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TOMADO DE VOCES 1

Sábado, 7 de Agosto de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off



REPORTAJE AL PIE DE LA HORDA

Orlando Luis Pardo Lazo

YO CREÍA en el saber de las letras.

Yo creía en el poder de la libertad.

Así que,cuando un colega me llamó desde México, para invitarme a colaborar con una revista llamada Letras Libres, por partida doble no pude sino aceptar.

Los editores querían una foto colectiva. En público, bajo la luz del mediodía sin sombras de la Isla de Cuba. Actual, en plena acción de marzo del 2010. Una instantánea intensa, capaz de inaugurar La Primavera Blanca en esta ciudad sin estaciones. Me pedían, por supuesto, una foto de las Damas de Blanco en su intrépido peregrinar a ras de una Habana devenida Meca de los actos de repudio.

Acepté. Me negué. Acepté. Me negué de nuevo. Y volví a aceptar. Tuve miedo de ser testigo. Sentí pánico político no sólo de las letras, sino de mis propios píxeles en libertad. El título de aquella revista de pronto me sonaba a oxímoron: letras libres, ¿para qué…?

Al cabo de una semana de dudas y un megabyte de e-mails, me sentí el ser más mezquino del universo. Decidí hacerlo, o no volvería a tomar una foto digna ni creería en mí como autor: un ente con autoridad estética, incluso contra todo tipo de autoridad estática. Ser cronista de mi época no podía convertirme en cómplice de aquella ni de ninguna otra crisis social. Le mandé a mi colega un lapidario e-mail: “Sí”.

Esa madrugada de sábado para domingo no dormí. A las 7 de la mañana tomé una laberíntica ruta P1, desde el proletario suburbio de la Virgen del Camino hasta el aburguesado barrio donde se empina la Parroquia de Santa Rita, en la Quinta Avenida de Miramar.

Tan pronto entré, una señora se me encimó. Pensé que aquel sería el fin. Pero sólo me llamó aparte y me pidió guardar la cámara dentro de la iglesia. Tenía razón, yo no había reparado en la obscenidad comercial de mis lentes en aquel recinto sagrado.

Guardé la Canon en la mochila y pedí mil perdones a la señora. Probablemente, tartamudeé. De (mala) suerte que ella me preguntó si yo era extranjero, por mi pronunciación que daba bandazos de lo puntilloso a lo precario. No, para nada (en vano intenté imitar al argot cubano más clásico). ¿Periodista acaso? Tampoco. ¿Y en-ton-ces?, paladeó como quien pregunta: ¿po-li-cía?

Por favor. Mi nombre es Orlando Luis Pardo Lazo. Escribo y hago fotos de mi país personal, muchas las publico ipso facto en un blog bloqueado que una amiga me presta en internet. Si desea, le dejo la dirección para que lo verifique: Boring Home Utopics. Como ciudadano, me represento sólo a mí mismo. Tal vez a una fracción del futuro que nunca fue. Estoy aquí justamente para perder esta paranoia que enturbia ahora nuestras miradas y nos hace parecer peores cubanos. Disculpe, ¿puedo sentarme ya? La misa está a punto de comenzar.

Y avancé hacia ellas. Hacia los bancos más claros, a mitad de la luminosa nave de aquella parroquia modernísima y republicana a la par. Yo, sentado de súbito entre las Damas de Blanco. Oyéndolas incluso respirar. Oliendo sus perfumes, no sé si caros (las acusan de mercenarias de Miami) o baratos o si era la galante fragancia de los gladiolos, estandartes de gladiadoras que cada cual portaba casi a escondidas allí dentro, como yo mi cámara digital.

Cerré los ojos. No sé si recé. De hecho, no sé si sé rezar. La voz del padre era grave y los micrófonos le daban un eco de profundidad celeste. Cinco años atrás, ese mismo sacerdote había cerrado las puertas del templo a espaldas de las Damas de Blanco, en medio de una ordalía histérica pretendidamente popular. Si recé, lo hice para que hoy soplaran vientos de una misericordia mejor.

Cuando abrí los ojos, una de las mujeres de blanco me tendía la mano con una sonrisa paradisíaca. Se la estreché. Todos saludaban a todos como parte de la liturgia. Me sumé al entusiasmo de la solidaridad y entonces noté estar rodeado de personas mucho más tensas que yo: hombres solos, sin nada en las manos, pelo corto, pulcras camisas a cuadros o pulovitos de raya, cintos con celulares, en sus miradas cierto misterio de mármol ministerial. Era el uniforme civil de la Seguridad del Estado. Alea jacta est: Cubansummatum est!

Al término de la misa, las Damas desfilaron hasta la Virgen que preside la parroquia. Pidieron por los presos: por los enfermos y los sanos, por los resignados y por los que han decidido morir de hambre antes que esperar. Pidieron por sus familiares y por el resto del pueblo cubano. Pidieron por el alma de un muerto martirizado que su madre llamó como mi madre a mí: Orlando… Y oír aquel nombre propio en sus bocas quebró mi resistencia y rompí ridículamente a llorar.

Noté que yo no era el único. Y que esas lágrimas de vida serían nuestro mínimo cordón de seguridad, porque la congregación ya se alejaba de las Damas de Blanco, dando incluso un rodeo en la entrada para no rozarlas: los fieles temían contagiarse con la plaga de semejante plegaria. Y ellas de blanco todavía pidiendo justicia y paz. Prudencia y perdón. Sin alzar nunca la voz. Casi susurrando al oído de la santa patrona de lo imposible. Los gladiolos por fin en alto, para enseguida traspasar el umbral de la intemperie urbana y quedar, como las primeras cristianas, tan solas y tan salvas en la arena leonina de la Revolución.

Salimos, procesión condenada al repudio (acaso provocándolo como ejercicio de la virtud). Vi muecas, alaridos de lobos adolescentes con pomos plásticos que contuvieron tropicola o cubalcohol. Vi puños apuntando al cielo raso de la ciudad. Vi a una pobre señora deslenguada, ostensiblemente presidiaria u orate, bailando la conga demoníaca de quien desea deleitarse en el delito. Vi uniformados de todos los colores del arco ira. Vi carros de todas las marcas modernas inimaginables para un pequeño país supuestamente subdesarrollado. Vi gente gesticular desde los balcones de la Calle 42 de La Habana. Vi cámaras y creo que hasta un helicóptero filmando (mi Canon cobarde quedó dentro de la mochila por los gritos de los gritos hasta el fin de los tiempos). Todo un alef maléfico que se retorcía a lo largo y ancho de la Avenida de las Américas, hasta alcanzar la sede del Parlamento Nacional.

Entonces las Damas de Blanco, en una doble fila que parecía partir en dos al mediodía de odio a su alrededor, corearon desafinadas aquellos mismos decibeles de domingo que, gracias al salvoconducto del Papa Juan Pablo II en persona, retumbara alguna vez en la Plaza de la Revolución: ¡libertad, Libertad, LIBERTAD…!

Y bajaron tranquilamente hacia el mar, yo imantado con ellas ante tanta ecuanimidad: mujeres no, mitos. Yo con la piel enchumbada de sus sudores tras tantas cuadras. Y bajaron nada menos que hasta la parada de la ruta P1, en Playa, ómnibus que abordé entre empujones profesionales como si yo no las conociera. De hecho, todavía no las conozco. Sus nombres se me trocan en los titulares que en Cuba nadie publicó. Ni siquiera una foto conservo de nuestro via crucis. De (buena) suerte que a mi colega de Letras Libres le envié imágenes no tan actuales de otro colega que me compadeció. Aún no he obtenido respuesta editorial.

Sé que han seguido produciéndose con frecuencia feroz, pero desde 1980 yo no sobrevivía a un acto de repudio en mi patria (no tenía entonces ni diez años; hoy cargo con ya casi cuarenta). Sé que no debo regodearme en esa debacle para nada espontánea, pero las imágenes reverberan cada vez más en mis pesadillas no sólo de fin de semana sino de muchas otras cosas que se rompieron y sanaron aquel Día del Señor.

Por eso prefiero ponerlo todo en palabras ahora, como el exorcismo de un extranjero que no entiende nada en principio, pero que enseguida todo comprenderá. Sé que hasta el Cardenal de Cuba ha tomado cartas de caridad en el asunto y que mi voz es inverosímil en cuestiones de Estado o Realpolitik. Por eso mismo lo apunto, para apostar no por las masas con mazas, sino por la piedad de una nueva Realpersona.

Para que, como pueblo pío, se nos olvide esta práctica perversa lo más pronto posible. Para no tener que contárselo a los cubanos que vendrán. Para que no existan nunca los cubanos que se vengarán. Para que el dolor que quema al blanco vivo a estas damas no se tiña de otro color vital. Para que el diálogo de las hordas no culmine en desastre. Para que un error dominical no convoque más los demonios del horror.

Y para seguir creyendo en el poder de las letras.

Y para seguir creyendo en el saber de la libertad.

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Despliegue mediático

Viernes, 30 de Julio de 2010 Regina Coyula Comments off

Todos lo hemos visto.  Con algo de la vitalidad de antaño, con algunas libras más, aunque con una corpulencia exagerada bajo la camisa de cuadros, o con la camisa verde olivo de mil batallas.   El intenso despliegue mediático de las cámaras de la tv desde la semana pasada hace pensar que todavía decide; que nunca ha dejado de decidir. Ha vuelto a ser El Comandante y no El Compañero.

Sus temas: la guerra y el medio ambiente.  Ni una sola palabra de la situación económica interna de la que es enteramente responsable.  Ni siquiera en el tema ecológico del que se ha vuelto un paladín, ha reflexionado sobre disparates medioambientales como el de la Brigada Invasora Ché Guevara, derribando valiosas especies frutales a su paso por Camagüey y Oriente para sembrar caña y hoy pasto del marabú; los pedraplenes, el Salto de Hanabanilla convertido en hidroeléctrica de la que nadie se acuerda ya, pero que nos privó del salto de agua más hermoso de Cuba.  Y afortunadamente no hubo recursos para el mega proyecto de desecar la Ciénaga de Zapata, el humedal más importante del Caribe.

El almanaque y una sucesión de enfermedades y procederes médicos se han cebado con su imagen.  No logro reconocer a aquel hombre apuesto e imponente de antaño.  Lo miro y me impresionan sus ojos hundidos, me impresionan los tics, me impresiona la boca, donde parecen bailar  los dientes de abajo; me impresiona la voz tropelosa y apagada, me impresiona verlo divagar y equivocarse.

Pero lo que más me impresiona es que ni él se dé cuenta ni nadie se lo diga.

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CODA CUBANO

Jueves, 22 de Julio de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off

DEL TELÓN ENTENDIDO COMO TRIUNFO

Orlando Luis Pardo Lazo

No hablar más de La Habana. No hablar más de Cuba. No hablar más de la Revolución. No hablar más.

Como intelectuales ingenuos, nos sobra todo un Diccionario de grandilocuentes palabras. Unas Obras Completas con parches de párrafos políticamente perfectos. Una Enciclopedia a tope con contenedores de papel pautado, puteado.

Es suficiente. Ya ha habido bastante significado sumiso. Conformémonos un poco a la idea de que no mediarán más ideas entre el lenguaje lírico y la rala realidad. Sintamos con satisfacción el silencio. La carencia de aliento gramático. Seamos menos. Estemos más. Este mismo punto y aparte, para ser consecuente conmigo, sintácticamente debería ser entonces un punto y final.

Pero La Habana persiste plúmbeamente en nuestras biografías de soldados de pluma. Pero Cuba nos esclerotiza a diario desde un contexto acéfalo. Pero la Revolución resiste a costa del pobre y enfebrecido imaginario de nuestra desmemoria senil, socialipsista al punto de lo suicida.

No podemos evitar esa formulita H-C-R, ni siquiera como omisión. Porque, en efecto, tenía razón, como casi siempre, la propaganda política más pedestre de la paleohistoria de esta nación. El experimento fue un éxito.

De suerte que, de tanto repetirlo sin darle crédito, ahora pagamos el precio de sobresaturarnos de tan ampuloso teatro. De tanto aspirar su humo mudo, La Habana nos convirtió en sus ventrílocuos aventajados. De tanto carajear o carcajearnos de Cuba, Cuba nos traqueotomizó. De tanto rumiar sus rimitas retrúecanas, la Revolución nos reclutó.

Por eso otra vez tecleamos, tímidos o temerarios, sin lograr extirparnos este tumor a trío de la garganta: histología no tan cansada como risible (segundas siglas H-C-R). Pero, en lugar del tic-tac sin tiempo de las teclas, lo que se oye de boca para afuera es un silbido de bronquios patrios podridos. El dislate discursivo de un paciente terminal. El lugar de nuestras obsesiones nacionasmáticas. La queja falsiforme y metastática de La Habana en Cuba en Revolución.

Esas fonías fósiles hablan hoy a nombre de nuestra parapléjica intelecnulidad. Es una jerga ubicua y omnisciente. Más que el fantasma estéril de un Estado absoluto, esas resonancias simulan ser el eco hueco de Dios. Cínica o sentimentalmente, lo son.

Hangar Habana donde recalar cancaneando.

Cuba sin cura clínica, un caso ya crónico.

Revolución en resurrección a la hora humillante de no hablar más de La Habana. De no hablar más de Cuba. De no hablar más de la Revolución. De no hablar más. Este punto y aparte, incluso siendo una inconsecuencia contigo, sintácticamente deviene entonces un punto y final.

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Lunes de Post-Revolución 2010-04-28 12:50:00

Miércoles, 28 de Abril de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off
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LÉENOS LA DAÍNA NUESTRA DE CADA DÍA

Viernes, 16 de Abril de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off

de “GATA ENCERRADA”
Daína Chaviano

63
No sé quién soy, ni dónde vivo.
Ni siquiera estoy segura de mi nombre.
¿He visto el futuro desde algún pasado?
¿O recuerdo el pasado desde mi futuro?
¿Vivo en una isla al borde de los hielos o en un país que hierve con el vapor del trópico?
Islas, islas, islas…
Como si mi destino fuera siempre habitar en reclusión.
En Poseidonia viví aislada por aquellos círculos de tierra y agua que los hombres habían construido para segregar su centro espiritual de las regiones más pobladas, como si fuera posible separar al cuerpo de la cabeza sin que ambos sufran por la mutilación…
Mi suerte de ermitaña me persigue.
Siempre hay algo que termina por confinarme a un claustro, sin dejarme mostrar lo que encierra mi corazón.
Debe ser este miedo que se pega a la piel como la lepra; este aquelarre perpetuo del enmascaramiento, del querer decir y no atreverse, del aspirar a ser sin lograrlo.
Y esta humillación nos divide y enajena, nos desgarra la existencia.
Es una vivisección ejecutada de la manera más cruel.
Llegamos a odiar lo que más amamos, y eso nos llena de culpa, nos enloquece.
¿Cómo puedo amar y odiar con tanta saña el aire que me rodea, el sol que me calienta, la tierra que guarda los huesos de mis abuelos y que algún día cubrirá los míos?
Es una rabia que se extiende a nosotros mismos −a nuestros amigos, a nuestra familia, a los que están aquí, a los que se fueron− por permitir que esto sucediera.
A veces siento que ese odio se transforma en una lástima infinita, en un tremor de piedad por mi país y sus habitantes.
Entonces me doy cuenta de que, aunque me pese, esta tierra húmeda y oscura como la piel de su gente se me ha metido hasta el tuétano: es parte de mí.
Amo sus playas y el sonido de las palmeras en el silencio del monte, y el olor a lluvia en el campo, y los ojos ardientes de sus mujeres y sus hombres, y el rostro adormilado de los bebés, y la pulpa de sus frutas en extinción.
Amo este país, y mis sentidos se impregnan de sus viejas casas y de sus avenidas llenas de grietas, de sus iglesias coloniales y de esa brisa gloriosa con olor a sal que lo atraviesa de un extremo a otro: es el olor inigualable de mi isla, ese aroma irrepetible que se mezcla con las yerbas ofrendadas a los santos.
Es algo que quiero olvidar.
Porque todo es un espejismo que se esfumará apenas salga a la calle, apenas sienta la impotencia royéndome el alma, apenas tome un teléfono para comunicarme con el mundo, apenas se me ocurra pensar que algo de lo que el Innombrable dijo no estaba bien…
Tengo que olvidar esta isla, borrarla de mi memoria, regresar a mi reino interior, deambular por esas regiones donde no existe el tiempo, donde cada paisaje es una frontera para escapar a otro mundo.
Sólo quiero que algún día esta obsesión por mi tierra se convierta en un sueño agradable, parecido al espejismo de esa otra saga lejana donde vago por un país heladamente verde.

58
Mi país es el más bello del mundo.
No hay otro sitio donde los hombres miren con mayor misterio y promesa, ni donde las mujeres se muevan con la lujuria de las palmeras azotadas por el viento.
Es un país que amo, pese al miedo que lo desborda.
Cada mañana me levanto con la angustia de no saber si las leyes cambiaron mientras yo dormía, y lo que ayer era legal hoy está penado.
Mi refugio es escribir.
Vuelvo a mi diario con la misma obsesión con que Anaïs regresaba al suyo: para exorcizar fantasmas y poner en orden las sinrazones de esta vida.
Y debo hacerlo, porque cada vez es más débil el vínculo que me une a ella.
Mis visiones se producen con mayor frecuencia y menos control.
Ya no necesito del talismán para escapar de la prisión; me bastan un atardecer o la llama de una vela.
Pero eso también me ha aislado de quienes amo.
Cuando uno ha visto su propia muerte, el sentido de la existencia cambia.
No me interesa lo que otros piensen de mis sueños.
Son reales porque son míos y me sumerjo en ellos para vivir.
Prefiero esas regiones donde imperan arcaicos peligros, pues al menos puedo identificarlos y están inmersos en una salvaje belleza.
Afuera es distinto.
Afuera todo es gris.
Las gentes y los hechos se corroen, y ese carcinoma es contagioso.
Invade las almas de los niños que lanzan proclamas contra un enemigo que no conocen.
Produce mutaciones irreversibles en los hogares.
Destruye la nobleza de la gente y la convierte en una masa ciega, manipulada por hilos sutiles que surgen del hambre controlada, de las aspiraciones controladas, de los deseos controlados.
Ya no sabemos quiénes somos, adónde vamos, ni por qué estamos aquí.
Cada cual busca su propio escape, su propia salvación.
Ya no es posible conspirar, murmurar, mostrar rabia; ni siquiera está permitida la indiferencia.
Es demasiado doloroso y no nos quedan muchas fuerzas.
Somos náufragos aferrados a una última tabla flotante.
Sólo tenemos el espejismo de esa tierra promisoria y espléndida más allá del océano infestado de tiburones.
Algunos querrán arriesgarse, pero la mayoría preferimos aguardar aquí el final.
Ese es mi único consuelo: no estar sola.
Las fuerzas se me terminan, pero una porción de mi espíritu sigue explorando regiones ilícitas.
Quizás esa búsqueda sea el último vestigio de felicidad que me queda.
Y si no fuera real la posibilidad de hallarla, eso no la haría menos apetecible.
Todo lo contrario.
Sería la prueba de que mi alma −a pesar de convivir con el lado más oscuro del hombre− no llegó a ser vencida, porque nunca se entregó a las tinieblas.

17
Estoy harta del mundo, y sobre todo de él.
Por alguna razón nos odia.
Quizás odia a toda la humanidad.
Lo peor es que debo fingir una obediencia de la cual me alejo más cada día.
Por ahora intento disimularlo, pero no sé por cuánto tiempo podré seguir representando este papel.
Desde mi cuarto escucho su voz que surge de algún altoparlante.
Salgo a la calle y veo su imagen, que parece congelada en ese gestico mussolinesco suyo: la insolente barbilla levantada y su dedo que nos amenaza con el infierno.
Su Despótica Majestad es como Dios: se encuentra en todas partes, pero es más omnipresente aún.
Al menos, Dios no se pone a escuchar las conversaciones telefónicas para saber si uno está de acuerdo con él.
Pero yo me siento libre.
No voy a postrarme a los pies de ningún señor feudal.
No voy a aceptar ningún sistema que no reconozca la existencia de mi alma.
No soy sumisa, sino una gran mentirosa.
Puedo engañarlo a él y a su cohorte de censores.
Puedo reírme de sus taras mentales y burlarme del papel que me ha asignado: el de ovejita agradecida por haber sido criada bajo su sombra protectora.
Si piensa que aceptaré esa historia es porque padece de una esclerosis galopante.
En el fondo sé que nos desprecia a todos…
Especialmente, a todas.
Por eso he buscado un arma, la más peligrosa y temida: la insurrección.
Pero no la abierta; esa sería muy simple de detectar.
Soy una gran subversiva.
Adoro el clandestinaje.
Me gusta moverme de noche, como una gata que proyecta su sombra contra el muro de una ciudad desierta.
Me complazco en dejar mis huellas para luego desaparecer en la oscuridad.
Y conozco otros modales de supervivencia.
No sé dónde los aprendí, ni quién me los enseñó.
Tal vez nací con ellos.
Quizás existe un gen femenino que se transmite en secreto; una mutación natural que la evolución creó para proporcionarnos una defensa.
Y ese gen late en mí.
Está vivo, guiando mis instintos.
Puedo ser falsa como un demonio, evasiva como un ofidio, peligrosa como una hechicera.
Es fácil sembrar la sedición.
Es fácil poner en peligro la tranquilidad de Su Ilustrísima Dictadura.
Para empezar, tengo mi cuerpo.
Nadie −ni él− puede mandar en mis deseos.
Me masturbo o hago el amor cuantas veces se me antoja, sin tener que pedirle permiso.
Mi sexo es mío y hago con él mi propio gobierno.
Luego tengo mi espíritu, mis orgías mentales, mis universos clandestinos; y mi propia religión que es la magia: ese espantapájaros del materialismo, ese espectro violador de las normas que quisieron imponernos.
Si el Innombrable supiera todo esto, se habría aterrado de tenerme suelta en medio de su rebaño.
Hubiera dado la voz de alarma a sus agentes, a sus turbas pagadas, a sus policías secretos.
Hubiera emitido la orden de capturarme… preferentemente muerta.
Pero esta estrategia sinuosa no fue creada para que él la concibiera.
No sospecha que alguien pueda actuar de otro modo que no sea con la agresión o la violencia.
Claro que ni lo imagina.
Para él, sólo soy una mujer.

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Reflexiones

Jueves, 15 de Abril de 2010 Regina Coyula Comments off

El Gobierno no tiene intención de diálogo, de apertura. Esto nos deja ante una situación muy tensa que puede extenderse más allá del fallecimiento de Fidel Castro. Alrededor de la llamada dirección histórica se ha formado una dirigencia nacida después de 1959 o muy joven entonces, sin peso real en las decisiones, con acceso a la información política y económica, y hasta en su día con ganas de construir el socialismo; pero luego de la caída del campo socialista esta dirigencia ha encontrado alarmantes similitudes entre los defectos sistémicos de los países de Europa del Este y Cuba. Este grupo además tiene familiares y amigos que los mantienen al tanto de los sucesos de la calle, familiares y amigos para los que, en muchos casos, el imaginario de la Revolución no pasa de ser materia de libro de texto, y les rebota el envejecido discurso ideológico.
Muchos de los hijos de este grupo son profesionales con alta preparación que optan por emigrar, en la búsqueda de mejor remuneración económica y de un desarrollo de sus potencialidades. El éxito mayoritario del exilio cubano es otra difícil evidencia frente a los que se quedaron.
Del seno de esos funcionarios saldrán las propuestas de flexibilización y apertura, en una búsqueda de reacomodar su posición en la necesaria reforma administrativa. Esta economía se muere de asfixia y el inmovilismo en el mejor estilo brezhneviano debe tener muy alarmados a los economistas del gobierno.
A la inmensa mayoría de los ciudadanos en cualquier parte del mundo, no les interesa en qué sistema viven, sino cómo viven en el sistema. Cuba no es la excepción. Por lo que los cubanos le perderán miedo al “coco” y querrán tentar suerte en la economía de mercado. La experiencia de Europa del Este nos dice que la mayoría de sus ciudadanos están más satisfechos ahora que hace veinte años y pese a las dificultades, no quieren volver atrás.
La receta china habría dado un respiro al gobierno de haberse aplicado al desaparecer el campo socialista, pero la eventual pérdida del poder político los hizo conservadores. Leves e imprescindibles medidas económicas se tomaron hasta la aparición del presidente venezolano Hugo Chávez. Con petróleo para consumir y revender a buen precio, se paralizaron las tímidas aperturas y aquí estamos.
Como se calcó el sistema soviético, veremos aparecer nuevos ricos entre los actuales funcionarios, por lo que debe haber leyes para evitar en Cuba una Rusia. No me sirve el argumento del ladrón que roba a ladrón.
No me interesa el proyecto que ofrece el gobierno a mi país. Quiero la participación real de los cubanos en su destino, quiero que la gente se sacuda el miedo, quiero que nadie muera en el estrecho de la Florida, quiero que la gestión del gobierno pueda ser monitoreada por sus electores y criticada por la prensa. Quiero un presidente electo por voto directo y secreto; un tecnócrata gris y eficiente que cada 4 o 6 años entregue el mando con superávit.
Lo que sea bueno para todos los cubanos, estará bien para mí.
Y no me dejo robar palabras, por eso el título.

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Bløggøsfferæ Kubbånneskkæ

Jueves, 15 de Abril de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off
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www.elmundo.es/blogs/elmundo/habaname

Lunes, 12 de Abril de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off

CRECIDA EN EJERCICIOS DE MUERTE
Wendy Guerra
(Tomado de su blog HABÁNAME)

Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… -No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…
Dulce María Loynaz

Solícita la muerte, vigilante,
anduvo tras de mi hasta mi caída.
Me acompañó –solícita y amante–
Rafaela Chacón Nardi

“Voz pavorosa en funeral lamento,
desde los mares de mi patria vuela
a las playas de Iberia; tristemente
en son confuso la dilata el viento;
el dulce canto en mi garganta hiela,
y sombras de dolor viste a mi mente.
¡Ay!, que esa voz doliente,
con que su pena América denota
y en estas playas lanza el océano,
«Murió –pronuncia- el férvido patriota…»
«Murió –repite- el trovador cubano»;
y un eco triste en lontananza gime,
«¡murió el cantor del Niágara sublime!»”
Gertrudis Gómez de Avellaneda

Llevo muy mal el tema de la muerte. Me inclino ante la muerte con demasiado dolor. Al asomarme a un colgadizo puedo descender abrumada por el miedo.

Esta semana despierto con el recuerdo de mis muertes. Mis padres, mis amigos, mis poetas, mis santos personales.

El alma, el cuerpo, el vacío, el abandono o la estela que dejan nuestros muertos más entrañables, combaten en mí con heridas intensas.

En esta semana los periódicos del mundo hablan sobre la muerte, el encierro, las huelgas de hambre en mi país. Mi cabeza y mi cuerpo son atrapados en la jaula de pájaro que es el acto de morir.

Para muchas culturas es un ciclo que se cierra para abrir otros ciclos claros y luminosos. De esta forma debería verlo yo, a quien la muerte le parece el final de todo. Pero la muerte me pesa y me arroja a una oscuridad poderosa.

Siempre me pareció normal que alguien decidiera morir ante la perspectiva de vivir y padecer indefinidamente por una enfermedad irremediable. Siempre, hasta que me tocó de cerca la disyuntiva de la eutanasia. Miré el cuerpo aún vivo de mi madre, miré su cara y me cerré a cualquier otra posibilidad que no fuera la de encontrar el milagro o desenterrar una esperanza. Me convencí de que en el cuidado del cuerpo que aún aletea ante nosotros, vive la esperanza.

Se abre la jaula de la vida.

Manejo mal la muerte, pero hay que enfrentarla. Seis marzos atrás, el día de la muerte de mi madre me rendía yo ante ella.

Entre coronas de flores, rituales del lamento, pésames o visitas a enfermos terminales yo me desarmo.

No apoyo la pena de muerte. Lamento cada día de una huelga de hambre.
En mi adolescencia soñaba con un mismo fusilamiento. No podía ver las caras, escuchaba el disparo y veía los muros grises llenos de agujeros de bala. La pesadilla se me repitió por años.

Soy muy conciente, tanto la hemos llamado que no debemos asombrarnos de que aparezca. Cada día, desde muy pequeños, repetimos aquella frase en la que debíamos elegir entre la patria o la muerte; juramos ser como un hombre ya muerto y en esa muerte pusimos toda la energía de nuestro crecimiento. “Pioneros por el comunismo, seremos como El Ché”.

Los bustos, los himnos, los patriotas, los nombres de héroes idos y mártires que llevaban nuestras escuelas. Cada octubre las flores en el mar para Camilo.

Hicimos filas y filas para ver cajas de muertos venidas de guerras lejanas a la isla.

Somos una cultura que no se ha preparado para la muerte, pero que la nombra con facilidad. No celebramos el día de los muertos como podría hacerlo un mexicano, pero la mencionamos a diario como un mantra, mirándola a la cara, como una posibilidad permanente.

En los ochenta, cuando los sucesos de Granada, escuchamos la narración oficial de una falsa inmolación. Sus protagonistas, perdidos en un lugar lejano de la patria, morían combatiendo envueltos en una enorme bandera cubana. Una imagen tan fuerte que todavía nos sobrecoge. Aunque la vida y la patria sean para mí, una presencia real, luminosa, fértil, continua y sobre todo perdurable, se nos impone, constantemente, en contraposición a la muerte.

Muchas consignas tienen un contexto, pero nuestro énfasis en la asfixia, en la “no salida” nos ha soldado a una inmovilidad que deriva en LA MUERTE.

“Patria o muerte, venceremos”.

“Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre sino perece en la lucha”.

“Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía”.

“Hasta después de muertos somos útiles”.

“Todos gritarán, será mejor hundirnos en el mar, que antes traicionar la gloria que se ha vivido”.

A los nueve años imaginaba “hundirnos en el mar” como la acción de halar una palanca que desencadenaría un enorme remolino que nos arrastraría hasta el mismísimo fondo del mar. Mi madre me explicaba que se trataba de una metáfora, pero yo volvía a verme en el fondo, con todo y patria.

En el malecón, entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba y nuestra cotidianidad ondea un mar de banderas negras.

Varios de nuestros amigos perdieron a sus padres en las guerras de África.

Las despedidas familiares en la orilla, esas despedidas que garantizaban la posibilidad de una travesía marcaron los años noventa cuando el éxodo de los balseros.

Titulares de mi infancia: Atentados, sabotajes, amenazas, epidemias. Nuestros padres abonando eternamente un día de haber para las Milicias de Tropas Territoriales que nos defenderán.

Los túneles populares, los campos de tiro. Reservas de guerra. Período especial en tiempos de paz. Plan de evacuación. Trincheras. Sirenas de Alarma aérea. “Cada cubano debe aprender a tirar y tirar bien”. La preparación militar como una asignatura y el concentrado militar al final de nuestras carreras universitarias, imprescindible para poder recoger tu título. En fin, la diaria posibilidad de una guerra, de la muerte. Los discursos develaban su inminencia, entonces la sentíamos muy cerca, estaba a nuestro lado. La muerte ha sido una leve lámina que nos une o nos separa.

Un guaguancó incendia el aire y cuenta que la muerte nos llama. Ciertos boleros desgarrados prefieren la muerte en su desenlace. Cuántas canciones maravillosas, clásicos que no vamos a olvidar ni después de muertos, hablan de la muerte.

Me pregunto por qué diablos no me acabo de acostumbrar a su presencia.

En las noticias y análisis de estos días se habla de la muerte como una posible solución. ¿Es sobre la muerte que debemos construir la vida plena? El hambre se convierte en muerte y la muerte es parte de un hambre que nos provoca vacío, debilidad, luto.

Quiero aprender a transformar la vida desde la vida misma.

No me acabo de acomodar a la muerte. En los cementerios, donde puedo ir a visitar a la mayoría de mis seres queridos, busco y comulgo con la vida que se abre paso bajo los ángeles y las grietas de mármol. Debería saludar a la muerte con normalidad. Pero no puedo quedarme quieta ante ella. Amo el modo en que Tomás Gutiérrez Alea la recreaba, relacionándola con nuestra cotidianeidad, traveseando con su presencia.

Hoy pienso en mi madre Oya tan unida a Ikú, divinidad de la muerte. Miro hacia la calle, sigo pensando en que Oya propicia los temporales, los vientos fuertes y huracanados, los rayos y centellas. Ella simboliza el carácter violento e impetuoso y vive en la puerta de los cementerios. Representa la intensidad de los sentimientos lúgubres, el mundo de los muertos. Toda ella es la reencarnación de los antepasados, la falta de memoria y el sentimiento de pesar en la mujer. La bandera, las sayas y los paños de Oya llevan una combinación de todos los colores… excepto el negro.

Pido a Oya que me ayude a entender la muerte, porque acecha, y ya corre a nuestro paso. Mucho la hemos invocado, nombrado, mucho la hemos aludido y ahora que viene ante nosotros y se presenta. ¿Qué hacer? Quienes le hemos llamado debemos recibirla.

Ahora, ¿qué cara le vamos a poner a la muerte?

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La historia del permiso de entrada y salida (II)

Sábado, 10 de Abril de 2010 jurisconsultocuba Comments off

La Resolución No 454 de 29 de septiembre de 1961 del Ministerio del Interior (MININT), provocó la reacción de los sectores más progresistas de la época. Principalmente porque, el Ministerio del Interior, no era una autoridad competente para disponer la privación, a una persona, de su propiedad. La disposición, tampoco regulaba bajo que fundamento el Estado se adjudicaba, las propiedades de las personas que decidieran residir permanentemente en el extranjero.

No obstante, las críticas no detuvieron al recién instaurado Gobierno revolucionario. El 5 diciembre de 1961, el Consejo de Ministro, presidido en aquel entonces por el convaleciente Comandante Fidel Castro, promulgó la Ley Núm. 989, que disponía las “Medidas a tomar sobre los muebles o inmuebles, o de cualquier otra clase de valor, etc. a quienes abandonan con imperdonable desdén el territorio nacional”.

La Ley faculta al Ministerio del Interior a otorgar los permisos de salida a las personas que decidieran viajar al extranjero. Ratifica la imposición del abandono definitivo, que regulo la Resolución No 454. Faculta además a este órgano estatal, para dictar las disposiciones pertinentes en cuanto a los permisos de salida y regreso al país. Es a partir de esta ley, que se ordena regular, el permiso de entrada al territorio nacional.

Según la redacción semántica del artículo 1, el abandono se asimila desde la salida y se concreta con el no regreso. Es decir, el abandono del país se consideraba definitivo, si el regreso no se producía, dentro del término por el cual había sido autorizada la salida.

La ley igualmente dispone, que a las personas, que según sus preceptos, abandonaban el país definitivamente, se les nacionalizara, por medio de la confiscación a favor del Estado Cubano, todos sus bienes muebles, inmuebles o de cualquier otra clase, derechos, acciones y valores de cualquier tipo.

Igualmente daba facultad, al extinguido Consejo Superior de la Reforma Urbana, hoy Instituto Nacional de la Vivienda, para adoptar los acuerdos necesarios para la aplicación de la Ley respecto a los bienes confiscados.

Supuestamente los bienes serian confiscados para ser puestos a disposición del pueblo, lo que justificaba la regulación de la salida y regreso al territorio nacional. Sin embargo, la vigencia de esta ley, ha favorecido el engrosamiento del patrimonio estatal.

Al igual que sucedió con la resolución 454 del MININT, la Ley núm. 989, no especifica qué funcionario del gobierno revolucionario la dictó y tampoco hace alusión a la norma que otorga tales atribuciones.

Según los fundamentos de hechos de la referida ley núm. 989, su adopción se justificaba principalmente por cuestiones políticas, aunque hay un triste intento de mostrarlo como interés social. En esa época hubo un cambio en el poder político, y los que no estaban de acuerdo emigraron. El hecho, a pesar de ser una decisión personal e individual, se consideró como una afrenta a la patria y para la dirigencia histórica en ese momento, la patria era y aun sigue siendo, la Revolución.

La ley fue una respuesta a todas esas personas opinaban y bajo ningún concepto aceptaban, las imposiciones revolucionarias. Se mantiene vigente en la actualidad, aunque el carácter de la emigración varió. No obstante, el fundamento jurídico, continúa siendo el mismo: la nacionalización, por medio de la confiscación, de los bienes de las personas que deciden emigrar definitivamente de Cuba.

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LA BLOGDITA CIRCUNSTANCIA DE YOANI POR TODAS PARTES

Sábado, 10 de Abril de 2010 Orlando Luis Pardo Lazo Comments off

LAS ANTENAS DEL DESTINO
Jorge Edwards

“Las antenas del destino” era el título de uno de los libros de Violeta Quevedo, seudónimo que ocultaba a dos hermanas escribidoras, ingenuas, en cierto modo ajenas a este mundo, pero buenas observadoras de la realidad chilena de los años cincuenta y sesenta. Me parece recordarlas, delgadas, huesudas, de boinas y calcetines de lana gruesa, llenando modestas papeletas de depósito en las oficinas de un banco del centro de Santiago. “Violeta por lo humilde, declaró una de ellas a la prensa de la época, Quevedo por lo que veo…”
Recordé a las hermanas inefables después de leer “Cuba Libre”, la recopilación de los últimos tres años de la cubana Yoani Sánchez, quien, desde luego, no tiene nada de ingenua, y quizás tampoco sea humilde, pero es una formidable, aguda observadora de la Cuba de estos días. Yoani Sánchez, que empieza a ser conocida en el mundo como “la bloguera cubana”, nació en La Habana hace treinta y cinco años, hija de un empleado de los ferrocarriles que eran entonces de propiedad soviética.

No hay nada más literario que los trenes. Se podría escribir un ensayo interesante sobre los trenes en la literatura del siglo XIX y en la del siglo pasado, sin olvidar al padre ferrocarrilero de Neruda y la historia del “tren lastrero”. Pero Yoani Sánchez, tan escritora como nadie, no escribe, como el autor de “Machu Picchu”, con excesos retóricos, letanías gongorinas, torrentes verbales. Su experiencia de la Cuba contemporánea, precisamente, la lleva a refugiarse en la miniatura, en la viñeta, en el humor leve, soterrado, en las anécdotas cotidianas, de barrio, desprovistas de todo énfasis, pero siempre sugerentes, instructivas, reveladoras.

En su país, el verbo torrencial es el verbo oficial, la manipulación abusiva del lenguaje practicada desde el poder durante décadas interminables, con monotonía abrumadora. Algunos, incluso en Chile, siguen creyendo en la fórmula, en su magia gastada, ramplona, y la respuesta de Yoani Sánchez no puede ser más convincente: una escritura concisa, que recoge la sabiduría de la calle, las voces discretas, los gestos expresivos, una poderosa contracorriente soterrada. Uno de sus posts, por ejemplo, se refiere a las viejas recetas del pan, a la “milenaria combinación”, como dice ella, “de harina, agua, levadura y fuego”.

El socialismo real, que empezó a extenderse por el planeta a partir de 1917, terminó por convertirse en experto de los milagros al revés, de la desmultiplicación de los panes, los peces, los vinos. La bloguera, en pocas palabras, nos habla de los panes de su infancia, desaparecidos, transformados en sustancia de fábula, con cuya masa se podía formar muñequitos y hacer bolitas. En nombre de la teoría revolucionaria, se terminaron los panaderos privados, de barrio, que tenían su especialidad particular, su toque personal, y se produjo la más completa insipidez funcionarial y estatista: un pan blancuzco, que no pesa, que hace daño a las encías y se deshace en una arenilla que mancha la ropa.

Parece una exageración, pero es otra cosa: una verdad menuda y reveladora, que nadie se atreve a decir, con la excepción de Yoani Sánchez. La bloguera tiene la mirada del miniaturista, del escritor comprometido con las cosas pequeñas, que no rehúye su compromiso y que al proceder en esta forma fabrica, como quien no quiere la cosa, pequeñas bombas de tiempo.

Sería extraño que dictadores palabreros, vociferantes, borrachos de retórica, pudieran ser amagados, quizá destruidos, por una palabra menor, deliberadamente modesta, pero sería también una lección de notable higiene mental, un fenómeno que podría volvernos optimistas con respecto a los procesos lentos de la historia. Porque la lectura de los textos de la bloguera, entre otras cosas, nos comunica un aire de verdad y nos hace comprender una frase que parece haberse gastado con el uso: que sólo la verdad nos hará libres.

Supongo que podríamos analizar los textos de Yoani Sánchez utilizando el sistema que descubrieron los teóricos franceses y que bautizaron como “desconstrucción”, pero soy hombre que puede llegar a divertirse con las teorías, pero que se resiste, por temperamento, por lo que sea, a tomarlas en serio. En una de sus viñetas, que casi nunca tienen el menor desperdicio, la autora cita una frase de Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista de Cuba en 1925. “Todo tiempo futuro tiene que ser mejor”, anunció Mella, en un arrebato de optimismo revolucionario, y la bloguera se hace preguntas inevitables, inevitablemente corrosivas, que ya me tocó escuchar muchas veces en Cuba antes de que ella hubiera nacido, en los remotos finales del año 1970 y comienzos del 71. Porque la calle donde nació ella y donde alguna vez hubo asfalto es ahora “una accidentada superficie de baches, polvo y piedras” y en los garfios oxidados de la carnicería de la esquina ya no cuelga un pedazo de carne “hace mucho tiempo”.

Aquí me atrevo a esbozar no sé si una teoría, pero por lo menos un punto de vista que se amplía con la experiencia reiterada. Hay escritores y filósofos del pasado, incluso de la antigüedad clásica, que desarrollaron una visión del presente, del instante, de la belleza de la vida en su plenitud inevitablemente pasajera. ¿Fueron reaccionarios, indiferentes, egoístas?

El siglo XIX, en cambio, fue una época de constructores de grandes sistemas de anticipación. Carlos Marx es el más conocido e influyente, pero hubo muchos otros. Y el desmentido de la teoría, la gran contraprueba, vino con la implantación de los socialismos reales.

El embajador de la antigua Yugoslavia en La Habana, a fines del año setenta, me decía que ellos (los dirigentes cubanos), no sabían que no existe ninguna filosofía que dure más de cien años. Julio Antonio Mella, mucho antes del castrismo, tampoco lo sabía. Yoani Sánchez, por su parte, sin necesidad de filosofías, lo sabe por la piel, por la experiencia diaria, quizá por su sensibilidad femenina, por la necesidad de encontrar alimentos sanos para su hijo, necesidad que se le plantea al despertar todas las mañanas.

El libro me lleva a una conclusión interesante: el paso cansino, pesado, ahora militarizado, de la Revolución castrista, se queda cada vez más atrás en el camino de la tecnología. Una de las viñetas más logradas tiene un título que resulta algo enigmático para la gente de mi tiempo: “Parabólicas”. Parece que en La Habana de hoy, a nivel de familias, existe un apasionado interés por hacerse de antenas clandestinas que puedan conectar con la televisión de México o de Miami. En vez de los programas oficiales, grises, llenos de interminables discursos políticos, hay películas norteamericanas y de todos lados, espectáculos de baile y de música popular, teleseries.

Leo estas líneas y me reconcilio con las teleseries, culebrones, rockeros de toda especie. Viva la farándula, me digo, y me sonrío. Las familias pagan hasta un salario completo mensual para que los técnicos del mercado informal instalen estas misteriosas parabólicas en lugares ocultos de los techos, de las cañerías subterráneas, bajo amenaza de serias multas y confiscaciones. Es la historia cotidiana, menuda, la intrahistoria, que se burla de las teorías políticas, una vez más. Y la palabra precisa de la bloguera lo pone en la más perfecta evidencia. Da en el centro mismo del blanco.

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