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La vorágine, parte 2
Por el encuentro
Crucé Bogotá de arriba abajo, siguiendo las carreras, que son las calles que van de . No puedo olvidar la compañía perenne de los cerros, el friecillo, algo más fuerte que nuestro invierno más crudo, y las megabarriadas marginales que rodean la ciudad, que en aquel entonces, 2001, pasaba de los seis millones y medio de habitantes. Y me golpeaba la variedad y atrevimiento de carteles pintados con sprays en cualquier lugar, lo mismo haciendo propaganda electoral, que chistes, o protestas.
Había muchos guardias con armas largas en las calles. Nunca nos abandonó un señor fuerte que miraba a todos lados, y en el auto del funcionario cubano siempre anduvimos con las puertas aseguradas.
Nos llevaron a la colonial Plaza Bolívar, en uno de cuyos costados está la Casa de Nariño, que es el palacio presidencial de Colombia: también lo visitamos.
Caminé entre decenas de gordos tranquilamente pintados en el Museo Fernando Botero. En el parque de diversiones Camelot no pude terminar de comerme una enorme crepe, algo así como un pan relleno de carne en salsa; nos llevaron al interactivo Maloka, en el que supe cuánto yo pesaría en Marte, y cuánto en Júpiter; recorrimos la imprenta de hierros primitivos en el respetadísimo Instituto Caro y Cuervo.
Vi una limusina, un niño registrando la basura y una joven madre pidiendo dinero, ¿ves?, allá en Cuba también hay pobreza, es verdad, solo que está compartida por todos, me adoctrinaba el funcionario cubano, y yo recordaba entonces a ese respetado ex–militar cubano que le regaló a su nieto, por el cumpleaños, tres equipos completos de buceo, y la pareja de alto rango que encargó para su bebé toda la canastilla en una boutique parisina, y al hijo de un importante figura política también nuestra, recientemente caída en desgracia, que costeó el viaje al Pico Turquino de toda su aula. Pobreza compartida.
El día de irme sentí el peso de Cuba en América. En el aeropuerto Eldorado me fotografié con el funcionario cubano, con tan mala puntería que detrás, al alcance del flash, quedó la moto de un guardia de seguridad colombiano. Casi me confiscan la cámara. Ustedes son cubanos, y eso es precisamente lo malo. Le aclaramos que yo participaba en un evento cultural del que, por suerte aquel señor había visto algo en la televisión, y eso lo tranquilizó un tanto. Tengan cuidado con lo que hacen aquí, ya su gente ha provocado bastante guerra en este país. Le dimos las gracias, y al rato me perdí rumbo a Cuba.
La vorágine, parte 1
Esa canción de Arjona, esa noche.
Diciembre de 2001. Otro lugar del mundo a un muchachito de dieciocho años que apenas conoce su propio país.
Fue en Londres, porque los minutos eran más exactos y rigurosos cuanto más cerca estaba el momento final. Fue en Bagdad, porque había un aire de guerra abrupta en la calle y en la sonrisa de la gente que en Cuba solo había visto durante los domingos de la defensa, y aún así los nuestros tenían olor a broma, “que viene el lobo”, y no a guerra seria. Fue en Tokio o en La Meca, porque no comprendía nada y me quedaba observando cómo los demás manejaban los controles remotos de tantos equipos, abrían los estuches de refrescos o hablaban de emails y Google y partidos políticos y hay que cambiar al gobierno… no estaba acostumbrado a ese idioma. Fue en New York, porque yo era distinto a todos los demás pero que dijera mi verdad no asustaba a nadie, y menos a mí mismo. Fue en París, porque me enamoré.
Fue en La Habana… no, tampoco fue en La Habana ni en ninguna de las ciudades de mi isla: aquí todo es gris y con rejas.
Era Bogotá, en Colombia.
Cuando llegué al Bogotá Regency, me esperaba la habitación 1, compartida con el estudiante de Estados Unidos. Eso es una provocación, eso es una trampa de ellos, bramó el funcionario cubano que me escoltaba. Yo me mordí los labios para no brincar de la alegría. Al otro día, Sergio, el yanqui, ya sabía que los cubanos estudiamos como quince años casi de gratis, para luego trabajar por lo menos cuarenta, casi de gratis; que hay muchos médicos solidarios siempre que se les paguen los dólares que corresponden, por muy pocos que sean; que yo tenía que comerme todas las manzanas del minirrefrigerador de la habitación del hotel, aunque me empachara, porque una en Cuba equivalía al salario de una jornada de trabajo de mis padres… y cosas por el estilo.
Aquel concurso lo financiaban poderosas empresas colombianas, como Postobón y Compaq Colombia. Carlos Ardila Lulle, el entonces dueño de Postobón y uno de los hombres más ricos de América, fue en silla de ruedas hasta la sala donde nos batiríamos con palabras del mejor español ante la mirada del rector de la importantísima universidad española de Salamanca, de los embajadores de los países concursantes y de Nohra Puyana, la rubia esposa del presidente colombiano. Por cierto, el único diplomático que hizo un discurso en ese acto fue la embajadora norteamericana: gesto de ambiguo significado.
Entre los shocks que sufrí estuvo el no probar arroz en cuatro días, pues en los restaurantes solo nos daban carne, papas asadas (con cáscara y todo) y refresco. Al final, el funcionario cubano que me atendía resolvió el asunto preparándome un almuerzo nacionalista, que yo mismo le había sugerido: arroz blanco, bistec y ensalada de tomates y coles de esas moradas, que no hay en Cuba. Mientras su esposa cocinaba, me senté a ver la televisión; en un programa humorístico, había un hombre con una careta que imitaba el rostro del presidente del país, hacía torpezas, todos se reían y no pasaba nada. Ese fue el otro gran shock.
Apagando el incendio
Esta vez voy a silenciar la primera persona que siempre uso para narrar los viajes: dejo de cicerones a unos espíritus extremadamente importantes, los que decidieron el itinerario de mis travesías, fundando a Camagüey en donde está, a La Habana y Holguín en La Habana y Holguín
Diego Velázquez de Cuéllar, Don Luis de Clouet Favro, Pánfilo de Narváez con su andar marinero, el capitán García Holguín, Vasco Porcayo de Figueroa arrastrando la soga sanguinolienta, Jácome de Ávila perdido con la cuenta de las reses, el diligente Don Francisco Sánchez Griñán, el teniente gobernador José Antonio de Silva y Ramírez de Arellano, seguidos de una docena de conquistadores y caballeros que son los fundadores de las ciudades de Cuba, van hasta Bayamo, en Granma, una de las provincias más atrasadas de la isla, y cuyo centro urbano, desde hace unos años, comenzó a renacer de unas cenizas más graves que las del incendio mambí.
Entraron por los acantilados que dan al río del cacique Bayamo. Subieron por un callejón adoquinado hasta la plaza. Y a los cinco minutos entraban en el bulevar.
Vasco Porcayo se acercó a la cola que salía del Coppelia barato, a ver de cerca tantas muchachas de pelo indio, que le recordaban su harén, pero ninguna quiso acercársele. Si sigue por el bulevar, en la acera derecha, hay otra heladería mejor y con aire acondicionado, le confió una señora mayor que lo tomó por extranjero. Pánfilo de Nárvaez, que también oyó aquello, se lanzó con los demás por el medio del bulevar, tratando de no chocar con los postes de la luz enmascarados artísticamente, pero en la refresquera climatizada se deshizo el grupo cuando el gordo Jácome de Ávila pidió jugo de piña, a ver si sabían igual que las de sus tierras, y García Holguín dijo que no, que lo quería de guayaba, mientras De Clouet excusez-moi, monsieur y preguntó si el refresco era de naranjas de Louisiana. ¡No puede ser!, dijo Don Francisco Sánchez Griñán, el Rey sabrá de esto, y pensó con dolor en Manzanillo, la gemela cenicienta de Bayamo, derrumbándose entre el mar y el abandono.
Diego Velázquez, rojo de envidia, como siempre, se tomó un pru oriental ¡embotellado y con etiqueta de fábrica! Les falta algo, susurró con despecho: en su Santiago, la capital del pru, jamás se le había dado tanto glamour a esa bebida. A Narváez le llamó la atención un saloncito con cartel de museo, en el que unas excelentes figuras de cera lo miraban con jocosa atención. ¡Ni en San Cristóbal de La Habana!, pensó. García Holguín y Jácome de Ávila perdieron el rumbo y el poco oro que el primero guardaba de cuando apresó al emperador azteca, en mojitos y cubalibres del piano-bar; José Antonio de Silva, que siguió solo hasta la terminal de ómnibus, se sentó a esperar a los otros en el café encristalado con techo vanguardista: en medio de una taza de rocío de gallo, café con ron, resolvió mandar a construir uno idéntico en Guisa; Vasco Porcayo se demoró tratando de llevarse para su encomienda al enorme indio de barro del Museo de Arqueología…
Sánchez Griñán, fiel a Manzanillo, anotó cuidadosamente las quejas al rey: demasiados sitios con aire acondicionado ¡hasta una zapatería!, a precios irrisorios; el helado de la cremería tenía sabor y era helado ¿dónde se había visto eso?; todo estaba pensado con notable aire artístico ¡hasta los puestos de venta y el suelo del bulevar estaban adornados con reproducciones de obras célebres en la pintura cubana!; había demasiados empleados para atender la limpieza de los parques y calles del centro…
Con la noche casi encima, la comitiva dio marcha atrás. Enfilaron por la calle Parada, como quien va a salir a la terminal de trenes, y vieron unos barrios enormes con calles rotas y churre y gente cargando agua en cubos. Ya me extrañaba, dijo Diego Velázquez y la envidia se le calmó un poco. Entonces gritó Vasco Porcayo, que iba a su lado, todavía rabioso porque no le dejaron llevar el indio del museo, en cuanto llegue a Camagüey ahorco de nuevo al alcalde, a ver si acaba de hacer una villa decente.
Rosa blanca
Aquí les presento una publicación que hacemos varios jóvenes desde la provincia de Camagüey. Déjenme sus comentarios y críticas, que las necesitamos.
El pueblo fantasma

Cuentan que por aquí pisó Colón tierra cubana por vez primera, buscando agua dulce, y no por Bariay. Se tiene como cierto que fue el primer lugar en ser incendiado por los mambises del ´68 para que no lo hollaran los soldados de la violenta Madre Patria, y no Bayamo, como repiten nuestros historiadores de tribuna. Dicen que de los esteros que lo rodean fluían torrentes de manatíes en tiempos antiguos, antes de que la contaminación del central azucarero y la cacería los espantara.
Ese es Manatí Viejo, un pueblo que ya no existe, en el lado oriental de la bahía del mismo nombre, costa norte de la provincia de Las Tunas. Hasta allí, equipados con un mapa desactualizado, pan, agua y la cámara, nos fuimos un día.
De la cabecera municipal salimos a pie, bien temprano, con la guía del hombre más sabio del pueblo. El trayecto es gris: un camino entre marabuzales, la lóbrega y destartalada carretera a la playa Covarrubias, una guardarraya de cañaveral y tres kilómetros de senda entre cactus y manglares. En nuestro mapa está marcado un caserío por donde hemos de pasar, y se nos ahoga el pecho al ver el mísero presente de la región: una sola casita y una sola mujer que, rodeada de niños, espera al esposo, pastor de la manada más breve del mundo. En esta comarca yacen demasiados pueblos muertos.
Le damos gracias por el aguaazúcar que nos resucita y seguimos rumbo a la costa. Entonces la senda se une con el antiguo camino real a Las Tunas, que resiste los asaltos del monte como si lo hollaran aún los espectros de la gente olvidada que vivió por aquí. Millones de patas de cangrejos minúsculos huyen frente a nosotros, bajo nosotros, y regresan al sol cuando ya hemos pasado. Mosquitos plenos de alegría celebran nuestra visita: llevaban un siglo sin probar sangre humana.
Entonces, aparece el mar; estamos en el Manatí Viejo. Hay un par de tarjas que anuncian aborígenes enterrados y mambises en fuga, la rueda de un mecanismo extinto, y el esqueleto de los muelles. Nada más.
Entre la hierba encontramos restos de loza y ladrillos de aire pretérito. Dicen que la gente de aquí, antes de huirle a los españoles, escondió el oro y la plata en las tumbas del cementerio hoy sepultado bajo el marabú; de Manatí, el pueblo actual, huye la gente azotada por la poca esperanza, el abandono, y los ciclones humanos y naturales. Estuve allí hace unos días, pregunté por una veintena de jóvenes amistades, y supe que casi todas se han marchado. Ojalá que hayan dejado oculto algo valioso que, un día no lejano, les impulse a volver.






Dinosaurios en la montaña


Vimos por allá por Mil Cumbres, unos bosques intensos y recónditos al este de La Palma, que rodean a la mayor altura de todo el tercio occidental cubano: el Pan de Guajaibón.
Desde mucho antes de llegar sentimos la solidaridad de gente de campo que, sabiendo de cuán lejos veníamos, nos brindaba su casa, por si nos fallaba la suerte. Pero fue camino a La Palma, el lugar que escogieron los dos últimos ciclones para salir al mar, donde nos encontramos con la noche encima, sin bañarnos y con unas barras de maní por toda compañía.
¿De dónde salió esa pareja de campesinos? Ni idea, no los vimos llegar, pero lo cierto es que esa noche dejamos el polvo del viaje en el riachuelo que pasaba junto a su casa de madera, comimos en una mesa de platos desbordados, y dormimos sobre un colchón de suavidad impecable. El alacrancito que amaneció enredado en mi pulóver no afectó la enorme gratitud por la hospitalidad de aquel matrimonio.
La región de Mil Cumbres pertenece a la Empresa de Flora y Fauna, y hay que traer autorización para entrar, pero sin caer en los extremos de quienes dirigen Guanahacabibes. En su centro se yerguen los casi 700 metros del Pan de Guajaibón, aisladísimo: Sagua, el caserío más cercano, está a dos horas de buen camino. Allí encontramos otra buena persona que cuidó todo el equipaje innecesario y nos explicó cómo llegar hasta la base de la montaña.
Atravesamos riachuelos y mausoleos de héroes antiguos por un camino desierto, que moría entre las ruinas de un puesto militar. No vimos un solo ser humano. El ascenso del Pan aún es seguro: una senda clara, que al final se torna un pasillo entre gigantescos helechos arborescentes, va zigzagueando hasta la punta. A la 1:30 de la tarde, bañados en sudor, con el agua precisa y los turrones de maní casi agotados, nos asomábamos desde la cima del Pan a la costa norte y al lomerío de la Sierra del Rosario; entre nosotros, estaban los fósiles.
Unas inmensas estructuras metálicas, achatarradas, yacen allá arriba. Son los últimos restos de cuando jugábamos a la guerra. Las auras vuelan en torno, burlándose del asta que ya no tiene bandera, de los letreros en ruso aún visibles y de las solitarias fortificaciones militares llenas de excrementos y de carteles irreverentes.
A las 7 estábamos de regreso en Sagua, físicamente deshechos. Nos bañamos en el río San Marcos, que bordea el pueblo. Esa noche, de nuevo, nos salvó de los mosquitos y del hambre la hospitalidad humilde de unos lugareños. Madrugamos. En la oscuridad, vimos un cartel: “Sendero Natural REGRESO AL JURÁSICO”.
Gracias, ya estuvimos. Los dinosaurios se extinguen, irremediablemente.








El pueblo más sincero de Cuba

A Guane llegamos por la tarde, huyendo de los mosquitos de Guanahacabibes. En la misma terminal nos bajamos, con tan buena suerte que a los quince minutos apareció un carro con logotipo de Los Portales SA, a recoger pasajeros, y nos montamos, pues para el Salto de Los Portales íbamos.
(Por cierto, en Guane algún funcionario innovador dispuso que todos los automóviles estatales debían pasar por la terminal, con lo cual el viajero no tiene que escoger entre ambas fatídicas opciones. Parece que hay funcionarios con imaginación, después de todo).
La famosa agua embotellada Los Portales se obtiene del río homónimo, afluente del Cuyaguateje, que baja de la leve Sierra de Guane, y en cuya orilla está el campismo. En esta zona el río tiene enormes y solitarios remansos verdes, que exhalan una incontenible tentación de arrojarse, a riesgo de rozarle la nuca a algún güije dormido.
Esa noche comimos y dormimos en el campismo, lo cual nos alivió un poco las billeteras, de por sí ligeras, y a las cuatro de la mañana estábamos desandando un par de kilómetros a oscuras, rumbo a Viñales. Por supuesto, como buenos excursionistas, nos perdimos en aquellos caminos ignotos.
A las cinco abordamos un ómnibus apacible que tardó casi dos horas en recorrer unos cuarenta kilómetros, hasta excretarnos, metamorfoseado ya en una molotera tipo Hidra de Lerna (por cada uno que bajaba subían nueve), en Cabezas, un puente de hierro y madera sobre el Cuyaguateje.
Allí mordisqueamos las últimas galletas que nos quedaban, tragando con susto por si el “amarillo” paraba algún carro que nos pudiera adelantar. Sobre las nueve de la mañana, atiborrados de hambre y de los paisajes impecables de la Sierra de Viñales, entrábamos por el sur, en un camión descubierto, a Minas de Matahambre.
Y fue verdad. Enfrente del modesto parquecito central descubrimos una cafetería estatal, milagrosamente surtida de panes con morcilla, queso-crema, mayonesa y mortadella, y con precios de los que no provocan demasiada desazón en el bolsillo. No sé dónde estarían las Minas, pero por lo menos ya estábamos en Matahambre. El nombre del pueblo decía la verdad.
Y seguimos.





Por los caminos

Viajo, luego existo. También es verdad que si viajo demasiado, me arriesgo a dejar de existir. Uno puede pasarse un día solo a base de mangos, como aquel fin de semana en Manacal, un campismo cercano a Topes de Collantes, o almorzar galletas viejas con tajadas de aguacate sin madurar, como hicimos una docena de estudiantes de periodismo en lo alto de La Gran Piedra, o mantenerse durante todo un festival de cine latinoamericano desayunando, almorzando y comiendo discos de mantequilla y refresco gaseado en la cafetería salvadora de Línea y 16. Eso uno puede hacerlo, pero si lo convierte en rutina, hay peligro de desintegración, estoy seguro.
Odiseo, Marco Polo, Colón, Magallanes, Livingstone, Ernesto Guevara, viajeros impertinentes, son los tópicos culturales de los que, sobre todo, ansiamos conocer el mundo. Pero prefiero pensar en Dante, el hombre que atravesó los lugares de los muertos en busca de su ideal, y de paso rozó todas las miserias y glorias humanas.
Maceo no entrará en Guanahacabibes

1896. Está a punto de terminar la excursión más violenta que ha visto Cuba. Antonio Maceo, jefe de los mambises invasores, va a concluir la Invasión en la península de Guanahacabibes, la cola de caimán en que se acaba, o empieza, nuestro país. Tiene que llegar hasta el cabo de San Antonio, punto extremo de esa península, antes de que lo haga el general español Weyler.
Un problema: en La Bajada, que es la entrada de Guanahacabibes, hay un puesto de guardafronteras, y otro del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). El jefe de los guardafronteras le prohíbe el paso a Maceo mientras no lo autoricen en la base del CITMA, o en la Capitanía del Puerto, que radica en La Habana. El hombre del CITMA le niega a los mambises el permiso si no traen una autorización de la delegación en Pinar del Río. Maceo llama por teléfono y la especialista a cargo le dice que no puede autorizarlo si no trae de La Habana un aval de no-sé-cuál institución, que además, debe ser solicitado con más de un mes de antelación y solo por motivaciones de viaje muy justificadas.
Maceo, cabizbajo (ha recorrido con esfuerzo media isla hasta aquí), retrocede. En eso llega Weyler con sus soldados españoles. Ni siquiera desmontan, enseñan sus pasaportes españoles, y la barrera se abre ante ellos, con cierta cortesía. Son extranjeros: pasen sin problemas.
Por supuesto, nada de eso sucedió en aquella guerra. Fue casi el otro día, cuando este Marco Polo a escala quiso ver qué tan larga era su isla y, después de recorrer casi 850 kilómetros durante 46 horas, a bordo de dos trenes, dos ómnibus, dos camiones, y dos autos (no en ese orden), llegó a La Bajada, aparente final de Cuba. De allí en adelante, no lo dejaron pasar: era cubano. Mientras calculaba cómo regresar, varios autos rentados por extranjeros cruzaron alegremente rumbo al Cabo.
Llegar desde Camagüey hasta Guanahacabibes no es fácil. A Penélope le hubiera dado tiempo tejer una carpa de circo si Odiseo hubiera hecho esta travesía. O a lo mejor él lo hizo, pero es verdad que cuando aquello lo único que te podía demorar eran cíclopes, cantos de sirenas, o Escila y Caribdis, y no la eternidad que uno pasa en los trenes lentísimos, esperando las terribles listas de espera para atraparlos, o en la contemplación de cómo los amarillos simulan trabajar. Solo nos salvó de demorarnos más la proverbial solidaridad de los cubanos, o para ser más exactos, la proverbial solidaridad de uno de cada diez cubanos, que era más o menos la proporción de los que paraban a recogernos.
Este viaje, como todos los viajes de verdad, aún no tiene fin.













