron, entonces, en esos territorios, asentamientos haitianos que, aunque vivieron largas temporadas encerrados en sus costumbres y en su cultura, salieron después de los barracones de las inmediaciones de los ingenios donde estaban hacinados y se mezclaron, poco a poco, con los criollos, para integrarse definitivamente y con naturalidad al país de adopción.

Así es que para los cubanos la vecindad con Haití, tierra de altas montañas en la lengua arawak, es mucho más que un asunto de la geografía. Esos vínculos y la dimensión de la catástrofe del terremoto producen en las personas normales la necesidad de hacer algo. De dar una mano que lleve la impronta de la soberanía individual o de la familia para sentirse más cerca de las víctimas y mejor como ser humano. Ésa es la reacción que se ha visto en el mundo entero.

Allá no. Allá hay que esperar el gesto del Gobierno. Hay que soportar con paciencia los titulares del envío de unas brigadas sanitarias. Las reseñas de las bondades de la colaboración estatal con toda el área de las Antillas.

Los cubanos tienen que dominar su impulso de compartir algo de lo poco que tienen con Haití. Y asistir en silencio a otro festín de propaganda sobre un sistema de salud que acaba de dejar morir de frío a 26 ancianos en un hospital de La Habana, pero no abandona su empeño en politizar el dolor y la aspirina.

Raúl Rivero

Foto: Peter Werbe. Descendientes de haitianos y de aborígenes cubanos, durante una fiesta para turistas en Baracoa, el municipio más oriental de Cuba y geográficamente el más cerano a Haití.