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El fin no justifica los medios

Sábado, 13 de Marzo de 2010 jurisconsultocuba Comments off

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Alberto Núñez Betancourt y Enrique Ubieta son periodistas oficiales del sistema informativo nacional. Ellos disfrutan de la libertad de expresión que les reconoce la Constitución cubana. Tienen accesos a la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva de propiedad estatal; porque ejercitan sus derechos conforme a los fines de la sociedad socialista.

La defensa de ese fin, justifica que atenten contra el honor de las personas, derecho que no tiene reconocimiento constitucional, pero si legal. En los diarios nacionales y sitios digitales gubernamentales donde publican sus trabajos periodísticos, utilizan el término mercenario como un calificativo, para desacreditar a los que disienten públicamente de las políticas del gobierno cubano.

Por ejemplo, Núñez Betancourt, en un trabajo publicado en el diario Granma (órgano del Partido Comunista) el 8 de marzo del presente año, bajo el título “Cuba no acepta presiones ni chantajes”, alega respecto al disidente Guillermo Fariñas, si hoy está vivo, hay que decirlo, es gracia a la atención médica calificada que ha recibido sin importar su condición de mercenario.

Por su parte Ubieta, en un artículo de opinión publicado en el mismo periódico, pero con fecha 27 de febrero, afirma refiriéndose a los 75 disidentes encarcelados en el 2003, Ya Cuba lo dijo una vez: podemos enviarles a todos los mercenarios y sus familias, pero que nos devuelvan a nuestros cinco héroes. La frase fue pronunciada por el General de Ejército Raúl Castro, en la VII Cumbre Presidencial de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), celebrada en abril 2009.

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Según el discurso oficial, los prisioneros de conciencia, son combatientes pagados por los Estados Unidos. El gobierno de Cuba se comprometió a luchar contra el mercenarismo, por medio de la ratificación de la Convención Internacional contra el reclutamiento, la utilización, la financiación y entrenamiento de mercenarios. Por su parte, el artículo 119 del vigente Código Penal, lo regula como una figura delictiva. Ninguna de las sanciones que recibieron estas personas, fue por la comisión de ese delito.

Un periodista que se respete, no lanza una acusación sin antes tener pruebas con que respaldarla. En ello le va su reputación y también su libertad. Imputar hechos, a sabiendas de que son falsos, es atentar contra el honor de las personas. Si los disidentes son mercenarios; Núñez Betancourt, Ubieta y el Presidente del Consejo de Estado, deberían denunciarlos ante las autoridades. ¿No dicen que en Cuba impera la ley y el honor? Pues, para mantener esa afirmación, tienen que ser los primeros en cumplirla.

Si tienen pruebas, están obligados a presentarlas ante un órgano de justicia. ¿No saben que la legislación penal, sanciona al que, a sabiendas deje de denunciar a las autoridades la comisión de un delito o de la participación de una persona en el mismo? La ignorancia de las leyes no exime de su cumplimiento. Si no las tienen, también cometen una violación. Incurren en la comisión del delito de calumnia. Figura delictiva, regulada en el código penal.

Toda persona es inocente hasta que, un tribunal, demuestre lo contrario. Hasta hoy no se ha presentado ningún argumento que demuestre que los disidentes cubanos cometen un delito de mercenarismo. Prueba de que en Cuba, ni el gobierno ni sus medios de comunicación, tiene el menor respeto por los derechos humanos.

Donde impera la ley, no hay arbitrariedad. Solo aquellos que gozan del privilegio de la impunidad pueden darse el lujo, de denigrar y calumniar públicamente, sin medir las consecuencias de sus actos.

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Avatares de un periodista independiente

Martes, 9 de Febrero de 2010 Voces Cubanas Comments off

Joder. Qué me hago ahora. Tenía planificada una entrevista con una señora en el barrio de Marianao que hace labor comunitaria con niños pobres. Por causas ajenas a mi voluntad tuve que postergarla.

Son las 8 de la mañana de un inusual y frío mes de enero de 2010. Miro la cartera, me quedan 28 cuc. Tengo que improvisar, por la entrevista fallida. Ya dentro de un ”almendrón” (viejo auto americano), decido compartir con ustedes avatares y sueños de un periodista independiente cubano.

Cuando en octubre de 2009 del diario español El Mundo, en su versión digital, me pidieron escribir a dos manos junto a Max Lesnik un blog de debate titulado 90 millas, la idea me pareció genial. También, si podía, me dijo el míster de la redacción con su tono de madrileño, algunas historias. Qué bien! Manos a la obra. Pero -siempre hay un pero- escribir en Cuba es digno de una hazaña de Tarzán.

He visto siete veces el filme de Robert Redford sobre el caso Watergate. Encarna al famoso reportero del Washington Post, Bob Woodward y su célebre fuente, Garganta Profunda. Una clase magistral de periodismo. Con avidez las historias que publican en las revistas Time o Newsweek. También los reportajes de El Mundo o El País dominical. Son una pasada. Ser periodista en el primer mundo debe ser gratificante.

Ningún funcionario te puede negar información pública. Ni pende sobre tu cabeza una ley terrorífica que te puede condenar a 20 años de cárcel. Tampoco en el barrio donde vives nadie te arma un “acto de repudio”, un linchamiento verbal, estilo fascismo alemán, donde lo menos que te gritan es la madre que te parió.

Nunca, en ese primer mundo donde se desayuna varios platos y con frecuencia puedes comer carne, te visita un cándido agente de la inteligencia para amenazarte, que si sigues escribiendo podrías ser procesado. Debe ser bueno ser periodista en el primer mundo.

En el civilizado, porque en Colombia o México, un sicario pagado por un cartel de la droga te puede acribillar a balazos. O en la Venezuela del delirante Hugo Chávez donde el bolivariano, sin contemplaciones te puede llenar de improperios en su programa televisivo Aló Presidente.

Tengo la costumbre de leer los comentarios que me dejan. Me gusta que me critiquen. Sobre todo cuando son criterios de peso. Si algo adoro del periodismo del siglo 21 es la retroalimentación. Escribo lo que pienso, sea en una crónica o un artículo de opinión. Trato de ser objetivo. Pero ni Fidel Castro ni Elián González se tomarán la molestia de darme una entrevista si se las pido. Para el gobierno, yo soy un mercenario.  Un traidor a mi pueblo y a la revolución socialista.

No me amilano. Me tomo el trabajo en serio. Creánme. Y soy un iluso, que piensa que en el fondo la gente es buena. Para este 2010 tengo mis planes. Quisiera que Raúl Castro me diera las respuestas que le niega a la bloguera Yoani Sánchez. También me gustaría entrevistar a Fidel Castro en su clínica particular.

La lista de encuentros sigue. A los deportistas cubanos Kendry Morales y Dayron Robles. Y luego que me firmen un autógrafo. Sería feliz si Usaín Bolt, el hombre que vino de otro planeta, el suizo Roger Federer, el argentino Lionel Messi o el español Pau Gasol, me concedieran unos minutos.  De los políticos, aparte de los Castro, con gusto charlaría para El Mundo o para mi blog Desde La Habana, con el preso de conciencia Oscar Elías Biscet o con el periodista cubano exiliado Carlos Alberto Montaner. De los estadistas extranjeros, me decanto por Lula y una entrevista polémica con el Papá Noel de Caracas.

Bueno, por qué no, también con el carismático Barack Obama y el insípido José Luis Rodríguez Zapatero, a quien le pediría que me explicara cuál es la posición de su gobierno con respecto a Cuba. Me faltaría un puñado de artistas y mi ojito derecho, Oprah Winfrey.

Es bueno soñar. Pero ya llegué al hotel Parque Central. Una tarjeta de internet de una hora me cuesta 8 cuc, un dineral. Guardo bien en la billtera los 20 cuc restantes. Para la próxima vez.

Daría lo que no tengo por intentar hacer extensos reportajes, polémicos y balanceados y con buenas fotos. Y porque alguna persona de la lista citada me concediera una entrevista. Pero eso son pendejadas. Ahora tengo que poner los pies en la tierra. Y además de esta crónica, ver qué más escribo para El Mundo y mi blog Desde La Habana. Después, puedo seguir soñando.

Iván García

Foto: ahisgett, Flickr

Un tal Iván

Martes, 26 de Enero de 2010 Voces Cubanas Comments off

En octubre de 2009 comencé a escribir para el diario español El Mundo, un blog a dos manos, llamado 90 millas, con el periodista cubano radicado en Miami, Max Lesnik, así como algunas notas, artículos, crónicas e historias sobre la vida del cubano y mi percepción del gobierno de los Castro. No pasaron muchos días cuando varios amigos (otros no tanto) se me acercaron. Después de felicitarme, me dieron algunos consejillos.

Un viejo zorro y experimentado reportero, en confianza y en tono apagado, me dijo: “Tira muchas curvas, enseña poco la recta, intenta hacer historias de color que no te traigan problemas, luego cobras y vive lo mejor posible, si andas con el AKM en ristre, el gobierno te va a pasar la cuenta”, me indicó el avezado periodista, vividor, oportunista y cínico como muchos en Cuba, que quieren tener un buen salario en moneda dura, sin tener grandes complicaciones con el status quo.

El viejo reportero conoce mi amor por el periodismo deportivo, y por ello usó la jerga beisbolera. “Dar curva” en la isla es narrar sobre la historia del malecón, el barrio chino o el Capitolio. Hablar de cosas curiosas o contar cómo un paquete de periódicos Granma tirado por una avioneta en las montañas orientales mató por la fuerza del golpe a una vaca. O sea, que escribiera “noticias” intrascendentes y dejara a un lado los artículos críticos.

Para escribir crónicas de color y tirar curvas, renuncio a escribir en El Mundo. Digo y cuento lo que pienso. Ustedes, los lectores, tienen la oportunidad de mostrar sus desacuerdos en los comentarios. Estoy muy lejos de creer que lo que escribo sean verdades absolutas. Quizás esté equivocado. Pero son mis opiniones sobre algún suceso, tema o personaje.

A estas alturas de mi vida, con casi 45 años, defiendo sin temor mis criterios. Tengo miedo de ir preso muchos años como prometen las leyes cubanas hacia todas aquellas personas que disienten públicamente. No tengo vocación de mártir. Pero no voy a cambiar mis ideas. Aunque vaya a parar a una celda tapiada de la seguridad del estado o una sucia galera de una prisión cubana.

Es sano el ejercicio de la discrepancia. Y también el debate de ideas y el diálogo con personas que piensen distinto. Pero cuando en Cuba un medio te critica o ataca, tiembla. Te están enviando un mensaje de ida y vuelta. Algo así como, cállate o te haremos talco.

Se sabe que el inicio de una ofensiva vigorosa por parte del aparato estatal, es el preludio de otras acciones. Desde actos de repudio hasta amenazas y humillaciones a tu familia. O en último caso, detenerte, sancionarte y mandarte a chirona.

Yo le preguntaría a un periodista de calibre como Max Lesnik o al abogado José Pertierra, si alguna vez han sentido sobre sus nucas el soplo paralizante de los servicios secretos de Estados Unidos o el abrazo de oso del gobierno gringo, por tener criterios discrepantes sobre el sistema norteño o manifestar admiración por la Revolución cubana.

Me temo que no. Cierto que en la Florida, en los años 70 u 80, un grupo de intolerantes cubanos, más terroristas que otra cosa, llegaron hasta el asesinato de personas que apoyaban a Castro. Pero en este siglo 21 algo debe haber cambiado en la Pequeña Habana. Y de más está decir que ninguna administración estadounidense instruye a sus medios oficiales, como la Voz de América, para intimidar a sus rivales políticos.

Estados Unidos es capaz de lo mejor y de lo peor. Cualquier loco que tenga un mal día, con una carabina al hombro y silbando una canción de Bruce Springsteen, liquida a una docena de personas como si estuviera practicando el tiro al blanco en una feria. Presiento que Lesnik o Pertierra y los compatriotas al otro lado del charco, tienen toda la libertad del mundo para escribir y decir lo que piensan.

En Cuba no. Y ese es el punto. Desde que nací, en 1965, nunca he conocido eso que se llama democracia. Y antes de morir, quisiera vivir en una sociedad plural, donde tu persona no le interese en lo más mínimo al Estado. Y si  los gobernantes no me aprecian, por ciertas leyes escritas en la Constitución, no se me encierre en una cárcel.

Me da igual quien esté en el poder. Sea comunista, liberal, verde, socialdemócrata, de derecha o de centro izquierda. Pero que haya ganado en unas elecciones. Me pregunto si esto es un sueño imposible. Creo que no. Por eso escribo lo que pienso.

Recuerdo que en una tarde fría y gris de febrero del 2003, el poeta y periodista cubano Raúl Rivero, con dos dedos en su máquina Olivetti Lettera-25 tecleaba: “Ningún mandato me puede impedir escribir en el país donde nací y nacieron mis abuelos. Soy un hombre que escribe”. Yo también.  Aunque tenga mucho que perder.

Con la paranoia típica de las personas hostigadas y con mis temores a cuestas, enviaré historias, artículos y crónicas sobre la realidad de mi país. Redactadas desde mi destartalado apartamento en la barriada de la Víbora, mi patria chica. No seguiré el consejo del avezado reportero. Escribiré muchas rectas, pocas curvas.

Iván García

Haiti:Relato en primera persona

Domingo, 17 de Enero de 2010 Voces Cubanas Comments off

Estaba sentado en la cama navegando por internet cuando noté un silencio, seguido de un extraño ruido, como si fuera un gruñido. Pensé que era un camión de agua que pasaba. Pero me llamó la atención que sonaba más como si fuera un terremoto.

La casa comenzó a sacudirse. Luego… comenzó a sacudirse en serio. Salí del cuarto con la computadora en la mano y me arrodillé lentamente sobre el piso que ondulaba mientras las ventanas, mis cuadros haitianos y la foto de mi abuelo se estrellaban a mi alrededor.

No sufrí heridas. Además, la escalera estaba aún en su lugar, aunque no la pudiera ver por la nube de polvo y que me ahogaba. Llamé a gritos a Evens, el chofer, traductor y guardaespaldas de la AP en Puerto Príncipe.

“Vámonos”, me respondió, para mi sorpresa y alivio.

Salí a la calle en ropa interior, por encima de las piedras y por delante de una grieta del alto de la casa. Primero busqué un teléfono para avisar qué había pasado, luego tendría que superar el temor a las réplicas para volver a entrar en busca de pantalones y zapatos.

Desde entonces, ha sido casi imposible conseguir una conexión de teléfono o de internet. Así que me imagino, aunque no lo sé, que muchos artículos sobre esta noticia incluyen una frase que dice, más o menos: “Sufrir no es novedad en Haití”.

Es cierto, en parte. Haití conoce de tragedias, pero nunca sufrió una catástrofe de esta dimensión.

Hace menos de dos años, una tormenta que apenas hubiera interrumpido el tráfico en Miami inundó a Gonaives, la cuarta mayor ciudad haitiana, y dejó cadáveres flotando en las calles. Era la tercera de cuatro tempestades que azotaron a la nación caribeña en un mes.

Apenas dos meses después, una escuela se derrumbó en Petionville, un suburbio de mansiones y chozas, y unas 100 personas murieron. Lo primero que se escuchó parecían sirenas, pero eran las voces aullantes de los padres de los alumnos.

Encontrarse un cadáver en la calle aquí -tras una tormenta o una rebelión- apenas genera más que un comentario.

Ahora nos toca intentar comprender cómo semejante historia de tragedias puede quedar empequeñecida en unos 20 segundos de una tarde de enero.

En el barrio precario detrás de la partida casa de AP, el mismo de la escuela derrumbada, esta vez todas las débiles estructuras colapsaron. La nube blanca de polvo cubría el horizonte y los gritos se oían por todos lados.

La ciudad está en ruinas. El combustible, la comida y el agua escasean. Las madres han perdido a sus hijos, los chicos a sus familias. Barrios enteros duermen en las calles. La gente camina kilómetros por las montañas con sus pocas pertenencias, sin donde ir.

En un país en que no se sabe cuándo será la próxima comida o si habrá una nueva elección, esta vez la diferencia es que todas las instituciones se derrumbaron, literalmente: el Palacio Nacional, la catedral de Nuestra Señora de Haití, el Parlamento. Y lo hicieron al mismo tiempo que la mayoría de la gente perdía a uno o muchos seres queridos.

Mientras toda la ciudad clama por ayuda, logro conectarme a internet lo suficiente para saber que hay algo de asistencia en camino.

Pero, ¿qué sucederá cuando esa ayuda, como suele pasar aquí, se termine? ¿Habrá un día después?

Jonathan M. Katz

AP/Puerto Príncipe

Foto: Marco Domino/The United Nations