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Archivo para la categoría ‘Seguridad del estado’

Linchamiento verbal

Jueves, 11 de Marzo de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

1997 fue un año especialmente represivo para el periodismo independiente cubano. Marcó el reinicio, con nuevo ropaje, de los actos de repudio instaurados por el gobierno de Fidel Castro en 1980 con la intención de humillar y desmoralizar públicamente a quienes pretendían dejar el país por el puerto del Mariel.

Raúl Rivero los definió con exactitud: linchamientos verbales. Y el propósito era ése, “lincharlo” a uno con palabras. El ingrediente principal: un centenar de fanáticos e incondicionales del régimen, dispuestos a intimidar gritando improperios, ofensas y calumnias, según un guión previamente diseñado por siniestros cerebros del Departamento de Seguridad del Estado.

En el 97 una docena de periodistas independientes, casi todos de Cuba Press, tuvimos que soportar delante de nuestros domicilios a esas jaurías vociferando durante dos horas seguidas.

Yovani tenía 17 años y fue testigo del acto de repudio que la Seguridad del Estado me organizó la noche del lunes 10 de febrero delante del edificio donde vivía con mi madre de 82 años, mis dos hijos, mi nuera y mi nieta, entonces de dos años y medio.

-Fue algo alucinante. Si no lo hubiera visto, no lo hubiera creído. No imaginé que la revolución fuera capaz de semejante bajeza ni que hubiera gente tan miserable que se prestara a hacerle eso a una mujer de tu edad, me diría al dia siguiente Yovani.

Entre los movilizados aquel lunes había un hombre de la raza negra que estuvo a punto de morir en Angola. “Llegué del trabajo y en la casa encontré una citación urgente. A las 8 de la noche debía estar en Carmen y 10 de Octubre. Pensé que sería para una de las tantas actividades a las cuales los militantes estamos obligados a asistir. La noche era fría y había mucho viento. Habrían unas 90 personas y continuaban llegando. Le pregunté a una compañera y me respondió que tampoco sabía el motivo de la citación. En eso empezó lo que pensé sería un acto político y resultó ser un mítin de repudio contra la periodista Tania Quintero, una mujer de 55 años, respetada en el barrio. Sentí tanta rabia y vergüenza que di media vuelta y me fui”, le confesaría después este hombre a un amigo común.

Quien sí no se avergonzó y hasta el final me ofendió fue Antonio.

-¿Y ese quién es?, le pregunté a la persona que una vez terminado el “linchamiento verbal” me contó hasta el más mínimo detalle.

-Tania, es ese tipo grande, gordo y maricón que hace poco se mudó pa’la cuadra.

-¿Sí, y dónde vive?

-En un pasillo, en la acera de enfrente.

-Pues no tengo la menor idea de quién se trata.

Los vecinos habían quedado desconcertados por la virulencia del sujeto. “Hay que cuidarse de él”, comentó un viejo jubilado. Y añadió: “Pero sin perderlo de vista”. Quizá por ello muchos ojos lo seguían al verlo entrar y salir de su vivienda.

Cuando Antonio y yo coincidíamos en la cola del pan, la bodega o la carnicería y estaba presente alguien del vecindario que recordaba su rol de mercenario en el acto de repudio, el aire se volvía tenso. Conocedora de la expectación generada, me mantenía inmutable. A fin de cuentas, los vecinos no querían un enfrentamiento verbal. Ellos sólo deseaban que una vez, aunque fuera una sola vez, su mirada se cruzara con la mía.

Me fuí de Cuba el 25 de noviembre de 2003 sin que Antonio supiera que aquella mulata canosa con quien tantas veces coincidió en las colas era Tania Quintero. La misma a la que a él, sin conocerla, la noche del 10 de febrero de 1997 su intolerancia lo había llevado a gritarme una consigna surrealista ¡Que le quiten la ciudadanía!

Tania Quintero

Foto: Screaming But Unheard, del pintor inglés Neil Houghton.

De Internet y la Seguridad del Estado

Domingo, 24 de Enero de 2010 Voces Cubanas Sin comentarios

Escribir en la red con tu nombre verdadero y criticar al gobierno es un verdadero reto si vives en Cuba. Cuando publiqué mi primer artículo, estaba consciente de que estaría en el punto de mira del Departamento de Seguridad del Estado. Habían  comenzado los retos.

El primero, soportar que la policía política se entrometiera en mi vida íntima. El segundo, ignorar el control que pudieran tener sobre mis actos. El tercero, exponer a mi familia. Para mí, estos tres retos son los más importantes.

Publicar trabajos con mi nombre y apellidos en internet me convirtió en una disidente pública para el régimen cubano. A partir de ese momento, pasé a ser una CR, las dos letras con las cuales la Seguridad del Estado identifica a los disidentes y periodistas independientes, y que significan contrarrevolucionario.

Cuando tomé la decisión de escribir, estaba consciente de que hurgarían en mi pasado, en particular sobre los “secretos personales” que pudiera tener. Realmente no hay una forma de saber cómo y cuándo, buscan y obtienen información sobre ti. Me imagino que utilizan la que tienen archivada desde que eres un niño y asistes a la escuela; después, cuando continúas estudiando, empiezas a trabajar y también, por supuesto, la que obtienen en tu cuadra, a través de los Comités de Defensa de la Revolución, entre otras organizaciones de masas.

Me imagino que, además, contactan con amistades de la infancia, excompañeros de aula, amigos del barrio, y hasta con familiares cercanos y lejanos. Es difícil saber quién puede delatarte. Cualquier persona que se relacione contigo podría darles, directa o indirectamente, informaciones sobre ti, sin tu saberlo. Eso genera una especie de paranoia que te obliga a desconfiar de todas las personas que te rodean. Y donde quiera ves un delator o chivato.

Lo cierto es que todo lo indagan, porque les interesa todo sobre tu vida. Eso te lo hacen saber en cada una de las “entrevistas” a las cuales te citan y estás obligado a asistir. Citaciones que al principio son para disuadirte: “Estás en un mundo que no conoces, y nuestro deber es alertarte”. La disidencia, dicen, es algo inmundo. Y ellos, una y otra vez lo repiten, “los salvadores de la patria”.

Sin embargo, el objetivo de la Seguridad no es que se dejes de disentir, en este caso de escribir y publicar en internet. Ni siquiera que dejes de criticar al gobierno. No, ellos lo que buscan es que empieces a “colaborar”. Y poco a poco te vayas convirtiendo en agente o informante, como otros que periódicamente preparan e infiltran en la disidencia, el periodismo independiente y la naciente blogosfera.

Para lograrlo, buscan lo que ellos consideran ”tu lado oscuro”. Y por eso escudriñan en tus relaciones amorosas, familiares, preferencias sexuales… Cualquier detalle que les sirva para chantajearte. Cuando descubren algo, no tienen escrúpulos en utilizarlo. Y si eres flojo de piernas, te obligan a hacer lo que ellos quieren: captarte para que integres su cuerpo de soplones.

Hasta te asignan un oficial de la Seguridad, quien será el encargado de “conversar” contigo, de decirte “estamos al tanto de tus visitas a…”. Que ellos saben con quién te reúnes, a dónde vas… Para que sepas que te tienen controlado, y siguen cada uno de tus pasos. No importa lo que hagas ni donde estés: ellos son como dios, omnipresentes.

Para sobreponerme a todo ese diabólico modus operandi del Departamento de Seguridad del Estado, el mismo empleado con la mayoría de los disidentes y periodistas independientes cubanos, una y mil veces me repetía “mi vida es mía, la he hecho pública, no tengo nada que esconder, y nada de lo que encuentren me va a afectar”.

Así fue como superé los dos primeros retos. Sin embargo, el tercero es el más difícil: que lo que hago, no afecte a mi familia.  La primera vez que la Seguridad contactó conmigo, lo hizo a través de mi papá. Le dijeron que me estaba reuniendo con “gusanos” (desafectos a la revolución), que escribía para un sitio en internet de “contrarrevolucionarios” y que si no paraba, podría ir a prisión. Mi padre fue excombatiente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, oficial retirado de las Fuerzas Armadas y actualmente es miembro de la Asociación de Combatientes. En pocas palabras, es fiel a esta revolución.

Pueden imaginarse lo ocurrido. Sin embargo, me amparé en mis derechos y les exigí a los “segurosos” que no inmiscuyeran a mi familia.  Les hice saber de que era mayor de edad, responsable de mis actos y que sólo yo debía asumir las consecuencias. No obstante, citaron a mi esposo a través del jefe de sector o policía a cargo de una barriada.

Aparentemente, el motivo de la citación era que mi esposo no trabajaba para el Estado. Pero quien en realidad lo citó y entrevistó fue el agente encargado de mi caso. Un joven que dice tener 27 años y se identifica como “Ricardo”. Le dijeron que yo salía sola, que me reunía con hombres, para tratar de provocarle celos, conocedores de que los cubanos son muy machistas. Tuvieron inclusive la desfachatez de pedirle “colaboración”. Querían que mi esposo me prohibiera salir a determinados lugares.

Especial cuidado tengo con mi hijo. Tiene 10 años y cursa el cuarto grado de la enseñanza primaria. Aunque uno no lo quiera, siempre se afecta a la familia. Está, además, el hecho de que como la Seguridad contínuamente está investigando sobre ti y tu entorno, puede descubrir cualquier problema o situación ilegal de algún miembro de tu familia.

En Cuba se vive al margen de la ley. El Estado supuestamente es el responsable de garantizarlo todo, nosotros sólo debemos estudiar o trabajar. Pero en la vida real, en el día a día, no es así. Los salarios no alcanzan y la gente se ve obligada a buscar alternativas para sobrevivir. Por tanto, un alto porcentaje de la población recurre a ilegalidades, que se han convertido en su medio principal de subsistencia.

Después de la oleada represiva de marzo de 2003, y el costo político-económico, pero sobre todo el aislamiento internacional que estos hechos representaron para el gobierno, disminuyeron los métodos de represión violentos contra los disidentes y periodistas independientes que escribían y firmaban con sus verdaderos nombres en internet.

Precisamente el hecho de que el mundo pueda conocer el nombre y el rostro de la disidencia, que pueda constatar que somos personas de carne y hueso con opiniones propias, nos da cierta protección. No obstante, los métodos sutiles de represión continúan y éstos suelen ser más efectivos porque actúan en la psiquis individual. Pese a esa protección internacional, son aún muchos los riesgos que en Cuba se corren por escribir en internet.

Laritza Diversent