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Archivo para Domingo, 27 de Septiembre de 2009

ALDEANOS EN EL P3… (PART 1 y 2, COP INCLUDED)

Domingo, 27 de Septiembre de 2009
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LUGAR LLAMADO LILÍ

Domingo, 27 de Septiembre de 2009

LUGAR LLAMADO LILI

Yo empujaba mi coche. A mano, a pie: cuando las bujías se emperran, es mejor no insistir. Hay que saltar del asiento al asfalto, y el resto ya depende de tus pulmones y de la fuerza de gravedad, según el lomerío del barrio en que te quedes botado. En este caso, a cinco o seis cuadras de mi casa. No más. Pudo haber sido peor (de esto no estoy muy seguro al ahora), pues yo venía manejando desde Alamar, al otro lado de la bahía y el túnel, y puede incluso que al otro lado de lo real.
Así que mi tragedia parecía más bien sencilla. Yo empujaba mi coche, a mitad de madrugada, y ella empujaba el suyo: ella, la niña que apareció en sentido contrario al mío, empujando su cochecito sobre la acera, a mitad de madrugada también. Como si le costara un esfuerzo sobrehumano para la hora y la edad. ¿Y cuál sería la hora, por cierto? ¿Y cuál podría ser entonces su edad: la de aquella niña noctámbula que apareció para cruzarse en mi insomnio como una pesadilla de la que todavía no logro despertar?
Aunque resulte increíble, ella no hacía más que repetir su recorrido habitual: una suerte de rito, donde la bebé de carne empujaba a duras penas a una bebé de plástico, o de algún polímero sin fórmula química que yo supiera nombrar. En efecto, dentro de su coche roncaba sonoramente una de esas muñecas que han invadido las tiendas de medio país: mujercitas semiautomáticas de importación, con voz y pasitos de robot, Barbis repatriadas con leche en el biberón y a veces hasta en sus pechitos de sílica-gel. Vi a la niña consultar su reloj y no me dio tiempo ni de preguntarle la hora:
—Son las tres y cuarto –detuvo su trasnochado paseo–. Señor, ¿usted cree que una de estas noches ya nunca amanecerá?
Hice una pausa. Respiré hondo. Descansé las manos sobre el maletero de mi Impala cola-de-pato: un cohete con alas pero sin motor de arranque para echar a volar. Su lenguaje era el de una alumna sumisa, mas su tono coqueto tenía las inflexiones de una mujer. ¿A quién de las dos responderle ahora: muñeca o mujer?
—Te lo explico según tu edad –me rasqué la calva para ubicarme mínimamente en la situación.
—Por favor, no me trate como a una bebé –protestó ella–. Tengo siete años pero, como ve, también he sido mamá. Y no una, sino muchas veces mamá. Miles de veces mamá. De hecho, millones de veces mamá –y se acarició la batica con orgullo de cheer-leader local–. Le repito, señor, es muy importante saberlo a tiempo: ¿usted cree en esos que dicen que una de estas noches ya nunca amanecerá?
Temblé. Tenía ante mí la tozuda insistencia de una niña o monstruo o mujer, de ser posible una distinción. Le miré al rostro en detalle: era bello, en realidad. Mucho. No del todo maduro, mas ya con los rasgos típicos de un ser sexual: género F, una hembra. De manera que simulé encontrarme en absoluto control. No quería ni pensar qué sucedería si me descubriese algún vecino del barrio. O peor: un policía de ronda. O todavía peor: algún vecino con vocación de policía de ronda. ¡Solos en alta noche y nada menos que con una menor!
—¿Eso dicen? –fingí sorpresa–. ¿Quiénes lo dicen?
Ella al parecer se ofendió. Sus cejas arqueadas la delataban al borde mismo de la indignación, como aquella mueca despreciativa en su boca: unos labios carnosos sobremarcados de rojo punzó, el mismo color de los labios sintéticos de su nené.
—¿Cómo quiénes, señor? –gesticulando como un tribuno que no alcanza aún al micrófono–. Ellos, ¿no se da cuenta? ¡Ellos! Los que se sientan en masa en el parquecito del paradero. Los que cantan salves y glorias y aleluyas y avemarías. Los que anuncian una nueva luz y un avivamiento. Los que me han asegurado que primero vendrá una noche sin fin para este país. Por favor, no se haga usted de rogar y dígame: ¿no le parece esto, cuando menos, una flagrante contradicción?
Recliné la cabeza contra el maletero. Sentí su fría lata importada a La Habana medio siglo o acaso medio milenio atrás: una aleación eterna. Recuerdo alguna vez haber pedido ser enterrado dentro de mi Impala ´59, en una mala época en que me dio por asegurar a diestra y siniestra que, más temprano que tarde, en su cabina yo me iba a matar: bravuconerías baratas de cuando uno es demasiado joven y borracho y despechado por una rubia de rabia que se hacía llamar Lilí y que, para colmo, cantaba para los niños en la TV nacional.
—No les hagas caso a esos fanáticos: son como niños malos que se entretienen jugando al buen dios –intenté una ironía, y levanté la vista del maletero para comprobar si todo no habría sido una alucinación.
La niña madre calló. Durante largos segundos pude oír su silencio sobre el ronquido musical de la otra muñeca. Entonces los ejes del cochecito comenzaron a rechinar: fuiii-fuiii, y la vi alejarse en sentido contrario al mío. Tal vez se había hartado de mí. De mi ignorancia al punto de la ridiculez. Pensé que ella podría ser una niña genial o una enana caprichosa, o quizás al revés, pero nuestra historia no merecía quedarse allí, bajo aquel spotlight hepático de Vía Blanca: el único poste con luz de la avenida y tal vez de todo el país. De pronto temí quedarme solo a mitad de noche: la madrugada hueca de Palatino, La Habana, América. Temí que algo pudiera pasarle a ella, y que algo que no fuera ella no me volviera a pasar a mí. No sé si me logro explicar. Lo cierto es que comencé a alejarme, yo también, en sentido contrario al mío, hasta darle alcance sobre la acera.
De entrada no me atreví a tocarla. Sólo le hablé. Pronuncié varias veces la palabra “disculpa”, caminando a medio metro de la menor, aunque nunca le dejé saber disculpas de qué y por qué. Yo tampoco lo sabía. Ni lo sé ahora, por cierto. Por su parte, ella le restó importancia a mi exabrupto y a mi confesión:
—Por favor, no se quede atrás –me advirtió sin volver la cabeza–. Señor, esta parte es muy oscura y no quisiera que algo le pase ahora a usted.
Sonó a amenaza. ¿Cómo iba a seguirla sin más ni más? ¿Y mi Impala ´59?
—¿Y mi Impala ´59? –soné perfectamente estúpido al pedirle consejo a ella.
—Ya usted no lo necesitará –sonaba muy convencida–. Serán cinco o seis cuadras, se lo prometo. Es mejor que nos acompañe hasta allí.
Sonaba a arresto esta vez. Fue entonces que me percaté de que ella y su progenie se parecían bastante. Y recordé por inercia la fábrica abandonada de muñecas de plástico, no muy lejos de aquella esquina: entre el paradero y el acueducto. Y sentí un frío de pánico sobre mi nuca, pues hacía varias décadas que nadie entraba ni salía de allí: se sobreentendía que, a estas alturas del siglo XXI, ya nadie necesitaba juguetes para sobrevivir.
¿Qué otra cosa podía yo hacer? De manera que la seguí. Y, por supuesto, en este punto no me arrepiento. Igual la hubiera seguido hasta el final de la noche de ser necesario, sosegándome los nervios entre el fuiii-fuiii de los ejes y el fuac-fuac de mis botas, que esquivaban a duras penas la hidráulica desbordada de baches y alcantarillas. Porque recién había llovido (de hecho, ya otra vez lloviznaba) y los ríos albañales de la ciudad trataban de impedir nuestro viaje a dúo o acaso doble visión.

LUGAR LLAMADO LILI

La luna era un agujero blanco sobre nuestras siluetas en contraluz. La de ella, con siete años perfectamente afilados por la tijera de su blablablá. La mía, de cincuenta rasgados a mano por mi excesivo titubeo y elucubración.
—Señor, yo amo la luna. ¿Y usted?
Tras dejar atrás la Vía Blanca, esa noche más oscura que de costumbre, doblamos por un callejón abierto entre el marabú y los tanques de basura, una cuadra antes de salir a Santa Catalina. Rápidas nubecillas rojizas corrían a muy poca altura, bajo el telón cóncavo de la madrugada. La llovizna presente permitía oler el aguacero futuro. Los instintos se me aguzaban en un deplorable estado de excitación.
—Señor, yo amo la lluvia. ¿Y usted?
A cien metros de distancia, por ejemplo, y sin ninguna visibilidad, yo podía distinguir entonces el frufrú de los carros por Santa Catalina. De pronto, hubo un chirrido escalofriante y después un sonido seco: un crounch de guitarra eléctrica sin baterías. A los pocos pasos, me crispó el ulular de una sirena. Una ambulancia, los bomberos, la policía: ¿accidente o fatalidad? Igual ella me tomó de la mano y me la apretó con la fuerza de un aparato mecánico, de una prensa o un torno que quisiera imprimirme forma: su forma.
No me resistí, ni tampoco demostré asombro o dolor. De hecho, no estoy seguro de haber sentido sus dedos. La rareza me entumecía, a pesar de poner de punta a mis cinco, cinco mil o cinco millones de sentidos. Me di cuenta de que avanzábamos como una vieja pareja de vuelta al barrio tras una noche de tedio social.
—No tengas miedo –le dije, más pedante que paternal–. Nada malo nos ocurrirá.
—Todos dicen lo mismo, pero es incierto –me cortó ella, cortés–. Señor, al final siempre algo se nos ocurrirá: no me engañe ni se engañe tampoco usted.
En este punto sentí deseos de auparla. De taparle la boca de un manotazo. A ella y a la que roncaba en su coche. Darles una nalgada a cada una y someterlas a mi voluntad: “¡a domir, coño, que ya es muy tarde para tanta cháchara!” O, llegado el caso, como en un cruel juego de roles, fungir de verdugo y echarlas a ambas en algún tanque rebosante de gatos y de basura: únicos sobrevivientes de aquel paisaje lunar.
—¡Es aquí, ya llegamos! –señaló con su mano libre–. Gracias, ¡puede pasar!
Nos detuvimos. Miré. La arquitectura era un casco: una mole venida a nada, como los restos de un naufragio ocurrido en otro tipo de realidad. Era un residuo fabril de la etapa posproletaria del barrio: un edificio art-decó más allá de cualquier posible arreglo o demolición. Un equilibrio imposible, un colofón. Bajo la luz cenital de la luna, las alambradas que lo rodeaban tejían una espinosa tela que se proyectaba, acera afuera, casi al nivel del contén. Nos detuvimos en la cuneta, enchumbados por el goteo de la llovizna: chinchín de agujas que me estimulaban los nervios.
—Señor, no alcanzo –me haló–. Ayúdeme a saltar la cerca, por favor –y alzó los bracitos y con ellos también su bata de parturienta.
Entonces le vi los blumers, casi transparentes o del color de su piel. Sin nada que contrastara debajo. Ni por la forma. Ni el color. Ni el olor. Justo como en las muñecas sintéticas. O sintácticas, ya no sé: territorio en blanco de mi lenguaje, borrado por lo que pasó. O no tanto. Y acaté su orden de meterla dentro de aquel lugar. De meternos, incluido de pronto yo.
Miré hacia afuera por última vez. Respiré el aire libre de aquel barrio, ciudad y país: a esa hora difuminados en un sólo vaho. La lluvia desplazó por fin a la llovizna y la luna se escondió tras una gasa rojiza, algodón sanguinolento que todo lo coloreó. Hacía frialdad. Intuí que el peligro se condensaba en la púa oxidada de los alambres, pero ya era muy tarde para reaccionar. Sentí una opresión en el pecho: un peso muerto a ras de esternón. Como un augurio. Literalmente, una corazonada: pura reacción muscular.
Pensé en mi Impala ´59, en sus puertas y ventanillas abiertas de par en par, abandonado a la buena suerte de los rateritos del barrio. Pensé en Lilí, entre cómica y sádica, cantando para los niños en la TV nacional de veinte o veinte mil años atrás. Lilí, rubia de rabia hasta la demencia, usando vestiditos cada vez más osados, con los que después de filmar nos metíamos en cualquier posada para hacer el amor: dos cuerpos locos, eso éramos hasta que se aburrió. Lilí desnuda, cabalgando sobre mí y repitiendo las mismas letras de aquellas tontas canciones, usando ahora a mi cuerpo como un micrófono a punto de reventar en feedback. Y recordé entonces a esta otra niña de ahora, que tal vez hubiera visto alguno de aquellos Shows de Lilí, tratándome todo el tiempo de “señor” y de “por favor” y de “usted”.
Me ajusté el pitusa a la altura de la entrepierna y me dispuse a cargarla: a complacer su deseo de que penetráramos allí, fuera fábrica o funeraria. Su cochecito se desbordaba de lluvia, como un inodoro, y la muñeca de importación seguía roncando pero haciendo burbujas: glu-glu-glu. Agarré por el talle a mi niña madre y sentí el elástico de su ropa interior. Estaba húmeda y se me resbalaba. Yo tenía que ser cuidadoso. Mucho. Así que la trabé mejor, mis dedos clavados tan hondo como pude dentro de su piel. La alcé por el aire y le dije:
—Vamos –y la lancé sobre la cerquita de espinas.
Cayó bien. El colchón de hierba guinea que crecía al otro lado la protegió. Enseguida se incorporó, muy contenta, y no pareció reparar en que yo dejaba atrás a su coche con su cadáver bebé. Entonces yo también me volé la cerca, aunque no tan alto como traté, pues largué muchas tiras de piel sobre los pelos de púa de la alambrada.
El descalabro ni siquiera me llamó la atención. Un imán me halaba tras ella y, si algo recuerdo nítidamente en medio de aquella niebla, es la total imposibilidad de asumir el dolor. El deseo me hacía sentir mitad inmune y mitad inmortal. Me sentía muy vivo y por eso mismo no me importaba sobrevivir.

LUGAR LLAMADO LILI

Avanzamos unos metros hasta guarecernos bajo el alero. La puerta principal estaba cerrada con un candado estilo colonial, pero los vitrales que la enmarcaban no tenían ni un vidrio sano. Así que entramos al lobby como si de verdad regresáramos al hogar después de un largo viaje desde otra época.
Las astillas crepitaron bajo nuestros pies: crich-crach. Bajo mis botas, en realidad, pues al mirar los de ella caí en la cuenta de que iba descalza. Aunque no se cortaba. O de sus heridas no brotaba la sangre. O a los siete años la sangre es de una tonalidad invisible para la hora y mi edad. Mejor así: el color de la sangre diluida siempre me da arqueadas.
Por las paredes del lobby se filtraban las consecuencias del aguacero. El resplandor de la luna ausente rebotaba del piso al techo por las paredes y, en una de ellas, vi uno de esos murales típicos del siglo XX. Una epopeya de leyendas urbanas y guerrilleras, verdadero memorándum contra la necia amnesia del XXI.
Quedé hechizado con aquella obra maestra del irrealismo social: era fascinante. Allí, algún obrero del arte había reunido chimeneas ecológicas de humo verde, ríos de leche pasteurizada, pirámides fraguadas con hojas de tabaco y caña, bosques intraurbanos y ciudades intraforestales, cielos bíblicos del posproletariado mundial, enormes manazas protectoras pero inflexibles: como las manos callosas de dios o acaso las del administrador general. Y también había flores rojas, desteñidas a rosa por el peso del tiempo y la humedad, y una manifestación popular con los brazos en alto: entre el júbilo y la rendición. Y, en lugar de sol, vi una estrella con sus cinco puntas afiladas en forma de lápiz labial.
Estaba, además, la risa de una mujer de dentición perfectamente podrida por un desconchado de la pared: en su espalda un fusil de calamina y en su pecho un bebé, al parecer de plástico o de algún polímero ya en desuso. Noté que su rostro era idéntico al de la niña madre a mi lado y al de su bebé fallecida allá afuera. Reparé entonces en los trenes, barcos, aviones, cohetes y demás medios de transportación (con la excepción de, por supuesto, mi Impala ´59 y el cochecito inundado). Y toda esta babel anónima rematada por un cartel donde aún podía inferirse: “Fábrca d Mñecas Lilí: Establcimnto 007, Reynald Aulet Rdríguz dl Rey”. Por mi parte, intenté no hacerle caso a las dos sílabas especulares de aquella palabra: Li-lí.
Al final, seguimos hacia dentro por el pasillo. Cada vez yo veía peor. Tendría las pupilas contraídas, no sé. Como las de un tigre en rapto por el delirio de una madrugada rapaz: sexo y combate, alarido y fuga, amor y criminalidad, plenilunio y llovizna, parto, Palatino, lluvia, La Habana, aguacero, América y una moral de mural. De manera que para orientarme me bastaba apenas con su respiración, la que olía remotamente a acetona. Aquel aliento orgánico delataba a mi niña. Por más que ella pretendiera estar en control, la bioquímica de sus nervios anunciaba que ambos estábamos igual: excitados de remate.
Surgió una escalera súbita, de caracol, y por ella subimos girando a la izquierda. Lo que vi arriba escapa a toda posibilidad de enumeración y tal vez incluso de enunciación. En ocasiones, las palabras no alcanzan: son demasiado lineales para tanta impaciencia y tanta simultaneidad. Me arrodillé, junté las manos, aunque no creo en dios ni siquiera en la carencia de dios: la portañuela de mi pitusa queriéndose reventar con cada invocación inventada. Yo había hecho crac, como al inicio el motor de mi carro: alguna bujía o resistencia interna se me fundió. Ya no me quedaba aire ni para contar. Creo que todavía ahora me falta. Es algo que, supongo, de palabra en palabra y de silencio en silencio, enseguida todo el mundo lo notará.

LUGAR LLAMADO LILI

La planta alta era un taller de máquinas importadas medio siglo o tal vez medio milenio atrás. Hierros desvencijados como muebles fuera de uso, pero funcionales: monstruos antediluvianos, entre ronroneantes y a medio agonizar. Parecían mogotes, tanques de guerra emergidos del fondo de la madrugada o del mar. Parecían cúpulas de reactores nucleares, a la vez que observatorios del espacio estelar. Parecía una exhibición de ataúdes: una feria fúnebre, un mausoleo. Y volví a sentir el mismo pánico de quedarme solo a mitad de calle. Es evidente que todavía hoy no me consigo y acaso ya nunca me conseguiré explicar.
Entonces la busqué con mis ojos, máquina a máquina y rincón a rincón. No la vi. En efecto, ella me había soltado el brazo y yo era el ser más desolado de aquella fábrica, barriada, ciudad y país: todavía de rodillas, con mi pitusa parado y el zípper a punto de hacer explosión. Casi jadeando, con ganas de maldecir. De gemir de pánico o tal vez de placer y, con suerte, sin poder evitarlo aunque me lo propusiera, de estallar en un orgasmo diabólico contra la mezclilla y largarme al carajo de allí, antes de volverme loco, como era casi seguro que ya lo estaba, entre tantas visiones y tantas sílabas recuperando la fonía límite de li-lí.
Miré de nuevo y aún no la vi. Pasaron varios minutos o noches. Corrió una brisa de lluvia y el tufillo a acetona nuevamente la delató. Escudriñé en el sentido del vaho. Enfoqué por fin su silueta y la vi sentada sobre el cañón de un torno, que giraba peligrosamente cerca de sus muslos de siete años. La aparición estaba desnuda, la piernas abiertas sin ningún blúmer ni batica de maternidad. En posición fetal, muñeca abandonada por su placenta de plástico: en posición de matriushka sicópata que no le importó que se ahogara en la lluvia su supuesto bebé.
No pude más. Me paré. Le di un pequeño grito y cerré los ojos. La llamé por el nombre genérico del local: “¡Li-lí!”, y la imagen de aquel otro icono rubio, con el micrófono clavado hasta la garganta, mientras canturreaba para los niños ante las cámaras de la TV, me puso nuevamente a rabiar. Así que me abrí la portañuela y metí una mano, pero justo en ese instante caí en la cuenta de que no la había abierto ni la estaba metiendo yo. Era ella, no sé bien cuál: en cualquier caso, Lilí. Tampoco supe si actuaba a distancia o directamente debajo de mí. La boca se me secó y comencé a salivar: una flagrante contradicción. Con la lengua saqué una baba tibia de mis pulmones: espuma blanca, natilla de alveolo, gelatina preseminal. Achiqué los ojos para forzar los detalles y entonces vi su cuerpo cabalgando a horcajadas sobre el rotor, destrozándose la carne con las mil y una revoluciones del torno: silueta puta y sin sangre, derritiéndose en un despilfarro de aquellos costosísimos polímeros de importación.
Y ya todo me daba igual. Yo era una bestia abandonada a la intemperie bajo techo de la madrugada patria. Me saqué el pene y con la palma de mi mano derecha lo comencé a acelerar. Como si fuera un segundo rotor. Como quien dobla el timón o embraga la palanca de cambio de un Impala ´59. Como si se tratara del eje asesino sobre el que estuvieran columpiándose ahora las dos: las dos embarradas de aceite grumoso o acetona volátil, voraz; las dos sin dejar nunca de centrifugar.
Lilí apoyó un pie sobre la barra en rotación y saltó como un proyectil desde su torno o trono hasta mí. Casi rozó el falso techo tatuado de filtraciones pluviales o subterráneas. Lilí describió una parábola cóncava de varios metros, tal vez en cámara lenta, y cayó encajada, aunque ingrávida, justo encima de mí, izada por el otro eje que rotaba en mi vientre: Lilí se hizo bandera desesperada para que yo la hiciese batir.
La mujer me agarró por la nuca y la niña me levantó la barbilla. Hizo palanca entre mi cabeza y su entrepierna. Su cara tenía la fuerza infinita de tanta y tanta inexpresión: deseo blanco, obnubilado, desierto. Placer instantáneo en sus dos acepciones: algo que ocurriría de inmediato y duraría justo eso, un instante. Así que me vertí dentro de ella sin ninguna prisa: un derrame largo y sosegado, delicioso y obtuso, de la viscosidad del plástico chorreado por el calor. Un flujo constante y sereno de treinta y siete grados, la temperatura del cuerpo humano ya a punto de la infección. Una marea que manaba desde mi cerebelo, vaciándose a lo largo y estrecho de mi columna, hasta botarse finalmente a presión por la punta roma de mi sexo clavado en Lilí.
Duraba. Y duraba. Y duraba. Temí que nunca terminara de verterse aquel licor placentero y mortal: que se diluyeran una a una mis vísceras y, al final del orgasmo, Lilí tuviera en su mirada el fulgor de la muerte. En este punto, un rayo de luna le dio de frente en la cara y acaso de puro milagro tomé una decisión: la primera verdaderamente mía en la noche, y tal vez en los cincuenta años de noches que sumaban mi vida.
No sé. Me sentí débil, anhidro. Flácido. Me resecaba por dentro, y supe que al tono de mis músculos le quedaba una última oportunidad para actuar. Y ciertamente yo la iba a usar: aún sin saber cómo ni cuándo ni por qué no debía dejarla a ella protagonizar. Entonces Lilí cortó de un topetazo el péndulo de sus caderas y el rostro le cambió de inexpresión: se convirtió en un tribuno, y su discurso polimérico remplazó nuestra cadena de acciones y en este punto, con un escalofrío de fiebre, se detuvo por fin la nieve amorfa de mi eterna eyaculación. Al parecer, para ella ya había sido suficiente fecundación.
En su arenga Lilí me dijo de todo, pronunciando con tanta pasión y tantos “usted” y “por favor” y “señor”, que a ratos me deslumbró. Habló del bien y del mal, del blanco sol y de la blancura lunar, del mediodía estéril y de la noche fértil. Armó tantas historias patrias como a ella le vino en gana, contadas desde y para los títeres: fueran muñecas de tela o de biscuit o de guata o de yagua o de muelles o de cartón o de cuerda o de bagazo o eléctricas o de plástico de importación. Chilló que sin esa muñequería de cuerpos ya no habría barrio, ciudad, ni nación. Y en mis oídos retumbó el eco de una ovación llegada de ninguna parte, que parecía aprobar por unanimidad su chillido.
Lilí me relató otras noches de sexo y combate ocurridas allí: alaridos de los recién nacidos y fugas fallidas de sus estúpidos padres. Estaba harta de su cansancio de madre y verdugo a la par: de tanto amor precario y tanta criminalidad seminal, pero no tenía otra opción. Miles y millones de descendientes confiaban en su vientre para salir a repoblar la nada allá afuera, aunque enseguida todos se mataban o se hacían matar: tan energúmenos como sus padres de carne y hueso. Lilí se lamentaba de tanto plenilunio y llovizna, de tantos partos y lluvia, tan sólo para procrear ese gran coro o mural donde coincidían, sin estorbarse, sin transparencia ni superposición, toda la desmemoria acumulada y toda la amnesia aún por recuperar.
Ni ella misma lograba separar una frase de otra, en medio de sus ráfagas de euforia y lamentación. Menos lo lograría entonces yo: tumbado ahora de espaldas, viéndola gesticular sin mover las manitas ni tampoco la boca, arengando a nadie sobre la necesidad de generar aquel ejército alien de marionetas. Tal era su responsabilidad, parecía ser la conclusión de su demagogia: tal era su mito y su meta, su tarea y su tara. Y por eso yo estaba atrapado esa noche allí, donante voluntario de genes, en el espejismo de un taller en ruinas alguna vez llamado “Fábrica de Muñecas Lilí: Establecimiento 007, Reynaldo Aulet Rodríguez del Rey”.
—Ya falta poco, señor: ¡por favor, usted no tenga miedo al dolor! –me imploró o me impuso, aunque a estas alturas de nuestra historia me daba simétricamente igual: yo debía mostrar alguna reacción.
Me di cuenta de que ningún hombre había sobrevivido a sus partos o abortos, fueran reales o imaginados: no dejar testigos era su garantía para seguir repoblando los páramos de lo real, más allá de la fábrica y su alambrada de púas. Para mí, ya había sido suficiente espectáculo, supongo. Era ahora o nunca: yo o Lilí, la loca locuaz o mi cordura sin cuerda, aquella puta de poliestireno o mis ganas de sobremorir pero quedando con vida.
Le agarré la cabeza y se la desenganché. Extraje su cuerpo de mi pene y removí sus extremidades sin articulación: ya había articulado suficiente retórica para la hora y mi edad. Lancé sus partes a diestra y siniestra por el salón, zigzagueando a ciegas entre los tornos hasta encontrar la escalera, y dejarme caer por el pasamano girando a la derecha esta vez. Huía de ella o de mí o no sé bien todavía de qué. Rebasé el mural sin mirar atrás, por terror de que fuera un espejo y ver mi cuerpo calcado allí, entre las masas mitad bíblicas y mitad industriales: condenadas al paraíso apocalíptico del posproletariado mundial.
Salí a la hierba rompiendo los restos del vitral. Del pánico, el vidrio ni me cortó. O, por lo menos, yo tampoco sangré. Me subí la ropa, los restos de la mezclilla aceitosa. Di un salto inverosímil para mis fuerzas y volé por encima de la cerca oxidada. Me asustó pensar que mis habilidades repentinas fueran las de un orate. Debía calmarme. Respirar. Tal vez ya estaba a punto de amanecer y todo pronto recobraría su embotado halo de normalidad.
Vi el cochecito en el fango. Seguí. Vi un callejón no tan desierto como desertado y por él seguí. Vi un mar de marabú y tanques plásticos rebosantes de gatos y de basura, y entre ellos también seguí. Vi el parquecito del paradero y lo atravesé decidido, de ser necesario para mi salvación, a cantar fanáticamente salves y glorias y aleluyas y avemarías, incluso anunciando una nueva luz y un avivamiento, tras una noche sin fin que no fuera en absoluto una flagrante contradicción. Yo huía de ella, supongo, incluyéndome en ella a mí.
Oí el frufrú de los carros por Santa Catalina y otro chirrido escalofriante y después seco: un crounch de guitarra eléctrica en medio del bostezante apagón, acorde rematado por el crispante ulular de una sirena. Una ambulancia, los bomberos: ¿accidente o fatalidad? En cualquier caso, estaba seguro de que en aquella escenita de barrio cualquier vecino o policía que apareciera ahora, me estaría cazando exclusivamente a mí.

LUGAR LLAMADO LILI

Rápidas nubecillas rojizas corrían a muy poca altura, bajo el telón cóncavo de la madrugada. No pude distinguir si iría a llover o si era sólo otra amenaza: supongo que los instintos me respondían ya menos y el insomnio tocaba por fin a su fin.
Con un ramillete de periódicos pescado al vuelo me limpié la cara y los brazos: aún olían a acetona. Sentí asco, un hastío, también un poco de pena. Me subí el zípper y metí parte de los papeles en un bolsillo: más temprano que tarde a alguien se los tendría que enseñar como prueba de mi verdad.
Yo cojeaba un poco, recién lo notaba ahora. Doblé hacia abajo en la esquina y me fui acercando cautelosamente hasta la avenida. Pero ningún vecino del barrio me descubrió antes de salir a la Vía Blanca. Ni tampoco un policía de ronda. Ni siquiera algún vecino con vocación de policía de ronda. En definitiva, no creo que yo tuviera nada específico que ocultar: me bastaba con mi coartada coagulada por el horror.
Vi mi carro, allí estaba aún. Vandalizado, como es pertinente cuando se deja abierto un Impala ´59 en medio de la noche local. Ni siquiera los rateros habían conseguido arrancarlo de su posición, bajo el único spotlight con luz entre tantos postes. Cuando las bujías se emperran, es mejor no insistir. Y, por supuesto, esos vándalos barrioteros no estarían dispuestos, como yo, a empujar sus dos toneladas de lata de importación: una aleación eterna que ha sido lo único sólido de toda mi extraña anécdota o ensoñación.
Me lo dejaron en el esqueleto: forros de asiento, chapas, antenas, pedales, paneles de vidrio, focos, alfombras, reproductora, cables, timón y palanca, ejes, gomas, cintillos metálicos, pegatinas, y hasta la muñequita Lilí que siempre viajaba ahorcada donde antes estuviera el espejo retrovisor. Fue, en verdad, un trabajo perfecto. Una magnífica contradecoración. 1959-Impala-2000: sin revancha de mi parte pero sin ninguna revelación, Rev In Peace.
Me senté adentro, en el hierro desnudo, a esperar el alba o la autoridad, si es que en algún momento se decidían a hacer irrupción. Yo estaba en paz. Exhalé, como si esperar me costara un esfuerzo sobrehumano para la hora y mi edad. ¿Cuál hora sería, por cierto? ¿Y cuál podría ser en definitiva mi edad?

LUGAR LLAMADO LILI

Nada, ninguna. Pensé en que, sílaba a sílaba y silencio a silencio, en algún recodo de esta historia sin histología, ojalá después yo me consiguiera explicar. Pero mientras más he intentado contarlo luego, se me hace más evidente que es imposible. No sé. Supongo que hay experiencias que no merecen explicación.

LUGAR LLAMADO LILI
Obra del pintor cubano Pedro Pablo Oliva.

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